19/12/14

Daniel Oblitas: "donde las profecías pronostican nuestro ahogo..."


Aneurisma


Ellos ya me creen dormido
hablan de sondear la arteria
abriéndome la espalda a pinchazos
y el mar golpeándome el pecho
en este quirófano invernal

adormecida carne
servida en la camilla
donde la hoja del bisturí
mortaja con su ciencia

y más allá de toda esta anestesia
sé que volveré a ver mi horizonte
de pie ante el suelo que me enseñó a caminar

abatidos los párpados
descienden como cascadas
de una blanca luz artificial
en áridas montañas
grises por un cielo seco

mientras un viento me tira de los pelos
abrazo una gigante piedra
y le pido que me lleve
a un pacífico océano
donde pueda sumergirme
y luego volver a la superficie

al despertar
cobijado por las frazadas
la ventana trasluce la noche
con un sosiego celeste
y siento el céfiro labial
de un beso húmedo








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El mar que se aproxima


espero que con toda esa agua
que se acerca impetuosa
estés nadando en busca mío
dulce acuática que alguna vez
me dejaste en el filo del océano

el cielo viene desbordándose como alud
y un inmenso azul se derrite
desprendiendo los hemisferios
los rayos surgen de esa extensión oscura
detellando mi paisaje tormentoso

no tengo más esa armonía soleada
con brotes de jardín crecido
soy una naranja partida al medio
cortada con el filo de una mano








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Dimensión fulgúrea


La imperiosa estrella
proyecta los últimos rayos
dejando los ladrillos calientes

y los altos postes
encienden el ojo
como cíclopes de neón

la jornada diaria ha dejado
su transpiración en el ambiente
inflamando las sombras

la calle con su profunda tiniebla
entona rituales
que se desatan deliberadamente

nuestra ventana encendida
despliega fucilazos
en la oscuridad donde muchos
duermen de cansancio








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Sugestión acústica


tu afinada lengua
provocando vibraciones
y tus piernas armoniosas
agitando el suelo

el efecto desato en mí
una resonante tentación
que concibe mi semblante de gozo

sabemos que la noche agudiza los sentidos
que la atracción es una fuerza conmovedora

al escucharte que le das
al aire que te atraviesa








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La resignación


como miembro vitalicio
de la clase laboral
me resigno a estar en el mostrador
saludando cordialmente los parroquianos

pero les confieso :
me gustaría ser el hijo de Al capone
vivir de su patrimonio
apadrinando fiestas indecorosas

dándole de beber
a cualquier sediento
cansado de su condición








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Hospital Naval


la embarcación de cemento
sobre el asfalto se muestra impotente
y ni los vientos más tormentosos pueden moverlo

en sus ventanas esféricas
el afuera se refleja
como giros sucesivos

las chicas de traje blanco
y guantes acrílicos
nos incrustan sus jeringas
cargadas de anestesia

mientras mis venas absorben el suero
me veo aislado en este navío
como uno de los muchos tripulantes
que aguardan echados en camas altas
para irse nadando en un sueño
o salir caminando








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Durmiendo de día


al abrir los ojos
los sueños se pierden
como una descarga eléctrica
y el humo que sale de mis pestañas
se desvanece con los fantasmas en la luz

duermo de día
espero la noche
mi cama se niega a soltarme
con sus frazadas me atrapa
tomando la forma de mi cuerpo

despertar solo
es como perderse en un desierto
el agua que crees ver
no es más que la misma arena
que te raspa la garganta

pero al lado de tu cuerpo
la naturaleza es aun más salvaje
y tengo ganas
de que cada respiración
sea como un tornado
que vuelve a enredarme los cabellos








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Hilando nuestro goce


pétalo por pétalo
deshojo las flores de tu vestido

dejando los trocitos de algodón
deshilándose entre mis dedos

despojándose del jardín tejido
para que aflores amazónica
ante mis ojos








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Invierno matinal


para él que me enseñó a trabajar
le deseo el doble de mis molestias
espero que siga ocupado
y cumpliendo horario

lo evoco
con mis labios partidos
por este invierno matinal
prensado en un autobús
marcho con el resto
a consumar mi pena








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El hombre que empuja la camilla


por los pasillos blancos
de luces frías
un hombre saludable
va empujando la camilla

él conoce el camino
sabe hacia dónde va
pero no sabe a dónde me lleva

sin apuro
con auriculares en los oídos
no escucha mis preguntas

solemne en aplicar su fuerza
no repara en los ojos que se hunden
en el chillido del camino








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Decibelio corporal


en los altos decibeles
el suelo pierde estabilidad
y el espíritu toma
sórdidas fantasías corporales

las mujeres blancas
gritan obscenas
al cuerpo oscuro
que afinado se mueve
con el brillo de su piel húmeda

y el ritmo va alterando el clima
donde la eternidad se hace el instante
de esta lujuria sonora
a la que nadie teme entregarse








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Tu verano en el océano


no dejes que el mar
te convierta en sirena
       acá en la urbe
los autos pasan encima de la gente
y las modernas estructuras empiezan a oxidarse

pero cuando las calles
se muestran despejadas
puede sentirse de a poco
cómo fluye el magnetismo

antojado de tu brisa
en mi cuerpo siento tu marea
y pienso en toda esa agua
donde las profecías pronostican nuestro ahogo









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Daniel Oblitas (1983-2011)
Lima, Perú.

Céfiro labial - 2010
Editorial: Huesos de Jibia.

5/12/14

Raymond Carver: "Hubo una época que hubiera muerto por amor..."


Esta mañana


Esta mañana pasó algo. Un poco de nieve
tirada en el suelo. El sol flotaba en un claro
cielo azul. El mar era azul y azulverdoso,
hasta donde se podía ver.
Apenas agitado. En calma. Me vestí y me fui
a dar un paseo - decidí no volver
hasta tomar lo que la naturaleza tenía para ofrecer.
Pasé cerca de algunos árboles viejos, encorvados.
Crucé un campo sembrado con rocas
donde la nieve se había desplazado. Seguí
hasta llegar al acantilado.
Donde miraba el mar y el cielo, y
las gaviotas revoloteando sobre la playa blanca
muy por debajo. Todo precioso. Todo bañado en una pura
luz fría. Pero, como siempre, mis pensamientos
comenzaron a vagar. Tuve la fuerza
de voluntad para ver lo que estaba viendo
y nada más. Tuve que decirme a mí mismo esto es lo
que importa, no lo otro. (Y lo vi,
¡por uno o dos minutos!) Por un minuto o dos
se desplazaron las reflexiones habituales
sobre lo que era correcto y lo que no - obligaciones,
recuerdos emotivos, pensamientos sobre la muerte, cómo debería tratar
a mi ex esposa. Todas las cosas
que esperaba que se fueran esta mañana.
Las cosas que vivo cada día. Qué
he pisoteado con el fin de seguir con vida.
Pero por un minuto o dos me olvidé
de mí mismo y todo lo demás. Sé que lo hice.
Para cuando me di vuelta no sabía
donde estaba. Hasta algunos pájaros ascendieron
de los árboles nudosos. Y volaron
en la dirección que tenía que ir.








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Un atardecer


Mientras él escribe, sin mirar el mar,
siente la punta de su lapicera empieza a temblar.
La marea está bajando por los guijarros.
Pero no es eso. No,
es porque en ese momento ella elige
entrar en la habitación sin nada de ropa.
Somnolienta, ni siquiera segura de dónde está
por un momento. Agita su flequillo.
Se sienta en el inodoro con los ojos cerrados,
cabeza gacha. Piernas extendidas. Él la ve
a través de la puerta. Quizás
ella está recordando lo que pasó esa mañana.
Para después de un momento, ella abre un ojo y lo mira.
Y dulcemente sonríe.








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La telaraña


Hace unos minutos, subí hasta la terraza
de la casa. Desde ahí pude ver y oír el agua,
y todo lo que me pasó durante estos años.
Estaba tranquilo y caluroso. La marea estaba baja.
No había pájaros cantando. Mientras me apoyé en el pasamanos
una telaraña me tocó la frente.
Se pegó en mi pelo. Nadie puede culparme de que giré
y entré en la casa. No había viento. El mar
en completa calma. Colgué la telaraña en el velador.
Donde de vez en cuando la veo temblar, cuando mi aliento
la toca. Un hilo fino. Intricado.
Dentro de poco, antes de que nadie se dé cuenta,
me habré ido de acá.








