27/8/14

Octavio Paz: "ardo sin consumirme..."




Piedra de sol


un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:
                       un caminar tranquilo
de estrella o primavera sin premura,
agua que con los párpados cerrados
mana toda la noche profecías,
unánime presencia en oleaje,
ola tras ola hasta cubrirlo todo,
verde soberanía sin ocaso
como el deslumbramiento de las alas
cuando se abren en mitad del cielo,

un caminar entre las espesuras
de los días futuros y el aciago
fulgor de la desdicha como un ave
petrificando el bosque con su canto
y las felicidades inminentes
entre las ramas que se desvanecen,
horas de luz que pican ya los pájaros,
presagios que se escapan de la mano,

una presencia como un canto súbito,
como el viento cantando en el incendio,
una mirada que sostiene en vilo
al mundo con sus mares y sus montes,
cuerpo de luz filtrado por un ágata,
piernas de luz, vientre de luz, bahías,
roca solar, cuerpo color de nube,
color de día rápido que salta,
la hora centellea y tiene cuerpo,
el mundo ya es visible por tu cuerpo,
es transparente por tu transparencia,

voy entre galerías de sonidos,
fluyo entre las presencias resonantes,
voy por las transparencias como un ciego,
un reflejo me borra, nazco en otro,
oh bosque de pilares encantados,
bajo los arcos de la luz penetro
los corredores de un otoño diáfano,

voy por tu cuerpo como por el mundo,
tu vientre es una plaza soleada,
tus pechos dos iglesias donde oficia
la sangre sus misterios paralelos,
mis miradas te cubren como yedra,
eres una ciudad que el mar asedia,
una muralla que la luz divide
en dos mitades de color durazno,
un paraje de sal, rocas y pájaros
bajo la ley del mediodía absorto,

vestida del color de mis deseos
como mi pensamiento vas desnuda,
voy por tus ojos como por el agua,
los tigres beben sueño de esos ojos,
el colibrí se quema en esas llamas,
voy por tu frente como por la luna,
como la nube por tu pensamiento,
voy por tu vientre como por tus sueños,

tu falda de maíz ondula y canta,
tu falda de cristal, tu falda de agua,
tus labios, tus cabellos, tus miradas,
toda la noche llueves, todo el día
abres mi pecho con tus dedos de agua,
cierras mis ojos con tu boca de agua,
sobre mis huesos llueves, en mi pecho
hunde raíces de agua un árbol líquido,

voy por tu talle como por un río,
voy por tu cuerpo como por un bosque,
como por un sendero en la montaña
que en un abismo brusco se termina
voy por tus pensamientos afilados
y a la salida de tu blanca frente
mi sombra despeñada se destroza,
recojo mis fragmentos uno a uno
y prosigo sin cuerpo, busco a tientas,

corredores sin fin de la memoria,
puertas abiertas a un salón vacío
donde se pudren todos lo veranos,
las joyas de la sed arden al fondo,
rostro desvanecido al recordarlo,
mano que se deshace si la toco,
cabelleras de arañas en tumulto
sobre sonrisas de hace muchos años,

a la salida de mi frente busco,
busco sin encontrar, busco un instante,
un rostro de relámpago y tormenta
corriendo entre los árboles nocturnos,
rostro de lluvia en un jardín a obscuras,
agua tenaz que fluye a mi costado,

busco sin encontrar, escribo a solas,
no hay nadie, cae el día, cae el año,
caigo en el instante, caigo al fondo,
invisible camino sobre espejos
que repiten mi imagen destrozada,
piso días, instantes caminados,
piso los pensamientos de mi sombra,
piso mi sombra en busca de un instante,

busco una fecha viva como un pájaro,
busco el sol de las cinco de la tarde
templado por los muros de tezontle:
la hora maduraba sus racimos
y al abrirse salían las muchachas
de su entraña rosada y se esparcían
por los patios de piedra del colegio,
alta como el otoño caminaba
envuelta por la luz bajo la arcada
y el espacio al ceñirla la vestía
de un piel más dorada y transparente,


tigre color de luz, pardo venado
por los alrededores de la noche,
entrevista muchacha reclinada
en los balcones verdes de la lluvia,
adolescente rostro innumerable,
he olvidado tu nombre, Melusina,
Laura, Isabel, Perséfona, María,
tienes todos los rostros y ninguno,
eres todas las horas y ninguna,
te pareces al árbol y a la nube,
eres todos los pájaros y un astro,
te pareces al filo de la espada
y a la copa de sangre del verdugo,
yedra que avanza, envuelve y desarraiga
al alma y la divide de sí misma,
escritura de fuego sobre el jade,
grieta en la roca, reina de serpientes,
columna de vapor, fuente en la peña,
circo lunar, peñasco de las águilas,
grano de anís, espina diminuta
y mortal que da penas inmortales,
pastora de los valles submarinos
y guardiana del valle de los muertos,
liana que cuelga del cantil del vértigo,
enredadera, planta venenosa,
flor de resurrección, uva de vida,
señora de la flauta y del relámpago,
terraza del jazmín, sal en la herida,
ramo de rosas para el fusilado,
nieve en agosto, luna del patíbulo,
escritura del mar sobre el basalto,
escritura del viento en el desierto,
testamento del sol, granada, espiga,

