12/2/14

Mary Oliver: "acá está la lucha, el ocaso..."


Noche blanca


Toda la noche
floto
en las lagunas poco profundas
mientras la luna vaga
ardiente,
color hueso,
entre los tallos lechosos.
Una vez
vi su mano alcanzar
tocar la cabeza pequeña y elegante
de la rata almizclera
y fue encantador, oh,
No quiero discutir más
sobre todas las cosas
¡Pensé que no podía
vivir sin ella! Pronto
la rata almizclera
se deslizará con otro
en su castillo
de maleza, la mañana
se elevará desde el este
enredada y descarada,
y antes de ese
huracán de luz
difícil
y hermoso
quiero fluir
a través de la madre
de todas las aguas,
Quiero perderme
en las corrientes
negras y sedosas,
bostezando,
juntando
las lilas altas
del sueño.







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Hospital universitario, Boston


Los árboles en el cesped del hospital
son exuberantes y florecientes. Ellos también
están recibiendo el mejor cuidado,
como vos, y los muchos desconocidos,
en las habitaciones limpias por encima de esta ciudad,
donde día y noche los doctores siguen,
atendiendo, donde las máquinas intrincadas
grafican con devoción fría
el murmullo de la sangre,
el lento aparchado de los huesos,
la desesperación de la mente.

Cuando vengo de visita y salimos
a la luz de un día de verano,
nos sentamos bajo los árboles -
un castaño de la India, un sicomoro, y un
nogal negro nidificando
por encima de un seto de lilas
tan viejo como el edificio de ladrillos rojos
detrás de ellos, el hospital
original que fue construido antes de la Guerra Civil.
Nos sentamos en el césped juntos, tomados de la mano
mientras me contás: estoy mejor.

Cuántos hombres jóvenes, me pregunto,
llegaron acá arrastrados por trenes lentos como camillas
desde los campos de batalla rojos y horribles
para yacer todo el verano en las cámaras pequeñas y mal ventiladas
mientras que los doctores hicieron lo que pudieron, anhelando
por aún inimaginables herramientas, medicinas aún inexistentes,
sabiduría aún no descubierta, y ¿cuántos murieron
contemplando las hojas de los árboles, ciegos
a los esfuerzos terribles en torno a ellos para mantenerlos con vida?
Miro en tus ojos

que a veces son verdes y, a veces grises,
y a veces están llenos de humor, pero no a menudo,
y me digo, estás mejor ,
porque sin vos mi vida sería
un lugar de árboles secos y rotos.
Después caminando a la calle por los pasillos,
Vuelvo y entro en el interior de una habitación vacía.
Ayer alguien estaba acá con un rostro jadeante .
Ahora la cama está como nueva,
las máquinas han sido removidas. El silencio
continúa, profundo y neutral,
mientras permanezco acá, amándote.








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Florecer


En abril
las lagunas se abren
como flores negras,
la luna
nada en cada una;
hay fuego
en todas partes: las ranas gritan
su deseo,
su satisfacción. Lo que
sabemos: ese tiempo
corta en todos nosotros como una azada
de hierro, esa muerte
es un estado de parálisis. Lo que
anhelamos: disfrutar
ante la muerte, noches
en los canales - todo lo demás
puede esperar pero no
este impulso
de la raíz
del cuerpo. Lo que
sabemos: somos más
que la sangre - somos más
que nuestra hambre y sin embargo
pertenecemos
a la luna y cuando las lagunas
se abren, cuando la quema
comienza el más
reflexivo entre nosotros sueña
con entrar deprisa
en los pétalos negros
en el fuego,
en la noche donde se encuentra el tiempo destrozado
en el cuerpo de otro.








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Rayo


Los robles brillaban
como oro demacrado
sobre el labio
de la tormenta ante
la rosa de los vientos,
la boca sin forma
se abrió y comenzó
¡un aullido de cinco horas!;
las luces
se apagaron rápidas, las ramas
se movieron sobre
la pendiente del techo, metido
en el año
que se puso negro
en cuestión de minutos, excepto
por el rayo - el paisaje
se hinchó como una enseñanza
rápida de la creación, después
los ruidos sordos. Por dentro,
como siempre,
era difícil contar
el miedo de la emoción:
¡cuán sensual
es el rayo
vertido en un trazo! y aún así,
¡un fuego y un riesgo!
Como siempre el cuerpo
quiere ocultar,
quiere fluir hacia ello - se esfuerza
para equilibrarse mientras
el miedo grita,
grita de emoción, de un lado
a otro - cada
rayo un río ardiente
desgarrador como escape a través del escudo
oscuro del otro.








