28/6/13

Raymond Carver: "el más afortunado de los hombres. Aunque una ola de dolor me atravesó..."




Lluvia


Me desperté esta mañana con
unas ganas terribles de estar en la cama todo el día
y leer. Luché contra eso por un minuto.

Después miré la lluvia por la ventana.
Y cedí. Puse mi ser entero
en la fortaleza de esta mañana lluviosa.

¿Volvería a vivir mi vida otra vez?
¿Cometer los mismos errores imperdonables?
Sí, a la menor oportunidad. Sí.










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Felicidad


Tan temprano que todavía está casi oscuro.
Me acerco a la ventana con un café,
y las cosas habituales tan temprano a la mañana
que pasan por el pensamiento.
Cuando veo al chico y su amigo
caminando por la calle
para repartir el diario.
Llevan gorras y remeras,
y uno de los chicos tiene una bolsa al hombro.
Son tan felices
no están diciendo nada estos chicos.
Creo que si pudieran, se tomarían
del brazo.
Es temprano en la mañana,
y están haciendo estas cosas juntos.
Vienen, lentamente
El cielo está esclareciendo,
aunque la luna todavía cuelga pálida sobre el agua.
Esta belleza que por un minuto
la muerte, la ambición, incluso el amor,
no entran en esto.
La felicidad. Llega
inesperadamente. Y va más allá, en realidad,
cualquier madrugada habla de esto.










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El poema que no escribí


Acá está el poema que iba a escribir
antes, pero no lo hice
porque te oí levantándote.
Estaba pensando otra vez
en esa primera mañana en Zurich.
Cómo nos despertamos antes del amanecer.
Desorientados por un minuto. Pero salimos
hacia el balcón donde miramos
el río y la parte antigua de la ciudad.
Y simplemente parados ahí, sin hablar.
Desnudos. Observando el cielo aclarándose.
Tan emocionados y felices. Como si
nos hubiesen puesto ahí
justo en ese momento.










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Mi hija y el pastel de manzana


Me sirve una porción a minutos de haber
salido del horno. Un poco de vapor se eleva
de los orificios en la parte superior. El azúcar y las especias -
canela - quemados en la corteza.
Pero ella usa gafas oscuras
en la cocina, a las diez en punto
de la mañana - todo tan lindo -
mientras me mira corto
una porción, lo llevo a mi boca,
y soplo. La cocina de mi hija,
en invierno. Clavo el tenedor al pastel
y me digo que debo mantenerme al margen.
Ella dice que lo ama. De ninguna manera
Podría ser peor.










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Mi trabajo


Miro arriba y los veo acercarse
por la playa. El joven
usa un portabebé para llevarlo.
Esto deja sus manos libres
para que él pueda tomar la mano de su mujer
y balancear la otra. Cualquiera puede ver
lo felices que son. E íntimos. Lo estables.
Son más felices que los demás, y lo saben.
Agradecidos por eso, y humildes.
Caminan hasta el final de la playa
y salen de mi vista. Eso es, creo yo,
y vuelvo a esta cosa gobernando
mi vida. Pero en minutos

vuelven caminando a lo largo de la playa.
Lo única diferencia es que cambiaron de lado.
Él está del otro lado de ella ahora,
del lado del océano. Ella está en este lado.
Pero todavía están de la mano. Incluso más
enamorados, si eso es posible. Y lo es.
Después de haber estado ahí bastante tiempo.
Lo de ellos fue un paseo modesto, en quince minutos
fueron y en quince volvieron.
Tuvieron que recorrer sobre
algunas piedras y rodear troncos grandes,
lanzados cuando el mar embraveció.

Caminan en silencio, despacio, tomados de la mano.
Ellos saben que el agua está ahí afuera
pero son tan felices que lo ignoran.
El amor en sus caras jóvenes. Los envuelve.
Quizas dure para siempre. Si tienen suerte,
si son buenos, y pacientes. Y cuidadosos. Si se
siguen amando sin restricciones.
Si son fieles el uno al otro - que la mayoría de todos.
Si ellos lo son, por supuesto, si ellos lo son,
ya que saben que lo serán.
Vuelvo a mi trabajo. Mi trabajo vuelve a mí.
Un viento se levanta sobre el agua.










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Escuchando


Era una noche como otras. Vacía
de todo salvo de recuerdos. Él pensó
que tenía el otro costado de las cosas.
Pero no. Leyó un poco
y escuchó la radio. Miró por la ventana
un rato. Después subió las escaleras. En la cama
se dió cuenta de que había dejado la radio prendida.
Pero cerró los ojos de todos modos. Dentro de la noche profunda,
mientras la casa navegó hacia el oeste, se despertó
escuchando voces susurrantes. Y se heló.
Entonces entendió que era sólo la radio.
Se levantó y bajó las escaleras. Tenía
que hacer pis de cualquier modo. Un poco de lluvia
que no había antes ahora estaba
cayendo. Las voces
en la radio se desvanecieron y después volvieron
como desde un largo camino. No era
la misma estación. La voz de un hombre
dijo algo sobre Borodin,
y su ópera El príncipe Igor. La mujer
a la que le dijo esto asentía, y rió.
Empezó a hablar un poco del relato.
La mano del hombre se alejó del dial.
Una vez más se encontró en presencia
del misterio. La lluvia. La risa. La historia.
El arte. La hegemonía de la muerte.
Se quedó ahí, escuchando.










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Miedo


Miedo de ver un patrullero detenerse en frente de casa.
Miedo de quedar dormido durante la noche.
Miedo de no dormir.
Miedo del surgimiento del pasado.
Miedo del presente tomando vuelo.
Miedo del teléfono que suene en el filo de la noche.
Miedo de las tormentas eléctricas.
¡Miedo de la señora de la limpieza que tiene una mancha en la mejilla!
Miedo de los perros aunque me digan que no muerden.
¡Miedo de la ansiedad!
Miedo de tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo de quedar sin plata.
Miedo de tener mucho, aunque la gente no creyera esto.
Miedo de los perfiles psicológicos.
Miedo de llegar tarde y miedo de llegar antes que nadie.
Miedo de la escritura de mis hijos en sobres.
Miedo de verlos morir antes que yo, y sentirme culpable.
Miedo de tener que vivir con mi madre en su vejez, y la mía.
Miedo de la confusión.
Miedo de que este día termine con un comentario triste.
Miedo de despertarme y ver que te fuiste.
Miedo de no amar y miedo de no amar lo suficiente.
Miedo de que lo que me gusta resultará letal para aquellos que amo.
Miedo de morir.
Miedo de vivir demasiado.
Miedo de morir.