rostro de llamas, rostro devorado,
adolescente rostro perseguido
años fantasmas, días circulares
que dan al mismo patio, al mismo muro,
arde el instante y son un solo rostro
los sucesivos rostros de la llama,
todos los nombres son un solo nombre
todos los rostros son un solo rostro,
todos los siglos son un solo instante
y por todos los siglos de los siglos
cierra el paso al futuro un par de ojos,

no hay nada frente a mí, sólo un instante
rescatado esta noche, contra un sueño
de ayuntadas imágenes soñado,
duramente esculpido contra el sueño,
arrancado a la nada de esta noche,
a pulso levantado letra a letra,
mientras afuera el tiempo se desboca
y golpea las puertas de mi alma
el mundo con su horario carnicero,

sólo un instante mientras las ciudades,
los nombres, lo sabores, lo vivido,
se desmoronan en mi frente ciega,
mientras la pesadumbre de la noche
mi pensamiento humilla y mi esqueleto,
y mi sangre camina más despacio
y mis dientes se aflojan y mis ojos
se nublan y los días y los años
sus horrores vacíos acumulan,

mientras el tiempo cierra su abanico
y no hay nada detrás de sus imágenes
el instante se abisma y sobrenada
rodeado de muerte, amenazado
por la noche y su lúgubre bostezo,
amenazado por la algarabía
de la muerte vivaz y enmascarada
el instante se abisma y se penetra,
como un puño se cierra, como un fruto
que madura hacia dentro de sí mismo
y a sí mismo se bebe y se derrama
el instante translúcido se cierra
y madura hacia dentro, echa raíces,
crece dentro de mí, me ocupa todo,
me expulsa su follaje delirante,
mis pensamientos sólo son su pájaros,
su mercurio circula por mis venas,
árbol mental, frutos sabor de tiempo,

oh vida por vivir y ya vivida,
tiempo que vuelve en una marejada
y se retira sin volver el rostro,
lo que pasó no fue pero está siendo
y silenciosamente desemboca
en otro instante que se desvanece:

frente a la tarde de salitre y piedra
armada de navajas invisibles
una roja escritura indescifrable
escribes en mi piel y esas heridas
como un traje de llamas me recubren,
ardo sin consumirme, busco el agua
y en tus ojos no hay agua, son de piedra,
y tus pechos, tu vientre, tus caderas
son de piedra, tu boca sabe a polvo,
tu boca sabe a tiempo emponzoñado,
tu cuerpo sabe a pozo sin salida,
pasadizo de espejos que repiten
los ojos del sediento, pasadizo
que vuelve siempre al punto de partida,
y tú me llevas ciego de la mano
por esas galerías obstinadas
hacia el centro del círculo y te yergues
como un fulgor que se congela en hacha,
como luz que desuella, fascinante
como el cadalso para el condenado,
flexible como el látigo y esbelta
como un arma gemela de la luna,
y tus palabras afiladas cavan
mi pecho y me despueblan y vacían,
uno a uno me arrancas los recuerdos,
he olvidado mi nombre, mis amigos
gruñen entre los cerdos o se pudren
comidos por el sol en un barranco,

no hay nada en mí sino una larga herida,
una oquedad que ya nadie recorre,
presente sin ventanas, pensamiento
que vuelve, se repite, se refleja
y se pierde en su misma transparencia,
conciencia traspasada por un ojo
que se mira mirarse hasta anegarse
de claridad:
                  yo vi tu atroz escama,
Melusina, brillar verdosa al alba,
dormías enroscada entre las sábanas
y al despertar gritaste como un pájaro
y caíste sin fin, quebrada y blanca,
nada quedó de ti sino tu grito,
y al cabo de los siglos me descubro
con tos y mala vista, barajando
viejas fotos:
                 no hay nadie, no eres nadie,
un montón de ceniza y una escoba,
un cuchillo mellado y un plumero,
un pellejo colgado de unos huesos,
un racimo ya seco, un hoyo negro
y en el fondo del hoyo los dos ojos
de una niña ahogada hace mil años,

miradas enterradas en un pozo,
miradas que nos ven desde el principio,
mirada niña de la madre vieja
que ve en el hijo grande un padre joven,
mirada madre de la niña sola
que ve en el padre grande un hijo niño,
miradas que nos miran desde el fondo
de la vida y son trampas de la muerte
—¿o es al revés: caer en esos ojos
es volver a la vida verdadera?,

¡caer, volver, soñarme y que me sueñen
otros ojos futuros, otra vida,
otras nubes, morirme de otra muerte!
—esta noche me basta, y este instante
que no acaba de abrirse y revelarme
dónde estuve, quién fui, cómo te llamas,
cómo me llamo yo:
                            ¿hacía planes
para el verano —y todos los veranos—
en Christopher Street, hace diez años,
con Filis que tenía dos hoyuelos
donde bebían luz los gorriones?,
¿por la Reforma Carmen me decía
"no pesa el aire, aquí siempre es octubre",
o se lo dijo a otro que he perdido
o yo lo invento y nadie me lo ha dicho?,
¿caminé por la noche de Oaxaca,
inmensa y verdinegra como un árbol,
hablando solo como el viento loco
y al llegar a mi cuarto —siempre un cuarto—
no me reconocieron los espejos?,
¿desde el hotel Vernet vimos al alba
bailar con los castaños — "ya es muy tarde"
decías al peinarte y yo veía
manchas en la pared, sin decir nada?,
¿subimos juntos a la torre, vimos
caer la tarde desde el arrecife?
¿comimos uvas en Bidart?, ¿compramos
gardenias en Perote?,
                               nombres, sitios,
calles y calles, rostros, plazas, calles,
estaciones, un parque, cuartos solos,
manchas en la pared, alguien se peina,
alguien canta a mi lado, alguien se viste,
cuartos, lugares, calles, nombres, cuartos,

