12/4/12

Sigfrido Radaelli: "Ahora sé qué es no saber nada de nada..."


La Ausencia


Ya sé, los dos sabemos
que si te alejás hoy es para volver mañana.
O sea que mañana te veré nuevamente.
Está bien.
Pero si hoy te alejás para volver sin plazo,
si es eso lo que ocurre,
o sea que ya no sé si te veré mañana
o en un mes
o en un año,
ya no sé entonces si nunca volveré a verte.
¿Y entonces, Dios mío, hoy es la última vez que
           te veo
y esta tarde la última,
son estos minutos los últimos?
Ahora sé qué es no saber nada de nada.
Todo ha cambiado de golpe. Enfrente de mi
un agujero inmenso y negro, y en mis oídos
           resonando
un eco lastimero y largo.
Hablo y me detengo,
vuelvo a hablar solitario, escucho asombrado
           mi voz
y vuelvo al silencio.
¿Qué sentido tienen ya las palabras
o los murmullos o el recuerdo o las pruebas
           del amor?



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El hombre del casco de oro


    Homenaje a Rembrandt

Supongamos que soy un espejo.
Me miras. Solo un instante.
Tu mirada cae, los ojos entreabiertos,
cansados.
Una sombra orgullosa sobre tus labios.
Aprietas la boca. no es desdén,
es una infinita tristeza.
Arriba, enérgico, el casco brillante,
el airón de plumas, los colores.
Debajo, sujetando tu barba,
la cinta de metal.
Miro de nuevo en tus ojos entrecerrados,
estremecidos.
¿Qué más da? ¿Cumpliste tu vida?
¿Todo lo que anhelabas,
tus sueños,
son ya la sombra de tu casco?
De todos los espejos en que te miraste año por año,
joven, sonriente,
fuerte, dominador,
es éste el que contempla tu rostro definitivo.
Aquí estoy, pareces decirme.
Siempre era yo mismo. Y ahora soy yo mismo
este comienzo de ruina dorada
que aún resplandece.



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La envidia


Un corazón alimentado de pesadumbre,
una sucia y lívida columna de fuego,
una gesticulación alevosa,
una mano devorada por monstruos
y otra vacía.
Tengo que retratarte así
mientras rumias tu propia aridez,
mientras tus ojos se cubren de melancolía
porque el bien de tu prójimo
brilla inocente.



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La adulación


Has escuchado la caricia de un canto,
un canto insidioso
que te halaga, te hace feliz.
Tus oídos se acostumbran a la mentira
y exigen, insaciables, su cuota de alabanza.
El deleite
sigue creciendo.
Te encumbras un poco más
y él desciende, sin temor, obsecuente.
La boca que te hablaba servil
ahora destila una miel asquerosa,
pero la recibes,
llegas por extraño conducto hasta tu entraña
y sientes un goce altísimo y secreto.
Ignoras quizás
que este placer está reservado a los necios.
nada te importe,
oh cínico
porque eres al fin el complice.



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Los amantes


Como un predicador iluminado
me aproximo a ti,
me voy aproximando.
Los ojos abiertos,
devoradores,
para que nada quede fuera de la mirada.
El soplo y la respiración: ya no hay distancia.
Ahora el tacto,
la múltiple, la repetida caricia de los dedos
que se curvan , exploran, reconocen.
La piel contra la piel.
¡Eternidad, instante fugitivo
guardado en la memoria!
Después la chispa, la explosión, el fuego,
las voces, las palabras, el silencio.



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El verdugo


Todo está oscuro. Voy bajando escalones duros,
           irregulares,
tanteando paredes húmedas.
¿Cuántas mañanas, cuántas noches?
Algunas veces escuché yo mismo mi propio aullido.
¿Es así la tortura
y es así el dolor que aparece de pronto y se niega
          a desaparecer.
que me acosa por un lado y en seguida por otro,
finalmente por todos los lados al mismo tiempo?
No hay que doblegarse, de lo contrario estoy
          perdido
¿Y la humillación de ser torturado sin defensa
          posible,
irse mutilando de a poco?
Quiero darme vuelta,
moverme, levantarme.
Agazapado, fulmíneo,
el dolor regresa .
Es inútil, estoy atrapado.
huyo de todo esto desvaneciéndome.
Busco a tientas el reloj, prendo la luz.
Estuve dormido algunos minutos. He descansado
           un poco, lo suficiente.
Ahora puedo volver a pensar. No importa ya cómo
ni por qué,
pero yo soy el torturado, la víctima.
Mi defensa es imposible, lo sé también,
y es esto lo que me ultraja.
Después de un largo día, de nuevo la noche.
Cumplo sus etapas conocidas de memoria:
un poco de radio, un poco de televisión,
un poco de lectura.
Tomo los remedios, bebo agua,
apago la luz.
La escalera es circular, interminable, siempre hacia
           abajo.
Tanteo los costados,
de vez en cuando me detengo para levantar la vista.
Entre los recovecos, la escasa luz del comienzo
           ha desaparecido
Siempre hay un escalón debajo del último.
Sigo bajando.
Al volver a mirar hacia arriba
distingola luz de un relámpago.
De nuevo la oscuridad total.
Las paredes me acosan,
se hunden en mí.
Siento golpes por todas partes.
Arriba otra luz. Rápidamente distingo una mano,
Me tomo de esa mano
que al parecer está cómoda conmigo.
Todo es tan fugaz. De nuevo el acoso,
el dolor.
Indefenso, me hundo en esta tortura.
¿Es una represión dirigida a mí, un castigo
una injuria, un espanto?
Lejos, lejísimo, creo escuchar una serie de truenos.
¿Me llaman?
Quedo detenido en el fondo un buen rato. Me doy
           vuelta,
intento regresar.
Subo despacio. Cuento los escalones,
Las paredes se alejan.
Todo a mí alrededor está vacío.
Estoy solo. Solo con mi terror.
Subo por un desfiladero, entre ciénagas.
Arriba, lejos, nuevamente una luz.
Cruza e vuelo de un ave.
Silencio total.
Hay que seguir subiendo, poco a poco,
despacio.
En alguna parte alguien sabe lo que está
           ocurriendo.
¿Juzga, condena?
Siento una enorme tristeza. Sé que toda
           subversión es inútil.
Sé que estoy resignado para siempre.