Ya dije eso.










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Todavía estoy pendiente de la número uno


Ahora que te fuiste por cinco días,
Fumaré todos los cigarrillos que quiero,
donde quiero. Haré biscuits y las comeré
con jamón y tocino. Pan. Mimarme
a mí mismo. Pasearé por la playa si siento
que me gusta. Y me da la gana, solo y
pensar en cuando era joven. Las personas
que me amaron más allá de las razones.
Y de cómo las amé por encima de todas las demás.
Excepto una. ¡Estoy diciendo que voy a hacer todo lo que
Quiero acá mientras estes lejos!
Pero hay una cosa que no haré.
No voy a dormir en nuestra cama sin vos.
No, no me complace eso.
Dormiré cuando me dé la maldita gana -
donde mejor duermo cuando estás lejos
y no puedo aguantarte de la forma que lo hago.
En el sofá roto en mi estudio.










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Plata


Con el fin de ser capaz de vivir
en el lado correcto de la ley.
Para usar siempre su propio nombre
y número de teléfono. Para prestarle
a una amiga y no importar
un carajo si la amiga se va de la ciudad.
Espero, de hecho, que lo haga.
Para dar un poco de plata
a su madre. Y a sus
chicos y sus madres.
No ahorrar. Él quiere
usarlo antes de que se acabe.
Comprar ropa.
Pagar el alquiler y los servicios.
Comprar comida, y demases.
Ir a cenar cuando le da la gana.
¡Y está bien
pedir cualquier cosa del menú!
Comprar drogas cuando quiera.
Comprar un auto. Si se rompe
arreglarlo. O si no
comprar otro. ¿Ves ese barco? Él podría comprar uno
igual que ese. Y navegarlo
alrededor del Cuerno, buscando
compañía. Él conoce a una chica
en Porto Alegre, que le encantaría
verlo en
su propio barco, las velas llenas,
entrar al puerto por ella.
Un hombre que pueda permitirse
llegar hasta acá
para verla. Simplemente porque
le gusta el sonido
de su risa,
y la forma en que menea su pelo.










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Donde el agua se junta con otras aguas


Me encantan los arroyos y la música que hacen.
Y las corrientes, entre los árboles y prados, antes
de tener oportunidad de convertirse en arroyos.
Incluso lo que más me encanta
es su secreto. ¡Casi me olvidaba
decir algo sobre la fuente!
¿Puede haber algo más maravilloso que el manantial?
Pero los grandes ríos tienen mi corazón también.
Y los lugares donde las corrientes desembocan en los ríos.
Las bocas abiertas de los ríos donde se unen el mar.
Los lugares donde el agua se junta
con otras aguas. Esos lugares se destacan
en mi mente como lugares sagrados.
¡Pero éstos ríos de la costa!
Me encantan como a algunos hombres los caballos
o las mujeres atractivas. Tengo una cosa
por esta agua fría y rápida.
Con sólo mirarla se me acelera la sangre
y mi piel se estremece. Podría sentarme
y observar estos ríos durante horas.
Ninguno de ellos es como cualquier otro.
Hoy tengo 45 años.
¿Alguien creería si dijera
que una vez tuve 35?
¡Mi corazón vacío y seco a los 35!
Tuvieron que pasar cinco años
antes de que comenzara a fluir de nuevo.
Tomaré todo el tiempo que me da la gana esta tarde
antes de dejar mi lugar al lado de este río.
Me gusta, me encantan los ríos.
Me encanta todo lo que el camino retorna
a su fuente.
Me encanta todo lo que me incrementa.










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Romanticismo


A Linda Gregg,
tras la lectura de Clasicismo


Las noches son muy confusas acá.
Pero si hay luna llena, lo sabemos.
Sentimos una cosa en un minuto,
y otra distinta al siguiente.










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El cenicero



podrías escribir una historia sobre este
cenicero, por ejemplo, y un hombre y una
mujer. Pero el hombre y la mujer son
siempre los dos polos de tu historia.
El Polo Norte y el Sur. Cada
historia tiene estos dos polos - él y ella.

A. P. Chéjov



Ellos están solos en la mesa de la cocina del apartamento
de su amiga. Estarán solos una hora y después,
su amiga volverá. Afuera, está lloviendo -
la lluvia cae como agujas, fundiéndose con la nieve
de la semana pasada. Están fumando y usando el cenicero... Quizás
sólo uno de ellos está fumando... ¡Él está fumando! No
importa. De cualquier modo, el cenicero se está llenando con
cigarrillos y cenizas.

Ella está lista para romper en llanto en cualquier momento.
Para declararsele a él, de hecho, aunque ella es orgullosa
Y nunca pidió nada en su vida.
Él ve lo que está viniendo, reconoce las señales -
un nudo en su voz cuando lleva sus dedos
a su medallón, el que su madre le dejó.
Él empuja la silla hacia atrás, se levanta, se acerca a
la ventana... Él desearía que fuese mañana y
estar en las carreras. Él desearía estar afuera caminando,
con el paraguas... Se acaricia el bigote
y desearía estar en cualquier lugar menos acá. Pero
no tiene opción en este asunto. Tuvo
que poner una buena cara por el bien de todos.
Dios sabe, él nunca quiso que las cosas sucedieran
así. Pero es hundirse o nadar ahora. Un movimiento
equivocado y él se arriesga a perder su amiga, también.

Su respiración se ralentiza. Ella lo mira pero
no dice nada. Ella sabe, o cree
saber, donde esto lleva. Ella pasa una mano
sobre sus ojos, se inclina hacia delante y pone su cabeza
en sus manos. Ella hizo esto unas cuantas veces
antes, pero no tiene idea de que es algo
que lo enloquece. Él mira hacia otro lado y rechina
sus dientes. Enciende un cigarrillo, sacude
el fósforo, permanece un minuto más en la ventana.

