30/6/12

Liliana Lukin: "Para tocarse usarán la memoria, los ojos serán un pequeño dolor..."




La noche provoca su mirada de élitro.
La noche ya no es el lugar, entonces, si
levanta los brazos y su corola se expande,
no deja de extrañar lo oscuro, donde esas
gasas, como libélulas, caen
en la profundidad del arco de los párpados.
Lo que luce, sus pechos, lo que vibra,
es el lado visible de una naturaleza que
está antes de sus ojos.
Cuando llora, después de sus ojos, ella
hace de su necesidad el verdadero
motivo del bordado.
Da placer, recibe, y algo falta.
Lo que a él excita, mueve, lo que inquieta
su ánimo, ya temeroso, son las lágrimas.
Cuerpo de agua, ella navega entre
la emoción de él y su propia marca.
las sombras de los dos se tocan y él
se inquietará más cuando las sombras
dejen de tocarse.
Ella no puede menos, no puede dejar
de alzar los brazos, los párpados, la lenta
comisura de la boca, las piernas
con su ajorca que abren y cierran.
Ella no puede menos, y sin embargo
espera algo a cambio ¿Ella ofrece
a cambio de qué?








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Mirar absolutamente todo es producto
del miedo, por eso ella protege
un fragmento:
atenuar el miedo de quien
mira es su objetivo. Si el antifaz no
estuviera, también ella tendría miedo,
en cambio así vestida sólo sostiene
la zozobra del que espera.
Saber que están poseídos, y ella lo ve
acercarse lento, porque la curiosidad
tiene que ver con la pena, dice.
Él pondrá todo en otro lugar, el pelo será
recogido, desordenado, el antifaz borde
ará otros ojos, él actuará.
Pero sus ojos, a menos que se cierren,
sienten. Y la sonrisa, sí, la esbozada, allí,
para siempre, también habla.
Él oye, mira y guarda, en silencio.








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En la alegría está el secreto de su cuerpo.
En la alegría de su cuerpo está el secreto.
Nada hay pues que descifrar fuera de
su sonrisa; nada que provenga del
mundo hará más que borrarla de
su rostro, pero ella cree en la tensa
felicidad de las palabras. Si él dice,
contra su voluntad, la música que a
sus oídos acaricia, ella sonríe, y sus
labios, pegados aún, se estiran como
su sexo para recibirlo.
Él es contagiado por sus propias frases,
el disfruta de esa alegría como de una
nueva, sorprendente escena que le fuera
dado ver: involucrado, ardiendo, en paz.








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Uno de los círculos del infierno crece con su
cabellera, pero no es virtud, sino naturaleza.
De eso ella descansa. Anillada como un
ave, está presa de los pliegues del ojo
que no la ve.
Su dulzura permanece lista para volverse.
Soltando su cabeza, el equilibrio que hará
su corona con el encaje de la almohada
será un llamado, áspero en el aire, un
llamado a lo mismo de siempre, telas o
cobijas, transportada.
Lo que hay, cuando destapa su piel
igual a todas, lo que hay, si él la mira
a través, desaparece.
Iguales, se reconocen en el apretado fulgor
que provocan, en la duración que imprimen
a su propia comunión, en lo infernal
de un nervio tensado desde la felicidad
del arco y de la flecha.
Uno de los círculos crece con su cabellera.
Ella lo mira de través.








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Alentada por la inocencia de esa aparente
estupefacción, quiere algo de él, todavía:
compartir los cuerpos, esos convencidos.
Y él, como ante un regalo, ofrece regalar.
Ella espera el objeto, niña para siempre
con las manos listas a adelantar el
precio de recibir.
Hace tiempo él ha perdido ante ella el
beneficio de la culpa, pero un regalo no se promete
en vano a una niña que sonríe
así, doblemente esperanzada, y que no
aprende.








