7/7/14

Daiana Henderson: "El equilibrio se fabrica con la distancia..."



Hasta los perros de la calle me reconocieron


-dijo mi abuelo cuando volvió de Villaguay
después de los años de ausencia.
En la vereda, la mitad del árbol de espumilla
que corresponde a su casa floreció,
pero la mitad del vecino siguió verde.
Una foto curiosa.
Las uvas de la parra se adelantaron
tres meses  la temporada de maduración.
Que las plantas co su propio lenguaje
le habían dado la bienvenida
era algo -ne dijo- que yo podía creer o no.
Antes de irse, dejó un listado
de recomendaciones a la abuela, 
de qué hacer tras su partida , 
sólo que se fue ella mucho antes, 
se estaba yendo hace rato
pero como toda señora era muy discreta, 
hasta para morirse.
Camino por las calles bajas, 
los jóvenes se codean ante la curiosidad
de saber quién soy. Una vieja
me intercepta en la diagonal de la plaza.
"¿Vos sos hija de Nori?"
"Sí" digo, me impone una sonrisa
como de bingo, y sigue.
Es posible que esta ciudad también me reconozca?
Era muy chica cuando vine por última vez.
Me preguntan si soy
la nieta de mi abuelo y sonríen, 
satisfechos, ante la afirmativa.
Quienes no emigran se quedan
vigilando las ramas genealógicas 
de las demás familias.
Un hobby un tanto espeluznante.
Mi abuela, a lo largo de seis meses, 
soñó con una escalera larga
que, cuando llegaba arriba, 
no había nada.
Tres días antes de morir, Horacio, 
su hermano muerto, le tendía
la mano y la ayudaba a subir.










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Espejo


Cuando los conocí me costaba
distinguirte a vos de tu hermano mellizo.
Después las diferencias se hicieron abismales.
En una especie de códido grupal
nos jactábamos, frente al desconcierto de los otros,
de poder reconocerlos incluso de espaldas, 
mismo pelo, misma estatura, igual vestidos.
Son idénticos!, decían, dos gotas de agua!
A nosotros los detalles se nos volvían
tan grotescos que, llegando un punto
ya nos costaba encontrar similitudes.
Vos te dabas cuenta de que estábamos en un momento
de riqueza que no volveríamos a abarajar?
Y te dolió cuando pegaste el estirón?
Yo no vi nada de eso, estaba en otra.
Te fuiste a la edad en la que algunos
dicen que dejamos de crecer, aunque 
seguimos, después de eso.
Y crecer es mutar, deformarse, 
así que, en esa transformación, algo
de nosotros muere, también.
Ahora tu hermano se mira al espejo
y no se reconoce.










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Dicha


Sigo encontrando cierta dicha
en ir en bicicleta hasta tu casa.
Remar no se trata de llegar a la isla,
es disfrutar el trayecto
–dijo Ricardo cuando nos enseñó.
Cada desplazamiento tiene su clave sensitiva.
Bajo los cambios para subir.
Después,
apoyo el peso del cuerpo en los pedales
y me dejo caer en picada.
Se entretejen nudos en los pelos
cuando se ponen a flamear hacia atrás.
Las construcciones van perdiendo altura,
una estela de humo atraviesa el cielo,
dibujada con la punta de una fábrica.
Aterrizo en la entrada de tu casa. Las cosas
andan bastante mal ahí adentro
o en cualquier otro reducto
que tengamos que compartir.
Puedo aceptar que ya no nos queremos como antes,
pero si insisto, es porque la distancia
fabricada entre nosotros
es tan hermosa y delicada
como ningún otro trayecto
que conozca hasta ahora.










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Camino abajo


Escapábamos por las ventanas, 
los patios traseros, uniéndonos
camino abajo a la hora de la siesta.
Ese era nuestro delito.
llegar a la orilla
filtrando piedras chatas
para hacer sapito.
Un arte primitivo se gestaba
al ras del agua.

Ahora estamos todos lejos, 
desparramados en un mapa
junto a ríos desconocidos.
Los huesos se nos fueron estirando, 
la mayoría de nosotros sobrevivimos.

Años verde limón, dulces, 
fragmentados en fotogramas.

Juan me dijo "al final
todo se reduce a eso".
Alejarse de los padres
en los momentos
en que no están despiertos.










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Equilibrio


Papá aflojó los tornillos
para que aprendiera
a andar sin rueditas.
Ella me llevó a la vereda de tierra
que rodea al hipódromo, 
justo enfrente de casa.
Y cuál es la necesidad
de aprender a sostener
mi cuerpo todo de nuevo.
Le hice prometer que no
me soltaría por nada del mundo, 
giraba apenas mi cuello
para ver que ella siguiera ahí, 
corriendo justo detrás mío, 
agarrándome de la parte baja del asiento.
"Yo no te suelto -me decía-,
yo no te suelto",
pero para ese entonces
ya estaba pedaleando sola 
y no me daba cuenta 
de cómo ella se alejaba de mí, 
aun quedándose quieta
entre los troncos viejos y gruesos.
Me enojé tanto cuando me dí vuelta
que rechacé ese objeto
a un costado de la vereda
y quise volver a casa.
Ahora voy esquivando colectivos, 
haciendo finitos, calculo
el tiempo exacto para pasar en rojo
y no morir en el asfalto, 
pero así y todo no voy a reconocerlo.
He decepcionado muchas veces a mi madre
y sé que seguiré haciéndolo.
No hay lugar en el mundo
para dos personas iguales, 
ni siquiera lo hay en una casa, 
y por eso me fui apenas terminada la escuela.
Pero es necesario para que mamá aprenda.
El equilibrio se fabrica con la distancia, 
si nos quedamos quietas 
seguramente nos vamos a caer.
Ahora rebobino el cassette
y resulta que soy yo la que se aleja
mientras ella se queda parada, 
palideciendo bajo el sol de un domingo.
Pero yo no te suelto, mamá, 
yo no te suelto.