Después vuelve hacia la mesa y se sienta
con un suspiro. Suelta el fósforo en el cenicero.
Ella toma su mano, y él la deja
tomarla. ¿Por qué no? ¿Dónde está el problema?
La deja. Su decisión está tomada. Ella cubre sus
dedos con besos, las lágrimas caen sobre su muñeca.

Él tira el cigarrillo y la mira
como un hombre miraría con indiferencia a
una nube, un árbol, o un campo de avena al atardecer.
Limita sus ojos contra el humo. De vez
en cuando utiliza el cenicero mientras espera
a que ella termine de llorar.










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Anatema


La familia entera sufrió.
Mi mujer, yo mismo, los dos chicos y la perra
cuyos cachorros nacieron muertos.
Nuestros asuntos, mientras tanto eran desastrosos.
Mi mujer fue abandonada por su amante,
el profesor de música manco que era
su único contacto con el mundo exterior
y las cosas de la mente.
Mi propia novia dijo que no podía soportar
más, y volvió con su marido.
Cortaron el agua.
Todo ese verano la casa se cocinó.
Los árboles de durazno estaban marchitos.
Nuestro lecho de rosas estaba pisoteado.
Al auto se le rompieron los frenos y la batería
fallaba. Los vecinos dejaron de hablarnos
y nos cerraron las puertas en nuestra cara.
Los comerciantes nos devolvían los cheques  -
y después dejaron de entregarnos el correo
por completo. Sólo el comisario pasaba
de vez en cuando - con uno u otro
de nuestros chicos en el asiento trasero,
suplicando ser llevado a cualquier lugar menos este.
Y después los ratones entraron a la casa en manada.
Seguidos por una serpiente. Mi mujer
la encontró tomando sol en el living
al lado del televisor muerto. Cómo ella lidió con eso
es otra tema. Le cortó la cabeza
justo ahí en el suelo.
Y después la cortó en dos cuando continuaba
retorciéndose. Vimos que no podíamos aguantar
más tiempo. Estábamos abatidos.
Queríamos ponernos de rodillas
y decir que nos perdonen nuestros pecados, perdonen
nuestras vidas. Pero ya era demasiado tarde.
Demasiado tarde. Nadie quiso escuchar.
Tuvimos que ver cómo la casa fue derribada,
la tierra se abrió, y después
nos dispersamos en cuatro direcciones.










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Tarde en la noche con niebla y caballos


Estaban en el living. Despidiéndose
Un zumbido perdido en sus oídos.
Habían pasado por muchas cosas juntos, pero ahora
no podían dar un paso más. Además, para él
había alguien más. Las lágrimas caían
cuando un caballo salió de la niebla
en el jardín delantero. Después otro, y
otro. Ella salió y dijo:
"¿De dónde vienen, caballos lindos?"
y pasó entre ellos, llorando,
tocando sus flancos. Los caballos comenzaron
a pastar en el jardín.
Él hizo dos llamadas: una fue directamente
al comisario - "se escaparon los caballos de alguien".
Pero hubo otra llamada también.
Después se unió a su mujer en el jardín
donde juntos le hablaban y murmuraban
a los caballos. (Cualquier cosa
que estaba pasando estaba pasando en otro tiempo).
Los caballos pastaron en el jardín
esa noche. Una luz roja de emergencia
brilló mientras un sedán salió de la niebla.
Las voces salieron de la niebla.
Al final de esa larga noche,
cuando finalmente pusieron sus brazos alrededor
del otro, su abrazo estaba lleno de
pasión y recuerdos. Cada uno recordó
la juventud del otro. Ahora algo había terminado,
algo más se precipitaba para ocupar su lugar.
Llegó el momento de la despedida en sí.
"Adiós, que estés bien," dijo ella.
Y después se alejó.
Mucho más tarde,
él se acordó de hacer una llamada desastrosa.
Una en la que tuvo que insistir e insistir,
una maldición. Se redujo
a eso. El resto de su vida.
Maldición.










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La billetera de mi papá


Mucho antes de pensar en su propia muerte,
mi papá me dijo que quería yacer cerca
de sus padres. Los extrañaba tanto
después que se fueron.
Dijo esto lo suficiente que mi madre se acordaba,
y me acordé. Pero cuando el aire
dejó sus pulmones y todos sus signos vitales
desvanecieron, se encontró en un pueblo
a 512 millas de donde él quería estar.

Mi padre, sin embargo. Estaba inquieto
Aún en la muerte. Aún muerto
tenía que hacer éste último viaje.
Durante toda su vida, le gustaba pasear,
y ahora tenía un lugar más para ir.

El enterrador dijo que lo arreglaría,
no se preocupen. Una luz pobre
cayó desde la ventana sobre el suelo polvoriento
donde esperamos esa tarde
hasta que el hombre salió de la trastienda
y se sacó los guantes de goma.
Llevaba el olor del formol con él.
Era un gran hombre, dijo este enterrador.
Entonces empezó a decirnos por qué
le gustaba vivir en su pueblito.
Este hombre que acababa de abrirle las venas a mi papá.
¿Cuánto costará?, Le dije.

Sacó su libreta, una lapicera y empezó a
escribir. Primero, los preparativos.
Después calculó el traslado
de los restos a 22 centavos la milla.
Pero se trataba de la ida y vuelta para el enterrador,
no se olvide. Además, por ejemplo, seis comidas
y dos noches en un motel. Estimó
un poco más. Agregó un recargo de
$210 por su tiempo y esfuerzo,
y ahí lo tiene.

Pensó que podríamos discutirlo.
Había una mancha de color en
cada una de sus mejillas mientras miraba
sus cálculos. La misma luz pobre
cayó en el mismo lugar pobre en
el suelo polvoriento. Mi madre asintió con la cabeza
como si entendiera. Pero ella
no había entendido ni una sola palabra.
Nada de eso tenía sentido para ella,
empezando por el momento en que salió de casa
con mi papá. Sólo sabía
que todo lo que estaba pasando
era para sacarle dinero.
Metió la mano en su cartera y sacó
la billetera de mi papá. Los tres
en ese cuartito en esa tarde.
Nuestra respiración entrando y saliendo.

