21/4/14

Martín Vázquez Grillé: "a la vera de un río que no para de fluir..."




TODOS ESOS ÁLAMOS QUE CRECEN FRENTE A NUESTRA CASA
serán un bosque cuando los años pasen
y el agua de lluvia los riegue
sin cesar, cada primavera, y grandes pájaros
del otro lado del mundo vengan
a construir sus casas, a criar familias
-cientos de grises pichones que trinarán
en la mañana, al ver salir s sus padres
en busca de comida-
y nosotros, tal vez ya fantasmas, sintiendo el mismo
reparo de la sombra, quietos como estacas
a la vera de un río que no para de fluir (despacio, siempre
hacia el mismo lugar) habiendo olvidado las tristezas
o la dicha que nos haya deparado el mundo
rondaremos de noche mientras el silencio nos ampare
sorprendidos de encontrarnos cada tanto
bajo el mismo árbol.








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SI AMANECIERA EL DÍA ESCARCHADO
y un silencio de estalactita nos acompañara
a salir a mojarnos los pies, y la plaza
vacía de enfrente se entregara a lo rojo de la luz
podríamos sentarnos a conversar
de las heladas anteriores
de los muertos que el frío dejó en la cuadra:
casi todos viejos que no atinaron
a prender las estufas y en un estado
parecido a la gracia permanecieron durante días
mirando el techo, las manchas de las filtraciones
en el cielorraso, cada tanto una gota desprendiéndose,
sin mover una sola pestaña
creyendo, quién sabe, que morir es una cosa
tan deslumbrante, tan encantadora
como un callejón enorme
con una pequeña abertura en la esquina.








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SE ESTIRA LA MADRUGADA, SE HACE AGUA FRENTE A LA PUERTA.
Adormecidos, como hormigas en fila, los vecinos
emprenden la marcha a la fábrica en un silencio
apenas cortado por el saludo grave de las mañanas.
Calladita caminás, no vaya a ser que se rompa
el embrujo de aquella música de anoche
de los pasos subiendo la escalera de hierro
y la chapa quejándose, contraída en la heladera.
Calladita esperás y quisieras que el camino fuera bien largo
para ver cómo la luz se asoma a lo lejos por el río
ese río de bocinas y grandes barcos repletos de aceite
que a veces, algún que otro amanecer
te envuelve en una bruma, antes de ir a trabajar.








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JUSTO EN MEDIO DEL RÍO
exactamente entre una orilla y la otra
en ese preciso lugar, chirriante de burbujas
plateado de peces que tomados por sorpresa
flotan sin sentido en la superficie
hasta quién sabe donde, en medio de una agua lenta
sin remolinos ni alertas de crecida inminente
se observan las cosas pasar, a un lado y al otro
paredes familiares que habrán de caminar
con el tiempo, como todo, como los cuerpos de los chicos
o la intensidad de las luces en los puentes
y este pequeño pedazo tuyo, que hay en mí, que al fin morirá.








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ME HE SENTADO A ESPERAR JUNTO A TU CAMA
el lugar donde tal vez quieras volver
aunque todo esté distinto ahora y tus vestidos
ya no se amontonen en el ropero
ni se escuche el silbato del afilador
a la mañana, temprano, con una música imprevista
como el verano recién llegado al patio, las islas
de luz haciéndose más anchas cada día
y tus flores recién cortadas
llenando los floreros de la casa donde crecimos
y vimos el agua entrar para llevárselo todo
y algunos años después, nos despedimos, junto a tu cama
mientras mirabas hacia arriba y el mundo se paraba
para no moverse nunca más.








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SI PRESTARA ATENCIÓN AL COLOR DE LA PRIMAVERA
sé que debería correr
olvidarme del río y sus luces envueltas en el halo
profundo de todo lo que se descompone,
mirar las burbujas con indiferencia
y no volver a preguntar, ni una sola vez
si existe la manera de recordar
la voz rugosa de tus últimos días, frágil como el cielo
por encima de una casa ya vacía, borrándose.








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HAY UN ECO QUE VUELVE DESDE EL AGUA Y REBOTA EN LAS PAREDES
como gorrión caído luchando por salir de la maceta
una centrífuga de frases dichas al pasar
que no siempre alcanzan la conversación
como si estuvieran ahí para armar por años
un rompecabezas y cada día un pieza nueva
llegara con el viento y la voz cambiada
casi un susurro, para perderse al fin
esfumarse, entre la niebla bajando
sobre pequeños botes que cruzan lo negro del río.








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Que se me traiga todavía tu voz
a la fresca urna de agua donde yazgo
Beatriz Vignoli


AHORA QUE TE VEO, VOY QUEDÁNDOME SIN PALABRAS
com un remero que detiene su vaivén
para escucharse latir en lo profundo de la tardecita.
Callan todos los animales
se recuestan, esperan tranquilos el oscurecer:
ahora sí te veo, sonreís como esa mañana
que venías de juntarme pensamientos.
Y somos dos los que le desaparecemos al día.
Termina la tarde, final del río.








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Martín Vázquez Grillé (1976)
Buenos Aires, Argentina.


Pequeños botes cruzando lo negro del río, 2014
Viajero Insomne Editora

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