Madrid, 1937,
en la Plaza del Ángel las mujeres
cosían y cantaban con sus hijos,
después sonó la alarma y hubo gritos,
casas arrodilladas en el polvo,
torres hendidas, frentes esculpidas
y el huracán de los motores, fijo:
los dos se desnudaron y se amaron
por defender nuestra porción eterna,
nuestra ración de tiempo y paraíso,
tocar nuestra raíz y recobrarnos,
recobrar nuestra herencia arrebatada
por ladrones de vida hace mil siglos,
los dos se desnudaron y besaron
porque las desnudeces enlazadas
saltan el tiempo y son invulnerables,
nada las toca, vuelven al principio,
no hay tú ni yo, mañana, ayer ni nombres,
verdad de dos en sólo un cuerpo y alma,
oh ser total...
                    cuartos a la deriva
entre ciudades que se van a pique,
cuartos y calles, nombres como heridas,
el cuarto con ventanas a otros cuartos
con el mismo papel descolorido
donde un hombre en camisa lee el periódico
o plancha una mujer; el cuarto claro
que visitan las ramas de un durazno;
el otro cuarto: afuera siempre llueve
y hay un patio y tres niños oxidados;
cuartos que son navíos que se mecen
en un golfo de luz; o submarinos:
el silencio se esparce en olas verdes,
todo lo que tocamos fosforece;
mausoleos de lujo, ya roídos
los retratos, raídos los tapetes;
trampas, celdas, cavernas encantadas,
pajareras y cuartos numerados,
todos se transfiguran, todos vuelan,
cada moldura es nube, cada puerta
da al mar, al campo, al aire, cada mesa
es un festín; cerrados como conchas
el tiempo inútilmente los asedia,
no hay tiempo ya, ni muro: ¡espacio, espacio,
abre la mano, coge esta riqueza,
corta los frutos, come de la vida,
tiéndete al pie del árbol, bebe el agua!,

todo se transfigura y es sagrado,
es el centro del mundo cada cuarto,
es la primera noche, el primer día,
el mundo nace cuando dos se besan,
gota de luz de entrañas transparentes
el cuarto como un fruto se entreabre
o estalla como un astro taciturno
y las leyes comidas de ratones,
las rejas de los bancos y las cárceles,
las rejas de papel, las alambradas,
los timbres y las púas y los pinchos,
el sermón monocorde de las armas,
el escorpión meloso y con bonete,
el tigre con chistera, presidente
del Club Vegetariano y la Cruz Roja,
el burro pedagogo, el cocodrilo
metido a redentor, padre de pueblos,
el Jefe, el tiburón, el arquitecto
del porvenir, el cerdo uniformado,
el hijo predilecto de la Iglesia
que se lava la negra dentadura
con el agua bendita y toma clases
de inglés y democracia, las paredes
invisibles, las máscaras podridas
que dividen al hombre de los hombres,
al hombre de sí mismo,
                          se derrumban
por un instante inmenso y vislumbramos
nuestra unidad perdida, el desamparo
que es ser hombres, la gloria que es ser hombres
y compartir el pan, el sol, la muerte,
el olvidado asombro de estar vivos;

amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan las alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua,
amar es combatir, es abrir puertas,
dejar de ser fantasma con un número
a perpetua cadena condenado
por un amo sin rostro;
                         el mundo cambia
si dos se miran y se reconocen,
amar es desnudarse de los nombres:
"déjame ser tu puta", son palabras
de Eloísa, mas él cedió a las leyes,
la tomó por esposa y como premio
lo castraron después;
                       mejor el crimen,
los amantes suicidas, el incesto
de los hermanos como dos espejos
enamorados de su semejanza,
mejor comer el pan envenenado,
el adulterio en lechos de ceniza,
los amores feroces, el delirio,
su yedra ponzoñosa, el sodomita
que lleva por clavel en la solapa
un gargajo, mejor ser lapidado
en las plazas que dar vuelta a la noria
que exprime la substancia de la vida,
cambia la eternidad en horas huecas,
los minutos en cárceles, el tiempo
en monedas de cobre y mierda abstracta;

mejor la castidad, flor invisible
que se mece en los tallos del silencio,
el difícil diamante de los santos
que filtra los deseos, sacia al tiempo,
nupcias de la quietud y el movimiento,
canta la soledad en su corola,
pétalo de cristal en cada hora,
el mundo se despoja de sus máscaras
y en su centro, vibrante transparencia,
lo que llamamos Dios, el ser sin nombre,
se contempla en la nada, el ser sin rostro
emerge de sí mismo, sol de soles,
plenitud de presencias y de nombres;