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Las dos, en igual paisaje, ignoran la
belleza contra la cual deshacen
su urgencia por ser despertadas.
Si él se acercara ahora, su respiración,
entre la línea del pecho y la del pubis,
sería como el suspiro de un final.
Está ante el paisaje, su duplicación,
como está la palabra en el lenguaje.
Ambas en los límites, esperan ser
elegidas por la frase que él pronuncie.
Ambas son los sonidos que él escucha,
la carne que recorre con su lengua.
Cuando entre en él, cada una, cada
una siendo entrada, habrá fuerzas
que revelen, del fondo,
su precipitación.
Las dos, en igual paisaje, simulando
con la forma una eternidad del
movimiento, son el aire que él respira,
la fiesta que descansa de sus ojos.
El sueño de las imágenes produce
vértigo.








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Hay una dulzura que se acerca como
un pájaro, rozará un costado con el ala
más alta y el deslizarse sigiloso hará
el resto. De momentos así, la alegría.
Y aún su cuerpo, precioso en su tersura
de ave, juega a volar como en la
infancia, mientras la mano de él
pesa en cada movimiento, la mano
de él, que ha dibujado la piel entera,
dejado el surco de su edad.








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Coronada de su tristeza ella pasa por
la ancha vereda de las despedidas y
los reencuentros. Tanto esplendor no
quieren en ningún corazón, recita, y
apagan, allí donde ella mantiene la
lumbre. De todo lo que deja atrás, su
túnica imaginaria acumula muestras,
sus oídos, palabras como cosas en sus
aristas, sus ojos, el insoportable
registro de una memoria
completa, móvil y bella.
Y aún cuando pasa, solamente, ellos
apagan, mientras al fondo siempre
parece que asomará una mano dispuesta
a tocar, quemarse, temblar un poco.








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Hay miradas de peligro en la pequeña
felicidad de un abrazo, pero ella está
lista para todos los peligros de su cuerpo.
Peligros son su cabellera
para el suave enredarse
de los dedos y sus gemidos
para quien no quiere oír.
Como un arco se abre en dos
la cortina y los gajos de
su cadera y la forma de
su pecho se abren en dos.
¿Qué hará él con tanto miedo, sino tomar
lo que se abre, entrar, sellar su pánico
en la tibieza, salido de sí, en ella, por
ella, para ella, aunque sea por el leve
instante? Y ella, como un arco de triunfo
cantará, abrasada, entera otra vez, lista
para verlo partir.








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Habrá una última cena, una última
escena que no tendrá más desnudez ni
más vestidos: despojada ya desde antes
de la primera vez, de la esperanza,
esa virgen con su niño, aún.
Para tocarse usarán la memoria,
los ojos serán un pequeño dolor, llagas
si se posan en lo visible de la piel.
Él dirá que debe acostumbrarse a no
tener la cavidad de esa cintura al
alcance de su mano, mientras allí des
cansa de la desesperación.








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Liliana Lukin (1951)
Banfield, Buenos Aires, Argentina


Retórica Erótica, 2002
editorial: Asunto Impreso Ediciones

22/6/12

Alfonsina Storni: "y el goce de gritar ya ensaya voces..."



Mar de pantalla


I

Se viene el mar y vence las paredes
y en la pantalla suelta sus oleajes
y avanza hacia tu asiento y el milagro
de acero y luna toca tus sentidos;

Respira sal tus fauces despertadas
y pelea tu cuerpo contra el viento,
y están casi tus plantas en el agua
y el goce de gritar ya ensaya voces.

Las máquinas lunares en el lienzo
giran cristales de ilusión tan vivos
que el salto das ahora a zambullirte:

Se escapa el mar que el celuloide arrolla
y en las dedos te queda, fulgurante,
una mística flor, técnica y fría.





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Fuerzas


Esa espada del mar en los confines...
Tiendas de luna y sol; un viejo nido
de palabras que avanzan por las olas
a clavarse llameantes en tu pecho.

Allá está el puño que semillas suelta
hacia tu tierra y hace agricultura
de flor de fuego en tus arenas frías;
allá en el abra, junto al mar, de cielo.

Máquinas de trastorno allá gobierna
y en sus aspas de jade soy volteada.
¿Qué me quieres oh tú palabra grave?

Nadie contesta pero ordena todo;
y el rubio alfanje de la luna nueva
el vientre me penetra y lo florece.






