15/3/13

Néstor Groppa: "Vivo anhelando la eternidad del verso..."



Algunas otras tareas en el obrador observadas hacia el final de sus espejos

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        Hice fotografías
-fotografié años a la provincia-:
escribí libros:
publiqué poemas:
edité revistas:
diagramé tapas
y una hoja de almanaque;
derrame notas
necrologicas, solapas,
prólogos y bibliográficas:
presté libros;
hice fichas,
sumas, resúmenes,
síntesis.
Cuidé hijos,
árboles, amapolas y perros;
pinté la silla de la cocina,
la pared del fondo;
Jugue al futbol.
Cambié el aceite del auto;
descargué canastos
con flores;
fui complaciente;
firmé ejemplares,
tuve premios;
estuve sentado en un sillón
de la Legislatura mendocina;
fui operado.

        Viví. Vivo
anhelando la eternidad
del verso.
Caminé hacia el ocaso;
madrugué siempre,
siempre con el alba
en los brazos, como una niña
o un montón de flores,
siempre el alba
al alcance del alma:
siempre, siempre
la pureza del alba
en lo que hice.
Y más anhelo. Y más nostalgia.








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De la espantosa crecida del ochenta y cuatro


        Aquel año los ríos colmarían
hasta el cenit del verano.
Ni el alto con capillas alumbradas a oro,
ni la chala del viento por la Puna,
resistieron diluviar al verano.
Aquellos meses la tierra se aflojaba,
y la tierra partía como llega un milagro.
Y la tierra  soltaba su derrame hacia el Este,
prestándole los ríos sus rezos y pendientes
para que acabara de huir de sí misma.
La tierra se salía de madre,
desprendía los puentes, paraba los caminos,
les ataba el viento a las arboledas,
renegaba - parecía - por lo más reciente de su historia;
restregaría las culpas de su primera luz
de suelo, estaría raspando su cáscara
con rastros de sombras y de frutos
y de semillas y de otras vidas arrojadas.
¡Como nunca, la tierra aquel verano,
pálido verano del ochenta y cuatro!. Como si rastrillara
el martillo de sus lares, donde ramonearon
la neblina, los fuegos, la cabra de altura
y se empavesaran con flores y vainas y calandrias
sus árboles generosos, inocentes.
La tierra pasaba
(algunos decían que más bien era el agua).
En verdad, la tierra se iba
embarullada de presagios
por tanto cansancio y matanza,
tanto nublado como fino polvo de año
castigando ventanas condenadas y techos y declives.
Ella sepultaba, más que nunca,
con ira, devoraba, escurría
su mismísima piel;
batía y se desesperaba raspahilando,
envolviéndose en chalinas urdidas con hebras de la lluvia
larga. La tierra peregrinaba.
Los ríos le cedían el vértigo y la fuerza
para desangrar sus arcillas
y desocupar la historia
(no la de marquesados y capitanías y guerras gauchas
- que ya había alisado el tiempo -,
sino que esta jodida hojarasca).
Era una advertencia:
la tierra vomitaba las sombras, visiones y vesania
de los últimos tiempos.
Tal vez los suelos nacionales purgaran con la lluvia viviente.








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El tilo que estaba en el patio de casa cuenta de la retama, aquel diciembre


        El invierno permanece
aferrado a algunas cosas
que acaricia
con sus nieblas de envejecer.
Desanda rncones, diarios amarillos,
latas oxidadas con salvias
y helecho pluma.
        El invierno
seguía en casa
en la estatua
del tilo seco;
colgado de sus ramas
- el invierno -
con una orquídea
del monte jujeño
vacilando
al no tener
vertedero de árbol vivo.
Pero bebía del aire
por sus cinco puntas,
el rosado de amacener,
cada flor de orquídea
de Santa Bárbara.








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El lirio rosado


        Hay un humo, y es un lirio
que se va de la tierra.
Su sombra nos recuerda la yacente levedad
de la historia, que no vivimos
( "A pedra grande faz sombra.
E a sombra ñao pesa nada".).
En ella respiraron,
entre lo decantado por minutos y centurias
que nutrían y descarnaban.
Hay un humo amojonando, siguiendo al hombre
eterno, una paz de oración; una magistral
clase como es este lirio
expresándose y suspendido en la historia.
Hay en mi patio un resumen,
una maqueta, un museo de lo esencial
en este lirio que  alumbra, que está abandonando
el mes y el año, con su estela rosada.
Como un frasquito o un pomo volcando amaneceres.