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Buitres


Como grandes mariposas
vagas
y oscuras sobrevuelan
los claros buscando
la muerte,
para comerla,
para hacerla desaparecer,
para hacer de ella el milagro:
la resurrección. Nadie sabe cuántos
son quienes a diario
ministran así las millas
de pastos, nadie
cuenta cuántos cuerpos
descubren
y descienden, lo que demuestra
cada vez el apetito
de la tierra, la interminable
cascada de cambios.
Además,
nadie
quiere reflexionar sobre ello,
cómo será
sentir el frío de la sangre,
las formas disueltas.
Encerrados en
el incendio de nuestros propios cuerpos
los vemos rodando a la deriva, los
honramos y
odiamos también,
sin embargo es sabia la doctrina,
sin embargo los magníficos ciclos,
sin embargo dulce final
el pelotón dulce de la muerte alimenta
esas alas poderosas.








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En bosques de agua negra


Mirá, los árboles
están cambiando
sus propios cuerpos
en columnas

de luz,
están desprendiendo la fragancia
deliciosa de la canela
y la satisfacción,

las totoras
largas y extensas
están irrumpiendo y flotando sobre
los hombros azules

de las lagunas,
y cada laguna,
no importa cuál sea su
nombre, es

innombrale ahora.
Cada año
todo
lo que he aprendido

en mi vida
me trae de nuevo a esto: los incendios
y el río negro de perdición
cuyo otro lado

es la salvación,
cuyo significado
ninguno de nosotros nunca sabrá.
Para vivir en este mundo

debés ser capaz
de hacer tres cosas:
amar lo que es mortal;
mantenerlo

contra tus huesos sabiendo
que tu propia vida depende de ello;
y, cuando llegue el momento de dejarlo ir,
dejarlo ir.








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Agosto


Cuando las moras cuelgan
hinchadas en los bosques, en las zarzas
nadie las posee, paso

todo el día entre las ramas
altas, extendiendo
mis brazos desgarrados, pensando

en nada, atiborrando
la miel negra del verano
en mi boca; todo el día mi cuerpo

acepta lo que es. En la oscuridad
los arroyos que corren por ahí es
esta pata gruesa de mi vida lanzándose entre

las campanas negras, las hojas, existe
esta lengua feliz.









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Primera nevada


La nieve
comenzó acá
esta mañana y en todo el día
continuó, su retórica
blanca en todas partes
nos remite al por qué, cómo,
de dónde tanta belleza y con qué
significado; ¡tal
fiebre oracular! fluyendo
más allá de las ventanas, una energía que parecía
nunca terminar, nunca atenuarse
menos de una maravilla! y sólo ahora,
profundamente en la noche,
que finalmente terminó.
El silencio
es inmenso,
y los cielos todavía mantienen
un millón de velas, en ninguna parte
las cosas familiares:
las estrellas, la luna,
la oscuridad que esperamos
y nocturno a partir. Los árboles
brillan como castillos
de cintas, los campos amplios
arden con luz, un paso
de quebradas yace
colmada de colinas brillantes;
y aunque las preguntas
que nos han atacado durante todo el día
persisten - ni una respuesta
sola ha sido encontrada -
saliendo ahora
en el silencio y la luz
bajo los árboles,
y a través de los campos,
se siente como uno.







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Atravesando la ciénaga


Acá es el cosmos
infinito
húmedo y lleno, el centro
de todo, la fuente
de la densa savia, las ramas
de las vides, las rebanadas oscuras
débilmente eructando
barros. Acá
está la ciénaga, acá
está la lucha,
el ocaso -
terrenos fragosos, impecables,
barro incomparable. Mis huesos
se chocan entre las articulaciones
pálidas, tratando
de afianzarse, con los dedos,
con la mente sobre
tales cruces de manchas, agujeros
profundos, lomadas
que se hunden en silencio
en lo negro, sopa
de tierra escasa. No me siento
tan mojada como
pintada y brillante
con los fangos cenagales
grasos, los tuétanos
ricos y suculentos
de la tierra - un pobre palo
seco tiene
una oportunidad más por los caprichos
del agua de la ciénaga - una rama
que aún, después de todos estos años,
podría echar raíces,
brotes, ramificaciones, capullos -
hace de su vida una exhalación
de un palacio de hojas.