Miramos la billetera por un minuto.
Nadie dijo nada.
Toda vida había desaparecido de esa billetera.
Estaba vieja, rota y sucia.
Pero era la billetera de mi papá. Y ella la abrió
y miró dentro. Sacó
un puñado de billetes que iría
destinado a este último, su viaje más sorprendente.










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Cerrás la puerta por fuera, después tratás de entrar


Simplemente salís y cerrás la puerta
sin pensar. Y cuando te des cuenta
de lo que hiciste
será demasiado tarde. Si esto suena
como la historia de una vida, está bien.

Estaba lloviendo. Los vecinos que tenían
una llave no estaban. Traté y traté
por las ventanas de abajo. Miré fijo
adentro: el sofá, las plantas, la mesa
y sillas, el equipo de música.
Mi taza de café y ceniceros me esperaban
sobre la mesa de vidrio, y mi corazón
se iba hacia ellos. Les dije: Hola, amigos,
o algo así. Después de todo,
esto no era tan malo.
Cosas peores pasaron. Incluso
esto era un poco gracioso. Encontré la escalera.
La agarré y la apoyé contra la pared.
Después subí bajo la lluvia hasta la terraza,
pasé sobre la reja
e intenté abrir la puerta. Que estaba cerrada,
por supuesto. Pero volví a mirar del mismo modo
mi escritorio, algunos papeles, y mi silla.
Esta era la ventana sobre el otro lado
del escritorio donde levantaba mis ojos
y miraba afuera cuando me sentaba en ese escritorio.
Esto no es como la planta baja, pensé.
Esto es otra cosa.

Y había algo que nunca había visto,
desde la terraza. Estar ahí, dentro, y no estar ahí.
Ni siquiera creo que pueda explicarlo.
Puse mi cara cerca del vidrio
y me imaginé a mí mismo dentro,
sentado en el escritorio. Mirando arriba
desde mi trabajo de vez en cuando.
Pensando en otro lugar
y en otro tiempo.
La gente que había amado después.

Me quedé ahí por un minuto bajo la lluvia.
Considerándome como el más afortunado de los hombres.
Aunque una ola de dolor me atravesó.
Aunque me sentí violentamente avergonzado
del daño que había hecho en aquel entonces.
Me golpeó la hermosa ventana.
Y dí un paso para entrar.










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Álamos


Imaginá a un joven, solitario, sin nadie.
En el momento en que unas gotas de lluvia golpeaban su ventana
empezó a garabatear.
Vivía en una pensión con ratones como compañía.
Me encantaba su valentía.

Alguien más a unas puertas más abajo
escuchaba discos de Segovia durante todo el día.
Nunca salió de su cuarto, y nadie podía culparlo.
Por la noche pudo escuchar las otras
máquinas escribiendo, y sentirse reconfortado.

Literatura y música.
Todos soñando con jinetes españoles
y jardines.
Desfiles. Ceremonia y
resplandor.

Las arboledas de álamos.
Días de lluvia y marea alta.
Hojas machacadas en el suelo finalmente.
En mi corazón, esta pedazo de tierra
que la tormenta ilumina.










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Trabajo


El amor al trabajo. La sangre cantando
en eso. El gran auge placentero
de ello en el trabajo. Un hombre dice:
Estoy trabajando. O, trabajé hoy.
O, estoy tratando de hacer mi trabajo.
Él está trabajando siete días a la semana.
Y despertándose por la mañana
con su joven mujer, su cabeza en la máquina de escribir.
La plenitud antes del trabajo.
La comprensión lo sorprendió después.
Sujeta su casco.
Sube a su motocicleta
y piensa en casa.
Y trabaja. Sí, trabaja. Lo que
dura el viaje.










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Woolworth's 1954


De dónde surgió esto, o por qué,
No se. Pero pienso en esto
desde que Robert llamó
diciéndome que estaría acá en
minutos para ir a pescar almejas.

Es sobre mi primer empleo, trabajaba
para un hombre llamado Sol.
Cincuenti tantos años, pero era
un repositor como yo.
Había trabajado así toda su vida
sin ascender. Pero agradecido
por este trabajo, como yo.
Él sabía todo lo que había
que saber sobre la mercancía
del negocio y estaba dispuesto
a que me enseñara. Tenía dieciséis, trabajaba
por menos de un dolar la hora. Me encantaba
ser lo que era. Sol me enseñó
lo que sabía. Fue muy paciente,
aunque también ayudó que aprendiera rápido.

El recuerdo más importante
en todo ese tiempo: abriendo
las cajas de lencería femenina.
Bragas, delicadas y suaves
cosas así. Las sacaba
de las cajas a manos llenas. Algo
dulce y misterioso en esas
cosas incluso después. Sol las llamaba
"lencer-ey", ¿"Lencer-ey?"
¿Yo qué sabía? Le decía así
también por un tiempo. "Lencer-ey".

Luego crecí. Dejé de ser
un repositor. Empecé a pronunciar
bien esa palabra.
¡Sabía de qué estaba hablando!
Salía con chicas
con la esperanza de tocar esa suavidad,
deslizándome por esas bragas.
Y a veces pasó. Dios,
me dejaron. Y ellas fueron (cursiva)
lencer - ey, esas bragas.
Se resistían un poco
A veces, cuando se deslizaban bajo
el vientre, pegándose suavemente
a la piel blanca y tibia.
Pasando por encima de las caderas, las nalgas
y los hermosos muslos, viajando
más rápido mientras cruzaban las rodillas,
¡las pantorrillas! Llegando a los tobillos,
juntándose para esta
ocasión. Y finalmente
las tiraba al suelo del auto y
las olvidaba. Hasta que tenías
que buscarlas.

"Lencer-ey".