sigo mi desvarío, cuartos, calles,
camino a tientas por los corredores
del tiempo y subo y bajo sus peldaños
y sus paredes palpo y no me muevo,
vuelvo donde empecé, busco tu rostro,
camino por las calles de mí mismo
bajo un sol sin edad, y tú a mi lado
caminas como un árbol, como un río
caminas y me hablas como un río,
creces como una espiga entre mis manos,
lates como una ardilla entre mis manos,
vuelas como mil pájaros, tu risa
me ha cubierto de espumas, tu cabeza
es un astro pequeño entre mis manos,
el mundo reverdece si sonríes
comiendo una naranja,
                                 el mundo cambia
si dos, vertiginosos y enlazados,
caen sobre las yerba: el cielo baja,
los árboles ascienden, el espacio
sólo es luz y silencio, sólo espacio
abierto para el águila del ojo,
pasa la blanca tribu de las nubes,
rompe amarras el cuerpo, zarpa el alma,
perdemos nuestros nombres y flotamos
a la deriva entre el azul y el verde,
tiempo total donde no pasa nada
sino su propio transcurrir dichoso,

no pasa nada, callas, parpadeas
(silencio: cruzó un ángel este instante
grande como la vida de cien soles),
¿no pasa nada, sólo un parpadeo?
—y el festín, el destierro, el primer crimen,
la quijada del asno, el ruido opaco
y la mirada incrédula del muerto
al caer en el llano ceniciento,
Agamenón y su mugido inmenso
y el repetido grito de Casandra
más fuerte que los gritos de las olas,
Sócrates en cadenas "(el sol nace,
morir es despertar: "Critón, un gallo
a Esculapio, ya sano de la vida"),
el chacal que diserta entre las ruinas
de Nínive, la sombra que vio Bruto
antes de la batalla, Moctezuma
en el lecho de espinas de su insomnio,
el viaje en la carretera hacia la muerte
—el viaje interminable mas contado
por Robespierre minuto tras minuto,
la mandíbula rota entre las manos—,
Churruca en su barrica como un trono
escarlata, los pasos ya contados
de Lincoln al salir hacia el teatro,
el estertor de Trotsky y sus quejidos
de jabalí, Madero y su mirada
que nadie contestó: ¿por qué me matan?,
los carajos, los ayes, los silencios
del criminal, el santo, el pobre diablo,
cementerio de frases y de anécdotas
que los perros retóricos escarban,
el delirio, el relincho, el ruido obscuro
que hacemos al morir y ese jadeo
que la vida que nace y el sonido
de huesos machacadosen la riña
y la boca de espuma del profeta
y su grito y el grito del verdugo
y el grito de la víctima...
                                    son llamas
los ojos y son llamas lo que miran,
llama la oreja y el sonido llama,
brasa los labios y tizón la lengua,
el tacto y lo que toca, el pensamiento
y lo pensado, llama el que lo piensa,
todo se quema, el universo es llama,
arde la misma nada que no es nada
sino un pensar en llamas, al fin humo:
no hay verdugo ni víctima...
                                         ¿y el grito
en la tarde del viernes?, y el silencio
que se cubre de signos, el silencio
que dice sin decir, ¿no dice nada?,
¿no son nada los gritos de los hombres?,
¿no pasa nada cuando pasa el tiempo?

—no pasa nada, sólo un parpadeo
del sol, un movimiento apenas, nada,
no hay redención, no vuelve atrás el tiempo,
los muerto están fijos en su muerte
y no pueden morirse de otra muerte,
intocables, clavados en su gesto,
desde su soledad, desde su muerte
sin remedio nos miran sin mirarnos,
su muerte ya es la estatua de su vida,
un siempre estar ya nada para siempre,
cada minuto es nada para siempre,
un rey fantasma rige sus latidos
y tu gesto final, tu dura máscara
labra sobre tu rostro cambiante:
el monumento somos de una vida
ajena y no vivida, apenas nuestra,

—¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?,
¿cuándo somos de veras lo que somos?,
bien mirado no somos, nunca somos
a solas sino vértigo y vacío,
muecas en el espejo, horror y vómito,
nunca la vida es nuestra, es de los otros,
la vida no es de nadie, todos somos
la vida —pan de sol para los otros,
los otros todos que nosotros somos—,
soy otro cuando soy, los actos míos
son más míos si son también de todos,
para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia,
no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,
la vida es otra, siempre allá, más lejos,
fuera de ti, de mí, siempre horizonte,
vida que nos desvive y enajena,
que nos inventa un rostro y lo desgasta,
hambre de ser, oh muerte, pan de todos,