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Dios-fuerza


Cuán descreído es dios, que no arquitecta
cosa de perdurar y el paso cruza
de Jehová fuerte y pone en los cimientos
de empresas altas túneles de topos.

Echa a nacer un pueblo con la diestra,
y en la siniestra preparados tiene
descolorantes, y en las almas pinta
paisajes de colores y los lava.

Nada a su lengua es pan que dé provecho,
ni en mar o pulga pone más cuidado,
ni piel de mundo más que de hombre mide;

Manteles cambia de su propia mesa,
que él solo existe desmayando afirma
y hálitos le da al barro que son llamas.





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Sugestiones de un canto de un pájaro


La muerte no ha nacido, está dormida
en una playa rosa. Mira al griego:
no lo mató la infamia y la cicuta:
vive y sobre la Acrópolis enciende.

¿Quién te dijo que el dedo de la envidia
me rayó de amarillo los vestidos?
Era una mariposa que cargaba
polen de sobra y lo dejó pasando.

¿Oyes? Las ratas en las oficinas
no muerden suela de los directores;
hay una lluvia fina de violetas

secas que caen y producen ruido;
y el descosido corazón del joven
es la manzana heroica de Guillermo.





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Una gallina


Una tarde de tantas. baja al agua
la voz de toda cosa moribunda
y el sol le pone al día un lindo ex-libris
en oro, azul cobalto y rosa vivo.

No está la mente para alzar a pulso
el bloque de la vida. Vuela al campo
sin que lo cace el ojo distraído.
¿Por qué reparo en la gallina oscura

que baja hasta la playa, a los costados
dos polizones rotos por el viento?
¿Por qué persigo sus pisadas solas

que marcan lirios en el polvo de oro?
¿Esta arena, subida de los mares,
guardará fósil la inocente huella?





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Regreso a la cordura


Tú me habías roto el sol: de los dentados
engranajes de las constelaciones
colgaba en trozos a tocar el árbol,
casa de luz jugando a arder la tierra.

Alzaste el mar estriado de corales
y en una canastilla de heliotropos
aquí en mi falda lo dejaste al dulce
balanceo acunante de mi pecho

Al regresar, ya de tu amor cortada,
me senté al borde de la Sombra y sola
lo estoy juntando al sol con gran cordura.

Ya se fija en su sitio; ya se caen
las olas de mi falda y avisado
reajusta el mar sañudo su rebaño.





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Tiempo de esterilidad


A la Mujer los números miraron
y dejándole un cofre en su regazo:
y vió salir de aquel un río rojo
que daba vuelta en espiral al mundo.

Extraños signos, casi indescifrables,
sombreaban sus riberas, y la luna
siniestramente dibujada en ellos,
ordenaba los tiempos de marea.

Por sus crecidas Ella fué creadora
y los nóumenos fríos revelados
en tibias caras de espantados ojos.

Un día de su seno huyóse el río
y su isla verde florecía de hombres
quedó desierta y vió crecer el viento.





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Ultrateléfono


¿Con Horacio? - Ya sé que en la vejiga
tienes ahora un nido de palomas
y tu motocicleta de cristales
vuela sin hacer ruido por el cielo.

-¿Papá? - He soñado que tu damajuana
está crecida como el Tupungato;
aún contiene tu cólera y mis versos.
Echa una gota. Gracias. Ya estoy buena.

Iré a veros muy pronto; recibidme
con aquel sapo que maté en la quinta
de San Juan ¡pobre sapo! y a pedradas.

Miraba como buey y mis dos primos
le remataron; luego con sartenes
funeral tuvo; y rosas lo seguían.





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Una oreja


Pequeño foso de irisadas cuencas
y marfiles ya muertos, con estrías
de contraluces; misteriosa valva
vuelta caverna en las alturas tristes.

del cuello humano; rósea caracola
traída zumbadora de los mares;
punzada de envolventes laberintos
donde el crimen esconde sus acechos.

A veces, bajo el sol que da la sangre,
de rocas rojas dibujada y otras
hecha papel de cielo en madrugada:

Como en luna menguante te despliegas
y allá en el fondo, negro del subterráneo
donde ruge el león del pensamiento.