¡Esas chicas dulces!
"Quédense un poco, son tan hermosas."
Sé quién decía eso. Es bueno,
y lo usaré. Robert y sus
hijos y yo acá sobre la orilla
con nuestros baldes y palas.
Sus hijos, que no comen almejas, cortando
todo el tiempo, diciendo: "¡qué asco!"
o "Ugh", mientras las almejas se cierran
en las palas llenas de arena
y las echamos al balde.
Yo pensando todo el tiempo
en esos primeros días en Yakima.
Y en las bragas suaves como la seda.
La clase de lencería que Jeanne usaba,
y Rita, Muriel, Sue, y su hermana,
Cora Mae. Todas esas chicas.
Viejas ya. O peor.
Lo diré: muertas.








(versiones en castellano: Hugo Zonáglez)


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Rain



Woke up this morning with
a terrific urge to lie in bed all day
and read. Fought against it for a minute.

Then looked out the window at the rain.
And gave over. Put myself entirely
in the keep of this rainy morning.

Would I live my life over again?
Make the same unforgivable mistakes?
Yes, given half a chance. Yes.










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Happiness


So early it's still almost dark out. 
I'm near the window with coffee, 
and the usual early morning stuff 
that passes for thought. 
When I see the boy and his friend 
walking up the road 
to deliver the newspaper. 
They wear caps and sweaters, 
and one boy has a bag over his shoulder. 
They are so happy 
they aren't saying anything, these boys. 
I think if they could, they would take 
each other's arm. 
It's early in the morning, 
and they are doing this thing together. 
They come on, slowly. 
The sky is taking on light, 
though the moon still hangs pale over the water. 
Such beauty that for a minute 
death and ambition, even love, 
doesn't enter into this. 
Happiness. It comes on 
unexpectedly. And goes beyond, really, 
any early morning talk about it. 










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The poem I didn't write


Here is  the poem I was going to write
earlier, but didn’t
because I heard you stirring.
I was thinking again
about that first morning in Zurich.
How we woke up before sunrise.
Disoriented for a minute. But going
out onto the balcony that looked down
over the river, and the old part of the city.
And simply standing there, speechless.
Nude. Watching the sky lighten.
So thrilled and happy. As if
we’d been put there
just at that moment.










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My daughter and apple pie


She serves me a piece of it a few minutes
out of the oven. A little steam rises
from the slits on top. Sugar and spice - 
cinnamon - burned into the crust. 
But she's wearing these dark glasses
in the kitchen at ten o'clock
in the morning - everything nice -
as she watches me break off
a piece, bring it to my mouth, 
and blow on it. My daughter's kitchen, 
in winter. I fork the pie in
and tell myself to stay out of it. 
She says she loves him. No way
Could it be worse. 










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My work


I look up and see them starting
down the beach. The young man
is wearing a packboard to carry the baby.
This leaves his hands free
so that he can take one of his wife’s hands
in his, and swing his other. Anyone can see
how happy they are. And intimate. How steady.
They are happier than anyone else, and they know it.
Are gladdened by it, and humbled.
They walk to the end of the beach
and out of sight. That’s it, I think,
and return to this thing governing
my life. But in minutes

they come walking back along the beach.
The only thing different is that they have changed sides.
He is on the other side of her now,
the ocean side. She is on this side. 
But they are still holding hands. Even more
in love, if that’s possible. And it is.
Having been there for a long time myself.
Theirs has been a modest walk, fifteen minutes
down the beach, fifteen minutes back.
They’ve had to pick their way
over some rocks and around huge logs,
tossed up from when the sea ran wild.

They walk quietly, slowly, holding hands.
They know the water is out there
but they’re so happy that they ignore it.
The love in their young faces. The surround of it.
Maybe it will last forever. If they are lucky,
and good, and forbearing. And careful. If they
go on loving each other without stint. 
Are true to each other—that most of all.
As they will be, of course, as they will be,
as they know they will be.
I go back to my work. My work goes back to me.
A wind picks up out over the water.










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Listening


It was a night like all the others. Empty
of everything save memory. He thought
he'd got to the other side of things.
But he hadn't. He read a little
and listened to the radio. Looked out the window
for a while. Then went upstairs. In bed
realized he'd left the radio on.
But closed his eyes anyway. Inside the deep night,
as the house sailed west, he woke up
to hear voices murmuring. And froze.
Then understood it was only the radio.
He got up and went downstairs. He had
to pee anyway. A little rain
that hadn't been there before was
falling outside. The voices
on the radio faded and then came back
as if from a long way. It wasn't
the same station any longer. A man's voice
said something about Borodin,
and his opera Prince Igor. The woman
he said this to agreed, and laughed.
Began to tell a little of the story.
The man's hand drew back from the switch.
Once more he found himself in the presence
of mystery. Rain. Laughter. History.
Art. The hegemony of death.
He stood there, listening.










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Fear


Fear of seeing a police car pull into the drive.
Fear of falling asleep at night.
Fear of not falling asleep.
Fear of the past rising up.
Fear of the present taking flight.
Fear of the telephone that rings in the dead of night.
Fear of electrical storms.
Fear of the cleaning woman who has a spot on her cheek!
Fear of dogs I've been told won't bite.
Fear of anxiety!
Fear of having to identify the body of a dead friend.
Fear of running out of money.
Fear of having too much, though people will not believe this.
Fear of psychological profiles.
Fear of being late and fear of arriving before anyone else.
Fear of my children's handwriting on envelopes.
Fear they'll die before I do, and I'll feel guilty.
Fear of having to live with my mother in her old age, and mine.
Fear of confusion.
Fear this day will end on an unhappy note.
Fear of waking up to find you gone.
Fear of not loving and fear of not loving enough.
Fear that what I love will prove lethal to those I love.
Fear of death.
Fear of living too long.
Fear of death.

I've said that.










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Still looking out for number one


Now that you've gone away for five days,
I'll smoke all the cigarettes I want,
where I want. Make biscuits and eat them
with jam and fat bacon. Loaf. Indulge
myself. Walk on the beach if I feel
like it. And I feel like it, alone and
thinking about when I was young. The people
then who loved me beyond reason.
And how I loved them above all others.
Except one. I'm saying I'll do everything
I want here while you're away!
But there's one thing I won't do.
I won't sleep in our bed without you.
No. It doesn't please me to do so.
I'll sleep where I damn well feel like it --
where I sleep best when you're away
and I can't hold you the way I do.
On the broken sofa in my study. 