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El correo


En mi escritorio, una postal de mi hijo
en el sur de Francia, El Midi,
lo llama él. Cielos azules. Casas hermosas
cargadas con begonias. Sin embargo
se está hundiendo, necesita dinero rápido.

Al lado de su postal, una carta
de mi hija contándome de su hombre viejo,
el freak de la velocidad, está desarmando
una motocicleta en la sala de estar.
Están existiendo a base de harina de avena,
ella y sus hijos. Por el amor de Dios,
Podría pedir un poco de ayuda.

Y ahí está la carta de mi madre
que está enferma y perdiendo el juicio.
Me dice que no estará por acá
dentro mucho. ¿No podría ayudarle a hacer
ésta última mudanza? ¿No podría pagarle
para que tenga una casa propia?

Salgo afuera. Pensando al caminar
hacia el cementerio para un poco tranquilidad.
Pero el cielo está alborotado.
Las nubes, enormes e hinchadas de oscuridad,
a punto de estallar.

Es ntonces que el cartero viene
por la entrada. Su cara
es la de un reptil, brillante y contraída.
Su mano vuelve - ¡como si atacara!
Es el correo.








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La sala de autopsias


Cuando era joven y tenía la fuerza de diez hombres.
Para cualquier cosa, pensaba. Aunque parte de mi trabajo
nocturno era limpiar la sala de autopsias
una vez que se realizara el trabajo del forense. Pero de vez
en cuando terminaban temprano o muy tarde.
Por lo que, para ayudarme, dejaban las cosas
en su mesa especialmente construida. Un pequeño bebé,
inmóvil como una piedra y frío como nieve. En otra ocasión,
un gran hombre negro con el pelo blanco cuyo pecho
estaba abierto. Todos sus órganos vitales
puestos en una sartén al lado de su cabeza. La manguera
seguía funcionando, las luces del techo brillaban.
Y una vez había una pierna, la pierna de una mujer,
sobre la mesa. Pálida y bien proporcionada.
Sabía para lo que era. Los había visto antes.
Aún así, me quedé sin aliento.

Cuando fui a casa por la madrugada mi esposa decía:
"Cariño, todo va a estar bien. Cambiemos
esta vida por otra." Pero no fue
así de fácil. Tomó mi mano entre sus manos
y la mantuvo apretada, mientras me recosté en el sofá
y cerré los ojos. Pensando en... algo.
No sé qué. Pero dejé que llevara
mi mano a su pecho. Momento en el que
abría los ojos y miré al techo, o bien
el suelo. Entonces mis dedos se fueron a su pierna.
Que era cálida y bien formada, dispuesta a temblar
y elevarse ligeramente, al menor contacto.
Pero mi mente estaba confusa y sacudida. Nada
estaba pasando. Todo estaba pasando. La vida
era una piedra que se iba moliendo y afilando.








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Donde habían vivido


Dondequiera que él iba ese día caminaba
en su propio pasado. Pateaba a través de pilas
de recuerdos. Miraba por ventanas
que ya no le pertenecían.
El trabajo, la pobreza y la injusticia.
En esos días habían vivido por sus voluntades,
determinaron ser invencibles.
Nada podía detenerlos. No
por un largo rato.

En la habitación de un motel
Esa noche, en las horas de la madrugada,
él abrió una cortina. Vió nubes
cubriendo la luna. Se apoyó
cerca del vidrio. El aire frío lo
traspasó y puso su mano sobre su corazón.
Yo te amé, pensó.
Te amé profundamente.
Antes de no amarte más.








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Recuerdo (2)


Ella pone su mano en el hombro de él
en la línea de cajas. Pero él
no se irá con ella, y él sacude su cabeza.

¡Ella insiste! Él paga. Ella lo acompaña
hasta su gran auto, le echa un vistazo,
se ríe de él. Toca su mejilla.

Lo deja con sus comestibles
en el estacionamiento. Sintiéndose tonto.
sintiéndose disminuido. Todavía pagando.








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El auto


El auto con el parabrisas rajado.
El auto que partió una herramienta.
El auto sin frenos.
El auto con un eje defectuoso.
El auto con un agujero en el radiador.
El auto donde junté melocotones.
El auto con un bloque agrietado.
El auto sin marcha atrás.
El auto que cambié por una bicicleta.
El auto con problemas de dirección.
El auto con problemas en el generador.
El auto sin asiento trasero.
El auto con el asiento delantero roto.
El auto que quemaba aceite.
El auto con las mangueras podridas.
El auto que se fue del restaurante sin pagar.
El auto con llantas lisas.
El auto sin aire frío ni calor.
El auto con las ruedas delanteras desalineadas.
El auto donde el niño vomitó.
El auto donde yo vomité.
El auto con la bomba de agua rota.
El auto cuyo velocímetro se disparó.
El auto con la culata golpeada.
El auto que abandoné al costado del camino.
El auto que filtraba monóxido de carbono.
El auto con el carburador sucio.
El auto que atropelló a un perro y siguió.
El auto con el silenciador perforado.
El auto sin caño de escape.
El auto que de mi hija destruyó.
El auto con el motor dos veces reconstruído.
El auto con los cables de la batería pelados.
El auto comprado con un cheque sin fondos.
Auto de mis noches de insomnio.
El auto con un termostato atorado.
El auto cuyo motor se incendió.
El auto sin luces.
El auto con una correa de ventilación rota.
El auto con los limpiaparabrisas que no funcionan.
El auto que regalé.
El auto con problemas de transmisión.
El auto que lavaba con mis manos.
El auto que golpeé con un martillo.
El auto cuyas cuotas no podía pagar.
El auto recuperado.
El auto con embragues rotos.
El auto que esperaba en el aparcamiento trasero.
Auto de mis sueños.
Mi auto.








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Estúpido


Es lo que los niños hoy en día llaman maleza. Y se desplaza
como nubes de sus labios. Él espera que nadie
venga esta noche, o llame para pedir ayuda.
La ayuda es qué sea lo más breve para él esta noche.
Una tormenta azota afuera. Los mares están bravos
con vientos fuertes del oeste. La mesa en la que se sienta
es, digamos, dos codos de largo y uno de ancho.
La oscuridad en la sala está llena de perspicacia.
Podría ser que va a escribir una novela de aventuras. O bien
un cuento para niños. Una obra para dos personajes femeninos,
una de los cuales es ciega. La ferocidad debe venir
del río. Una cosa que va a hacer es aprender
a atar sus propias moscas. Tal vez debería dar
más dinero para cada uno de sus sobrevivientes
miembros de la familia. Los únicos que ya esperan un poco
en el primer correo de cada mes.
Cada vez que le escriben le cuentan
que van a venir poco tiempo. Él cuenta las cabezas en sus dedos
y descubre que todos están sobreviviendo. Entonces ¿qué pasa
si él prefiere ser recordado en los sueños de extraños?
Levanta sus ojos a los tragaluces donde la lluvia
martilla. Al poco tiempo -
¿quién sabe por cuánto? - Sus ojos piden
que se cierren. Y los cierra.
Pero la lluvia sigue martillando. ¿Es este un aguacero?
¿Debería hacer algo? ¿Asegurar la casa
de alguna manera? El tío Bo estuvo casado con la tía Rubí por 47 años. Después se ahorcó.
Él abre los ojos de nuevo. Nada tiene sentido.
Todo tiene sentido. ¿Cuánto durará esta tormenta?








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Los desnudos de Bonnard


Su esposa. Durante cuarenta años la pintó.
Una y otra vez. El desnudo en su último cuadro
es la misma joven desnuda del primero. Su esposa.

Como él la recordaba joven. Como ella era joven.
Su esposa en el baño. En el tocador
frente al espejo. Desvestida.

Su esposa con las manos bajo sus pechos
mirando hacia el jardín.
El sol otorgando calidez y color.

Cada ser vivo floreciendo ahí.
Ella joven y trémula y más deseable.
Cuando ella murió, él pintó un tiempo más.

Algunos paisajes. Después murió.
Y lo enterraron al lado de ella.
Su joven esposa.