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Sugestión de un sauce


Debe existir una ciudad de musgo
cuyo cielo de grises, al tramonto,
cruzan ángeles verdes con las alas
caídas de cristal deshilachado.

Y unos fríos espejos en la yerba
a cuyos bordes inclinadas lloran
largas viudas de viento amarilloso
que al vidrio desdibuja balanceadas.

Y un punto en el espacio de colgantes
yuyales de agua; y una niña muerta
que va pensando sobre pies de trébol.

Y una gruta que llueve dulcemente
batracios vegetales que se estrellan,
pacientes hojas, sobre el blando limo.





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El sueño


Máscara tibia de otra más helada
sobre tu cara cae y si te borra
naces para un paisaje de neblina
en que tus muertos crecen, la flor corre.

Allí el mito despliega sus arañas;
y enflora la sospecha; y se deshace
la cólera de ayer y el iris luce;
y alguien que ya no es más besa tu boca;

Que un no ser, que es un más ser, doblado,
prendido está aquí y estás ausente
por praderas de magias y de olvido.

¿Qué alentador sagaz, tras el reposo,
creó este renacer de la mañana
que es juventud del día volvedora?





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Gran cuadro


Reunió la muerte el tronco derrumbado
y el capitel caído y los vellones
secos del árbol y mandó a la luna
a que rezara por aquellas ruinas.

Atrajo a alguna rata su responso
y no quiso cantar allí el insecto
y el cielo bostezaba amanzanado
sus lentas madrugadas retraídas.

Un ciervo herido con los cuernos rotos
dió contra el capitel y halló nidada
de piedras negras, dientes del silencio.

No, no era un cuadro aún para pintores
de mucho fuste, pero entré en la tela
y ágil movió la muerte sus pinceles.





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Alfonsina Storni (1892-1938)
Capriasca, Suiza, nacionalizada argentina

Mascarilla y trébol, (1938) 1959 (tercera edición)
editorial: Ediciones Meridión

18/6/12

Arminda Ralesky: "Pero aprendí sola, a violar sutil, solapadamente los estatutos..."


Del  hombre y sus máscaras


No creo en los grandes espectáculos.
En los enormes mascarones y plumajes.
Todo oculta la auténtica piel desarmada.

Sólo ante uno mismo
Se puede ser héroe o cobarde.

Hermético es el mundo de la conciencia de un hombre.
En él no entra ninguna farándula.

Cada hombre
Es héroe o cobarde, sólo.
Débil o estoico,
Cuando nadie lo sabe,
El propio yo, feliz o torturado
El que vive en uno mismo
Es su más inescrupuloso interlocutor.





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IV


Llegué
Ligada a un cordón de sangre, leche,
Ancestros.
Creciendo atada con el nudo de una caricia,
Un castigo, un perdón,
Una culpa.
En el pulmón de un nido hecho
Por el calor y el humor
De todos.
Llegué con esa sed insaciable
Que a través de mil poros
Absorbe.
En la sangre me tatuaron de temprano
Largo códice indeleble
Que me acompañe hasta la fosa.
En él me señalaron, como sucede en grandes monumentos,
Que es púdico cubrir los senos
Y desenvainar las espadas.

También, a lavarme las manos
Y cuánto debo dar,
O no dar.

Pero aprendí sola, a violar sutil,
Solapadamente
Los estatutos.

Rama bifurcada
Sé latir en un tiempo permitido
Y guardar otro compás para mis horas clandestinas.

Si esgrimo aspecto de animal bifronte
No es mía la culpa.
Nací indefensa, dispuesta a recibir.





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XXVII
    para Tango de Jacobo Fijer


Esta noche en que siento cuánto
Este corazón gastado
Podría amar...

Esta hora donde el recuerdo es dulzura
Y el dolor abrocha presente y pasado
Allí donde vos y yo, no fuimos lo que somos...

Ahora, cada uno en rótulo legal
Ni vos sos vos, ni yo soy yo.
¿Qué queda de aquella embriaguez?
No es fácil cansarse de amar.
Podría en cualquier momento
Reinventar mi juventud
Si alguna vez llamaras
A la que fui.





