22/9/13

Elaine Feinstein: "cuando nos sosteníamos de la mano tu tacto me hizo estúpidamente feliz..."



Invierno


El reloj regresa. Las luces de la tienda se derraman
sobre la calle mojada, estas rayas rotas
de señales de tráfico y faros blancos llenan
la tarde. Mis pensamientos son sombríos.

Conduzco imaginándote todavía a mi lado,
queriendo compartir la película que vi anoche,
- de separaciones en tiempo de guerra, y el final
cuando un viejo matrimonio se reencuentra -

Nunca aprendiste a hablar y a encontrar la manera
al mismo tiempo, tu voz me molesta.
Bueno, tenés razón, perdí mi rumbo,
y sonrío un momento en la memoria,

siempre sabiendo que yacés pacíficamente y enrollado
como un embrión bajo el suelo fangoso,
sin nacimiento a esperar, giraste
en la oscuridad, donde nada se encuentra.








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Bremerhaven


Navidad en Bremerhaven. Cada rama recubierta
de hielo transparente como tubos de vidrio, cada respiración
antes de que saliera vapor de nuestros labios.
No quería ir a la feria

Te habría gustado ganar algunos juguetes
incluso en la lluvia helada y saborear los puestos
de pasteles ricos, comprar algunos juegos alemanes,
pero yo no quería estar ahí.

Después, en una cabina de madera donde nos refugiamos,
mi hijo y yo bebimos vino caliente y hablamos de vos.
Él todavía estaba enojado por sus recuerdos de la infancia,
y, mientras hablaba, de pronto, estabas ahí,

- Único, sarcástico y revoltoso -
como si hubiéramos conjurado tu presencia caliente
permaneciste por un momento sólidamente entre nosotros,
antes de que te disolvieras de nuevo en el aire.








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Una visita


Todavía recuerdo el amor como otro país
con un paisaje casi olvidado
de piel salada y una boca seca. Creo que
siempre había una tentación de escaparse
de la violencia de ese sol, la repentina
insignificancia de la ambición,
al acecho de los celos como el gato de una bruja.

Anoche estaba navegando en mi sueño
como una vieja marinera, con el escorbuto
coloreando mis pensamientos, había luz de luna
y hielo en las aguas verdes.
Alucinaciones. Nostalgia peligrosa.
Y temprano esta mañana susurraste
como si estuvieras suavemente a mi lado:

¿Seguís enojado conmigo? Y dijiste mi
nombre con tanta ternura, lloré.
Nunca te reproché tanto
que recuerde, ni siquiera cuando debí hacerlo;
para mí, eras el chico en el jardín de Ravel
que siempre deseaba ser bueno,
como las criaturas del bosque sabían, y yo también.








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Manos

Primero nos reconocemos uno al otro como si fuéramos hermanos,
y cuando nos sosteníamos de la mano tu tacto
me hizo estúpidamente feliz.

Sostené mi mano, dijiste en el hospital.

Tenías manos grandes, manos fuertes, suaves
como los de un padre Mediterráneo
acariciando la cabeza de un chico.

Sostené mi mano, dijiste. Siento
No voy a morir mientras estés acá.

Tomaste mi mano en nuestro primer avión
y en las casas de ópera, o viendo
un video que querías compartirme.

Sostené mi mano, dijiste. Voy a dormirme
y ni siquiera sabré que no estás ahí.








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Camas 


Anoche me preguntaba dónde te habías ido a dormir.
No estabas en la cama. No había nadie en tu silla.

A través de cada ventana de la blanca luna llena miré.
Me estremecí en el jardín. ¿Dónde estás, cariño?

Llamé miserablemente: Tomarías frío.
Despertando, dejo que los hechos del día se desarrollen.










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Correo electrónico sin enviar


Cuando viajo sin vos, no soy más
que un barrilete llamativo en un largo umbilical.
Mis vuelos están atados por esta línea telefónica
hasta tu silla Parker Knoll, donde esperás
solitario y estoico.

Acerca del Festival: no hay pingüinos
cruzando el camino en la Isla Norte,
no hay ballenas en el puerto de Wellington.
La masa de tierra más cercana es la Antártida, y
el viento sopla directamente desde ahí a Nueva Zelanda.

Katherine Mansfield vivió acá de niña.
y me compré medias de ligas en colores brillantes
en honor a ella en el personaje de Gudrun.
Para vos, me compré una bata de lana.
Siempre has sido un hogar para mí. Añoro casa.