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Money


In order be able to live
on the right side of the law.
To always use his own name
and phone number. To go bail
for a friend and not give
a damn if the friend skips town.
Hope, in fact, she does.
To give some money
to his mother. And to his
children and their mother. 
Not save it. He wants 
to use it up before it's gone.
Buy clothes with it. 
Pay the rent and utilities. 
Buy food, and the some.
Go out for dinner when he feels like it.
And it's okay
to order anything off the menu!
Buy drugs when he wants. 
Buy a car. If he breaks
down, repair it. Or else
buy another. See that boat? He might buy one
just like it. And sail it
around the Horn, looking
for company. He knows a girl
in Porto Alegre who'd love
to see him in
his own boat, sails full, 
turn into the harbor for her.
A fellow who could afford
to come all this way
to see her. Just because
he liked the sound
of her laughter, 
and the way she swings her hair.










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Where water comes together with other water



I love creeks and the music they make.
And rills, in glades and meadows, before
they have a chance to become creeks.
I may even love them best of all
for their secrecy. I almost forgot
to say something about the source!
Can anything be more wonderful than spring?
But the big streams have my heart too.
And the places streams flow into rivers.
The open mouths of rivers where they join the sea.
The places where water comes together
with other water. Those places stand out
in my mind like holy places.
But these coastal rivers!
I love them the way some men love horses
or glamorous women. I have a thing
for this cold swift water.
Just looking at it makes my blood run
and my skin tingle. I could sit
and watch these rivers for hours.
Not one of them like any other.
I’m 45 years old today.
Would anyone believe it if I said
I was once 35?
My heart empty and sere at 35!
Five more years had to pass
before it began to flow again.
I’ll take all the time I please this afternoon
before leaving my place alongside this river.
It pleases me, loving rivers.
Loving them all the way back
to their source.
Loving everything that increases me.










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Romanticism



For Linda Gregg,
after reading "Classicism"


The nights are very unclear here.
But if the moon is full, we know it.
We feel one thing one minute,
something else the next.










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The ashtray 



you could write a story about this
ashtray, for example, and a man and a 
woman. But the man and the woman are 
always the two poles of your story. 
The North Pole and the South. Every
Story has these two poles - he and she. 
- A. P. Chekhov


They're alone at the kitchen table in her friend's
apartment. They'll be alone for another hour, and then
her friend will be back. Outside, it's raining - 
the rain coming down like needles, melting last week's 
snow. They're smoking and using the ashtray. . . Maybe
just one of them is smoking . . . He's smoking! Never
mind. Anyway, the ashtray is filling up with
cigarettes and ashes. 

She's ready to break into tears at any minute. 
To plead with him, in fact, though she's proud
And has never asked for anything in her life. 
He sees what's coming, recognizes the signs - 
a catch in her voice as she brings her fingers
to her locket, the one her mother left her. 
He pushes back his chair, gets up, goes over to
the window . . . He wishes it were tomorrow and he
were at the races. He wishes he was out walking, 
using his umbrella . . . He strokes his mustache
and wishes he were anywhere except here. But
he doesn't have and choice in the matter. He's got
to put a good face on this for everybody's sake. 
God knows, he never meant for things to come 
to this. But it's sink or swim now. A wrong
move and he stands to lose her friend, too. 

Her breathing slows. She watches him but
doesn't say anything. She knows, or thins she
knows, where this is leading. She passes a hand
over her eyes, leans forward and puts her head
in her hands. She's done this a few times 
before, but has no idea it's something
that drives him wild. He looks away and grinds
his teeth. He lights a cigarette, shakes out
the match, stands a minute longer at the window. 

Then walks back to the table and sits
down with a sigh. He drops the match in the ashtray. 
She reaches for his hand, and he lets her
take it. Why not? Where's the harm? 
Let her. His mind's made up. She covers his
fingers with kisses, tears fall on to his wrist. 

He draws on his cigarette and looks at her
as a man would look indifferently on
a cloud, a tree, or a field of oats at sunset. 
He narrows his eyes against the smoke. From time
to time he uses the ashtray as he waits
for her to finish weeping. 










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Anathema


The entire household suffered.
My wife, myself, the two children, and the dog
whose puppies were born dead.
Our affairs, such as they were, withered.
My wife was dropped by her lover,
the one-armed teacher of music who was
her only contact with the outside world
and the things of the mind.
My own girlfriend said she couldn’t stand it
anymore, and went back to her husband.
The water was shut off.
All that summer the house baked.
The peach trees were blasted.
Our little flower bed lay trampled.
The brakes went out in the car, and the battery
failed. The neighbors quit speaking
to us and closed the doors in our faces.
Checks flew back at us from merchants —
and then mail stopped being delivered
altogether. Only the sheriff got through
from time to time — with one or the other
of our children in the back seat,
pleading to be taken anywhere but here.
And then mice entered the house in droves.
Followed by a bull snake. My wife
found it sunning itself in the living room
next to the dead TV. How she dealt with it
is another matter. Chopped its head off
right there on the floor.
And then chopped it in two when it continued
to writhe. We saw we couldn’t hold out
any longer. We were beaten.
We wanted to get down on our knees
and say forgive us our sins, forgive us
our lives. But it was too late.
Too late. No one around would listen.
We had to watch as the house was pulled down,
the ground plowed up, and then
we were dispersed in four directions.