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La máscara

a Odín


¿A quién le importa tu máscara?
Aunque por ella realices difíciles danzas.
Aúlles a los infiernos, clames a los dioses,
Ames, creas, temas, traiciones...

Amonestes a los hombres,
Te solidarices con ellos...
Y rías, llores...

Siempre con tu máscara.

Bailes,
Bailes, bailes, bailes,
Hasta caer.

Muerto
Te encerrarán con ella.





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La máscara emplumada


Hay pájaros que necesitan inflar su plumaje
Y viven artificiosamente abultados,
Porque la pequeñez de su mísero cuerpecillo
Espantaría.

Es la máscara inútil de la presa frente al cazador.

Para algunos, la única coraza posible en la jungla diaria.
Si has peleado duro en el encuentro de todos los días,
Conoces la tristeza del cazador,
Su decepción.

Ahora comprendo el agudo chillido
De los animales pequeños.
La ausencia de aroma en la orquídea esplendorosa.
La serenidad del paquidermo.
Y la ponzoña del pequeño alacrán...
Ahora comprendo...
He desentrañado el misterio
De todas las máscaras.







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XII


   a una mano hallada en un basural

Esta mano
Que fuera dad para amar,
Amasar el pan,
Conducir un niño...
Esta pinza animal sensible,
Dolorosa, vehículo del arte,
Sufrida, silenciosa,
Este largo emblema exclusivamente humano
Porque una mano es mucho tiempo...
Este registro de animal pensante,
Rama nueva y tan antigua,
La he visto y tan antigua,
La he visto separada de anhelos y pasiones.
Mísero animal inmóvil
Ocupando su brevedad de espacio en el suelo.
Si poca materia es un Hombre,
Toda la vida de un hombre,
Una mano es apenas un pequeño sitio
Ganado o perdido.
Pero mi mano
Es la afirmación de que existo
Vehículo de mi condición de ser.
Tiemblo por un tiempo que sentencia las manos.
¿Adónde llevará un río de manos seccionadas?

Porque una mano es mucho tiempo...





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Epitafio a una máscara


No actuó en famosa gran tragedia
Ni fue eje de singular espectáculos alguno.
No llegó a descifrar ninguna incógnita
Y murió desteñida. Simplemente máscara.
Desprovista de empastes que cubren arrugas
Limpiamente, sin subterfugios
De honores que ocultan deshonores.
Y glorias
Que escudan fracasos.
Con las ajaduras que dejan en la frente
Hijos,
Muertes
Decepciones
Y la mordedura de dolores físicos
Dañando tanto como los metafísicos.
..........................................................
Se fue dejando una triste mirada
En pupila que conoció, o no conoció, quizá...
Contribuyendo a la tristeza sin culpa
Que dejan los que mueren normalmente;

No a la culpa sin tristeza
Con que golpean los asesinados.
Porque hoy es tarde para la Torre de marfil
Y nadie puede lavarse las manos.
Hubiera querido, en su vida de máscara
Responder aunque una sola vez, categóricamente
A una identidad.
Pero todas las identidades en este tiempo se tambalean
Algo mueve el eje de la tierra
Movimiento que llega desde los ejes del pensamiento.








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Arminda Ralesky (?-2009)


El rostro y sus máscaras, 1977
editorial: Ediciones Tres Tiempos

13/6/12

Julio Llinás: "te quedarás con la palabra que tiembla entre mis dedos..."




Ojos abiertos


Va y viene
el Tiempo,
lo hemos visto.

Va y viene
el Tiempo
y no espanta
con su trompo
inmóvil,
como a una
cosa condenada
a no vivir
sino en la trama
de un telar.

¿Dónde está
Dios
como no sea
en esa gracia
a la que hay
que retornar?

¡Qué poco importa
el amor,
la fatigada carne!

Se acercan
los jinetes
muertos,
se aproximan
al cuerpo
que vaga
entre las nubes,
con cicatrices
impalpables,
palabras
transparentes, ojos abiertos
a la nada.





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La casa


En esta casa
en que vivo,
la zozobra
me asalta
de perderla.

Ella es mi madre
de recuerdos,
mi continente
arrebatado
a la miseria.

Nada importante
ha sucedido entre
sus muros.

