30/6/12

Liliana Lukin: "Para tocarse usarán la memoria, los ojos serán un pequeño dolor..."




La noche provoca su mirada de élitro.
La noche ya no es el lugar, entonces, si
levanta los brazos y su corola se expande,
no deja de extrañar lo oscuro, donde esas
gasas, como libélulas, caen
en la profundidad del arco de los párpados.
Lo que luce, sus pechos, lo que vibra,
es el lado visible de una naturaleza que
está antes de sus ojos.
Cuando llora, después de sus ojos, ella
hace de su necesidad el verdadero
motivo del bordado.
Da placer, recibe, y algo falta.
Lo que a él excita, mueve, lo que inquieta
su ánimo, ya temeroso, son las lágrimas.
Cuerpo de agua, ella navega entre
la emoción de él y su propia marca.
las sombras de los dos se tocan y él
se inquietará más cuando las sombras
dejen de tocarse.
Ella no puede menos, no puede dejar
de alzar los brazos, los párpados, la lenta
comisura de la boca, las piernas
con su ajorca que abren y cierran.
Ella no puede menos, y sin embargo
espera algo a cambio ¿Ella ofrece
a cambio de qué?








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Mirar absolutamente todo es producto
del miedo, por eso ella protege
un fragmento:
atenuar el miedo de quien
mira es su objetivo. Si el antifaz no
estuviera, también ella tendría miedo,
en cambio así vestida sólo sostiene
la zozobra del que espera.
Saber que están poseídos, y ella lo ve
acercarse lento, porque la curiosidad
tiene que ver con la pena, dice.
Él pondrá todo en otro lugar, el pelo será
recogido, desordenado, el antifaz borde
ará otros ojos, él actuará.
Pero sus ojos, a menos que se cierren,
sienten. Y la sonrisa, sí, la esbozada, allí,
para siempre, también habla.
Él oye, mira y guarda, en silencio.








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En la alegría está el secreto de su cuerpo.
En la alegría de su cuerpo está el secreto.
Nada hay pues que descifrar fuera de
su sonrisa; nada que provenga del
mundo hará más que borrarla de
su rostro, pero ella cree en la tensa
felicidad de las palabras. Si él dice,
contra su voluntad, la música que a
sus oídos acaricia, ella sonríe, y sus
labios, pegados aún, se estiran como
su sexo para recibirlo.
Él es contagiado por sus propias frases,
el disfruta de esa alegría como de una
nueva, sorprendente escena que le fuera
dado ver: involucrado, ardiendo, en paz.








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Uno de los círculos del infierno crece con su
cabellera, pero no es virtud, sino naturaleza.
De eso ella descansa. Anillada como un
ave, está presa de los pliegues del ojo
que no la ve.
Su dulzura permanece lista para volverse.
Soltando su cabeza, el equilibrio que hará
su corona con el encaje de la almohada
será un llamado, áspero en el aire, un
llamado a lo mismo de siempre, telas o
cobijas, transportada.
Lo que hay, cuando destapa su piel
igual a todas, lo que hay, si él la mira
a través, desaparece.
Iguales, se reconocen en el apretado fulgor
que provocan, en la duración que imprimen
a su propia comunión, en lo infernal
de un nervio tensado desde la felicidad
del arco y de la flecha.
Uno de los círculos crece con su cabellera.
Ella lo mira de través.








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Alentada por la inocencia de esa aparente
estupefacción, quiere algo de él, todavía:
compartir los cuerpos, esos convencidos.
Y él, como ante un regalo, ofrece regalar.
Ella espera el objeto, niña para siempre
con las manos listas a adelantar el
precio de recibir.
Hace tiempo él ha perdido ante ella el
beneficio de la culpa, pero un regalo no se promete
en vano a una niña que sonríe
así, doblemente esperanzada, y que no
aprende.








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Las dos, en igual paisaje, ignoran la
belleza contra la cual deshacen
su urgencia por ser despertadas.
Si él se acercara ahora, su respiración,
entre la línea del pecho y la del pubis,
sería como el suspiro de un final.
Está ante el paisaje, su duplicación,
como está la palabra en el lenguaje.
Ambas en los límites, esperan ser
elegidas por la frase que él pronuncie.
Ambas son los sonidos que él escucha,
la carne que recorre con su lengua.
Cuando entre en él, cada una, cada
una siendo entrada, habrá fuerzas
que revelen, del fondo,
su precipitación.
Las dos, en igual paisaje, simulando
con la forma una eternidad del
movimiento, son el aire que él respira,
la fiesta que descansa de sus ojos.
El sueño de las imágenes produce
vértigo.








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Hay una dulzura que se acerca como
un pájaro, rozará un costado con el ala
más alta y el deslizarse sigiloso hará
el resto. De momentos así, la alegría.
Y aún su cuerpo, precioso en su tersura
de ave, juega a volar como en la
infancia, mientras la mano de él
pesa en cada movimiento, la mano
de él, que ha dibujado la piel entera,
dejado el surco de su edad.








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Coronada de su tristeza ella pasa por
la ancha vereda de las despedidas y
los reencuentros. Tanto esplendor no
quieren en ningún corazón, recita, y
apagan, allí donde ella mantiene la
lumbre. De todo lo que deja atrás, su
túnica imaginaria acumula muestras,
sus oídos, palabras como cosas en sus
aristas, sus ojos, el insoportable
registro de una memoria
completa, móvil y bella.
Y aún cuando pasa, solamente, ellos
apagan, mientras al fondo siempre
parece que asomará una mano dispuesta
a tocar, quemarse, temblar un poco.








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Hay miradas de peligro en la pequeña
felicidad de un abrazo, pero ella está
lista para todos los peligros de su cuerpo.
Peligros son su cabellera
para el suave enredarse
de los dedos y sus gemidos
para quien no quiere oír.
Como un arco se abre en dos
la cortina y los gajos de
su cadera y la forma de
su pecho se abren en dos.
¿Qué hará él con tanto miedo, sino tomar
lo que se abre, entrar, sellar su pánico
en la tibieza, salido de sí, en ella, por
ella, para ella, aunque sea por el leve
instante? Y ella, como un arco de triunfo
cantará, abrasada, entera otra vez, lista
para verlo partir.








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Habrá una última cena, una última
escena que no tendrá más desnudez ni
más vestidos: despojada ya desde antes
de la primera vez, de la esperanza,
esa virgen con su niño, aún.
Para tocarse usarán la memoria,
los ojos serán un pequeño dolor, llagas
si se posan en lo visible de la piel.
Él dirá que debe acostumbrarse a no
tener la cavidad de esa cintura al
alcance de su mano, mientras allí des
cansa de la desesperación.








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Liliana Lukin (1951)
Banfield, Buenos Aires, Argentina


Retórica Erótica, 2002
editorial: Asunto Impreso Ediciones

1 comentario:

  1. gracias por publicar estos poemas.
    Encontrará el link a este blog en mi sitio web
    www.lilianalukin.com.ar

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