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Felicidad


Por la tarde observé
la osa, que estaba buscando
el secreto contenedor de dulzura -
la miel, que las abejas almacenan
en cuevas finas de los árboles.
Bloques negros de oscuridad, ella descendió
árbol tras árbol y arrastrando los pies
a través del bosque. Y después
¡lo encontró! La casa de miel profunda
como duramen, y se sumerge
entre el enjambre de abejas - la miel y el panal
ella succionaba, lamia y sacaba
con las uñas negras, hasta

que tal vez ella se llenó, o durmió, o tal vez
un poco borracha, y pegajosa
bajo el pelaje de sus brazos,
y comenzó a murmurar y balancearse.
La vi irse de las ramas,
La vi levantar su hocico meloso
en las hojas, y sus brazos gruesos,
como si fuera a volar -
una enorme abeja
todo dulzura y alas -
se descompone en los prados, las perfecciones
de madreselva, rosas y trébol -
flotar y dormir en las redes transparentes
balanceándose de flor en flor
día tras un día brillante.







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Fantasmas


1

¿Notaste?



2

Donde muchos millones de bestias poderosas gritan
se acostaron en la tierra y murieron
es difícil de contar ahora
lo que es el hueso, y lo que meramente
fue una vez.

El águila real, por ejemplo,
tiene un poco de pesadez en él;
además los graneros enormes
parecen preparados, a veces, para pasear por fuera
hacia el pasto más profundo.




3

En 1805
cerca de las montañas Bitterroot:
un hombre llamado Lewis se arrodilla
sobre la pradera mirando

un nido de gorrión ingeniosamente oculto en el hisopo silvestre
y forrado con pelo de búfalo. Los pollitos,
no más de un día tramado, inclinado
discretamente en la lana gruesa como si
el contenido, después de todo,
para haber dejado el mundo perfecto y caído,

indefenso y ciego
en los campos floridos y los peligros
de éste.




4

En el libro de la tierra que está escrito:
nada puede morir.

En el libro de los Sioux está escrito:
que han ido a la tierra para esconderse.
Nada va a convencerlos otra vez
excepto los bailes de la gente.




5

Dijeron los veteranos:
la lengua
es la carne más dulce.

Los pasajeros que disparaban desde las ventanas del tren
casi no podían fallar, eran
tantos.

Después los canales
apestaban increíblemente, y cantaron con las moscas, encintados
con pendientes de grasa blanca,
cuerdas negras de sangre - pedazos de infierno
en el calor de la pradera.




6

¿Notaste? cómo la lluvia
cae suave como la caída
de los mocasines. ¿Notaste?
cómo los círculos inmensos todavía,
tercamente, después de cien años,
marcan el pasto donde las heces ricas
de los toros rugientes
cayeron a la tierra como el rebaño de pie
día tras día, luna tras luna
en su círculo tribal, demorando
las manadas de lobos de ojos amarillos que son también
¿notaste? se fueron ahora.




7

Sólo una vez, y después en un sueño,
Observé mientras, a escondidas
y con la ternura de una mujer cariñosa,
una vaca dio a luz
a un ternero rojo, lamido en seco y cuidado
en un rincón tibio
de la clara noche
en el pasto fragante
en los dominios salvajes
del muelle de la pradera, y pedí:
en mi sueño me arrodillé y les pedí
que me hagan espacio.





(versiones en castellano: Hugo Zonáglez)


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White Night


All night
I float
in the shallow ponds
while the moon wanders
burning, 
bone white, 
among the milky stems.
Once
I saw her hand reach
to touch the muskrat’s
small sleek head
and it was lovely, oh, 
I don’t want to argue anymore
about all the things
I thought I could not 
live without! Soon
the muskrat
will glide with another 
into their castle
of weeds, morning
will rise from the east
tangled and brazen, 
and before that
difficult
and beautiful
hurricane of light
I want to flow out
across the mother 
of all waters, 
I want to lose myself
on the black
and silky currents, 
yawning, 
gathering 
the tall lilies
of sleep.