¿Ha de imperdirme Dios
la humilde gloria
de morir en ella?





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Mercado


Íbamos
al mercado
a contemplar
los puestos
esparcidos
como las islas
griegas.

Ella compraba
verduras
relucientes
con su rabioso
dinero
y sus maneras
de señora.

Los comerciantes
nos miraban
como a grandes
doctores de la vida.

Ella escogía
y compraba
y yo
la contemplaba:
dulces zapallos
dorados,
lustrosas
berenjenas,
acelga verde
y jugosa.

A veces
volvemos
al mercado
para saber
si nos amamos
un día,
una noche,
o tal vez
nunca.

A veces
volvemos
al mercado
y no compramos
nada
y nada
nos decimos.

Tan sólo contemplamos
los puestos
esparcidos
como
las islas griegas.





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El intruso


Soy el intruso dondequiera,
el que respira sin desmayo
el aliento de sus hijos
(uno muerto),
la fragancia de un caballo,
los versos de un francés
         adolescente,
una boca sedienta,
una cabaña y un lago dibujados
en una carta,
un anillo violeta palpitando
en el dedo de una mano,
un camposanto, una tumba,
una sonata en los jardines
        de la infancia,
el tedio de los tedios
de los tedios.





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Amistades


La blanca
anciana
del puerto
nos muestra
sus heridas,
nos cuenta
sus historias,
sus mentiras
y dice
que ha vivido
en los burdeles
de Marsella
con un viejo galán
del cine mudo.

Hemos perdido
la razón,
ya lo sabemos,
pero hemos creído
en sus patrañas
y hemos ganado
una amistad.




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Las familias


Yo no he sido
engendrado
por mi abuelo
ebrio
ni he derrotado
el Minotauro.

Tan sólo
he condenado
la pasión de las familias
por la vida
innoble,
y he destinado
un pensamiento
fugaz
al gran Mercurio
dios del Comercio
y los Ladrones.




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Última carta


Me iré hacia
donde estabas
cuando yo nacía
¿Pero
dónde estabas,
entre que ramas
de los Sueños?

Después de tantos
años de no ser,
quiero que vengas
conmigo
a la última quimera.

Y si alma
no existiera
en las divinas
tierras,
te quedarás
con la palabra
que tiembla
entre mis dedos.

¿Adónde iremos
después,
huesos los dos,
fuera del mundo?

¿Hacia que lechos
secretos,
hacia qué juegos
de Tiempo
alborotado
y del humos de Dios?





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Julio Llinás (1929)
Buenos Aires, Argentina


La kermesse celeste, 2001
editorial: ediciones perse

4/6/12

Rafael Felipe Oteriño: "Antes buscaba adonde no iba a encontrar. Ahora callo, miro a los ojos..."







Nosotros


En estos muros hubo nieve.
Estas ventanas guardaron los cuerpos más de un invierno.
Este techo era altísimo: tocaba el cielo.
Esta puerta se abrió a mi paso antes de que vinieras.
Esta casa fue nuestra casa.

Nada desconocido puede sucederme ahora.
Lo que me cuida, lo que me protege, pagado está.
Ninguna infancia es más numerosa que su recuerdo.
Incluso el presente podría haber sido adivinado.
Ayúdame a decir: no temo.

¿Adónde nos conocimos? ¿En qué levantada mano no
             estabas?
Nosotros marchábamos ligero, ligero;
las casas iban quedando atrás despacio, despacio.
Debió hacerse noche para que nos viéramos:
ahora todo se ha vuelto casa, incluso el mar.




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Historia


Tu historia, mi historia:
manchar la superficie,
testar las sombras
anteriores,
en el vano intento
de enmendar al sol.
Hasta que la vida nos enseña
que otras plantas vendrán,
que otras sombras
cubrirán la sombra,
que la historia
no se escribe en tierra.
Escrita está
en la rama más alta, en la estela
que se aleja de la costa,
en la nieve, en el fuego,
en la ceniza,
en algo que cayó y rodó.
Es la historia del alma,
la verdadera historia
que narra el viento,
la que no deja huellas:
el roce de pequeños peones
en un tablero.








