13/6/12

Julio Llinás: "te quedarás con la palabra que tiembla entre mis dedos..."




Ojos abiertos


Va y viene
el Tiempo,
lo hemos visto.

Va y viene
el Tiempo
y no espanta
con su trompo
inmóvil,
como a una
cosa condenada
a no vivir
sino en la trama
de un telar.

¿Dónde está
Dios
como no sea
en esa gracia
a la que hay
que retornar?

¡Qué poco importa
el amor,
la fatigada carne!

Se acercan
los jinetes
muertos,
se aproximan
al cuerpo
que vaga
entre las nubes,
con cicatrices
impalpables,
palabras
transparentes, ojos abiertos
a la nada.





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La casa


En esta casa
en que vivo,
la zozobra
me asalta
de perderla.

Ella es mi madre
de recuerdos,
mi continente
arrebatado
a la miseria.

Nada importante
ha sucedido entre
sus muros.

¿Ha de imperdirme Dios
la humilde gloria
de morir en ella?





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Mercado


Íbamos
al mercado
a contemplar
los puestos
esparcidos
como las islas
griegas.

Ella compraba
verduras
relucientes
con su rabioso
dinero
y sus maneras
de señora.

Los comerciantes
nos miraban
como a grandes
doctores de la vida.

Ella escogía
y compraba
y yo
la contemplaba:
dulces zapallos
dorados,
lustrosas
berenjenas,
acelga verde
y jugosa.

A veces
volvemos
al mercado
para saber
si nos amamos
un día,
una noche,
o tal vez
nunca.

A veces
volvemos
al mercado
y no compramos
nada
y nada
nos decimos.

Tan sólo contemplamos
los puestos
esparcidos
como
las islas griegas.





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El intruso


Soy el intruso dondequiera,
el que respira sin desmayo
el aliento de sus hijos
(uno muerto),
la fragancia de un caballo,
los versos de un francés
         adolescente,
una boca sedienta,
una cabaña y un lago dibujados
en una carta,
un anillo violeta palpitando
en el dedo de una mano,
un camposanto, una tumba,
una sonata en los jardines
        de la infancia,
el tedio de los tedios
de los tedios.





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Amistades


La blanca
anciana
del puerto
nos muestra
sus heridas,
nos cuenta
sus historias,
sus mentiras
y dice
que ha vivido
en los burdeles
de Marsella
con un viejo galán
del cine mudo.

Hemos perdido
la razón,
ya lo sabemos,
pero hemos creído
en sus patrañas
y hemos ganado
una amistad.




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Las familias


Yo no he sido
engendrado
por mi abuelo
ebrio
ni he derrotado
el Minotauro.

Tan sólo
he condenado
la pasión de las familias
por la vida
innoble,
y he destinado
un pensamiento
fugaz
al gran Mercurio
dios del Comercio
y los Ladrones.




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Última carta


Me iré hacia
donde estabas
cuando yo nacía
¿Pero
dónde estabas,
entre que ramas
de los Sueños?

Después de tantos
años de no ser,
quiero que vengas
conmigo
a la última quimera.

Y si alma
no existiera
en las divinas
tierras,
te quedarás
con la palabra
que tiembla
entre mis dedos.

¿Adónde iremos
después,
huesos los dos,
fuera del mundo?

¿Hacia que lechos
secretos,
hacia qué juegos
de Tiempo
alborotado
y del humos de Dios?





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Julio Llinás (1929)
Buenos Aires, Argentina


La kermesse celeste, 2001
editorial: ediciones perse

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