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Cosas


Acá estamos en un Julio caluroso, con los tesoros
de toda una vida juntos agrupados en cajas
para ser removidas y puestas en nuevos lugares:
la escultura de ébano de la esposa de Rama, Sita,
cada pelo cortado con precisión, los títeres
de Praga, las copas pesadas decorativas,
un ventilador Sung descubierto en el sudeste asiático,
una flauta de madera de cerezo. Vos siempre

estabas dispuesto a explorar, y al mismo tiempo emocionado
por investigar las salas de subastas o una tienda de Oxfam.
En una ferretería, descubriste la elegancia en
una herramienta simple para rallar queso.
Incluso los repuestos de clips y grapas
mantienen tu presencia, y los tornillos,
y el adhesivo guardado debajo de la escalera

que con frecuencia utilizaste para reparar los respaldos de las sillas.
Por no hablar de la computadora, en la que tu espíritu
Todavía sigue: redes de pensamientos que vivieron intensamente.
Y sobre todo, debajo de los cajones de madera de nogal
la mesita de luz del dormitorio donde una vez mantuviste
las pastillas para dormir y para la indigestión:
tu audífono, tus lentes, tus dientes.








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Inmortalidad


Si creyera en un paraíso a la antigua,
entonces vos, mi amor, todavía estarías hablando en él.
Habría un cielo azul y algunas nubes
visto a través de arcos de piedra, como en
La escuela de Atenas de Rafael, con Diógenes
tirado en las escaleras, y Platón en la semejanza de Da Vinci.
Podrías perseguirlos con tus preguntas ansiosas -
como una vez desafiaste a los oradores en la Escuela de Economía.

No es que espere encontrarte ahí
yo misma, que no puedo soportar más
debe ser cierto como una vez dijiste:
Pensamos. Y aprendimos a entender un poco.
Y después estamos muertos...








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Un guijarro en tu tumba


Es fácil amar a los muertos.
Sus voces son suaves. No discuten.
Una vez en la tierra, nos pertenecen fielmente.

Pero ¿nos perdonan?
Nuestra incapacidad fastidiosa de entender
sus quejas, nuestra evidente indignación

como las palabras de culpa. Una vez, recuerdo
rompiste con algunos furiosos
intercambios para decir con tristeza:

"No quiero tu tonto dolor
después de muerto, es ahora
que necesito tu compasión".








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El collar de la viuda


Amigos prueban mis historias en sus dientes o
con un fósforo: ¿son de plástico o de ámbar?
Mis hijos dicen que debo haber olvidado
cómo solía recurrir a ellos tan a menudo,
repitiendo sus palabras y pidiendo tranquilidad.
¿Por qué ahora debería recordar una presencia amorosa?
Pero lo hago: mi historia como esposa
está enroscada en la cadena de mi propia vida,
y cuando toco estas perlas, todavía recuerdo
tu espalda caliente mientras nos dormimos juntos como cucharas.







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Winter


The clock's gone back. The shop lights spill
over the wet street, these broken  streaks
of  traffic signals and white head-lights fill
the  afternoon.  My thoughts are  bleak .

I drive imagining  you still at my side,
wanting  to share  the film I saw last night,
- of wartime separations, and the end
when an old married couple re-unite -

You never  did  learn to talk and find the way
at the same time,  your voice teases me.
Well, you're right,  I've missed my turning,
and smile a moment at the memory,

always knowing you lie peaceful and curled
like an embryo  under the squelchy ground,
without a birth to wait for,  whirled
into  that darkness  where nothing is found.








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Bremerhaven


Christmas in Bremerhaven. Every twig sheathed
in transparent ice like tubes of glass, each breath
steam as it left our lips.
I did not want to go to the fair

You would have liked to poke through toys
even in freezing rain, and relished the stalls
of rich cakes, bought some German games,
but I did not want to be there.

Then, in a wooden booth where we took shelter,
my son and I drank gluhwein and spoke of you.
He was still angry about childhood memories,
and , as he spoke, suddenly, you were there,

- one-off, sardonic and obstreperous -
as if we had conjured your hot presence
to stand for a moment solidly between us,
before you dissolved back into the air.








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A visit


I still remember love like another country
with an almost forgotten landscape
of salty skin and a dry mouth. I think
there was always a temptation to escape
from the violence of that sun, the sudden
insignificance of ambition,
the prowl of jealousy like a witch’s cat .