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La tele de Jean


Mi vida está en equilibrio
estos días. Aunque ¿quién podría decir
que nunca flaquearé otra vez?
Esta mañana me acordé
de una novia que tuve justo después
de que terminó mi matrimonio.
Una chica dulce llamada Jean.
Al principio, no tenía idea
de lo malas que eran las cosas. Tomó
su tiempo. Pero me amaba
un montón de todos modos, me dijo.
Y sé que era verdad.
Me dejó quedarme en su casa
donde dirigía
el negocio más miserable de mi vida
a través de su teléfono. Compraba
mi bebida, pero me decía
que no era un borracho
como esos otros dijeron.
Firmaba cheques para mí
y los dejaba sobre su almohada
cuando se iba a trabajar.
Me regaló un chaqueta Pendleton
esa Navidad, una que todavía uso
Por mi parte, le enseñé a beber.
Y a cómo dormirse
con la ropa puesta.
Cómo despertar
llorando en medio de la noche.
Cuando me fui, ella me pagó dos meses
del alquiler. Y me regaló
su tele en blanco y negro.
Hablamos por teléfono una vez,
meses después. Estaba borracha.
Y, claro, yo también.
Lo último que me dijo fue,
¿Voy a ver a mi tele de nuevo?
Miré alrededor de la habitación
como si la tele pudiera repentinamente
aparecer en su lugar
sobre la silla de la cocina. O, más bien
salir de un armario
y presentarse. Pero esa tele
se había rodado por el camino.
semanas antes. La tele que Jean me dio.
No le conté eso.
Mentí, por supuesto. Pronto, le dije
muy pronto.
Y colgué el teléfono
después, o antes de que ella cuelgue.
Pero esas palabras de sueño altisonantes
mías me hicieron sentir
que había llegado al final de una historia.
Y ahora, ésta última falsedad
detrás de mí,
                                 podría descansar.








Mesopotamia


Despertando antes del amanecer, en una casa que no era la mía.
Oigo una radio sonando en la cocina.
Una bruma se desplaza afuera de la ventana mientras
la voz de una mujer da las noticias, y después el clima.
Oigo eso, y el sonido de la carne
cocinándose en grasa caliente en la sartén.
Escucho un poco más, medio dormido. Es como,
pero a la vez no, cuando era un niño y estaba en la cama,
en la oscuridad, escuchando a una mujer llorando,
y la voz de un hombre sacado de ira o desesperación,
la radio funcionando todo el tiempo. En vez de eso,
lo que oí esta mañana es el hombre de la casa
diciendo: "¿Cuántos veranos me quedan?
Respondeme eso. "No hay respuesta de la mujer
que pueda oír. Pero ¿qué podía responder,
a semejante pregunta? En un minuto,
Oigo la voz de él hablando de alguien que creo
debió haberse ido: "Ese hombre podría decir,
   '¡Oh, Mesopotamia!'
y mover su audiencia hasta las lágrimas".
Me levanto de la cama a la vez y me pongo mis pantalones.
Demasiada luz en la habitación que pueda ver
donde estoy, por fin. Soy un hombre adulto, después de todo,
y estas personas son mis amigos. Las cosas
no van bien para ellos en este momento. O les
va mejor que nunca
porque se levantan temprano y hablan
de cosas de la consecuencia
como la muerte y la Mesopotamia. De cualquier forma,
me siento siendo atraído a la cocina.
Tanto que es misterioso e importante
está pasando ahí esta mañana.








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La selva


"Sólo tengo dos manos"
la hermosa azafata
dice. Ella continuó
por el pasillo con su bandeja y
sin prestarle atención,
él piensa. Mientras se aleja,
muy por debajo, algunas luces
de un pueblo sobre
una colina en la selva.
Tantas cosas imposibles
le sucedieron,
no se sorprende cuando ella
vuelve a sentarse en el
asiento vacío al otro lado del suyo.
"¿Se va a bajar
en Río, o va hasta Buenos Aires? "
Una vez más expone
sus hermosas manos.
Los anillos de plata pesados
en sus dedos, la pulsera de oro
rodeando su muñeca.
Están en algún lugar en el aire
sobre el Mato Grosso.
Es muy tarde.
Él sigue contemplando sus manos.
Buscando sus dedos entrelazados.
En meses después, es
difícil recordar eso.








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Esperanza

"Mi mujer -dijo Pinnegar- espera verme tirado como un perro
cuando me deje. Es su última esperanza".

D. H. Lawrence, "Jimmy and the Desperate Woman"


Ella me dio el auto y doscientos
dólares. Dijo: Adiós, nene.
Tomalo con calma, ¿me oís? Tanto
por veinte años de matrimonio.
Ella sabe, o cree saber,
que me voy a gastar la pasta
en un día o dos, y que al final
destruiré el auto - que estaba
a mi nombre y necesitaba revisarse de todos modos.
Cuando me fuí, ella y su novio -
estaban cambiando la cerradura
de la puerta principal. Me saludaron.
Les devolví el saludo para hacerles saber
que no me importaban
ellos. Después aceleré hacia
el límite del estado. Estaba sacado.
Ella tenía razón para pensar así.

Fui por los perros, y nos
hicimos buenos amigos.
Pero seguí adelante. Salí
a un largo camino sin detenerme.
Dejé los perros, mis amigos, atrás.
Sin embargo, cuando asomé
mi cara en esa casa otra vez
meses, o años, más tarde, manejando
un auto diferente, ella lloró
cuando me vio en la puerta.
Sobrio. Vestido con una camisa limpia,
pantalones y botas. Su última esperanza
devastada.
Ella no tenía más
nada que esperar.








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La chica sensible


Este es el cuarto día que he estado acá.
Pero, no es broma, hay una araña
en este panel de vidrio
que estuvo merodeando bastante tiempo. No se
mueve, pero sé que está viva.

Me parece muy bien que las luces esten entrando
en los valles. Es lindo acá,
y tranquilo. El ganado esta yendo a casa.
si así lo escucho, puedo oír los cencerros
y después una cachetada del conductor
con un palo. Hay neblina
sobre estas grumosas colinas suizas. Debajo de la casa,
una carrera del agua a través de los alisos.
Los chorros de agua lanzados arriba,
dulces y llenos de esperanza.

Hubo una época
que hubiera muerto por amor.
Ya no más. El centro no se mantendría.
Colapsaría. Se desprendería
sin luz. Su órbita
una órbita de cansancio. Pero me preocupa
esa época y desearía saber por qué.
¿Quién quiere recordar
cuando la pobreza y la desgracia empujaron
a través de la puerta, seguido por un policía
invirtiendo la escena
con tan horrible autoridad?
El pestillo fue sujetado, pero
eso nunca detuvo a nadie en aquel entonces.
Hey, nadie respiraba en aquellos días,
¡Pregúntele a ella, si no me creen!
Suponiendo que usted podría encontrarla y
hacerla hablar. Esa chica que soñaba
y cantaba. Quién a veces tarareaba
cuando hacía el amor. La chica sensible.
La única que se quebró.

Soy un hombre maduro ahora, y algo más.
Entonces, ¿cuánto tiempo tengo?
¿Cuánto tiempo más para esa araña?
¿Dónde se fue en estos dos días de otoño,
mientras las hojas caen?

El ganado ha entrado en su establo.
El hombre con el palo levanta su brazo.
Después cierra y sujeta la puerta.

Me encuentro a mí mismo, al fin, en perfecto silencio.
Sabiendo lo poco que queda.
Sabiendo que tengo que amarlo.
Deseando amarlo. Tanto para nuestro bien.







(versiones en castellano: Hugo Zonáglez)


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This Morning



This morning was something. A little snow
lay on the ground. The sun floated in a clear
blue sky. The sea was blue, and blue-green,
as far as the eye could see.
Scarcely a ripple. Calm. I dressed and went
for a walk -- determined not to return
until I took in what Nature had to offer.
I passed close to some old, bent-over trees.
Crossed a field strewn with rocks
where snow had drifted. Kept going
until I reached the bluff.
Where I gazed at the sea, and the sky, and
the gulls wheeling over the white beach
far below. All lovely. All bathed in a pure
cold light. But, as usual, my thoughts
began to wander. I had to will
myself to see what I was seeing
and nothing else. I had to tell myself this is what
mattered, not the other. (And I did see it,
for a minute or two!) For a minute or two
it crowded out the usual musings on
what was right, and what was wrong -- duty,
tender memories, thoughts of death, how I should treat
with my former wife. All the things
I hoped would go away this morning.
The stuff I live with every day. What
I've trampled on in order to stay alive.
But for a minute or two I did forget
myself and everything else. I know I did.
For when I turned back i didn't know
where I was. Until some birds rose up
from the gnarled trees. And flew
in the direction I needed to be going.