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University Hospital, Boston


The trees on the hospital lawn
are lush and thriving. They too
are getting the best of care,
like you, and the anonymous many,
in the clean rooms high above this city,
where day and night the doctors keep
arriving, where intricate machines
chart with cool devotion
the murmur of the blood,
the slow patching-up of bone,
the despair of the mind.

When I come to visit and we walk out
into the light of a summer day,
we sit under the trees —
buckeyes, a sycamore, and one
black walnut brooding
high over a hedge of lilacs
as old as the red-brick building
behind them, the original
hospital built before the Civil War.
We sit on the lawn together, holding hands
while you tell me: you are better.

How many young men, I wonder,
came here, wheeled on cots off the slow trains
from the red and hideous battlefields
to lie all summer in the small and stuffy chambers
while doctors did what they could, longing
for tools still unimagined, medicines still unfound,
wisdoms still unguessed at, and how many died
staring at the leaves of the trees, blind
to the terrible effort around them to keep them alive?
I look into your eyes

which are sometimes green and sometimes gray,
and sometimes full of humor, but often not,
and tell myself, you are better,
because my life without you would be
a place of parched and broken trees.
Later walking the corridors down to the street,
I turn and step inside an empty room.
Yesterday someone was here with a gasping face.
Now the bed is made all new,
the machines have been rolled away. The silence
continues, deep and neutral,
as I stand there, loving you.









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Blossom


In April
the ponds open
like black blossoms, 
the moon
swims in every one; 
there’s fire
everywhere: frogs shouting
their desire, 
their satisfaction. What
we know: that time
chops at us all like an iron
hoe, that death
is a state of paralysis. What
we long for: joy
before death, nights 
in the swale - everything else
can wait but not
this thrust
from the root
of the body. What
we know: we are more
than blood - we are more
than our hunger and yet
we belong
to the moon and when the ponds
open, when the burning
begins the most
thoughtful among us dreams
of hurrying down
into the black petals
into the fire, 
into the night where time lies shattered
into the body of another. 









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Lightning


The oaks shone
gaunt gold
on the lip
of the storm before
the wind rose, 
the shapeless mouth
opened and began
its five-hour howl; 
the lights 
went out fast, branches
sidled over
the pitch of the roof, bounced
into the year
that grew black
within minutes, except 
for the lightening - the landscape
bulging forth like a quick
lesson in creating, then
thudding away. Inside, 
as always, 
it was hard to tell
fear from excitement: 
how sensual
the lightning’s
poured stroke! and still, 
what a fire and a risk! 
As always the body
wants to hide, 
wants to flow toward it - strives
to balance while
fear shouts, 
excitement shouts, back
and forth - each
bolt a burning river
tearing like escape through the dark
field of the other. 









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Vultures


Like large dark
lazy
butterflies they sweep over
the glades looking
for death,
to eat it,
to make it vanish,
to make of it the miracle:
resurrection.  No one knows how many
they are who daily
minister so to the grassy
miles, no one
counts how many bodies
they discover
and descent to, demonstrating
each time the earth’s
appetite, the unending
waterfalls of change.
No one,
moreover,
wants to ponder it,
how it will be
to feel the blood cool,
shapeliness dissolve.
Locked into
the blaze of our own bodies
we watch them wheeling and drifting, we
honor them and we
loathe them,
however wise the doctrine,
however magnificent the cycles,
however ultimately sweet
the huddle of death to fuel
those powerful wings.









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In Blackwater Woods


Look, the trees
are turning
their own bodies
into pillars

of light,
are giving off the rich
fragrance of cinnamon
and fulfillment,

the long tapers
of cattails
are bursting and floating away over
the blue shoulders

of the ponds,
and every pond,
no matter what its
name is, is

nameless now.
Every year
everything
I have ever learned

in my lifetime
leads back to this: the fires
and the black river of loss
whose other side

is salvation,
whose meaning
none of us will ever know.
To live in this world

you must be able
to do three things:
to love what is mortal;
to hold it

against your bones knowing
your own life depends on it;
and, when the time comes to let it go,
to let it go. 









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August


When the blackberries hang
swollen in the woods, in the brambles
nobody owns, I spend

all day among the high
branches, reaching
my ripped arms, thinking

of nothing, cramming
the black honey of summer
into my mouth; all day my body

accepts what it is. In the dark
creeks that run by there is
this thick paw of my life darting among

the black bells, the leaves; there is
this happy tongue.









