4/6/12

Rafael Felipe Oteriño: "Antes buscaba adonde no iba a encontrar. Ahora callo, miro a los ojos..."







Nosotros


En estos muros hubo nieve.
Estas ventanas guardaron los cuerpos más de un invierno.
Este techo era altísimo: tocaba el cielo.
Esta puerta se abrió a mi paso antes de que vinieras.
Esta casa fue nuestra casa.

Nada desconocido puede sucederme ahora.
Lo que me cuida, lo que me protege, pagado está.
Ninguna infancia es más numerosa que su recuerdo.
Incluso el presente podría haber sido adivinado.
Ayúdame a decir: no temo.

¿Adónde nos conocimos? ¿En qué levantada mano no
             estabas?
Nosotros marchábamos ligero, ligero;
las casas iban quedando atrás despacio, despacio.
Debió hacerse noche para que nos viéramos:
ahora todo se ha vuelto casa, incluso el mar.




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Historia


Tu historia, mi historia:
manchar la superficie,
testar las sombras
anteriores,
en el vano intento
de enmendar al sol.
Hasta que la vida nos enseña
que otras plantas vendrán,
que otras sombras
cubrirán la sombra,
que la historia
no se escribe en tierra.
Escrita está
en la rama más alta, en la estela
que se aleja de la costa,
en la nieve, en el fuego,
en la ceniza,
en algo que cayó y rodó.
Es la historia del alma,
la verdadera historia
que narra el viento,
la que no deja huellas:
el roce de pequeños peones
en un tablero.








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La búsqueda del reino


Mis brazos remueven la tiniebla.
Preguntan: ¿dónde está el ayer?;
¿dónde la nube, el temblor, el arcoiris?;
¿dónde la veleta de los campos
gira desnuda, sin temor del aire?
El frío sobre las hojas
trasluce ensimismamiento;
los muertos observan  desde muy atrás,
dando respuestas afirmativas
(los muertos, que todo lo ven);
las ventanas y los balcones
parecen decir algo,
pero es, a nuestros ojos, indescifrable.
Ascendemos y volvemos a descender;
avanzamos, y una voz clara,
nítida -como de pájaro-
nos reclama desde la orilla.
Más allá, más lejos, más lejos,
obliga el viento:
hasta desiertos que a nadie invocan,
hasta cimas que, apenas alcanzadas,
son superadas por alturas mayores.
Más allá de la rosa lírica,
hasta el silencio de las cosas,
a la sombra de los ángeles y de los sueños,
de las personas y de los paisajes.








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Esa que viaja a tu lado


Esa que viaja a tu lado es la muerte.
Tiene los labios acostumbrados
a recorrer el planeta.
Puede bajar en una gota de lluvia,
en el rayo de sol
que besa el pie del recién nacido.

Los que la conocen, la temen.
Los que han podido burlarla,
saben que habrá una próxima vez.
Como un aspa de molino en el campo enorme,
abre grandes sus alas:
no para llegar antes, para dejarte más atrás.

En el montón de hojas secas,
en el crepitar de las llamas,
en el veneno que discurre seguro
hacia alguna fuente,
ella sabe estar.
Con manos rápidas oscurece la tierra.








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El balanceo de esa niña en la hamaca


El balanceo de esa niña en la hamaca
me habla de la vida:
su cuerpo pendiente de una rama;
sus manos aferradas al imperio
de un invisible azul;
los pies deslizándose en el aire
como en la tierra.

Se parece al invierno
con su vara de hielo;
se parece al verano, tan antiguo.
Visible, invisible
-de pie, hasta la flor más alta-,
abriendo y cerrando los ojos,
queriendo llegar.

Ese ir y venir sobre azucenas,
sobre hueso y dolor,
sobre murallas.
Mientras en la sombra
cabecean los ancianos,
y en la copa del árbol
habita un susurro.

(Ese vaivén, oh Dios, que no se apague:
que la estrella no caiga
esta noche;
que no se detenga.)

Todo, desde la altura, se va;
todo, desde la altura, se aleja.
Salta en el agua un pez,
hay primavera en la rama.
El balanceo de esa niña en la hamaca:
la vida y, también, la muerte,
en este rincón del parque.








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El sol de nuevo


No hay otra claridad como ésta, dice el espejo.
He llamado, he buscado,
y la mesa estaba tendida debajo de la lluvia.
Vi un pájaro: ojos amarillos, garganta azul,
y cuando quise alcanzarlo, voló.
Vi la luna, también, su rostro helado,
y en su mejilla pálida, el sol.

Un alud fue despertar, un árbol nuevo
el paso de las horas.
Uno se acostumbra a la puerta escondida,
al río que la atraviesa,
y el mundo no está lejos de las manos.
Antes buscaba adonde no iba a encontrar.
Ahora callo, miro a los ojos.