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An Afternoon


As he writes, without looking at the sea, 
he feels the tip of his pen begin to tremble. 
The tide is going out across the shingle. 
But it isn't that. No, 
it's because at that moment she chooses 
to walk into the room without any clothes on. 
Drowsy, not even sure where she is 
for a moment. She waves the hair from her forehead. 
Sits on the toilet with her eyes closed, 
head down. Legs sprawled. He sees her 
through the doorway. Maybe 
she's remembering what happened that morning. 
For after a time, she opens one eye and looks at him. 
And sweetly smiles.








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The Cobweb


A few minutes ago, I stepped onto the deck 
of the house. From there I could see and hear the water, 
and everything that's happened to me all these years. 
It was hot and still. The tide was out. 
No birds sang. As I leaned against the railing 
a cobweb touched my forehead. 
It caught in my hair. No one can blame me that I turned 
and went inside. There was no wind. The sea 
was dead calm. I hung the cobweb from the lampshade. 
Where I watch it shudder now and then when my breath 
touches it. A fine thread. Intricate. 
Before long, before anyone realizes, 
I'll be gone from here.








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The Mail


On my desk, a picture postcard from my son
in Southern France, The Midi, 
he calls it. Blue skies. Beautiful houses
loaded with begonias. Nevertheless
he’s going under, needs money fast.

Next to his card, a letter
from my daughter telling me her old man,
the speed-freak, is tearing down
a motorcycle in the living room.
They’re existing on oatmeal,
she and her children. For God’s sake,
She could use some help.

And there’s the letter from my mother
who is sick and losing her mind.
She tells me she won’t be here
much longer. W on’t I help her make
this one last move? Can’t I pay
for her to have a home of her own?

I go outside. Thinking to walk
to the graveyard for some comfort.
But the sky is in turmoil.
The clouds, huge and swollen with darkness,
about to spew open

It’s then the postman turns into
the drive. His face
is a reptile’s, glistening and working.
His hand goes back – as if to strike!
It’s the mail.








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The Autopsy Room 


Then I was young and had the strength of ten.
For anything, I thought. Though part of my job
at night was to clean the autopsy room
once the coroner's work was done. But now
and then they knocked off early, or too late.
For, so help me, they left things out
on their specially built table. A little baby,
still as a stone and snow cold. Another time,
a huge black man with white hair whose chest
had been laid open. All his vital organs
lay in a pan beside his head. The hose
was running, the overhead lights blazed.
And one time there was a leg, a woman's leg,
on the table. A pale and shapely leg.
I knew it for what it was. I'd seen them before.
Still, it took my breath away.

When I went home at night my wife would say,
"Sugar, it's going to be all right. We'll trade
this life in for another." But it wasn't
that easy. She'd take my hand between her hands
and hold it tight, while I leaned back on the sofa
and closed my eyes. Thinking of . . . something.
I don't know what. But I'd let her bring
my hand to her breast. At which point
I'd open my eyes and stare at the ceiling, or else
the floor. Then my fingers strayed to her leg.
Which was warm and shapely, ready to tremble
and raise slightly, at the slightest touch.
But my mind was unclear and shaky. Nothing
was happening. Everything was happening. Life
was a stone, grinding and sharpening.








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Where they'd lived


Everywhere he went that day he walked
in his own past. Kicked through piles
of memories. Looked through windows
that no longer belonged to him.
Work and poverty and short change.
In those days they'd lived by their wills,
determined to be invincible.
Nothing could stop them. Not
for the longest while.

In the motel room
that night, in the early morning hours,
he opened a curtain. Saw clouds
banked against the moon. He leaned
closer to the glass. Cold air passed
through and put its hand over his heart.
I loved you, he thought.
Loved you well.
Before loving you no longer.








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Memory (2)


She lays her hand on his shoulder
at the checkout stand. But he won't 
go with her, and shakes his head.

She insists! He pays. She walks out
with him to his big car, takes one look,
laughs at it. Touches his cheek.

Leaves him with his groceries
in the parking lot. Feeling foolish.
Feeling diminished. Still paying.








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The Car


The car with a cracked windshield.
The car that threw a rod.
The car without brakes.
The car with a faulty U-joint.
The car with a hole in its radiator.
The car I picked peaches for.
The car with a cracked block.
The car with no reverse gear.
The car I traded for a bicycle.
The car with steering problems.
The car with generator trouble.
The car with no back seat.
The car with the torn front seat.
The car that burned oil.
The car with rotten hoses.
The car that left the restaurant without paying.
The car with bald tires.
The car with no heater or defroster.
The car with its front end out of alignment.
The car the child threw up in.
The car I threw up in.
The car with the broken water pump.
The car whose timing gear was shot.
The car with a blown head-gasket.
The car I left on the side of the road.
The car that leaked carbon monoxide.
The car with a sticky carburetor.
The car that hit the dog and kept going.
The car with a hole in its muffler.
The car with no muffler.
The car my daughter wrecked.
The car with the twice-rebuilt engine.
The car with corroded battery cables.
The car bought with a bad check.
Car of my sleepless nights.
The car with a stuck thermostat.
The car whose engine caught fire.
The car with no headlights.
The car with a broken fan belt.
The car with wipers that wouldn't work.
The car I gave away.
The car with transmission trouble.
The car I washed my hands of.
The car I struck with a hammer.
The car with payments that couldn't be met.
The repossessed car.
The car whose clutch-pin broke.
The car waiting on the back lot.
Car of my dreams.
My car.








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Stupid


It’s what the kids nowadays call weed. And it drifts
like clouds from his lips. He hopes no one
comes along tonight, or calls to ask for help.
Help is what he’s most short on tonight.
A storm thrashes outside. Heavy seas
with gale winds from the west. The table he sits at
is, say, two cubits long and one wide.
The darkness in the room teems with insight.
Could be he’ll write an adventure novel. Or else
a children’s story. A play for two female characters,
one of whom is blind. Cutthroat should be coming
into the river. One thing he’ll do is learn
to tie his own flies. Maybe he should give
more money to each of his surviving
family members. The ones who already expect a little
something in the mail first of each month.
Every time they write they tell him
they’re coming up short. He counts heads on his fingers
and finds they’re all survivng. So what
if he’d rather be remembered in the dreams of strangers?
He raises his eyes to the skylights where rain
hammers on. After a while –
who knows how long? — his eyes ask
that they be closed. And he closes them.
But the rain keeps hammering. Is this a cloudburst?
Should he do something? Secure the house
in some way? Uncle Bo stayed married to Aunt Ruby for 47 years. Then hanged himself.
He opens his eyes again. Nothing adds up.
It all adds up. How long will this storm go on?









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Bonnard's Nudes


His wife. Forty years he painted her.
Again and again. The nude in the last painting
the same young nude as the first. His wife.

As he remembered her young. As she was young.
His wife in her bath. At her dressing table
in front of the mirror. Undressed.

His wife with her hands under her breasts
looking out on the garden.
The sun bestowing warmth and color.

Every living thing in bloom there.
She young and tremulous and most desirable.
When she died, he painted a while longer.

A few landscapes. Then died.
And was put down next to her.
His young wife.









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Jean's TV


My life’s on an even keel
these days. Though who’s to say
it’ll never waver again?
This morning I recalled
a girlfriend I had just after
my marriage broke up.
A sweet girl named Jean.
In the beginning, she had no idea
how bad things were. It took
a while. But she loved me
a bunch anyway, she said.
And I know that’s true.
She let me stay at her place
where I conducted
the shabby business of my life
over her phone. She bought
my booze, but told me
I wasn’t a drunk
like those others said.
Signed checks for me
and left them on her pillow
when she went off to work.
Gave me a Pendleton jacked
that Christmas, one I still wear
For my part, I taught her to drink. 
And how to fall asleep 
with her clothes on. 
How to wake up
weeping in the middle of the night.
When I left, she paid two months’ 
rent for me. And gave me
her black and white TV.
We talked on the phone once,
months later. She was drunk.
And, sure, I was drunk too.
The last thing she said to me was,
Will I ever see my TV again?
I looked around the room
as if the TV might suddenly
appear in its place
on the kitchen chair. Or else
come out of a cupboard
and declare itself. But that TV
had gone down the road.
weeks before. The TV Jean gave me.
I didn’t tell her that.
I lied, of course. Soon, I said
very soon now.
And put down the phone
after, or before she hung up.
But those sleep-sounding words
of mine making me feel
I’d come to the end of a story.
And now, this one last falsehood
behind me,
                 I could rest. 









