6/12/13

Elba Serafini: "Algunos cuerpos sucedieron en esa oscuridad..."



Aquel verano, amigos y hermanos
fuimos a pasar un día en la Isla.
Luego de las bromas
y de tirarnos al río vestidos
nos animamos a remar.

En el bote precario de madera
nos turnábamos de a pares.
El agua oscura la vegetación compacta,
el silencio agrietado por nuestros chillidos.
El sol calentaba las bebidas,
el fiambre para los sándwiches
engrasaba el papel gris del envoltorio.

Por la tarde, comenzaron a notarse
las marcas coloradas en el cuerpo
y el dolor en los brazos.
En la radio portátil sonaban
las canciones de moda.

El regreso fue por el camino
que, visto desde las barrancas, rodeaba el lago
que luego seria el náutico.
Riendo, siempre cantando, estábamos.

Después me contaron que en ese lugar,
amontonados bajo los sauces,
había un sinfín de cadáveres.

Decía el tano que se escondía para verlo
porque al rato no estaban más, tan fugaces
como los nombres en las paredes
que después vería
desde la ventanilla del colectivo, al alba.








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Cuando era chica pensaba que los platos voladores existían,
no sólo que existían sino que cambiaban
de tamaño y de forma en cualquier tiempo y lugar.
En aquel entonces, en mi cuarto,
había una ventana de tres hojas
en una de ellas, una rendija, una abertura muy pequeña.
Como en una especie de paranoia temprana,
a la noche me acostaba mirándola
y esperando que por esa ranura entrara la nave
(de proporciones mínimas, claro).
Esa nave que desafiando todas las barreras
de las fuerzas magnéticas
vendrían dirigida velozmente hacia mí
y me raptaría.
No era una espera agradable, era una espera temerosa,
me provocaba cierta exaltación,
con los ojos bien abiertos
me entregaba a lo ineludible.

Nunca sucedió. Sin embargo, a veces
todavía puedo recordarme imaginando
una pequeña luz que se transforma
y transforma otras realidades.

Din, dina, Dinamarca, dinámica, dinamita, dínamo.
Fuerzas combinadas, cambio,
movimientos que producen fenómenos.
Explosión de infinitas posibilidades.
Hace tiempo que vivo en Dinamarca,
no me había dado cuenta (siempre esperando irme).
Aquí la luz es distinta a la de mi infancia
la energía se ha transformado
en un inextinguible paisaje de bienvenida.








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Oruga o mariposa
te quedás adentro o afuera.

Afuera está el mal, me advirtieron
pero no les hice caso
y desplegué las alas más buscadas
por los coleccionistas.








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La primera vez que crucé al Río de la Plata
la embarcación
con asientos de madera
hacia su último viaje.
El sol blanqueaba el agua
al nivel de las ventanas
y una muchacha negra
me hablaba, entre pasajeros
con grandes bolsos.
El viaje transcurrió
asombrosamente plácido.
En el puerto transbordamos a un micro
y la geografía fue
una ruta eterna.
¿cómo saber cuándo se llega
a un lugar desconocido?
El hotel recién pintado
con balcones celestes
como mi vestido
de los veinte años.

(Era diciembre y era el viento).








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Durante el día
bajo a la playa, saludo
escucho historias de exilios
en otros idiomas.
En la siesta
pedaleo, sólo oigo
el chirriar de la bicicleta
y golpes
en el barco naufragado.

Vuelvo con vientos a favor.

Llegué un día de tormenta
a este lugar desconocido:
médanos inmersos en arbustos,
un oleaje tranquilo,
las rosas trepadoras
dejando su terciopelo en la senda
junto al jardín de invierno.
No voy a permanecer,
la extrañeza
se reaviva
en lo que resplandece.








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Siempre me fue esquivo el amor
lo dulce del amor
aquello que lo nombra.

Algunos cuerpos sucedieron
en esa oscuridad
de persianas bajas
y turbulencia de aire
pero no alcanzaron a brillar.

En el centro de la hoguera,
mis pies arden.
Brasa púrpura
hacia el desierto.








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Corren los perros detrás de sus presas,
más atrás sus cachorros,
aprendices de asesinos -dice ella-
los ve pasar a diario: jadeantes
sus ojos oscuros acechan a esos otros
vidriosos
mientras los colmillos sacuden
al animal que ya no sé defiende.

Ella simula pegar etiquetas
en un papel amarillento,
mira por la ventana
y en secreto fantasea con salir,
arrojarse sobre su marido,
morder, como los perros
una tarde de junio.