Eloísa, Perséfona, María,
muestra tu rostro al fin para que vea
mi cara verdadera, la del otro,
mi cara de nosotros siempre todos,
cara de árbol y de panadero,
de chófer y de nube y de marino,
cara de sol y arroyo y Pedro y Pablo,
cara de solitario colectivo,
despiértame, ya nazco:
                                  vida y muerte
pactan en ti, señora de la noche,
torre de claridad, reina del alba,
virgen lunar, madre del agua madre,
cuerpo del mundo, casa de la muerte,
caigo sin fin desde mi nacimiento,
caigo en mí mismo sin tocar mi fondo,
recógeme en tus ojos, junta el polvo
disperso y reconcilia mis cenizas,
ata mis huesos divididos, sopla
sobre mi ser, entiérrame en tu tierra,
tu silencio dé paz al pensamiento
contra sí mismo airado;
                                    abre la mano,
señora de semillas que son días,
el día es inmortal, asciende, crece,
acaba de nacer y nunca acaba,
cada día es nacer, un nacimiento
es cada amanecer y yo amanezco,
amanecemos todos, amanece
el sol cara de sol, Juan amanece
con su cara de Juan cara de todos,

puerta del ser, despiértame, amanece,
déjame ver el rostro de este día,
déjame ver el rostro de esta noche,
todo se comunica y transfigura,
arco de sangre, puente de latidos,
llévame al otro lado de esta noche,
adonde yo soy tú somos nosotros,
al reino de pronombres enlazados,

puerta del ser: abre tu ser, despierta,
aprende a ser también, labra tu cara,
trabaja tus facciones, ten un rostro
para mirar mi rostro y que te mire,
para mirar la vida hasta la muerte,
rostro de mar, de pan, de roca y fuente,
manantial que disuelve nuestros rostros
en el rostro sin nombre, el ser sin rostro,
indecible presencia de presencias...

quiero seguir, ir más allá, y no puedo:
se despeñó el instante en otro y otro,
dormí sueños de piedra que no sueña
y al cabo de los años como piedras
oí cantar mi sangre encarcelada,
con un rumor de luz el mar cantaba,
una a una cedían las murallas,
todas las puertas se desmoronaban
y el sol entraba a saco por mi frente,
despegaba mis párpados cerrados,
desprendía mi ser de su envoltura,
me arrancaba de mí, me separaba
de mi bruto dormir siglos de piedra
y su magia de espejos revivía
un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre.







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Octavio Paz (1914-1998)
Distrito Federal, México

Libertad bajo palabra - 1960
Fondo de Cultura económica - México.

16/8/14

Marcelo Díaz: "no somos la luz, tampoco el mensaje..."



Estudio de la luz


Por qué destruir de este modo
¿Será efecto de la proximidad de la luz?
Las notas con las que está compuesto
el rumor que nos decíamos al oído.
Toda piedra es una isla vacilante
abandonada en una tierra extranjera.
El chasquido del encendedor figura
un relámpago en miniatura
alrededor de los límites del hipocampo.
Detrás del sonido mi perro se estira
encimado en sus patas traseras.
Antes atravesábamos el campo
a la velocidad de Pierre Nodoyuna
y a la inversa del presente cancelábamos
el aprendizaje de la ausencia.
La tierra ingresa por sus fosas nasales
reafirma el núcleo de los afectos
como quien hace lo que tiene que hacer
en los espacios mínimos de las despedidas.
Después el animal en una suerte
de doble abandono, deja escapar
un bostezo, semejante a un querido.











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Invierno


Manejabas en la noche y chocaste un ciervo.
Encendimos las linternas, no encontramos a nadie.
Éramos animales solitarios que
se extendían por el territorio como
la sombra de una mancha solar. La aceleración del motor
idéntica a la de las nubes del horizonte.
De haber tenido un perro rastreador
hubiese sido diferente. Existen espacios en blanco
que ni la fuerza de gravedad puede enmendar.
¿Dormiremos en el pico de los árboles
donde descansa nuestro auto
y nos desintegraremos con los campos
concentrados en la calma de los pájaros?
Lo más probable es que sin luz
perdamos la transparencia. Este accidente
no puede ser sino pieza de una maquinaria
con la misión precisa de fabricar olvido.
Aprendemos a cuidarnos
de los ángulos de la pérdida
como de la oscuridad que dejamos atrás
después de la onda expansiva.
En las rutas del futuro no existirán animales
que se eleven por el asfalto ni tampoco
seres como nosotros dispersos por el aire
como una llamarada
moviéndonos en la dirección del invierno.












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Yangtsé


Ahora apagan las luces.
Si se posee una copia digital de la figura
y ésta es ampliada
el rostro familiar en la imagen se descompone
es una multitud de diminutos rectángulos
hasta que literalmente el rostro
detrás de esos puntos desaparece
como si lo anterior fuera un simulacro.
Hay días en que dan ganas
de perderse en un huracán
como esos extraños ciervos de agua
partiendo de los humedales
no buscando la luz
sino la oscuridad visible.











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La gravedad


Yo tenía una novia como Sarah Kane
Y una cicatriz como las marcas de la luna
percibidas desde el núcleo terrestre.
Me convocaba con ensayos, pequeñas voces
que repetían las mismas oraciones;
ventanas abiertas frente a los baldíos de la lengua.
Sobrevivía con los espejos cuando simulaban
el trayecto de la radiación en la noche.
Nadie hablaba el idioma de las formas humanas.
Éramos el principio, la canción
con la que descongelamos los alimentos:
los nudillos firmes en las paredes del mundo.
Arrojamos el ancla en lo profundo de la casa.
Y mientras ella se elevaba
yo permanecía como una piedra arisca
que nos ahogaba a todos.