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Mesopotamia


Waking before sunrise, in a house not my own.
I hear a radio playing in the kitchen.
Mist drifts outside the window while
a woman's voice gives the news, and then the weather.
I hear that, and the sound of meat
as it connects with hot grease in the pan.
I listen some more, half asleep. It's like,
but not like, when I was a child and lay in bed,
in the dark, listening to a woman crying,
and a man's voice raised in anger, or despair,
the radio playing all the while. Instead,
what I hear this morning is the man of the house
saying "How many summers do I have left?
Answer me that."  There's no answer from the woman
that I can hear. But what could she answer,
given such a question?  In a minute,
I hear his voice speaking of someone who I think
must be long gone: "That man could say,
  'O, Mesopotamia!'
and move his audience to tears."
I get out of bed at once and draw on my pants.
Enough light in the room that I can see
where I am, finally. I'm a grown man, after all,
and these people are my friends. Things
are not going well for them just now. Or else
they're going better than ever
because they're up early and talking
about such things of consequence
as death and Mesopotamia. In any case,
I feel myself being drawn to the kitchen.
So much that is mysterious and important
is happening out there this morning.








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The Jungle


"I only have two hands,"
the beautiful flight attendant
says. She continues
up the aisle with her tray and
out of his life forever,
he thinks. Off to his left,
far below, some lights
from a village high
on a hill in the jungle. 
So many impossible things
have happened,
he isn't surprised when she
returns to sit in the
empty seat across from his.
"Are you getting off
in Rio, or going on to Buenos Aires?" 
Once more she exposes
her beautiful hands.
The heavy silver rings that hold
her fingers, the gold bracelet
encircling her wrist.  
They are somewhere in the air
over the steaming Mato Grosso.
It is very late.
He goes on considering her hands.
Looking at her clasped fingers.
It's months afterwards, and
hard to talk about.








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Hope

“my wife,” says Pinnegar, “expects to see me go to the dogs when she leaves me. It is her last hope.”

–D.H. Lawrence, “Jimmy and the Desperate Woman”

She gave me the car and two
hundred dollars. Said, So long, baby.
Take it easy, hear? So much 
for twenty years of marriage.
She knows, or thinks she knows, 
I’ll go through the dough
in a day or two, and eventually
wreck the car — which was
in my name and needed work anyway.
When i drove off, she and her boy —
friend were changing the lock 
on the front door. They waved.
I waved back to let them know
I didn’t think any the less 
of them. Then sped toward
the state line. I was hell-bent. 
She was right to think so.

I went to the dogs, and we
became good friends.
But I kept going. Went
a long way without stopping.
Left the dogs my friends, behind.
Nevertheless, when I did show
my face at that house again
months, or years, later, driving
a different car, she wept
when she saw me at the door.
Sober. Dressed in a clean shirt,
pants and boots. Her last hope
blasted.
She didn’t have a thing
to hope for anymore.










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The Sensitive Girl

This is the fourth day I’ve been here.
But, no joke, there’s a spider
on this pane of glass
that’s been around even longer. It doesn’t
move, but I know it’s alive.

Fine with me that lights are coming on
in the valleys. It’s pretty here,
and quiet. Cattle are being driven home.
If I listen, I can hear cowbells
and then the slap-slap of the driver’s
stick. There’s haze
over these lumpy Swiss hills. Below the house,
a race of water through the alders.
Jets of water tossed up,
sweet and hopeful.

There was a time
I would’ve died for love.
No more. The center wouldn’t hold.
It collapsed. It gives off
no light. Its orbit
an orbit of weariness. But I worry
that time and wish I knew why.
Who wants to remember
when poverty and disgrace pushed
through the door, followed by a cop
to invest the scene
with horrible authority?
The latch was fastened, but
that never stopped anybody back then.
Hey, no one breathed in those days,
Ask her, if you don’t believe me!
Assuming you could find her and
make her talk. That girl who dreamed
and sang. Who sometimes hummed
when she made love. The sensitive girl.
The one who cracked.

I’m a grown man now, and then some.
So how much longer do I have?
How much longer for that spider?
Where will he go, two days into fall,
the leaves dropping?

The cattle have entered their pen.
The man with the stick raises his arm.
Then closes and fastens the gate.

I find myself, at last, in perfect silence.
Knowing the little that is left.
Knowing I have to love it.
Wanting to love it. For both our sake.





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Raymond Carver (1938-1988)
Clatskanie, Oregón, Estados Unidos.

Ultramarine - 1986
Random House, New York.

28/11/14

Eloísa Oliva: "esta es la obra de un ausente..."


Mudanza


Al fondo del patio, el gomero traspira
las hojas se confunden con la noche, sacudidas
por el aire de diciembre.
En algún momento va a llover. Levantan
los ojos al cielo
en busca de algo que se manifieste.
Bajo el alero está tendida la mesa
el mantel indica
la fiesta. Es lo último
que quedó sin embalar, el resto
de sus pertenencias
encerrado en cajas numeradas de cartón.
La madre llama, desde el marco de la puerta
rodeada por la luz desnuda y amarilla
de una bombita que cuelga del techo.
Sobre el mantel de fiesta,
comen pizza con la mano.
Las cucarachas aletean
por fuera de la zona iluminada. Los regalos también
han sido embalados, y en la noche tropical
el gomero es el único
en quien depositar la fe.








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km6 y medio
(Para A.P.)


Elijo ésta entre todas las imágenes:
girás la llave de un candado. aguaribay. tu guayabera
blanca flota en el aire de enero.
Primero de enero.
Damos la espalda a los que viajan
cruzando la tranquera
imitación estilo inglés. A veces
la sabiduría general conoce
la forma más directa
de decir las cosas ciertas; si todo hombre
es un artista, esta es la obra de un ausente:
cada fragmento, cada inscripción
sobre el paisaje
en esta isla que flota por la pampa.
Es la deriva
de un verano eternizado
cuya escritura insistís
en continuar

un gesto hecho de álamos,
de robles, aguaribay.
Y de una casa,
que todavía nos proteja.








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olor a verano y leña esa vez en el campo
el cielo: un charco oscuro en el que tu mano
anuda pedazos de asteroide
como el lápiz
en un dibujo sin línea
después, en el patio del departamento
estaba el mismo cielo
pero más pobre: ni siquiera divisábamos el arco
de tu querido cazador, Orión
dijiste entonces que es inútil
seguir en el esfuerzo
de unir cosas, si ante la luz
más débil
empiezan a desaparecer








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juntamos piedras de la vía
esas formas que la tierra
tardó miles de años
en tallar, y un día un hombre
voló con dinamita
y esparció
por el camino, una erupción del Fuji
o del Lanín
la insistencia del mar
en cada orilla, un desierto
que cabe en una mano








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el agua
podrida en la pileta
anuncia
el fin de la estación

tibia la luz en nuestra cara
nuestro silencio

irrumpe
                     la cresta de la siesta
                                                                   un auto

cruza la llanura

llevamos el verano
todavía en los pulmones
una nube se demora y
destruye
                      cada sombra

quedamos así, sin reflejo en la tierra

                              todo un camino
                                                                   que nuestro corazón
                                                                                                                    reconoce








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Eloísa Oliva (1978)
Buenos Aires, Argentina.


1027 - 2010
Editorial Nudista, Cosquín, Córdoba, Argentina.

24/11/14

Anne Simpson: "Me aferré como si estuviéramos a punto de tomar la palabra..."



Mano


Él tenía seis pies de altura, más o menos. Su cuerpo estaba envuelto en blanco, como una gasa alrededor de una torta de Navidad, impidiendo que el ron se derrame. Sólo su mano amarilla se había desenvuelto, y la tomé en la mía, pesando su peso. Sus uñas, que deben haber crecido después de muerto, debían ser cortadas. No me dejo ir. Me aferré como si estuviéramos a punto de tomar la palabra.