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La búsqueda del reino


Mis brazos remueven la tiniebla.
Preguntan: ¿dónde está el ayer?;
¿dónde la nube, el temblor, el arcoiris?;
¿dónde la veleta de los campos
gira desnuda, sin temor del aire?
El frío sobre las hojas
trasluce ensimismamiento;
los muertos observan  desde muy atrás,
dando respuestas afirmativas
(los muertos, que todo lo ven);
las ventanas y los balcones
parecen decir algo,
pero es, a nuestros ojos, indescifrable.
Ascendemos y volvemos a descender;
avanzamos, y una voz clara,
nítida -como de pájaro-
nos reclama desde la orilla.
Más allá, más lejos, más lejos,
obliga el viento:
hasta desiertos que a nadie invocan,
hasta cimas que, apenas alcanzadas,
son superadas por alturas mayores.
Más allá de la rosa lírica,
hasta el silencio de las cosas,
a la sombra de los ángeles y de los sueños,
de las personas y de los paisajes.








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Esa que viaja a tu lado


Esa que viaja a tu lado es la muerte.
Tiene los labios acostumbrados
a recorrer el planeta.
Puede bajar en una gota de lluvia,
en el rayo de sol
que besa el pie del recién nacido.

Los que la conocen, la temen.
Los que han podido burlarla,
saben que habrá una próxima vez.
Como un aspa de molino en el campo enorme,
abre grandes sus alas:
no para llegar antes, para dejarte más atrás.

En el montón de hojas secas,
en el crepitar de las llamas,
en el veneno que discurre seguro
hacia alguna fuente,
ella sabe estar.
Con manos rápidas oscurece la tierra.








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El balanceo de esa niña en la hamaca


El balanceo de esa niña en la hamaca
me habla de la vida:
su cuerpo pendiente de una rama;
sus manos aferradas al imperio
de un invisible azul;
los pies deslizándose en el aire
como en la tierra.

Se parece al invierno
con su vara de hielo;
se parece al verano, tan antiguo.
Visible, invisible
-de pie, hasta la flor más alta-,
abriendo y cerrando los ojos,
queriendo llegar.

Ese ir y venir sobre azucenas,
sobre hueso y dolor,
sobre murallas.
Mientras en la sombra
cabecean los ancianos,
y en la copa del árbol
habita un susurro.

(Ese vaivén, oh Dios, que no se apague:
que la estrella no caiga
esta noche;
que no se detenga.)

Todo, desde la altura, se va;
todo, desde la altura, se aleja.
Salta en el agua un pez,
hay primavera en la rama.
El balanceo de esa niña en la hamaca:
la vida y, también, la muerte,
en este rincón del parque.








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El sol de nuevo


No hay otra claridad como ésta, dice el espejo.
He llamado, he buscado,
y la mesa estaba tendida debajo de la lluvia.
Vi un pájaro: ojos amarillos, garganta azul,
y cuando quise alcanzarlo, voló.
Vi la luna, también, su rostro helado,
y en su mejilla pálida, el sol.

Un alud fue despertar, un árbol nuevo
el paso de las horas.
Uno se acostumbra a la puerta escondida,
al río que la atraviesa,
y el mundo no está lejos de las manos.
Antes buscaba adonde no iba a encontrar.
Ahora callo, miro a los ojos.








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Cazador


Un paso más y un paso más y otro paso,
un salto mirando a derecha e izquierda,
largos suspiros de gigante, sin comienzo ni fin,
y hojas girando y viento en la selva que no termina.

Pero el verdadero cazador no alcanza nunca su presa,
su boca está hecha jirones y su hablar es fragmentario,
la estrella que buscaba retumba en el cielo
no en paredes anestesiadas por saciedad o por hambre.

En los resplandores del blanco día y de la oscura noche,
allí su tienda y allí ondea su mar,
allí escucha su nombre y allí renace al nuevo día:
el nuevo día que abre las puertas de un nuevo comienzo.








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Observo cómo cambian las sombras


Observo cómo cambian las sombras:
lo que eran lejanas sombras grises,
girando en la mañana para emular al sol,
pasan a ser sombras nocturnas en el cuarto.
Lo que eran barcos sobre las olas,
comercio de un verano a otro verano,
navegan en la mente, lejos del agua.