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Late night with fog and horses


They were in the living room. Saying their
goodbyes. Loss ringing in their ears.
They'd been through a lot together, but now
they couldn't go another step. Besides, for him
there was someone else. Tears were falling
when a horse stepped out of the fog
into the front yard. Then another, and
another. She went outside and said,
"Where did you come from, you sweet horses?"
and moved in amongst them, weeping,
touching their flanks. The horses began
to graze in the front yard.
He made two calls: one call went straight
to the sheriff - "someone's horses are out."
But there was that other call, too.
Then he joined his wife in the front
yard, where they talked and murmured
to the horses together. (Whatever was
happening now was happening in another time.)
Horses cropped the grass in the yard
that night. A red emergency light
flashed as a sedan crept in out of fog.
Voices carried out of the fog.
At the end of that long night,
when they finally put their arms around
each other, their embrace was full of
passion and memory. Each recalled
the other's youth. Now something had ended,
something else rushing in to take its place.
Came the moment of leave-taking itself.
"Goodbye, go on," she said.
And then pulling away.
Much later,
he remembered making a disastrous phone call.
One that had hung on and hung on,
a malediction. It's boiled down
to that. The rest of his life.
Malediction.










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My dad's wallet



Long before he thought of his own death,
my dad said he wanted to lie close
to his parents. He missed them so
after they went away.
He said this enough that my mother remembered,
and I remembered. But when the breath
left his lungs and all signs of life
had faded, he found himself in a town
512 miles away from where he wanted most to be.

My dad, though. He was restless
even in death. Even in death
he had this one last trip to take.
All his life he liked to wander,
and now he had one more place to get to.

The undertaker said he'd arrange it,
not to worry. Some poor light
from the window fell on the dusty floor
where we waited that afternoon
until the man came out of the back room
and peeled off his rubber gloves.
He carried the smell of formaldehyde with him.
He was a big man, this undertaker said.
Then began to tell us why
he liked living in his small town.
This man who'd just opened my dad's veins.
How much is it going to cost? I said.

He took out his pad and pen and began
to write. First, the preparation chares.
Then he figured the transportation
of the remains at 22 cents a mile.
But this was a round-trip for the undertaker,
don't forget. Plus, say, six meals
and two nights in a motel. He figured
some more. Add a surcharge of
$210 for his time and trouble,
and there you have it.

He thought we might argue.
There was a spot of color on
each of his cheeks as he looked up
from his figures. The same poor light
fell in the same poor place on
the dusty floor. My mother nodded
as if she understood. But she
hadn't understood a word of it.
None of it had made any sense to her,
beginning with the time she left home
with my dad. She only knew
that whatever was happening
was going to take money.
She reached into her purse and brought up
my dad's wallet. The three of us
in that little room that afternoon.
Our breath coming and going.

We stared at the wallet for a minute.
Nobody said anything.
All the life had gone out of that wallet.
It was old and rent and soiled.
But it was my dad's wallet. And she opened
it and looked inside. Drew out
a handful of money that would go
toward this last, most astounding, trip.










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Locking yourself out, then trying to get back in



You simply go out and shut the door
without thinking. And when you look back
at what you've done
it's too late. If this sounds
like the story of a life, okay. 

It was raining. The neighbors who had
a key were away. I tried and tried
the lower windows. Stared
inside the sofa, plants, the table
and chairs, the stereo set-up.
My coffee cup and ashtrays waited for me
on the glass-topped table, and my heart
went out to them. I said, Hello, friends,
or something like that. After all,
this wasn't so bad.
Worse things had happened. This 
was even a little funny. I found the ladder.
Took that and leaned it against the house.
Then climbed in the rain to the deck,
swung myself over the railing
and tried the door. Which was locked,
of course. But I looked in just the same
at my desk, some papers, and my chair.
This was the window on the other side 
of the desk where I'd raise my eyes
and stare out when I sat at that desk.
This is not like downstairs, I thought.
This is something else. 

And it was something to look in like that, unseen,
from the deck. To be there, inside, and not be there.
I don't even think I can talk about it.
I brought my face close to the glass
and imagined myself inside,
sitting at the desk. Looking up
from my work now and again.
Thinking about some other place
and some other time.
The people I had loved then. 

I stood there for a minute in the rain.
Considering myself to be the luckiest of men.
Even though a wave of grief passed through me.
Even though I felt violently ashamed 
of the injury I'd done back then. 
I bashed that beautiful window.
And stepped back in. 










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Aspens


Imagine a young man, alone, without anyone.
The moment a few raindrops streaked his glass
he began to scribble.
He lived in a tenement with mice for company.
I loved his bravery.

Someone else a few doors down
played Segovia records all day.
He never left his room, and no one could blame him.
At night he could hear the other’s
typewriter going, and feel comforted.

Literature and music.
Everyone dreaming of Spanish horsemen
and courtyards.
Processions. Ceremony, and
resplendence.

Aspen trees.
Days of rain and high water.
Leaves hammered into the ground finally.
In my heart, this plot of earth
that the storm lights.










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Work


Love of work. The blood singing
in that. The fine high rise
of it into the work. A man says,
I’m working. Or, I worked today.
Or, I’m trying to make it work.
Him working seven days a week.
And being awakened in the morning
by his young wife, his head on the typewriter.
The fullness before work.
The amazed understanding after.
Fastening his helmet.
Climbing onto his motorcycle
and thinking about home.
And work. Yes, work. The going
to what lasts.










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Woolworth's 1954


Where this floated up from, or why, 
I don't know. But thinking about this
since just after Robert called
telling me he'd be here in few
minutes to go clamming.

How on my first job I worked
under a man named Sol.
Fifty-some years old, but
a stockboy like I was.
Had worked his way
up to nothing. But grateful
for this job, same as me.
He knew everything there was
to know about that dimenstore
merchandise and was willing
to show me. I was sixteen, working
for six bits an hour. Loving it
that I was. Sol taught me
what he knew. He was patient, 
though it helped I learned fast.

Most important memory
of that whole time: opening
the cartons of women's lingerie.
Underpants, and soft, clingy things
like taht. Taking it out
of cartons by the handful. Something
sweet and mysterious about those
things even then. Sol called it
"linger-ey", "Linger-ey?"
What did I know? I called it
that for a while too. "Linger-ey".

Then I got older. Quit being
a stockboy. Started pronouncing
that frog word right.
I knew what I was talking about!
Went to taking girls out
in hopes of touching that softness, 
slipping down those underpants. 
And sometimes it happened. God, 
they let me. And they were
linger-ey, those underpants.
They tender to linger a little
sometimes, as they slipped down
off the belly, clinging lightly
to the hot white skin.
Passing over the hips and buttocks
and beautiful thighs, traveling
faster now as they crossed the knees, 
the calves! Reaching the ankles, 
brought together for this
occasion. And kicked free
onto the floor of the car and
forgotten about. Until you had
to look for them.