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Próxima Centauri


Nuestro hogar no parece tan grande
apenas un dispositivo holográfico
en el lenguaje perdido de los astros.
Enfermos de sorpresa vendemos
nuestras pertenencias
a cambio de una estrella desocupada.











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Monólogo de Donnie Darko


En algún punto del jardín descansa un motor diesel.
Yo no era nadie en el universo
pero dibujaba accidentes aéreos.
Esa era mi particular manera de estar integrado
a la vida de los aeropuertos
hasta que leí el texto sobre una dimensión invertida
que cambia o duplica las historias personales
escrito por un hombre disfrazado de conejo.
Viajar por el tiempo es una tarea abstracta
como imaginar una antena portátil
dentro de la bóveda celeste o calcular la trayectoria
de la turbina de un avión cayendo al abismo.
Quizás existió un proyecto distinto para mí
entre las diferentes opciones de la oscuridad.
Temprano pasaré de ser el fogonazo
de una bengala a la última grabación de una caja negra.











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Tierra


Por el camino de tierra -te decís- la camioneta de mi padre
inicia la temporada de caza. Lejos del puerto
la vegetación nunca crece. Despacio
descarga el arma, calibra el instante y el cielo
se agrieta en dos agujeros que perforan el aire.
La liebre envuelta en llamas rueda de manera
que el dolor desaparece al apoyar su cabeza
en nuestros pies como cuidándonos de la intemperie.
La imagen pintada con la delizadeza
de un animal dócil doblándose e el viento.
¿Habremos venido a despedirnos en este safari de película
como si el resto de la realidad careciera de existencia?
Ya no recorreremos el camino descendente
de los carteles indicando la sucesión de kilómetros
un fuerte aliado para convertir nuestro desconsuelo
en una forma de cobardía igual
a la dinámica de aquellos roedores corriendo
en plena fuga sin saber qué dirección tomar.
paralelos a los cables de alta tensión. Se mira
la misma cosa por años como si el impulso de las especies
se hubiera detenido ante la trayectoria
de la familia de perdigones. Y cuando se observa
el cuadro a la distancia se vuelve











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El cielo sobre Berlín


Los álamos de la casa forman una puerta por
la que desciende mi vecina- La niña baja
del remolque en bicicleta como si llevara
un trapecista en el canasto. Le duele la garganta,
los músculos de la ciudad tienden canales
donde se arremolina el humo de las fábricas.
En la cafetería alguien afirma que el norte es
más frío que el sur, que la mayoría de las personas
son aburridas porque así son las calles, las plazas,
los departamentos que habitamos. Los viejos,
con sus asuntos domésticos anuncian el milagro
la fisura en los bloques de cemento. Recuerdo
que regresabas de Ratisbona en un vehículo
con techo corredizo, una neblina compacta como
el débil resplandor de un túnel subterráneo,
cómo se dice, de una pista de hielo variable
como la condición cardíaca del suicida
que abandona su coche a mitad del puente sobre
el río en un día soleado. Buscando romper el
récord de los corredores de largas distancias
sin desplazarme de mi posición actual
cada vez que la bicicleta parte hacia la autopista
pienso en cómo saludarnos cuando el tráfico
desaparezca por esa puertita arbolada.
Tejeremos una red elástica como una telaraña
en la superficie áspera de las paredes. En fin
no somos la luz, tampoco el mensaje.
Dependemos de las cosas que desaparecen.











---------





Marcelo Díaz (1981)
Villa Mercedes, Córdoba, Argentina.

El fin del realismo - 2014
Viajero Insomne Editora

3/8/14

Margaret Atwood: "Algún otro sentido tira de nosotros..."


El juego circular


I

Los niños en el césped
unidos de la mano
dan vueltas y vueltas

cada brazo entra en
el brazo de al lado, vueltas
alrededor del círculo
hasta que vuelva
cada uno a sus cuerpos
otra vez

Están cantando, pero
no entre sí:
sus pies se mueven
casi a tiempo del canto

Podemos ver
la concentración en
sus caras, sus ojos
fijos en los espacios
vacíos en movimiento justo en
frente de ellos.

Podríamos confundir este
movimiento crucial con alegría
pero no hay alegría en ello

Podemos ver (tomados del brazo)
mientras los observamos dar
vueltas y vueltas
atentos, casi
estudiosos (el pasto
bajo los pies ignorado, los árboles
rodeando el césped
ignorados, el lago ignorado)
que el objetivo
para ellos
de dar vueltas y vueltas
es (más rápido
        más lento)
dar vueltas y vueltas








II

Estar con vos
acá, en este cuarto

es como ir a tientas a través de un espejo
cuyo cristal se derritió
en consistencia
de gelatina

Te negás a ser
(y yo)
un reflejo exacto, a pesar de que
no caminás desde el cristal,
ser separado.

De todos modos, está bien
que hayan puesto
tantos espejos acá
(astillados, colgados sucios)
en este cuarto con popa elevada
y armario vacío; incluso
la parte posterior de la puerta
tiene uno.

Hay gente en el cuarto de al lado
discutiendo, abriendo y cerrando cajones
(las paredes son delgadas)

Mirás por delante de mí, escuchándolos,
tal vez, u
observando
tu propio reflejo en alguna parte
detrás de mi cabeza,
por encima de mi hombro

Te desplazás, y la cama
se hunde bajo nuestros pies, perdiendo su enfoque

hay alguien en el cuarto de al lado

siempre hay

(tu cara
distante, escuchando)

alguien en el cuarto de al lado.