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Cazador


Un paso más y un paso más y otro paso,
un salto mirando a derecha e izquierda,
largos suspiros de gigante, sin comienzo ni fin,
y hojas girando y viento en la selva que no termina.

Pero el verdadero cazador no alcanza nunca su presa,
su boca está hecha jirones y su hablar es fragmentario,
la estrella que buscaba retumba en el cielo
no en paredes anestesiadas por saciedad o por hambre.

En los resplandores del blanco día y de la oscura noche,
allí su tienda y allí ondea su mar,
allí escucha su nombre y allí renace al nuevo día:
el nuevo día que abre las puertas de un nuevo comienzo.








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Observo cómo cambian las sombras


Observo cómo cambian las sombras:
lo que eran lejanas sombras grises,
girando en la mañana para emular al sol,
pasan a ser sombras nocturnas en el cuarto.
Lo que eran barcos sobre las olas,
comercio de un verano a otro verano,
navegan en la mente, lejos del agua.

El mundo va volviéndose interior:
la mirada se organiza como yesca
que no florecerá, cerrándose
-toda transparencia- a la tormenta y al fuego.
Una anticipación del liviano jinete
que galopa rectamente hacia su blanco:
principio y fin de toda la contienda.




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Estación de tren


En la estación hay siempre un crucifijo,
       montañas de papel, un ciego, alguien dormido,
dos manos que se buscan y se pierden, un diario,
       una valija, las vísperas, el viaje.
La estación nos llama desde adentro, de muy atrás
       nos grita, nos desnuda:
hoy es mañana, ayer es nunca;
y hay ruedas, altavoces, tristes árboles, un reloj
       gigante, prodigioso,
palabras que son humo, siluetas que son eco y
       resplandor y despedida,
tabaco, tos, licores rancios.
       ¿Es posible
       preguntar por qué?
La estación es siempre madrugada, telón de fondo,
       carrusel, escalofrío,
una llama que llama y estrangula. Lo más hondo,
       la primavera,
las flores que vendrán, una plaza, un lugar
recién nacido.








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La casa de todo el mundo


La casa de todo el mundo,
la casa en que muertos y vivos se unen para rezar;
helos ahí: jóvenes y viejos, ricos y pobres,
       arrodillados juntos;
preparan la bienvenida para los que llegarán más tarde.
Uno tras otro han cruzado la puerta,
todos aquí aprendieron un oficio nuevo,
cada uno dice, cuando lo llaman: "alguna vez
       fui inocente",
Este persigue una música entre las piedras,
       no más allá del muro,
éste reclama a su madre el brazalete, los anillos
       y el vestido,
aquél se delita arrojando su red en el Gran Lago,
seguro de que un día encontrará la unidad del mundo,
       aunque luego no la pueda descifrar.
En esta casa los busco, en esta casa busco a los míos.
Uno partió en primavera, a otro el invierno le apagó
       el corazón,
el otro salió a buscarlos y vió la sombra de su pie
       desvanecerse.
No sé en qué círculo se encuentran, no sé bajo qué luz.
Aquí es mediodía siempre y el aire huele a tierra
       recién movida.
aquí casi no hay viento y el mar no agita las obras
       de los hombres.
Oigo el sonido de la lanzadera y el peine,
oigo el suspiro de la lana fugándose entre los dedos,
el golpe del pie contra el estribo que parece silbar.
Oigo la voz de todos ellos.
Tejen la alfombra roja para los que mueren por sangre,
tejen la alfombra blanca para los que mueren
        sin maldad ni odio,
tejen la alfombra de nudos transparentes
     para los que vivieron sin amor en los cuerpos.
Este cuenta su viaje a una isla de frutos más dulces
        que la miel,
pero omite decir que entonces era joven:
ésta habla del cruce de un río cuyo lecho
        murmuraba: "regresa, regresa",
ésta deja caer se sus dedos las perlas de su collar:
las perlas grandes enumeran los días felices;
        las pequeñas, los días que no se recuerdan.
Cada uno abraza su sueño para que no se pierda,
cada uno repite el nombre de los que quedaron
        en la aldea
cada uno enhebra con un hilo interminable
        la eternidad que lo separa.
Tejen la alfombra roja para los que mueren por sangre,
tejen la alfombra blanca para los que mueren
        sin maldad ni odio,
tejen la alfombra de nudos transparentes.
Para recordar, tejen; como si recordaran, tejen:
        como si pudieran hacerlo.
Tejen la historia por la que podré reconocerlos,
tejen el secreto por el que llegaré a cada uno,
cuando yo esté entre ellos,
tomado de una mano para entrar, tornado de otra mano
        para salir,
cuando yo encuentre a los míos,
tejiendo mi alfombra para los que todavía no han llegado,
dentro de esos muros. 








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Rafael Felipe Oteriño (1945)
La Plata, Buenos Aires, Argentina.


Lengua madre, 1995.
editorial: Nuevohacer, Grupo Editor Latinoamericano.

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