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Corazón


La mujer abrió la caja torácica de él como si se tratara de una puerta y extrajo su corazón. Debería haber brillado. Debería habernos hecho gritar. Giró el pequeño mango, lo metió dentro. Me acordé
del martín pescador que golpeó la ventana: los pies rizados, el impacto de las plumas azules
desbordando su cabeza, un ojo negro, brillando. ¿Si lo hubiera matado? Eso no era el punto era la tranquilidad.








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Cabeza


Estaba tan cerca como para tocar su oído, con los ojos fuertemente cerrados. Sus cejas podrían haber sido cepilladas con oro. Si hubiera sido griego, le hubieran dado una corona de hojas. Las mujeres se han lavado su cuerpo con agua de mar, y después, los dolientes contratados habrían cantado el kommoi. Había un mapa exquisitamente dibujado en el interior de su cráneo, con largos zarcillos de río desembocando en el mar. Había llegado tan lejos ya. Mas tarde iría a deslizarse río abajo en la balsa orgulloso de su cuerpo.








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Palas

Al lado de la catedral los hombres están cavando duro. Ella se pregunta qué están buscando. Ella está haciendo las cosas de siempre, espolvoreando y etiquetando. Ella estuvo ordenando los platos chicos de hielo, en una punta del río, nieve de la última ventisca. Además, ella estuvo prestando atención al viento, que no es más que un anhelo de tocar. Los hombres pasan su tiempo sabiamente, memorizando cómo las palas se reflejan en el sol. Ella estudia la forma en que cavan. Pronto terminarán. Tienen un agujero de buen tamaño, y luego volverán para ver dentro. Ella está esperando al cuervo negro, la forma en que atenta el cielo, haciendo un sonido pedernal.








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Fuego


Él se está acostumbrando. Cada mañana cuando se despierta, ve fuego en las palmas de sus manos. Las llamas son pequeñas pero distraen. Todo lo que toca inicia el fuego: la silla, la mesa, incluso el espejo. Ahora él está aprendiendo por su cuenta a levantar una cosa a la vez, cuidadosamente. Él sabe que es un regalo de los dioses, pero a veces desea que ellos vuelvan. Pronto será capaz de poner dentro de sus costillas y sacarlo cuando lo necesite.








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Luz


La luz se desliza a través de su piel cuando ella se mueve sus brazos. Fluye sobre ella y se precipita. Hay días cuando se vierte a través de ella. Piensa en el verano en que Matisse trabajó en Collioure. Él comenzaba a pintar antes del amanecer y trabajaba todo el día, hora tras hora. Trabajaba hasta que sus manos estaban cansadas, pero aun así no se detuvo. A veces había tanta luz en el océano que pensó que quedaría ciego.








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Entre ellas


La bola de estiércol estaba incrustada en una ramita: el escarabajo pelotero tuvo que resolver el problema. Primero lo empujó, después se fue por debajo. Finalmente liberó el estiércol de la rama y siguió su camino. Sísifo trabajó tan duro como esto - trabajando, trabajando. Después de un tiempo empezó a amar a la roca. Amaba las colinas. Podía sentir a sí mismo entre ellas.








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Lirio


Se abren. Ayer estaban enrolladas, apretadas. Ahora las alfombras ceremoniales han sido desenrolladas. Pronto un Papa en miniatura vendrá a situarse en el balcón. Nadie será capaz de oír lo que dice. Escuchar con atención las pequeñas campanas, para observar el destello de algo dorado. Después de las oraciones, las hojas del pasto serán bendecidas. Dentro de cada cosa vos podés ver la amplitud de las catedrales.








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Playa


Bajo sus dedos hay marras, de hoja fina, y un rezago de guisante de playa. Un poco más lejos: el cráneo de un ciervo o un perro, medio enterrado en la arena. La placa plateada - donde está descansando su cabeza - no es más que un hueso blanqueado. No se sabe que es lo que la hace llorar. Mira todas esas mujeres, vistiendo saris azules profundos, inclinándose de un lado a otro, en el océano. Miles, fila tras fila. ¿Están gimiendo o rezando? Escuchá. Seguro que están tratando de decirle algo.








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Sabios


Hay pagodas blanco rosáceas en el árbol de la castaña. En cada pagoda hay un sabio, con los brazos envueltos en seda. Ella pasa el árbol, escuchando. Al principio, ella no oye nada. ¿Qué es lo que estás buscando? pregunta uno. Hay susurros, suaves, lentos. Se están moviendo a través de los pisos pulidos de las pagodas en los pies calzados con zapatillas. Tenés el poder de matar, dice otro. Hace una pausa, pero sólo hay viento, un velo de lluvia después de otro. ¿No sabías esto?






(versiones en castellano: Hugo Zonáglez)



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Hand


He was six feet tall, give or take. His body was wrapped in white, like cheesecloth around Christmas cake, keeping the rum from leaking away. Only his yellow hand had been unwrapped, and I took 
it in mine, weighing its heaviness. His fingernails, which must have grown after death, needed to be clipped. I didn't let go. I held on as if we were about to take the floor.








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Heart 


The woman opened his rib cage as if it were a door and removed his heart. It should have glowed. It should have made us cry out. She turned the small mango around, tucked it back inside. I recalled
the kingfisher that hit the window: curled feet, shock of blue feathers cresting its head, a black eye, shining. Had I killed it? That wasn't the point was the stillness.








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Head


I was close enough to touch his ear, his heavily lidded eyes. His brows might have been brushed with gold. If he'd been Greek, they'd have given him a wreath of leaves. Women would have washed his 
body with sea water, and afterwards, hired mourners would have sung the kommoi. There was an exquisitely drawn map on the inside of his skull, with long tendrils of river ending at the sea. He'd come so far already. Later he would glide downriver in the proud raft of his body.








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Shovels


Beside the cathedral men are digging hard. She wonders what they're looking for. She's doing the usual things, dusting and labelling. She's been arranging small platters of ice, a bend in the river, snow from the last blizzard. Also, she's been paying attention to wind, which is merely a longing to touch. The men spend their time wisely, memorizing how shovels glint in the sun. She studies the way they dig. Soon they'll come to an end. They'll have a good-sized hole, and then they'll stand back to look into it. She's waiting for the black crow, the way it strikes sky, making a flinty sound.








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Fire


He's getting used to it. Each morning when he wakes, he sees fire on the palms of his hands. The flames are small but distracting. Whatever he touches starts on fire: the chair, the table, even the mirror. Now he's teaching himself to pick up one thing at a time, carefully. He knows it's a gift from the gods, but sometimes he wishes they'd take it back. Soon he'll be able to put it inside his ribs and take it out whenever he needs it.








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Light


The light glides across her skin when she moves her arms. It streams over her and rushes away. There are days when it pours right through her. She thinks of the summer Matisse worked at Collioure. He began painting before dawn and worked through the day, hour after hour. He worked until his hands were tired, but even then he didn't stop. Sometimes there was so much light on the ocean he thought it would blind him.








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Between


The ball of dung was impaled on a twig: the dung beetle had to solve  the problem. First it pushed, then it went underneath. Finally it freed the dung from the twig and kept going. Sisyphus worked as hard as this - toiling, toiling. After a while he began to love the rock. He loved the hill. He could feel himself between them.








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Iris


It opens. Yesterday it was furled, tight. Now the ceremonial carpets have been unrolled. Soon a miniature pope will come to stand at the balcony. No one will be able to hear what he's saying. Listen closely for the tiny bells, watch for the flicker of something gold. After the prayers, the blades of grass will be blessed. Inside each thing you can see the spaciousness of cathedrals.








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Beach


Under her fingers there's marram grass, blade-thin, and a straggle of beach pea. Further away: the skull of a deer or a dog, half-buried in sand. The silvery log - where she's resting her head - is nothing more than a bleached bone. There's no telling what makes her cry. Look at all those women, wearing deep blue saris, leaning this way and that, in the ocean. Thousands, row on row. Are they moaning or praying? Listen. Surely they're trying to tell her something.








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Sages


There are pinkish-white pagodas on the chestnut tree. In each pagoda is a sage, his arms folded in silk. She passes the tree, listening. At first she doesn't hear anything. What is it you're seeking? asks one. There are whispers, soft shufflings. They're moving across the polished floors of the pagodas on slippered feet. You have the power to kill, says another. She pauses, but there is only wind, one veil of rain after another. Didn't you know this?