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Bicho en un jardincito delantero


        En mi jardín (a la derecha, saliendo)
cultivo un tigre americano.
El gira sobre sí, veloz,
y sus muchas garras concluyen círculos de miel
(crecen como tigres derrumbados, agusitando en un mismo tronco)
La melena es verde fuego
a llamaradas verdes, iluminadoras
engendradoras de hojas de dormir temprano
(hasta hoy, sin flores), hojas impares
(5 ó 7) de palo botella,
y por anhelada gracia, tal vez, samohú.
Tolero a este tigre
(parecido al de las latitas de Té)
apenas liberto pero surto, con médula longitudinal
y corazón de raíz y bifurcada cola
y melena en un solo sitio, girando
como trépano de miel
que sólo de noche bebe
del farol de Agua y Energía en el medio de la calle
y en silencio no caza, solitario.
        Imaginaría, templando sus garras color miel abeja
en el rocío piedra de la madrugada
que está volviendo con más yuchanes veteranos
y vecinos, para ver el domesticado. Porque mi voluntad
es cobijar una tropa, una nube, una tigrada
de palos botella
desde este guacho rugido americano, extraviado y fiel.
      Según entre a casa (a su izquierda de usted).
está el peligro advertido.
Aunque él le muestre un pájaro de flor rosa
aguachentada y con hilillos morados en los muchos ojos,

o esté durmiendo, llano comoo sombra de sí mismo.







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En el otoño hongos anaranjados


        En el otoño hongos anaranjados;
naranjas con vivos amarillos, bajo cielos grises
de tormenta y verdes, verde vegetal
que va perdiéndose hacia el fondo del otoño.
Nacen hongos del grandor de una lágrima
tratada en un tronco que trajimos
del Abra de Salviar,
lloro de vejez.
Este otoño vuelve a encenderse el tronco
rezumador de lluvias, mutilado sostén de  pajarillas
moteadas y orquideas criollas, en casa. Este otoño,
cuando el invierno aún es un violín en la lejanía,
una ciudad de niebla que va ubicándose lentamente.
Digo otoñar  cuando otra vez repasamos libretas de fiado
con la vida, cuando los hongos parecen rodajas
de fuego, floración
de lágrimas de color, enmarcadas.
Cuando estrenan su primavera sin flor
y en pleno otoñar se nitren y visten
con fríos collares o lujos afelpados
semejando una página de ilustración al barniz
en un olorino álbum de familia.








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Con los ríos de Jujuy el grande y los chicos


        Deberíamos ver
qué arrastr el tiempo
y qué es, lo que el río lleva.
Aquél: este sitio
con vísperas, estaciones, aniversorios,
adolescentes, millones de niños
extranjeros y nacionales,
almacenes descuajados, minutos,
guerras, reclamos de amor,
incluso ríos.
A la vez, un surtido de ríos.
        El río de agua decanta sauces, desembrolla
y desata ramilletes de barro,
desdobla cielos, empalma nubes
rehilando cabelleras, crines y tormentas
de tropeles.
Aquél -el tiempo-, también se lleva a este río;
pero éste lo contiene,
le aguanta muertes y derrames - silencios, fallas -,
todo cuanto maniobra, refuta y suma
sin que nadie lo sienta.
El río lo aupa a sus crecidas
sobre el sauce que regresa verde por verdes;
lo identifica en el pez multiplicado,
en la luna que ondula el agua.
Así entendemos cómo ambos caen y se abrazan;
anudan y desanudan.
Aquél, por nosotros, y éste, por la tierra:
lo mismo que decir por el futuro
sin mí.
derivado para entonces en depósito temporal
reservado, y sin ríos.








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Despedidas


        Solían irse a las horas más improbables.
Pero las más difíciles, eran las de la noche
cuando el árbol de la oscuridad
deshojaba estrellas para ambos y para mí.
Ocurría como si fueran a entrar en el sueño
de mi mano, como  tantas veces lo habían hecho
porque todo es poco para encomendar a la lumbre
del amor, los niños. Recuerdo la caricia, el abrazo,
las recomendaciones, la lágrima por llegar
pero retenida desviando las lejanías
del anden, el valijero, el lustra bostezando
la distancia, su nocturno.
Estaba lo desconocido como cuando iban a nacer,
y la desnudez ante el destino
después del nacimiento.
Estaba yo regresándome por los años hasta cierto abuelo.
La mano levantada, los dedos abiertos, el gesto
y sonrisa tristísima en el fluir
de las vislumbres;
el cansancio que la vida nos tolera,
los años mozos, llenos de iniciales
de abuelos e hijos hilvanands
en el tiempo, encabezando este despedir
y ademán constantes, buscándome
o saliendo por los poemas y a la noche
mientras ambos construían
en mí, y lejos de mí, despedida tras despedida
y a veces hasta imaginándome
como si de mis manos fueran a entrar al sueño del futuro.








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Néstor Groppa (1928-2011)
Laborde, Córdoba, luego instalado en San Salvador de Jujuy, Argentina.


Obrador, 1988
Editorial: Buenamontaña, Jujuy

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