1/11/12

Roberto Juarroz: "Hay palabras que se parecen mucho más al silencio..."




7


Amar es la mayor aceptación,
pero también el mayor asombro.
Quizá no sepamos de qué ante qué,
pero percibimos por fin algo más que lo diferente,
tal vez más diferente todavía.

Y así se pone en crisis
la ambulatoria duplicidad de cuanto existe.
El esfuerzo de ser uno
encuentra su descanso
en el esfuerzo de ser dos.
Y sólo entonces
dos es más que uno.
O quizá
más que ninguno.








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13


Hay que cambiar la locura del mundo.
Para iniciar el trabajo
se puede, por ejemplo,
tomar todos los nombres propios
y escribirlos de nuevo con letras minúsculas,
comenzando por el del ser más amado
o la mayor ausencia,
sin olvidar tampoco
el nombre propio de la muerte.

Al empequeñecer progresivamente los nombres,
iremos recobrando el vacío que contienen
y quizá podamos hallar como añadido
el nombre propio de la nada.

Y nombrar a la nada
puede ser precisamente
la fundación que nos falta:
la fundación de una locura
que no necesitemos cambiar.








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6


Hay palabras
que se parecen mucho más al silencio que a palabras.
No porque se las diga en voz baja,
se las coloque debajo de la niebla
o se las dibuje a la sombra presuntuosa de la muerte.

Esas palabras cavan túneles inesperados
en el monótono discurso del hombre,
desdeñan los oropeles de la fábula
que envuelve a las figuras del cortejo
y están siempre dispuestas a escaparse
de los textos trucados que montamos.

Los diccionarios las crucifican en sus folios,
los constructores las usan como estacas o ladrillos,
los directores las maniatan en sus normas,
los vendedores las estampan en sus ítems,
los predicadores las arrojan como pálidos guijarros.

Pero esas palabras no están solas
y cada una busca entonces su pareja
y reabsorbe la sustancia extraviada,
el elemento no catalogado
que la torna más silencio que palabra,
silencio sin silencio.








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23


Los pensamientos a veces se convierten en humo
y nos envuelve como una insólita nube,
fatigada de imitar a las formas.

El yo escapa entonces
como un gas innecesariamente comprimido
y nos queda nada más que la fractura que somos,
este método furtivo y agobiante
para unir lo que no puede unirse de otro modo,
ya que sólo una grieta
puede juntar lo que no existe.

Estamos habituados
a que los pensamientos regresen de ser humo,
pero nuestro yo,
que generalmente también vuelve,
se torna cada vez menos yo,
un demacrado vaho
que apenas si empaña los cristales,
una niebla en suspenso,
un vago ejercicio
de sostener el aliento del verbo.

El pensamiento nos traiciona
y el yo también nos traiciona.
Somos leves señales de humo
que tal vez no tejan ni un código.

Pero abajo, arriba o entre el humo
queda siempre la fidelísima fractura,
la grieta que nos fija en el abismo.








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15


El discurso húmedo de la nostalgia
ablanda las palabras y las cosas
y convierte la vida en más ausencia,
en miga sin corteza.

Lo vivido y lo no vivido
deben trenzarse aquí en lo que se vive,
con el dios que nos falta,
sin arrastrar la cuerda por el barro.

y hasta lo que no viviremos
puede volverse del revés como todo
o abrirse hacia afuera
como una ventana que se rebela.

Porque la nostalgia del futuro
puede arrasar también el pan
y la boca desdentada o con dientes
que trata de comerlo.








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16


Cambiar los ecos de las cosas.
Distribuirlos de otra manera,
hasta que no sea necesario un sonido para producir un eco
y hasta que no haya un silencio sin un eco.

¿Cómo no tienen eco una mirada,
una flor, una ausencia?
¿Cómo no tiene eco el vacío de dios?
¿Cómo no tienen eco la redundancia de la muerte,
la fiebre tersa de la luz,
el diapasón irregular del pensamiento?

Hay además tantos ecos desperdiciados por el mundo
que es justo salvar algunos de su pérdida
cambiándolos de lugar.
Al hombre, por ejemplo,
le sobran ecos donde no los necesita
y le falta en sus zonas esenciales.
El hombre no ha armado el discurso del mundo,
pero puede sin duda transformarlo.
Aunque también el hombre sea
un eco fuera de lugar.