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Anne Simpson (1956)
Toronto, Canadá

Quick - 2007
McClelland and Stewart

7/11/14

Verónica Pérez Arango: "confiamos en la oscuridad..."


Armar un libro de poemas o una casa nueva.
Poner los vasos o los versos
de un lado o del otro. Acomodarlos
por colores y tamaños. De menor a mayor
y viceversa. Romperlos hasta que las astillas
desaparezcan. Se hagan arena.

Armar un libro de poemas. No escribirlo,
armarlo como una caja
abierta, con las maderas que encontrarás tiradas en la calle
con los platos sin lavar y las goteras
con los perros y el ruido del camión de la basura
que pasa adentro de tu cabeza y te despierta
a las tres de la mañana
y te deja en vela por el resto de tu existencia.

Armar un libro de poemas u ordenar el placard
de tu hijo donde todo tiene el tamaño de una miniatura,
como haikus de algodón que envuelven sus piernas,
suave movimiento del mundo dentro del mundo.

O detener el tiempo.








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El carácter del mar nos mantiene
alejados de las aventuras invernales, los picos nevados.
Nunca vamos a andar en trineo ni a untarnos
grasa de animal en la piel de la cara
para protegernos del cuchillo del frío.
Tampoco pensamos en dormir bajo las plumas
de un cisne o el pelo de un caballo manso.

A ésta hora en la playa
nuestras pieles al sol se ven todas iguales
y el paisaje casi no se mueve
salvo por alguna gaviota o una ola
más grand que la anterior.
La arena vira del marrón al blanco porque es
todas las pieles del mundo.

Aquel hombre, por ejemplo.
carga castillos en un balde rojo
y la mujer a su lado se lame los labios.
No siente el gusto de la sal,
nace allí una gota de sangre.
A ellos les gusta dormir en camas con arena
con sábanas que raspan los talones
y las uñas partidas; pero vos
preferís la luz milagrosa del monitor.
Mandás un email a los amigos que están lejos
para darles un pantallazo de tu vida.
Escribís esta playa es idéntica
a otras playas
a todas las playas
que hay en el mundo.
Te alegra la ausencia de variedad
y no sentir que te perdés de algo.
Excepto por el tamaño de las olas
el color de la arena hirviendo
la caminata que se vuelven carrera,
las cosas viven en una medianía
de olor a crema, salitre, sudor y fruta.

Mi traje de baño se repliega como un caracolito
partido en miles de pedazos.








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Aquel domingo fuimos al acuario para ver
los caballitos de mar.
Caminábamos lento
por la avenida
tu mano pequeña adentro de la mía
palpitaba la primera vez
y las migas pegadas en el sudor de la tarde.
Creíamos los dos lo mismo
que ahí adentro el agua sería cristalina
que los peces
se moverían ágiles
luciendo escamas y aletas preciosas
que las burbujas subiendo a la superficie
serían nuestra música marina.
Los dos creíamos lo mismo. Pero no.
Todos los animales nadaban bajo un agua turbia
y entre rocas repletas
de moho y virutas de alimento balanceado.
Nos castaba ver
a través de los vidrios que estaba prohibido golpear
los tubitos de goma que les llevaban oxígeno
a las branquias anaranjadas
casi no funcionaban.
Había olor a pescado podrido.
Y a los caballitos de mar
no los vimos nunca.








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Me gustaría escribir un poema sobre la nieve
el hielo fracturado de las montañas
donde viven mi amigos nórdicos.
Me gustaría escribir sobre los ojos azules
que todos ellos tienen
los perros que tiran de trineos de chocolate
y las pistas para patinar
en lagos, ríos y mares.
Me gustaría escribir sobre una noche
de más de cien días y la melancolía
de quienes no ven el sol.








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El choque de los pelícanos sobre la chapa del océano
los cangrejos y sus casitas de arena indestructible
y un cardumen tornasolado
festejan
el fin de la tarde monótona.








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Es preferible el domingo
cuando el bautismo llega
desde atrás
nosotros nos reímos de los fieles y robamos
el diezmo y los jazmines frescos.
El padre que cura acaricia a los primogénitos
sin buenas intenciones mientras receta
tipos convenientes de comportamiento
y los salva del mal por siempre.

Todos repiten el estribillo
Renuncia al placer ante todo
cree en dios todopoderoso y soberano de la tierra,
renuncia al demonip y al error contrario a la verdad.
El padre que cura explica cada palabra
como un semiólogo divino educa y nos libra
del mal
del mar
del más allá.

La fé de los chicos pagada con débito automático
alumbrado por un cirio pascual o signo
del Cristo resucitado. Desde atrás
nosotros rogamos que la luz se apague
oh sí que la luz se apague que la luz se apagua
porque confiamos en la oscuridad.
Los bebés rosados como pollos crudos
levantados por manos lavadas con alcohol
son trofeos ganados a la fuerza
de siglos
de ignorancia.
Los bebés rosados como cielos atardecidos
llegan alto, hasta las hélices de los ventiladores
que bañan de aire caliente a los fieles
si creemos en todos lo que nos proponen.
Al acabar
el padre que cura pide limosna
y que todos seamos muy generosos.








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Verónica Pérez Arango (1976)
Capital federal, Buenos Aires, Argentina.


Un dibujo en el mundo - 2014
Editorial: El ojo del mármol

24/10/14

Linda Pastan: "nuestras palabras parecen más jóvenes de lo que somos..."


Poema de amor


Quiero escribirte
un poema de amor vertiginoso
como nuestro arroyo
después del deshielo
cuando estamos
sobre sus orillas
peligrosas y lo observamos llevar
cada ramita
cada hoja seca y tallo
en su camino
cada escrúpulo
cuando lo vemos
tan crecido
desembocando
que mientras lo observamos
debemos tomarnos
el uno al otro
y retroceder
debemos tomarnos el uno
al otro o
tomar nuestros zapatos
empapados debemos
tomarnos el uno al otro









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Después de una ausencia


Después de una ausencia que no fue culpa de nadie
somos tímidos uno con el otro,
y nuestras palabras parecen más jóvenes de lo que somos,
como si debiéramos volver al momento en que nos conocimos
y trabajar nosotros mismos de vuelta al presente,
la forma en que nunca leíste un cuento
desde el lugar en que lo dejaste
pero siempre empezás el libro de nuevo.
Quizá deberíamos haber permanecido
atados como alpinistas
por el cable de seguridad del teléfono,
marca nuestra propia pequeña rueda de plegaria,
nuestras voces menos fantasmales a través de las millas,
menos delicadas de lo que son ahora.
Había olvidado el gris en tus rizos,
esa salpicadura de invierno sobre tu cara,
recordando al hombre más joven
que solías ser.

Y me siento vieja y ordinaria,
teniendo que pensar otra vez en la comida para la cena,
en los animales para ser atendidos, toda la marea
de la vida cotidiana oculta pero peligrosa
tirando abajo de los dos tan firme.
He soñado con nuestra cama
como si se tratara de una costa donde estaríamos lavados,
no este colchón rayado
debemos cubrirlo con sábanas. Me había olvidado
de todos los viejos negocios entre nosotros,
como el correo no respondido durante tanto tiempo que el silencio
se convierte en elocuente, un mensaje propio.
Incluso me había olvidado cómo el amor matrimonial
es un territorio más misterioso
cuanto más se explora, como uno de esos terrenos
de los que leés, un jardín en el desierto
donde parás a beber, sin saber
si tu boca se llenará de agua o arena.









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En el jardín


¿Cómo distinguimos las flores de las malas hierbas
ahora que la vieja igualdad del espacio
ha terminado en el jardín, y las semillas
de algodoncillo y margarita se dispersaron en desgracia?
¿Es el estambre, el pétalo, o la hoja
al igual que la antigua firma de Caín
que marca la carne de las flores silvestres, a su pesar
así como la orquídea florece en la fama?
Y Esaú era la flor silvestre de su clan,
Y Jacob era el hermano que fue elegido.
Así aprendemos a distinguir al hombre del hombre
Como los botánicos, nuestras categorías congeladas.
Pero en una sola mañana las rosas mueren
mientras los dientes de león y la mala hierba se multiplican.