Sigfrido Radaelli (1909-1982)
Morón, Buenos Aires, Argentina

Tiempo sombrío, 1975
editorial Losada

3/4/12

Philip Larkin: "para siempre es siempre ahora"



XXV

La mañana se despliega de nuevo
A través de cada calle,
Y somos extraños otra vez;
Porque si nos encontramos
¿Cómo puedo decirte que
La última noche te me apareciste
De improviso, en un sueño?
Y cómo olvidar
Que desgastamos amor alegremente
Hablando sin sentido
Como amigos, como lo que serán
Esos que dejaron morir la pasión dentro de su corazón.
Ahora, mirando expandirse el rojo crepúsculo,
Me pregunto cómo el amor pudo ponerse
En sueños, cuando no nos vimos
Más veces de las que puedo contar con los dedos de una mano.





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XXIV

Amor, debemos separarnos: no hagamos que sea
desgraciado ni amargo. En el pasado
hubo demasiada luna y autocompasión:
dejemos que termine: ahora cuando nunca antes
el sol atravesó con más brío el cielo
ni los corazones tuvieron más ganas de ser libres,
de derribar mundos, devastar bosques; vos y yo
ya no los sostenemos; somos cáscaras, que ven
cómo el grano se emplea para otro uso.

Hay arrepentimiento. Siempre, hay arrepentimiento.
Pero es mejor que nuestras vidas se desaten
como dos barcos, llevados por el viento, húmedos de luz
que parten con sus rumbos ya fijados,
y ondulando se separan en el agua, y se pierden de vista.




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XXVI

Esta es la primera cosa
Que comprendí:
El tiempo es el eco de un hacha
En un bosque.




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XXVIII

¿Esto es por ahora o para siempre,
Que el mundo cuelga de una rama?
¿Son una ilusión o un lugar de encuentro
Los bosques que encontramos donde pasear?

¿Son un espejismo o un milagro,
Tus labios buscando los míos:
Y los soles como pelotas de un malabarista
Son una truco o una señal?

Brilla, mi ángel súbito,
Quiebra el miedo con el pecho y la frente,
Te recibo ahora y para siempre,
Para siempre es siempre ahora.



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XXX

Así, durante ese día verde cargabas con tu cabeza
Y el día se arrancó y supo amargo
Como si aún guardara el frío entre las hojas
En cambio
Fue tu imagen seria la que se hizo más dulce
La que flotó con alas rígidas, enfocada en el sol
Entre la incertidumbre y estallidos de vergüenza
Extinguiéndose antes de dormirme. Ahora sos esa
A la que no me atrevo a pensar viva: tan sólo un nombre
Que a veces resuena, como una creencia
Incrustada hace tiempo en el pasado estático.

El verano reventó y se agotó. Ahora estamos a salvo.
Los días pierden fe, y pueden enfrentarse
Puertas adentro. Esta es tu última hora, cortada y pegada
Con detalle: pasatiempo de un invierno de provincia.





(De: "El barco del norte", 1945)





(versiones en castellano: Hugo Zonáglez con la gran colaboración de Sandra Toro)





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XXV

Morning has spread again
Through every street,
And we are strange again;
For should we meet
How can I tell you that
Last night you came
Unbidden, in a dream?
And how forget
That we had worn down love good-humouredly,
Talking in fits and stars
As friends, as that will be
Who have let passion die within their hearts.
Now, watching the red east expand,
I wonder love can have already set
In dreams, when we've not met
More times than I can number on one hand.




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XXIV

Love, we must part now: do not let it be
calamitous and bitter. In the past
there has been too much moonlight and self-pity:
let us have done with it: for now at last
never has sun more boldly paced the sky,
never were hearts more eager to be free,
to kick down worlds, lash forest; you and I
no longer hold them; we are husks, that see
the grain going forward to a different use.

There is regret. Always, there is regret.
But is better that our lives unloose,
as two tall ships, wind-mastered, wet with light,
break from an estuary with their courses set,
and waving part, and waving drop from sight.





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XXVI

This is the first thing
I have understood:
Time is the echo of an axe
Within a wood.




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XXVIII

Is it for now or for always,
The world hangs on a stalk?
Is it a trick or a trysting-place,
The woods we have found to walk?

Is it a mirage or miracle,
Your lips that lift at mine:
And the suns like a juggler's juggling balls,
Are they a sham or a sign?

Shine out, my sudden angel,
Break fear with breast and brow,
I take you now and for always,
For always is always now.





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XXX

So through that unripe day you bore your head
And the day was plucked and tasted bitter,
As if still cold among the leaves
Instead
It was your severed image that grew sweeter,
That floated, wing-stiff, focused in the sun
Along uncertainty and gales of shame
Blown out before I slept. Now you are one
I dare not think alive: only a name
That chimes occasionally, as a belief
Long since embedded in the static past.

Summer broke and drained. Now we are safe.
The days lose cofidence, and can be faced
Indoors. This is your last, meticulous hour,
Cut, gummed: pastime of a provincial winter.





(from: "The North Ship", 1945)






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Philip Larkin (1922-1985)
Coventry Warwickshire, actualmente Midlands Occidentales, Inglaterra.


The North Ship (1945)
The Fortune Press, Londres, Inglaterra.