III

Sin embargo,
en todos sus juegos
parece
haber alguna razón

aunque
abstractas
al principio

Cuando por la tarde
leemos leyendas
de batallas de monstruos y traiciones
secretas en el bosque
y muertes brutales,

que apenas escuchaban;
uno bostezó y se movió; otro
masticó el mango de madera
de un martillo;
el más joven examinó
un ligero corte en el dedo del pie,

y nos preguntamos cómo
podrían permanecer
por completo sin miedo
o incluso interesados
mientras la espada final se deslizó a través
del héroe moribundo.

La noche siguiente
caminando por la playa

encontramos las trincheras
que habían estado haciendo:
fortificadas con palos puntiagudos
plantadas en los lados
de sus fosas de arena

y una isla rodeada por el lago
sin puentes:

un último intento
(sin embargo
erosionada por el agua
en una hora)
para hacer
tal vez, un refugio humano
y seguro del alcance

de las caminatas a lo largo
(corazón de espada)
de estas playas nocturnas.








IV

Volviendo al cuarto:
me doy cuenta cómo
toda tu palabra-
en acción, tácitas calculadas
del cuerpo, las ironías
del contacto, son ahora
intentos para mantenerme
a una cierta distancia
y (en lo profundo) negando
reconocer que estoy acá

Te miro
observando mi cara
indiferente
pero con la misma curiosidad tensa
con la que podrías considerar
una parte repentinamente descubierta
de tu propio cuerpo:
una verruga tal vez,

y recuerdo
vos dijiste
que en la infancia eras
un trazador de mapas
(no haciéndolos pero) moviendo
un lápiz o un dedo
sobre los cursos de los ríos,
los diferentes colores
que marcan el ascenso de montañas;
un memorizador
de nombres (para mantener
estos lugares
en sus lugares apropiados)

Así que ahora me trazás
como una frontera de un país
o una nueva arruga extraña en
tu propia bien conocida piel
y estoy inmóvil, estancada
en el extenso mapa
de este cuarto, del continente de tu mente
             (acá y sin embargo no acá, como
             el armario y los espejos
             las voces a través de la pared
             tu cuerpo ignorado en la cama),

paralizada
por tus ojos
chinches azules frías








V

A los niños le gusta el bloque
de piedra gris que alguna vez fue un fuerte
pero ahora es un museo:

especialmente
les gustan las armas
y la armadura traída de
otros tiempos y países
y cuando se van a casa
sus dibujos estarán llenos
por unos días, de espadas
mazas arcaicas marrones
lanzas rotas
y explosiones al rojo vivo.

Mientras exploran
los cañones
(no son nuestros niños)

caminamos afuera a lo largo
los movimientos de tierra, señalando
la forma en que se están desmoronando
bajo los ataques
incesantes de los pies y las raíces de flores;

Las armas
que alguna una vez estaban afuera
afinadas para la guerra
están ahora dentro
ahí, en la fortaleza,
frágil
en cajas de vidrio;

¿Por qué es
(estoy pensando
en la moldura cuidadosa
alrededor de los arcos de piedra)
que en este tiempo, tales
defensas complejas mantienen
cosas que ya no merecen
(tanto)
ser defendidas?








VI

Y jugás el juego seguro
el juego huérfano

el voraz juego de invierno
que dice: estoy solo

(hambriento: sé que querés
que también lo juegue)

el juego de la niña abandonada que está
en cada ventana de la imagen,

tiritando, nariz apretada presionada
contra el cristal, la nieve
recolectada en su cuello,
observando las familias felices

(un juego de envidia)

Sin embargo él las desprecia: son postales
tan Navideñamente Victorianas:
los espectáculos de papel barato
sobre los pigmentos de
sus lugares de fuego
alegre y en risas
suburbanas envueltas de satín
y ellos tienen sus propias formas
de rol
social: el padre y la madre
jugando al padre y la madre

Él está contento
de estar
al margen de sí mismo
en el frío

(abrazándose a sí mismo).

Cuando te cuento esto,
vos decís (con una sonrisa falsa
como una guirnalda muy adornada):

Lo hacés también.

Lo cual en ciertas formas
es una mentira, pero también supongo
que es lo correcto, como de costumbre:

aunque me inclino a suponer
en otras estaciones
fuera de otras ventanas.