El mundo va volviéndose interior:
la mirada se organiza como yesca
que no florecerá, cerrándose
-toda transparencia- a la tormenta y al fuego.
Una anticipación del liviano jinete
que galopa rectamente hacia su blanco:
principio y fin de toda la contienda.




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Estación de tren


En la estación hay siempre un crucifijo,
       montañas de papel, un ciego, alguien dormido,
dos manos que se buscan y se pierden, un diario,
       una valija, las vísperas, el viaje.
La estación nos llama desde adentro, de muy atrás
       nos grita, nos desnuda:
hoy es mañana, ayer es nunca;
y hay ruedas, altavoces, tristes árboles, un reloj
       gigante, prodigioso,
palabras que son humo, siluetas que son eco y
       resplandor y despedida,
tabaco, tos, licores rancios.
       ¿Es posible
       preguntar por qué?
La estación es siempre madrugada, telón de fondo,
       carrusel, escalofrío,
una llama que llama y estrangula. Lo más hondo,
       la primavera,
las flores que vendrán, una plaza, un lugar
recién nacido.








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La casa de todo el mundo


La casa de todo el mundo,
la casa en que muertos y vivos se unen para rezar;
helos ahí: jóvenes y viejos, ricos y pobres,
       arrodillados juntos;
preparan la bienvenida para los que llegarán más tarde.
Uno tras otro han cruzado la puerta,
todos aquí aprendieron un oficio nuevo,
cada uno dice, cuando lo llaman: "alguna vez
       fui inocente",
Este persigue una música entre las piedras,
       no más allá del muro,
éste reclama a su madre el brazalete, los anillos
       y el vestido,
aquél se delita arrojando su red en el Gran Lago,
seguro de que un día encontrará la unidad del mundo,
       aunque luego no la pueda descifrar.
En esta casa los busco, en esta casa busco a los míos.
Uno partió en primavera, a otro el invierno le apagó
       el corazón,
el otro salió a buscarlos y vió la sombra de su pie
       desvanecerse.
No sé en qué círculo se encuentran, no sé bajo qué luz.
Aquí es mediodía siempre y el aire huele a tierra
       recién movida.
aquí casi no hay viento y el mar no agita las obras
       de los hombres.
Oigo el sonido de la lanzadera y el peine,
oigo el suspiro de la lana fugándose entre los dedos,
el golpe del pie contra el estribo que parece silbar.
Oigo la voz de todos ellos.
Tejen la alfombra roja para los que mueren por sangre,
tejen la alfombra blanca para los que mueren
        sin maldad ni odio,
tejen la alfombra de nudos transparentes
     para los que vivieron sin amor en los cuerpos.
Este cuenta su viaje a una isla de frutos más dulces
        que la miel,
pero omite decir que entonces era joven:
ésta habla del cruce de un río cuyo lecho
        murmuraba: "regresa, regresa",
ésta deja caer se sus dedos las perlas de su collar:
las perlas grandes enumeran los días felices;
        las pequeñas, los días que no se recuerdan.
Cada uno abraza su sueño para que no se pierda,
cada uno repite el nombre de los que quedaron
        en la aldea
cada uno enhebra con un hilo interminable
        la eternidad que lo separa.
Tejen la alfombra roja para los que mueren por sangre,
tejen la alfombra blanca para los que mueren
        sin maldad ni odio,
tejen la alfombra de nudos transparentes.
Para recordar, tejen; como si recordaran, tejen:
        como si pudieran hacerlo.
Tejen la historia por la que podré reconocerlos,
tejen el secreto por el que llegaré a cada uno,
cuando yo esté entre ellos,
tomado de una mano para entrar, tornado de otra mano
        para salir,
cuando yo encuentre a los míos,
tejiendo mi alfombra para los que todavía no han llegado,
dentro de esos muros. 








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Rafael Felipe Oteriño (1945)
La Plata, Buenos Aires, Argentina.


Lengua madre, 1995.
editorial: Nuevohacer, Grupo Editor Latinoamericano.