1/6/14

Alicia Genovese: "Los nadadores alzan oscuras masas de soledad..."



Atravesar a nado
muchos kilómetros
una pelea
por regular el aire,
contra el cansancio
que borra la costa
y ennegrece las aguas.
Tan fácil perderse
en un círculo agotador
no hallar
la corriente propicia.

Cruzar aguas abiertas,
reconocer sus sales,
sus sedimentos, sus capas frías
y la oleada
que trae al cuerpo,
lo llevado,
la marea que devuelve
el camino sin límites.

Un poema, otra vez,
de largo aliento
me mide las fuerzas,
me pierde entre desvíos
y rupturas,
hace emerger
la rosa diurna
el coral impensado.

Las aguas del poema
exigen más que pericia.
Abrir el pecho
empujando en círculos
los brazos. Las piernas
en ángulo de rana
y echar hacia atrás
lo que no acompaña;

acostumbrarse a perder,
avanzar
la única ganancia,
en el trecho ganado
lo que reconocerás,
mantener el pulso
y el calor.







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La inmersión es la entrega
descender
de la ilusión de cielo
o permanencia
y por debajo nadar.
En la brazada ancha
el orgullo
cuando el alma vacilante
se desata
hacia la travesía.
No saber
si habrá agua potable
o solo el torbellino
oscuro de los ensueños.
Agarrada del propio cuerpo,
su extraño código;
su reactiva inmediatez impone
una verdad
para ser nadada.

Me dejé ir en el enredo,
entre esos movimientos de vuelo frenado
más torpe cuando mayor la sed.
Era une espejismo,
pero vi la tierra transformarse.

Agua,
obscenidad del mundo.







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Anguila, culebra, tortuga
para permanecer saber del propio cuerpo

Las ánguilas empujadas en la corriente
apenas nacidas parten

lejos del mar del desove miles
de kilómetros hasta dominar el movimiento.

La culebra de agua sin aletas ondula:
desplazarse es su objeto, porfiada ir más allá

en zigzag, en línea recta o como un golpe
de látigo sobre la costa

La tortuga en el río
no se ve lenta, aunque el peso

del caparazón le imponga
conciencia constante de equilibrio.

Anguila, culebra, tortuga;
agua del deambular, peces del deseo.

De no haber dejado la casa
con lo puesto no habría probado

tantos movimientos, ondulación, reticencia,
no habría sido extranjera tantas veces.

De no haber una hija no hablaría
del equilibrio como una dulce ancla.

El estilo sabe del cuerpo
y su ejercicio de necesidad

éste es tu aire, buen mamífero
llenar los pulmones

y nadar

cada animal paga
su cuota de adaptación.








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Despierto con el colchón empapado
rota la bolsa de agua
donde nadabas
en los puntos agitados del ecograma.

Vamos volando, vamos
a tu bienvenida,
con mi carne hecha sombras
y que no zozobres,

y al ire te alces
con el primer gemido
y te sueltes al hambre
con el dedo por la boca

los ojos abiertos
hacia mí enormes
hecha madre con ellos
a minutos del parto.

Diosa y ninfa
he sido, mortal temerosa
arrastrada trieunfante, hija,
por tus aguas.








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Llueve en medio de la isla
y la casa se enciende
como un fósforo
con los relámpagos.
El agua viene
en una tormenta eléctrica
y su caída fértil
invade los terrenos,
cruza el aire
como una fiesta.

De esta lluvia bebo
su alcohol, su incendio.
En la leña seca de lo quieto
el cuerpo se descalza.








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Los nadadores de aguas abiertas
hablan del agua, incansables;
la diferencian, la asocian
como si persiguieran
un rastro infinito.
El agua que describen
no es solo agua,
entre el pedregullo y las arenas
se carga de sólidos
entre las corrientes
toma la fuerza
de un animal prehistórico.
Más densa, más liviana,
amarga, abrazadoramente cálida.
El agua en la que se sumergen
nunca es la misma,
pero no repiten,
encarnan precarizada
la frase de Heráclito.

Los nadadores testean
cuando respiran tensos
al filo de la hipotermia,
cuando el barro del fondo
enturbia las antiparras,
cuando se dejan ir también,
en un placer amniótico.
Más tersas, más ásperas,
más dulces;
cuando la brazada avanza
descubren. Levantan
esa planicie inestable
buscan cómo sostenerse
o remontar,
igual que en el gran océano
del vivir,
qué objeto servirá
para fijar el rumbo
o qué es el equilibrio
sin apoyo.
En el aliento
la obsesión por el agua.

Los nadadores alzan
oscuras masas de soledad;
emergen entre enormes
intocadas masas líquidas,
siempre al borde
de ser tragados,
siempre en el límite
de lo incompatible.

En una deriva
picada por vientos
entre algas y desechos
de los tiempos modernos
nadar el mar
como se nada lo real.
Abro la puerta de mi casa,
soy la nadadora
que con los brazos vuelve
a un rudimentario atavismo.
Espíritu del agua,
abrime el paso,
mundo de la carne
y de los intercambios humanos
voluptuoso y denso,
cuál es el resquicio:
agua reticente atravieso
agua herida, agua
del primer sí.








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Alicia Genovese (1953)
Lomas de Zamora, Buenos Aires, Argentina.


Aguas, 2014
Ediciones del Dock

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