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Mi madre dice
que todos los muertos son ángeles,
potenciales escuchas
de nuestros ruegos
solo hay que pedir en voz alta
y esperar en silencio
una respuesta, ser pacientes,
depositar en otro
nuestro destino.

Así, la inusitada creencia
se alimenta
de un imaginario
círculo de perfección
sobre la tierra.








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My mother says
that all the dead are angels, 
maybe listeners 
of our beggings
only we have to ask in a loud voice
& wait in silence
for the answer, be patient, 
leave in other hands
our destiny.

So, the unusual belief
feeds itself
with an imaginary
circle of perfection
on the earth.








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That summer, friends and brothers,
we spent a day in the Island.
After the jokes
& after jumping dessed into the river
we dared to row.

On the neglected wooden boat
we freely shifted in pairs.
Dark water, thick vegetation, 
the silence was cracked by our little screams.
The sun heated the drinks, 
melting the cold meat for the sandwiches, 
turning greasy the grey wrapping paper.

In the evening, we began to notice
red blotches over our bodies, 
& pain in the arms.
We could hear on the portable radio
popular songs -in fashion.

The way back was a road
which, seen from the ravine, bordered the lake that
would later be the sailing club.
Laughing, singing always.

Later I was told that in the place, 
piled under the willows, 
there was an infinite number of corpses.

The tano used to say he would hide himself to see them
because shortly after they vanished, so quickly, 
like the names on the walls
that he would later see, 
from the bus window, at dawn.








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When I was a child I thought that flying saucers existed, 
not only that they existed but also that they changed
in size & shape at any time, at any moment.
During those days, in my room, 
there was a three-leaf window, 
a gap, a little opening in one of them. 
Like being poisoned by an early paranoid delusion, 
I lay on the bed looking at it
& waiting for the spaceship
-of small proportions, of course-
to come into existence thru that slot. 
Defying all possible magnetic force obstactles, 
the spaceship would swiftly make his way
to kidnap me. 
The wait dragged on, time of frightful wait
that made me feel kind of anxiety, 
with eyes wide open
I surrended to the unavoidable.

It never happened. But, sometimes, 
I can still remember myself thinking of
the subtle light that would transform itself &
transform other realities.

Den, Denmark, dynamic, dynamite, dyanmo.
mixed forces, change, 
emerging movements
that would cast unaccountable facts.
The explosion of endless possibilities.
It's been a long time since I've been living in Denmark, 
I haven't realized about that (I'm always waiting to leave).
Here, the light is different from the one of my childhood, 
energy has turned into one inextinguishable
inviting landscape.







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Caterpillar or butterfly
you'll stay inside or outside.

Outside there is evil, they prevented me
but I didn't pay attention
& displayed the most desirable wings
among collectors.








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The first time I crossed the Río de la Plata
the wooden-seat craft
was making her last journey.
The sun whitened the water
at window level
& a black girl
was speaking to me, among passengers, 
big bags in their arms.
The journey
was surprinsingly placid. 
At the port we passed on to a bus
& then evry sight offered
an eternal route.
How can we know when we arrive
to an unknown place?
The newly-painted hotel, 
its light blue balconies
like the dress
I used to wear
in my twenties.

(It was December & it was the wind).








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At daytime
I walked down the beach, say hello
listen stories
told in foreign languages
about exilities.
In the afternoon 
I pedal
I can only hear
the bicycle's screeching sound
& strokes
borne up out of the shipwrecked craft.

Wind-forwardly I returned.

It was a stormy day
when I first arrived at this unfamiliar place:
sand dunes immersed in bushes, 
quiet swell, 
the climbing roses
dropping off their vekvet along the path, 
next to the winter garden. 
I won't stay
the feeling of strangeness
revives
upon the radiant.








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I was always poor in terms of love
the sweet side
only the words that name it.

Some bodies did happen
in that closed blind darkness
& air turbulence, 
but they were late to gleam.

At the center of the bonfire
my feet are fuming.
Purple embers
towards the desert.








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The dogs run after their preys, 
puppies behind, 
apprendices to murder -so she says-
she sees daily the little animals passing by: breathless
their dark eyes threatening those
glassy ones, 
while fangs shaken
the defenseless animal.

She pretends to stick on labels
on yellowy paper, 
she looks thru the window
& secretly daydreams about going out, 
throwing herself on her husband, 
to bite, like the dogs, 
one June afternoon.




(versiones de Mariana Kosmal)



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Elba Serafini
Escobar, Buenos Aires, Argentina.

Mariana Kosmal (1966)
Birmigham, Inglaterra.

Dinamarca, 2007
Editorial: Sigamos Enamoradas, Olivos, Buenos Aires, Argentina.

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