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Apagón


El apagón provocó la muerte de los semáforos
y el consecutivo caos embotado.
Los autos quedan tanteando l oscuridad
a las puteadas y los bocinazos. 
Vemos caer en espiral las brasas de cigarrillo
que les enviamos desde arriba.

Después de varias horas, la avenida
logra despejarse, respira el asfalto
como la pileta honda del club a la noche
en verano, momento en que el cuidador, 
a solas con ella, se encarga
de medirte el empacho, medicarla, 
acariciarla con el sacabichos, despacio, 
como a una yegua cansada de correr las carreras.

Lo que más reconforta a las yeguas
es que les mojen las patas. 
Cuando era chica, a la noche, 
cruzábamos la calle y desde afuera
del hipódromo podía verlas felices, 
casi sonriendo como unicornios
drogados.
Una linterna se asomaba a veces
entre árboles y caballos durmiendo parados, 
y nos daba miedo.
Vi que tiraron todo abajo:
van a hacer un shopping
donde estaba la pista.
De noche resplandeces el nuevo
tractor de la municipalidad.
Dicen que había familias viviendo
clandestinamente en esos terrenos gigantes
y los hicieron desaparecer.
Ahora aparece, algunas noches, una linterna
entre los árboles, y se asustan otros.

El fondo de la oscuridad empuja
los pensamientos para que trepen.
¿Cuál es el principio que activa
el funcionamiento de las ciudades?
Una amiga nació en medio de un corte de luz, 
las enfermeras sostenían farolitos con velas.
Las cosas que urgen son las únicas necesarias:
la madre
de mi amiga
dio a luz
en la oscuridad.

En el campo los cuentos
tenían todos que ver con luces:
el inagotable recurso de turístico de la luz mala;
la vez que Chichje se levantó
y una ráfaga potente iluminó toda la casa, 
al otro día: vacas mutiladas y otros
indicios de fuerzas extrañas.
Los chupacabras y otros fenómenos sobrenaturales
suelen tener mucho raiting
en ciudades como Paraná.

Los chicos dicen que vieron en el medio del monte
un animal gigante que no era ni un perro, 
ni un caballo, ni un puma y salieron cagando.
Fue en la época en que estaba de moda
salir en el noticiero local
contando haber visto al lobizón
en situaciones bizarras.
Les gusta revivir eternamente momentos como ese, 
cuando terminamos de comer asado
y los mosquitos parecen que terminaron la previa
y vienen a buscar bardo a donde se amontona gente.

-Si apuntás con un reflector potente -dice el flaco-
las lechuzas caen secas al piso.
¿A qué sentimiento se parece 
eso que por un rato las inmoviliza, 
las endurece?

Las preguntas serpentean el oído
como los mosquitos, hasta que alguno 
las espanta pidiéndome que le pase la coca.

Los cubos de hielo crujen en el vaso, 
las brasas fosforecen todavía en la parrilla;
los dos se desintegran en un mismo proceso.

El gordo Mellini hunde su cara
en la pantalla del celular, que se agranda
paulatinamente en cada reencuentro.
-Para qué mierda te juntás, gordo, 
si estás dele que te dele con la porquería esa.

-Vo porque ahora estudiás Letras y te hacés el hippie
-le respondía, y Joaco se quedaba callado.
Éramos diferentes y amigos.
Ahora somos cada vez más diferentes
y aunque segumos igual.
Joaco cuenta el cuento de Landriscina:
un gancho en un camino de tierra
veía a la luz mala acercarse... acercarse...
y terminaba atropellado por una moto.
El gordo Mellini le dice que lo cuenta muy mal.

Clavo mis ojos como escarbadientes
en las estrellas que más se esfuerzan
por destacarse del cielo violeta.
-No sabés cómo se ve esto desde el monte
-me dice el flaco. Y si sé, pero no le digo
porque ese lugar en el grupo
lo ocupa solamente él.
Tampoco le digo las otras
variaciones de la luz que conozco:
que un foquito en medio del campo es importante, 
que los ojos de los animales brillan verdosos, 
que si uno se queda un rato en lo oscuro
empieza a verle los bordes, 
que la luna deja a los charcos plateados, 
que si tenés una buena linterna
podés alumbrar el cielo como los helicópteros
cuando buscan un prófugo.

El gordo se golpea violentamente la pantorrilla
sin sacar los ojos de donde los tiene
y el flaco prende un espiral.

En espiral vemos caer las brasitas
del cigarrillo y, cuando llegan abajo, 
ya no hay nadie.
Las bocinas, los zumbidos urbanos 
descienden poco a poco hasta neutralizarse, 
como un rocío que al llegar la noche
la tierra llama hacia sí.
Esos sonidos constantes que naturalizamos, 
recién los descubrimos cuando se apagan.

las calles están en silencio, 
todo es más hermoso bajo su luz natural.
La ciudad en estado puro.










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Daiana Henderson (1988)
Paraná, Entre Ríos, Argentina.

Un foquito en medio del campo - 2013.
Editorial Municipal de Rosario.

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Hable o calle para siempre