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9


El diálogo con el hombre tiene un límite,
un muro anonadante.
A veces sobreviene el silencio
o también la locura o la muerte.
Pero otras veces es allí donde se inicia
el diálogo con la ausencia,
ese interlocutor que no responde como el otro.

Sin embargo, también la ausencia responde.
Su lenguaje revela otro código,
transversal y traspuesto,
no atado a los circuitos inmediatos,
ni tampoco al recuerdo más o menos sellado
o a las figuraciones o alusiones de estos signos.

El dialogo con la ausencia
es el único diálogo
que va más allá de uno mismo.
Aunque el ejercicio comience
con la ausencia que hay en cada uno.

El último paso,
la perfección del diálogo,
consiste en convertirse uno mismo en ausencia.








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35


Hay momentos que es preciso renunciar al día.
Sólo la noche coincide con nuestra desorientación.
Los cables subrepticios de la luz
sólo sirven entonces para apresarnos.

La sombra no necesita cables ni pretextos.
las señas de la oscuridad parecen signos fraternales.
El universo está solo,
pero nosotros estamos más solos.

No hay día que no se despeñe por dudosos conciliábulos.
La noche, en cambio, está del otro lado de la pérdida.
Y caer en la noche
es mucho más natural que caer en el día.








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16


El cielo raso del sueño
está pintado con pintura ajena al sueño.

El piso del sueño
tiene huellas de distantes latitudes.

La habitación del sueño
es vecina de otras habitaciones
construídas con materiales diferentes.

Y el habitante del sueño
tiene la extraña convicción
de no haber nacido allí.

Los papeles parecen cambiados
y las funciones trastornadas.
Todo sueño debe ser reemplazado por otro.
pero el canje inevitable no es un sueño.








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15


Un zumbido de fondo
acusa la presencia de las cosas.
Necesitamos la palabra y el viento
para poder soportarlo.

Un zumbido de fondo
denuncia la ausencia de las cosas.
Necesitamos inventar otra memoria
para no enloquecer.

Un zumbido de fondo
anuncia que no hay nada
que no pueda existir.
Necesitamos un silencio doblado de silencio
para aceptar que todo existe.

Un zumbido de fondo
subraya el frío de la muerte.
necesitamos la suma de todos los cantos
y el resumen de todos los amores
para poder aplacar ese zumbido.

O una tarde cualquiera,
sin más condición que su abertura,
vendrá un pájaro a posarse en el aire
como si el aire fuera otra rama.
Y entonces cesarán todos los zumbidos.








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4


Relámpago de asombro
en el espacio atónito.

Por lo menos puntuaremos el abismo
con una respiración de luz entecortada
una línea de puntos suspensivos,
paralela a cenizas invisibles.

Nada podría ser más asombroso
que observar y registrar ese espectáculo.
No tenemos, sin embargo,
un buen punto de mira.

Y además carecemos
de la técnica adecuada
para poder juntar la luz de esos relámpagos
en una línea entera.








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11


Cualquier lugar del mundo
puede convertirse en un círculo mágico,
cuando el pensar reencuentra
su tronco esencial.

No sabemos qué pasa afuera del mundo,
pero aquí no hay diferencia
entre un lugar y otro,
si como un zapador iluminado
se cava hasta la base.

Entre las ruinas o las torres,
en el desierto o en el bosque,
en el templo o el mar,
la fundación del encuentro es una sola.

Y después, sólo después,
el sol y la luna
dejan de ser flores monstruosas,
fúnebres coronas
para escoltar nuestra caída.








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25


No sólo la muerte,
como puntual cartero,
pasa y deja su carta.
ocurre lo mismo con la desolación.
Un día cualquiera
llega el sobre fatídico.
No trae una cruenta noticia
ni nos revela ninguna oscuridad.
Es un mensaje de otro tipo:
un gesto quebrado
nos muestra de pronto
la inutilidad de la fe.

Y de repente nos sentimos
lo que hemos sido siempre:
enfermos terminales.
pero ahora,
enfermos terminales
que han perdido hasta el habla,
que han perdido la letanía de su dialogo
y se han quedado aislados,
separados del mundo,
como un dios o los muertos.

Hay mensajes tan cerrados
que ellos mismos ahogan
todas las respuestas posibles.








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Roberto Juarroz (1925-1995)
Coronel Dorrego, Buenos Aires, Argentina.


Undécima Poesía Vertical, 1988
Ediciones Carlo Lohlé

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Hable o calle para siempre