9/6/13

Rodolfo Modern: "Porque somos oscuros..."



Autobiográfica


Nada es inmóvil. Ni las pirámides
que se erosionan por vientos y
centurias. Preguntas y respuestas
son los dos lados de un espejo ubicuo,
las raíces se expanden por el muro,
y las anclas oscian en las mudas aguas.
Aferrarse al recuerdo es ilusión,
y el porvenir, una cinta rodante de colores.
Tras las ventanas el contemplador advierte
que todo se sucede y es desalojado.
El ansia impide disfrutar de la medida.
La sangre bailotea en las arterias,
y los imanes no terminan de arrastrarme.








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Fatum


Nada es imposible.

Pero el corazón cayó como un dado
sobre la mesa, se mostró
como naipe, con la figura en blanco.
Y perdió.

Los bordes de la luz huyeron
de aurículas dignamente laboriosas.
Y las últimas líneas se leían
como mensaje de barco escorado
contra arrecifes de la hostilidad.

Naufragios, los tonos del vacío,
rastros de un abrasado cuerpo,
y cada día, ese cero perfecto,
sin latidos.








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Identidad


El Yo: pero la carne y aún la filiación
inflingen cautiverio. Amor de sí es cautiverio,
igual que represión del nudo.
Pues toda carne se limita. Como destino
de nadas suspendidas.
El Yo: fragmentos o nostalgia
de las doradas islas que se hundieron.
Definitivamente.

Pero hay seguridad y eco en el aroma
de los nardos, oferta a seres diferentes,
esos otros.








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Devenir del río


Todo el ayer es un vaga mancha
sin contorno, como esos rostros vistos
entre casuales brumas.
Todo el ayer levanta un velo, construye
el pedestal de una pregunta.
Allí en el hueco, lo diverso
hace morada de pájaros que cantan
su rutina. Todo el ayer niega el futuro
y se recuesta sobre un diván ausente
donde se sueñan monumentos de ceniza.
Todo el ayer es un pretexto, como el hoy,
que el corazón confirma en un latir
de verdes apresados en el agua.








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En zona de otra luz


Porque somos oscuros,
nuestra boca brilla, vidrio
que se quiebra, gruta
de la ignominia, reino
de vacilante trono.

Porque cortaron nuestras alas,
el aire es turbio y amarillo,
lepra del pájaro.

Raíz arrancada
es nuestro amor, catarata seca
vertida en un brocal de moho,
eso de estrangulado cuello.

Buscamos la pareja caricia
de la brisa, y nos acuna
el tormentoso fondo del mar.
Viajamos en una carreta
tirada por caballos ciegos.

Purificados,
en zona de otra luz
resucitarán los oscuros.








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Entrelíneas


Cuantas frases
ansiosa y desparejamente hiladas.
(Lo que importa
se retuerce en el espacio de un cofre
bien sellado).
El reino de lo tácito
incorporó otra región, otro desierto agrio,
donde los amantes de labios sin sonido
residieron.
Bajo una fuente de tembloroso brillo
se encarnó el agua esperanzada,
y entre paredes altas y peces, así, a la deriva,
se estremeció en el fondo,
después de tantos años contenidos,
una entidad fugaz,
como el abrazo dichoso de los cuerpos.








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Tenazas


El silencio de Dios
es mi vigilia
el camino de ásperas piedras
que recorro
el abrazo del viento
que no me abarca totalmente
un oído que el mar inundó
el árbol
de inalcanzable copa
un Mozart
de acordes mudos
la parábola de un sol
fugitivo
un ascender
sin base ni término fijado
un sello en el corazón ansioso
es el silencio de Dios.









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Sirenas


Expuestas a las modulaciones del oleaje,
en torno a los huesos blanquecinos.

La isla es una lámina brillante,
una irresistible red,
un solo de violín que sangra,
una morada en la garganta de esas aves.
Pero los navíos ya se hundieron antes,
y las garras no pudieron apresar la carne.

Odiseo cierra sus párpados
entre los acolchados muros
y sábanas de olvido.








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Agujas del reloj


Superpuestas,
las agujas del reloj
borran diferencias, magnitudes.
Y en el fluyente río del suceso,
sol y luna, venado, hierba,
puerta, semblante, sueño y humo
totalmente se equiparan.
Lo que antes fue no se ha cumplido,
y nada será lo que es ahora.

Instante, ese carbón que brilla y enceguece
en el altar de la tiniebla.








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Pequeña elegía


Las agridulces gasas de la nostalgia,
las tenues veladurass del crepúsculo:
eso se acabó. Destino de la mente
es ser diamante. O barro espeso.

Vivimos de fragmentos, lombrices
seccionadas y apenas renacidas, un vidrio
de colores quebrado en la acera.

Hay cifras es el áspero tejido de los lazos,
la copa derramó sus turbias evidencias.

Durmamos y olvidemos. El tiempo es una red
de acero y lágrimas de niño.
 







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Rodolfo Modern (1922)
Buenos Aires, Argentina.


Existencia común (1988)
Torres Agüero Editor, Buenos Aires.

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