"Linger-ey".

Those sweet girls!
"Linger a little, for thou art fair."
I know who said that. It fits, 
and I'll use it. Robert and his
kids and I out here on the flats
with our buckets and shovels.
His kids, who won't eat clams, cutting
up the whole time, saying "Yuck"
or "Ugh" as clams turned
up in the shovels full of sand
and were tossed into the bucket. 
Me thinking all the while
of those early days in Yakima. 
And smooth-as-silk underpants.
The lingering kind that Jeanne wore, 
and Rita, Muriel, Sue, and her sister, 
Cora Mae. All those girls.
Grownup now. Or worse.
I'll say it: dead.









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Raymond Carver (1938-1988)
Clatskanie, Oregón, Estados Unidos.


Where Water Comes Together with Other Water (1985)
Random House, New York.

9/6/13

Rodolfo Modern: "Porque somos oscuros..."



Autobiográfica


Nada es inmóvil. Ni las pirámides
que se erosionan por vientos y
centurias. Preguntas y respuestas
son los dos lados de un espejo ubicuo,
las raíces se expanden por el muro,
y las anclas oscian en las mudas aguas.
Aferrarse al recuerdo es ilusión,
y el porvenir, una cinta rodante de colores.
Tras las ventanas el contemplador advierte
que todo se sucede y es desalojado.
El ansia impide disfrutar de la medida.
La sangre bailotea en las arterias,
y los imanes no terminan de arrastrarme.








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Fatum


Nada es imposible.

Pero el corazón cayó como un dado
sobre la mesa, se mostró
como naipe, con la figura en blanco.
Y perdió.

Los bordes de la luz huyeron
de aurículas dignamente laboriosas.
Y las últimas líneas se leían
como mensaje de barco escorado
contra arrecifes de la hostilidad.

Naufragios, los tonos del vacío,
rastros de un abrasado cuerpo,
y cada día, ese cero perfecto,
sin latidos.








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Identidad


El Yo: pero la carne y aún la filiación
inflingen cautiverio. Amor de sí es cautiverio,
igual que represión del nudo.
Pues toda carne se limita. Como destino
de nadas suspendidas.
El Yo: fragmentos o nostalgia
de las doradas islas que se hundieron.
Definitivamente.

Pero hay seguridad y eco en el aroma
de los nardos, oferta a seres diferentes,
esos otros.








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Devenir del río


Todo el ayer es un vaga mancha
sin contorno, como esos rostros vistos
entre casuales brumas.
Todo el ayer levanta un velo, construye
el pedestal de una pregunta.
Allí en el hueco, lo diverso
hace morada de pájaros que cantan
su rutina. Todo el ayer niega el futuro
y se recuesta sobre un diván ausente
donde se sueñan monumentos de ceniza.
Todo el ayer es un pretexto, como el hoy,
que el corazón confirma en un latir
de verdes apresados en el agua.








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En zona de otra luz


Porque somos oscuros,
nuestra boca brilla, vidrio
que se quiebra, gruta
de la ignominia, reino
de vacilante trono.

Porque cortaron nuestras alas,
el aire es turbio y amarillo,
lepra del pájaro.

Raíz arrancada
es nuestro amor, catarata seca
vertida en un brocal de moho,
eso de estrangulado cuello.

Buscamos la pareja caricia
de la brisa, y nos acuna
el tormentoso fondo del mar.
Viajamos en una carreta
tirada por caballos ciegos.

Purificados,
en zona de otra luz
resucitarán los oscuros.








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Entrelíneas


Cuantas frases
ansiosa y desparejamente hiladas.
(Lo que importa
se retuerce en el espacio de un cofre
bien sellado).
El reino de lo tácito
incorporó otra región, otro desierto agrio,
donde los amantes de labios sin sonido
residieron.
Bajo una fuente de tembloroso brillo
se encarnó el agua esperanzada,
y entre paredes altas y peces, así, a la deriva,
se estremeció en el fondo,
después de tantos años contenidos,
una entidad fugaz,
como el abrazo dichoso de los cuerpos.








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Tenazas


El silencio de Dios
es mi vigilia
el camino de ásperas piedras
que recorro
el abrazo del viento
que no me abarca totalmente
un oído que el mar inundó
el árbol
de inalcanzable copa
un Mozart
de acordes mudos
la parábola de un sol
fugitivo
un ascender
sin base ni término fijado
un sello en el corazón ansioso
es el silencio de Dios.









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Sirenas


Expuestas a las modulaciones del oleaje,
en torno a los huesos blanquecinos.

La isla es una lámina brillante,
una irresistible red,
un solo de violín que sangra,
una morada en la garganta de esas aves.
Pero los navíos ya se hundieron antes,
y las garras no pudieron apresar la carne.

Odiseo cierra sus párpados
entre los acolchados muros
y sábanas de olvido.








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Agujas del reloj


Superpuestas,
las agujas del reloj
borran diferencias, magnitudes.
Y en el fluyente río del suceso,
sol y luna, venado, hierba,
puerta, semblante, sueño y humo
totalmente se equiparan.
Lo que antes fue no se ha cumplido,
y nada será lo que es ahora.

Instante, ese carbón que brilla y enceguece
en el altar de la tiniebla.








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Pequeña elegía


Las agridulces gasas de la nostalgia,
las tenues veladurass del crepúsculo:
eso se acabó. Destino de la mente
es ser diamante. O barro espeso.

Vivimos de fragmentos, lombrices
seccionadas y apenas renacidas, un vidrio
de colores quebrado en la acera.

Hay cifras es el áspero tejido de los lazos,
la copa derramó sus turbias evidencias.

Durmamos y olvidemos. El tiempo es una red
de acero y lágrimas de niño.
 







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Rodolfo Modern (1922)
Buenos Aires, Argentina.


Existencia común (1988)
Torres Agüero Editor, Buenos Aires.