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A una hija abandonando la casa


Cuando a los ocho años
te enseñé a andar
en bicicleta, trotando
a tu lado
mientras tambaleabas
sobre las dos ruedas redondas,
mi propia boca redondeada
de sorpresa cuando saliste
adelante por el camino
curvado del parque,
Seguí esperando
por el ruido
de tu caída cuando
corría para atajarte,
mientras creciste
más pequeña, más frágil
con distancia,
chocando, chocando
por tu vida, gritando
de risa,
el pelo aleteando
detrás de vos como un
pañuelo haciendo
un adiós.









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Los pájaros


se dirigen al sur, empujados
por una brújula en los genes.
Ellos no se dejan engañar
por este raro noviembre de verano,
aunque estamos en nuestras puertas
vistiendo ropa de algodón.
Los estamos observando

mientras bajan y se juntan-
la sombra de las alas
cae sobre el corazón.
Cuando se mueven ligeramente entre
las ramas peladas, los árboles
deben pensar que volvieron
sus hojas perdidas.

Los pájaros se dirigen al sur,
instinto es la historia más antigua.
Vuelan sobre sus dobles,
las veletas de silencio,
enseñándonos
con sus colas emplumadas
el norte verdadero.









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El paraíso imperfecto


Si Dios hubiera dejado de trabajar después del quinto día
con el Edén lleno de verduras y frutas,
si los robles y lilas hubieran dominado
más de un reino hecho de tallos y raíces,
si el paisaje era el genio de la creación
y ni el hombre ni la serpiente jugaron un papel
y Dios tuvo que mirar al viento de la lamentación
y no una tarjeta postal del alma,
¿Habría descansado en la orilla de su nube
con nada en el universo que perder,
o tendría hambre de una multitud humana?
¿Qué elegiría un sabio y justo creador:
las hosannas verdes de una hoja en ciernes
o el contrato estricto entre el amor y el dolor?









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La forma en que las hojas siguen cayendo


Es noviembre
y temprano - hora de ir a trabajar.
Siento el pequeño látigo
de mi conciencia golpear
mientras estoy a la ventana observando
la gran cosecha de hojas.
Mi vecino al otro lado de la calle,
su soplador de hojas ya rugiente,
intenta poner orden
desde el caos de la decoloración.
Él parece valiente y un poco tonto.
Es casi una marea, la forma
en que las hojas siguen cayendo
ola tras ola a la tierra.

En el Edén no había
estaciones, y a veces
pienso que fue la prolijidad
de ese jardín
que Eva odiaba, todas las etiquetas de madera
con los nuevos nombres de las plantas y los árboles.
Sin embargo, también soy hija de Adán
y me gusta el orden, aunque
los márgenes de mis poemas
son desiguales, y yo estoy acá
toda la mañana observando las hojas.








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En lo profundo de estos bosques


Cariño, ¿cómo hacés crecer tu jardín
en lo profundo de estos bosques, ahogándose en tanta sombra
que incluso apenas pueden las manzanas ser lentas
para elevarse por encima de las sombras donde vadean?
¿Sos una amenaza para todos los árboles vivientes?
Nos apoyamos contra dos troncos, por la espalda
pero a través de tu cara curtida es lo que veo
sé que en algún lugar ocultás un hacha.
¿Cuando él planeó el Eden hizo que el gran Dios conciba
las flores que florecen sin necesidad de la luz?
¿Y no había nada que Adán ocultara de Eva?
¿Y no florecen los ciros por la noche?
Colocás unas lilas arrancadas en mi mano
y sacrificás un roble. Casi entiendo.








(versiones en castellano: Hugo Zonáglez)




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Love Poem


I want to write you
a love poem as headlong
as our creek
after thaw
when we stand
on its dangerous
banks and watch it carry
with it every twig
every dry leaf and branch
in its path
every scruple
when we see it
so swollen
with runoff
that even as we watch
we must grab
each other
and step back
we must grab each
other or
get our shoes
soaked we must
grab each other 









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After an Absence


After an absence that was no one's fault
we are shy with each other,
and our words seem younger than we are,
as if we must return to the time we met
and work ourselves back to the present,
the way you never read a story
from the place you stopped
but always start each book all over again.
Perhaps we should have stayed
tied like mountain climbers
by the safe cord of the phone,
its dial our own small prayer wheel,
our voices less ghostly across the miles,
less awkward than they are now.
I had forgotten the grey in your curls,
that splash of winter over your face,
remembering the younger man
you used to be.

And I feel myself turn old and ordinary,
having to think again of food for supper,
the animals to be tended, the whole riptide
of daily life hidden but perilous
pulling both of us under so fast.
I have dreamed of our bed
as if it were a shore where we would be washed up,
not this striped mattress
we must cover with sheets. I had forgotten
all the old business between us,
like mail unanswered so long that silence
becomes eloquent, a message of its own.
I had even forgotten how married love
is a territory more mysterious
the more it is explored, like one of those terrains
you read about, a garden in the desert
where you stoop to drink, never knowing
if your mouth will fill with water or sand.









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In the Garden


How do we tell the flowers from the weeds
Now that the old equality of space
Has ended in the garden, and the seeds
Of milkweed and daisy scatter in disgrace?
Is it the stamen, petal, or the leaf
That like the ancient signature of Cain
Marks the flesh of wildflowers, to their grief
Just as the orchid blossoms into fame?
And Esau was the wildflower of his clan,
And Jacob was the brother who was chosen.
So we learn to distinguish man from man
Like botanists, our categories frozen.
But in a single morning roses die
While dandelions and chokeweed multiply.









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To a Daughter Leaving Home


When I taught you
at eight to ride
a bicycle, loping along
beside you
as you wobbled away
on two round wheels,
my own mouth rounding
in surprise when you pulled
ahead down the curved
path of the park,
I kept waiting
for the thud
of your crash as I
sprinted to catch up,
while you grew
smaller, more breakable
with distance,
pumping, pumping
for your life, screaming
with laughter,
the hair flapping
behind you like a
handkerchief waving
goodbye.









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The Birds


are heading south, pulled
by a compass in the genes.
They are not fooled
by this odd November summer,
though we stand in our doorways
wearing cotton dresses.
We are watching them

as they swoop and gather—
the shadow of wings
falls over the heart.
When they rustle among
the empty branches, the trees
must think their lost leaves
have come back.

The birds are heading south,
instinct is the oldest story.
They fly over their doubles,
the mute weathervanes,
teaching all of us
with their tailfeathers
the true north.









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The Imperfect Paradise


If God had stopped work after the fifth day
With Eden full of vegetables and fruits,
If oak and lilac held exclusive sway
Over a kingdom made of stems and roots, 
If landscape were the genius of creation
And neither man nor serpent played a role
And God must look to wind for lamentation
And not to picture postcards of the soul, 
Would he have rested on the bank of his cloud
With nothing in the universe to lose, 
Or would he hunger for a human crowd?
Which would a wise and just creator choose:
The green hosannas of a budding leaf
Or the strict contract between love and grief?









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The Way the Leaves Keep Falling


It is November
and morning - time to get to work.
I feel the little whip
of my conscience flick
as I stand at the window watching
the great harvest of leaves.
Across the street my neighbor,
his leaf blower already roaring,
tries to make order
from the chaos of fading color.
He seems brave and a bit foolish.
It is almost tidal, the way
the leaves keep falling
wave after wave to earth.

In Eden there were
no seasons, and sometimes
I think it was the tidiness
of that garden
Eve hated, all the wooden tags
with the new names of plants and trees.
Still, I am Adam's child too
and I like order, though
the margins of my poems
are ragged, and I stand here
all morning watching the leaves.









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Deep in These Woods


Darling, how do you make your garden grow
Deep in these woods, drowning in so much shade
That even hardly may apples are slow
To rise above the shadows where they wade?
Are you a threat to every living tree?
We lean against two trunks, resting our backs
But through your craggy face is what I see
I know that somewhere you conceal an axe.
When he planned Eden did great God conceive
Flowers that flourish with no need of light?
And was there nothing Adam hid from Eve?
And doesn’t the cereus bloom at night?
You place a burst of lilac in my hand
And sacrifice an oak. I almost understand.








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Linda Pastan (1932)
New York, Estados Unidos.


The Imperfect Paradise - 1988
W. W. Norton & Company, New York, Estados Unidos.