14/10/13

Santiago Sylvester: "el mundo es una historia contada por nosotros..."



(por eso mismo en el mar)


PARADO en esta loma desde donde no se ve el mar, miro
por eso mismo el mar. Siempre ha sido así: las cosas terminan
            estando en otra parte
y no sé si estos son los sueños que yo debería tener: como
            cualquiera que
respira o canta
también estoy donde no estoy.

Con gran confianza miro al mar: lleno de dudas
como usted, y sano, con todo el calcio que he tomado para
            aprender del hueso: durar
como el hueso: sé lo que digo
y otra vez tengo razón.

Cada cosa es una máscara: el año que termina es una máscara:
            el nuevo año es otra y también los saludos que nos llegan
            con menciones al comienzo y al fin
como si hubiera ambas cosas. Un saludo dice:
"que recomience el tiempo que termina", pero
nada termina, nada
recomienza: lo que acaba no es el tiempo sino las decisiones
            que hemos ido tomando sin saberlo.

Lo que en cambio no acaba es el mar: y no hay engaño, el mar
es otra máscara
pero una máscara no es una contradicción,
y no hay engaño porque
quien se engaña sabe lo que hace.








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(soy todo oídos)


UNA frase común: soy
todo oídos, pero
sólo es cierta de forma parcial.
También soy todo boca, todo abdomen, como una oruga
            dedicada a mascar: todo nariz todo bazo, que
no sé para qué sirve y sin embargo lo uso;
soy todo fémur, todo sacro,
hasta completar los doscientos huesos que me abastecen de
            imaginación, de angustia,
de ganas de ver llover. Y soy
bastante más: soy todo aburrimiento, todo olvido, todo
            obsesión: soy
en la dificultad.

Pero hay que empezar por otra parte: esto
viene de esa ventana a la que me asomo, y
lo que no es ventana es espejo.
                                                               Me gusta
asomarme a la ventana, ver el mundo que podría no existir y
           sería una pena:
y no importa si los fragmentos miran todos en la misma
           dirección: nunca
miran todos en la misma dirección.
                                                                         Como
ese hombre ojeroso del espejo, que no mira en una sola
           dirección, inquieto
por lo que trae o deja fuera su impaciencia,
me mira o no
según le pido,
conoce el secreto que me rodea,
y él está de acuerdo con mi decisión si le digo
que se esconda o vuelva a escena; hasta que
como yo
también está cansado.








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(de ambos lados)


MEDIA vida imaginando que esto
era aquello, que estando aquí
también estaba allá, que lo inestable era el mejor método
de fijación”.

                               Afuera
llueve: el campo está poblado de animales, árboles y signos de
            civilización: el hormiguero roto por la pata del caballo,
            rehecho sin embargo antes de la próxima lluvia; el hongo
            en la leñera, la mano que cubre el salto de la canaleta:
todo tiene nombre propio, clasificado en su
composición: estudiado, hurgado, dado vuelta como
quien enuncia sus posibilidades, y no es necesario gritar: aquí
         se oye en silencio.

                                 Adentro,
yo: un fragmento de ópera da vueltas en mi oreja: llega desde
            lejos, como yo
que avanzo por la madurez: estoy
en todas partes: de ambos lados
casi estoy en paz.








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(el camión de la mudanza)


OTRA vez el camión de la mudanza: de nuevo a cargar macetas,
             guardar llaves, aventar relojes para que nadie se queje en
             hora tan extrema,
otra vez con las cajas y los trapos.
sucio de incertidumbre, con los lirios que no debieran ser
             mortuorios: despedirse del vecindario que
tanto hemos amado para siempre.
                                                             ¿Quién
se espanta con el traslado? ¿quién
con el enjambre de todo esto que se acaba?: aire
otra vez.








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(liturgia del final)


¿CÓMO haremos para tutearnos con el nacimiento si no nos
             tuteamos con la muerte?: mi madre
ya ha empezado a despedirse: la gente se despide cuando el
             mundo comienza a no pertenecerte: el que
ya no reconoce su casa
inicia así su despedida: los retratos ya no son de nadie, el
crucifijo de la pared induce a una perplejidad,
la Virgen del Milagro
tiene un sonido de campana remota, las macetas
ya ajenas a la vida cotidiana: una conversación extraviada en la
             cabeza, una oreja que oye para adentro, y allí
perdido, sin
cara ni ojos, ni posibilidad de asomarse,
pasa el dueño del mundo, la salvación y la pérdida.

Todo es despedida entonces: el balbuceo del propio nombre, el
             rito de la sopa, el crujido del ropero, el clavo donde se
             cuelgan las llaves:
como si una caravana se alejara, y nosotros con ella: como decir
hasta aquí llegó el pacto,
y ya va siendo hora par mi madre
de acabar con el acuerdo que entre todos hemos sabido cumplir.




verano de 2002








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(tumbados, mirando pájaros)


SI estamos aquí tumbados, mirando pájaros y cielo,
es porque nos gusta contar historias: el mundo
es una historia contada
por nosotros.

En su juventud
Virginia Woolf oyó a los pájaros cantar en griego. Es posible
que todo idioma sea finalmente humano, que
los pájaros hablen para nosotros
y hasta es posible que los entendamos.

                                                                                El viento
es ahora un mensajero sentimental: de esa tierra se dijo
            "engaño común de muchos y remedio particular de
            pocos"; y también se dijo
que esta exhibición de paisaje, vista desde cerca,
causa dolor ahora: no
por nostalgia
sino por proximidad.

                                              Y mientras llega lo inevitable,
tumbados cara al cielo enhebramos historias que, como los
           soldados de Falsteff,
llenarán un foso tan bien como cualquiera.








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(el reloj biológico)


LA vaca con su reloj biológico, el perro con el suyo,
el engranaje de la bomba de agua, los patos
buscando altura, la hilera ceremoniosa de las hormigas: cada
            uno
con su hora precisa:
                                             la
materia pesada y la materia liviana produciendo elementos de
            distinta densidad,
la leña cortada y la semilla donde
ya no se ve: el magma de este universo en gestación que
en estos días se llama
sopa primordial: vida
sobre muerte para dar
en muerte sobre vida, y así rotando y
otra vez rotando hasta
la comprobación de que este paisaje, y aún el peso
de lo artificial,
tiene su reloj biológico trabajando desde el parto hasta ahora:
            ¿y quién es el que anda por aquí? ¿quién
despieza este paisaje inacabado con su reloj en marcha: los
            amigos
de los que no me he despedido?








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(la neblina)


LA neblina resbala por la loma,
baja por los helechos como el ángel de la anunciación, llena de
            profecías,
con la mudez propia del que trae una gran noticia.
Cae sobre lo que abarca la vista, el oído, y la curiosidad se
            asoma para ver
quién da más en la subasta por un alma aterida a las siete de la
            tarde, cuando ya nadie da más,
salvo la neblina que con qué intenciones baja
a decirnos que se queda con todo,
que barre la apuesta con una sola mirada,
y el cardenal se esconde, el hormiguero paraliza
su cintura vibrante, la pala tiesa en el galpón, y hasta el jardín
            vecino, orondo y lleno
de añadidos, suspende un momento su expectativa
porque todo forma parte de la anunciación acuciante que ahora
            mismo llega
y no termina de llegar.




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Santiago Sylvester (1942)
Salta, Argentina.


El reloj biológico, 2007
Ediciones del Dock, Buenos Aires, Argentina.

1 comentario:

Hable o calle para siempre