Last night I was sailing in my sleep
like an old seafarer , with scurvy
colouring my thoughts , there was moonlight
and ice on green waters.
Hallucinations. Dangerous nostalgia.
And early this morning you whispered
as if you were lying softly at my side:

Are you still angry with me ? And spoke my
name with so much tenderness, I cried.
I never reproached you much
that I remember, not even when I should;
to me, you were the boy in Ravel’s garden
who always longed to be good,
as the forest creatures knew, and so do I.








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Hands


We first recognised each other as if we were siblings,
and when we held hands your touch
made me stupidly happy.

"Hold my hand",  you said in the hospital .

You had big hands, strong hands, gentle
as those of a Mediterranean father
caressing the head of a child.

"Hold my hand", you said.  I feel
I won't die while you are here.

You took my hand on our first aeroplane
and in opera houses, or watching
a video you wanted me to share.

"Hold my hand", you said. I'll fall asleep
and won't even know you're not there.








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Beds


Last night I wondered where you had found to sleep.
You weren't in bed. There was no-one in your chair.

Through every window the white, full moon glared .
I shivered in the garden.  Where are you, my darling ?

I called out  miserably:  You will catch cold .
Waking, I let the daytime facts unfold.








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Unsent Email


When  I travel  without you,  I am no more
than a  gaudy kite on a long umbilical.
My flights  are  tethered by this telephone line
to your Parker  Knoll,  where you wait
lonely and stoical.

About  the Festival: there were  no penguins
crossing the road on the North Island,
no whales in Wellington harbour .
The  nearest land mass  is Antarctica, and
the wind blows straight from there to New Zealand.

Katherine Mansfield  lived  here as a child.
and I've bought gartered stockings in  bright  colours
to honour her in the character of  Gudrun.
For you,  I've  bought a  woollen  dressing gown.
You were always home to me.  I long for home.








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Stuff


Here we came in hot July, with the treasures
of a whole life together shambled in boxes
to be unwrapped and set out in new places:
the ebon carving of Rama's wife, Sita,
each hair precisely cut, the puppets
from Prague, heavy art deco goblets,
a Sung fan discovered in South East Asia,
a cherry-wood flute player. You were

always eager to explore, and equally pleased
to investigate auction rooms or an Oxfam shop.
In a hardware store, you discovered elegance in
a simple tool for shaving slivers of cheese.
Even caches of paper clips and staplers
hold your presence, and the screws,
and Aruldite stored under the stairs

you often used to mend the backs of chairs.
Not to speak of the imac, in which your spirit
still continues: nets of thought intensely lived.
And most of all , in walnut drawers beneath
the table by our bed where once you kept
sleeping pills and indigestion tablets :
your hearing aid, your spectacles, your teeth.








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Immortality 


If I believed in an old-fashioned paradise, 
then you, my love, would still be talking in it. 
There would be blue sky and a few clouds 
seen through stone arches, as in 
Raphael's 'School of Athens',with Diogenes 
sprawled on the steps, and Plato in the likeness of da Vinci. 
You could pursue them with your eager questions - 
as you once challenged speakers at LSE. 

It's not that I hope to find you there 
myself, more that I cannot bear 
it should be true as once you said: 
We think. And learn to understand a bit. 
And then we're dead... 







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A pebble on your grave


It’s easy to love the dead.
Their voices are mild. They don’t argue.
Once in the earth, they belong to us faithfully.

But do they forgive us?
Our crabby failure to understand
their complaints, our manifest indignation

as words of blame. Once, I remember
you broke off some angry
exchange to say unhappily:

“I don’t want your silly grief
after I’m dead, it’s now
I need your pity.”








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Widow’s necklace 


Friends try my stories on their teeth or 
with a match: are they plastic or amber? 
My children say I must have forgotten 
how I used to turn to them so very often,
repeating your words and begging reassurance.
Why should I now recall a loving presence? 
But so I do: my story as a wife 
is threaded on the string of my own life,
and when I touch these beads, I still remember 
your warm back as we slept like spoons together.








(versiones en castellano: Hugo Zonáglez)


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Elaine Feinstein (1930)
Bootle, Liverpool, Inglaterra.


Talking to the Dead, 2007.
Editorial: Carcanet Press, Inglaterra.

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Hable o calle para siempre