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First Snow 


The snow
began here
this morning and all day
continued, its white
rhetoric everywhere
calling us back to why, how,
whence such beauty and what
the meaning; such
an oracular fever! flowing
past windows, an energy it seemed
would never ebb, never settle
less than lovely! and only now,
deep into night,
it has finally ended.
The silence
is immense,
and the heavens still hold
a million candles, nowhere
the familiar things:
stars, the moon,
the darkness we expect
and nightly turn from. Trees
glitter like castles
of ribbons, the broad fields
smolder with light, a passing
creekbed lies
heaped with shining hills;
and though the questions
that have assailed us all day
remain — not a single
answer has been found –
walking out now
into the silence and the light
under the trees,
and through the fields,
feels like one.







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Crossing the Swamp


Here is the endless
wet thick
cosmos, the center
of everything—the nugget
of dense sap, branching
vines, the dark burred
faintly belching
bogs. Here
is swamp, here
is struggle,
closure—
pathless, seamless,
peerless mud. My bones
knock together at the pale
joints, trying
for foothold, fingerhold,
mindhold over
such slick crossings, deep
hipholes, hummocks
that sink silently
into the black, slack
earthsoup. I feel
not wet so much as
painted and glittered
with the fat grassy
mires, the rich
and succulent marrows
of earth—a poor
dry stick given
one more chance by the whims
of swamp water—a bough
that still, after all these years,
could take root,
sprout, branch out, bud—
make of its life a breathing

palace of leaves.







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Happiness


In the afternoon I watched
the she-bear; she was looking
for the secret bin of sweetness -
honey, that the bees store
in the trees’ soft caves.
Black block of gloom, she climbed down
tree after tree and shuffled on
through the woods. And then
she found it! The honey-house deep
as heartwood, and dipped into it
among the swarming bees - honey and comb
she lipped and tongued and scooped out
in her black nails, until

maybe she grew full, or sleepy, or maybe
a little drunk, and sticky
down the rugs of her arms, 
and began to hum and sway.
I saw her let go of the branches, 
I saw her lift her honeyed muzzle
into the leaves, and her thick arms, 
as though she would fly -
an enormous bee
all sweetness and wings -
down into the meadows, the perfections
of honeysuckle and roses and clover -
to float and sleep in the sheer nets
swaying from flower to flower

day after shining day. 







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Ghosts


1

Have you noticed?




2

Where so many millions of powerful bawling beasts
lay down on the earth and died
it's hard to tell now
what's bone, and what merely
was once.

The golden eagle, for instance,
has a bit of heaviness in him;
moreover the huge barns
seem ready, sometimes, to ramble off
toward deeper grass.




3

1805
near the Bitterroot Mountains:
a man named Lewis kneels down
on the prairie watching

a sparrow's nest cleverly concealed in the wild hyssop
and lined with buffalo hair. The chicks,
not more than a day hatched, lean
quietly into the thick wool as if
content, after all,
to have left the perfect world and fallen,

helpless and blind
into the flowered fields and the perils
of this one.




4

In the book of the earth it is written:
nothing can die.

In the book of the Sioux it is written:
they have gone away into the earth to hide.
Nothing will coax them out again
but the people dancing.




5

Said the old-timers:
the tongue
is the sweetest meat.

Passengers shooting from train windows
could hardly miss, they were
that many.

Afterwards the carcasses
stank unbelievably, and sang with flies, ribboned
with slopes of white fat,
black ropes of blood?hellhunks
in the prairie heat.




6

Have you noticed? how the rain
falls soft as the fall
of moccasins. Have you noticed?
how the immense circles still,
stubbornly, after a hundred years,
mark the grass where the rich droppings
from the roaring bulls
fell to the earth as the herd stood
day after day, moon after moon
in their tribal circle, outwaiting
the packs of yellow-eyed wolves that are also
have you noticed? gone now.




7

Only once, and then in a dream,
I watched while, secretly
and with the tenderness of any caring woman,
a cow gave birth
to a red calf, tongued him dry and nursed him
in a warm corner
of the clear night
in the fragrant grass
in the wild domains
of the prairie spring, and I asked them,
in my dream I knelt down and asked them
to make room for me.








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Mary Oliver (1935)
Maple Heights, Ohio, Estados Unidos.


American Primitive, 1983
Back Bay Books

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