VIII

Verano otra vez;
en los espejos de este cuarto
los niños en ronda, cantando
la misma canción;

Este cuarto informal
descuidado como pasto seco,
la colcha
arrugada con pequeñas madrigueras, es
su césped
y estas paredes raspadas
contienen sus árboles circundantes,
esa pileta tapada
su lago

(una avispa viene,
dibuja en el pedazo de sandwich
tirado en la playa cercana
             (lo cuidadosamente que hacés
             tales detalles);
uno de los niños se estremece
pero abandonará)

Los hacés
girar y girar, de acuerdo con
las reglas cerradas de tus juegos,
pero no hay alegría en ello

y como nos mentimos
agarrados del brazo, ni
unidos ni separados
             (tus observaciones me cambian
             a una mujer sin espinas en
             una jaula de huesos, fuerte obsoleto
             tirada hacia adentro),
nuestros labios se mueven
casi a tiempo con su canto,

escuchando el abrir
y cerrar de los cajones
en el cuarto de al lado

(por supuesto, siempre hay
peligro, pero dónde
lo situarías)

(los niños giran
alrededor de una jaula de vidrio
desde el aire tibio
con sus voces
finas de insectos)

y mientras nos mentimos
acá, atrapados
en la monotonía del deambular
de cuarto en cuarto, cambiando
el lugar de nuestras defensas,

Quiero quebrar
estos huesos, sus ritmos prisioneros
             (invierno,
             verano)
todos los casos de cristal,

borrar todos los mapas,
romper la cáscara de huevo
protectora de niños
girando y cantando:

Quiero el círculo
roto.








---------








Ésta es una fotografía de mí


Fue tomada hace un tiempo.
A primera vista parece ser
una impresión
corrida: líneas borrosas y motas grises
mezcladas en el papel;

después, mientras la explorás
ves en la esquina izquierda
una cosa que parece una rama: parte de un árbol
(bálsamo o abeto) emergiendo
y, a la derecha, a media altura
lo que debería ser una leve
pendiente, una pequeña casa de madera.

En el fondo hay un lago,
y más allá de eso, algunas colinas bajas.

(La fotografía fue tomada
el día después de que me ahogué.

Yo estoy en el lago, en el centro
de la imagen, justo debajo de la superficie.

Es difícil decir dónde
precisamente, o decir
cuán grande o pequeña soy:
el efecto del agua
sobre la luz es una distorsión

pero si mirás lo suficiente,
eventualmente
serás capaz de verme.)








---------








Un lugar: Fragmentos VII


Algún otro sentido tira de nosotros:
perdimos algo,
algo importante de estas cosas
que deben ser escritas
y se bloquean contra nosotros
o tal vez (como una potencial
mina, una vena desconocida
de metal en la roca)
algo que no está perdido o escondido
pero simplemente no encontrado aún

que informa,
mantiene unida esta confusión,
esta amplitud y disolución:

no por encima o por detrás
o dentro de él, pero siendo
parte de él: una

identidad:
algo demasiado grande y simple
para que podamos ver.








---------








Después de la inundación, nosotros


Debemos ser los únicos
que quedan, en la niebla que se levantó
en todas partes, así
como en estos bosques

Camino a través del puente
hacia la seguridad de las tierras altas
(las copas de los árboles son como islas)

juntando los huesos
hundidos de las madres ahogadas
(duros y redondos en mis manos)
mientras que el rocío blanco lava mis piernas como agua;

los peces deben nadar bajo el bosque debajo de nosotros,
como los pájaros, de árbol en árbol
y a una milla de distancia
la ciudad, amplia y silenciosa,
yace perdida, submarina y lejana.

Paseás a mi lado, hablando de la belleza de la mañana,
sin saber que ha habido una inundación,

lanzando piedritas al azar por encima de tu hombro
en lo profundo pensar del aire,
sin oír los primeros pasos de tropiezo del casi-nacido
viniendo (lentamente) detrás de nosotros,
sin ver
los casi-humanos
rostros brutales formándose
(lentamente)
en la piedra.








---------








Los colonizadores


Un segundo después
el primer barco tocó la orilla,
hubo una escaramuza rápida
breve como una punzada
y después bajaron a la tierra

(por supuesto que en realidad
no había orilla: el agua volvió
a la tierra llevando
objetos: capturados y retenidos
desde el oleaje, hechos
menos de inmensas
redes de
caminos y rejillas de vallas)

y en cuanto a nosotros, naufragamos
elegidos por los tiburones
durante muchos siglos
verdosos antes de que llegaran:
nos encontraron
en la isla, varados
en la punta de una roca,
definiendo nuestra propia isla.

Desde nuestro esqueleto
inarticulado (tan
entremezclado, un
cuerpo),
que atrae lobos.

Nos enterraron
en el granito sólido
donde en nuestros huesos crecieron carne de nuevo
llegaron a los árboles y
el pasto.

Todavía
nosotros somos los mares
salados que detienen estas tierras.

Ahora los caballos pastan
dentro de esta cerca de costillas, y

los niños corren, con sonrisas
verdes, (sin saber
donde) atraviesan
los campos de nuestras manos abiertas.






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Los colonizadores


Un segundo después
el primer barco tocó la orilla,
hubo una escaramuza rápida
breve como una punzada
y después bajaron a la tierra

(por supuesto que en realidad
no había orilla: el agua volvió
a la tierra llevando
objetos: capturados y retenidos
desde el oleaje, hechos
menos de inmensas
redes de
caminos y rejillas de vallas)

y en cuanto a nosotros, naufragamos
elegidos por los tiburones
durante muchos siglos
verdosos antes de que llegaran:
nos encontraron
en la isla, varados
en la punta de una roca,
definiendo nuestra propia isla.

Desde nuestro esqueleto
inarticulado (tan
entremezclado, un
cuerpo),
que atrae lobos.

Nos enterraron
en el granito sólido
donde en nuestros huesos crecieron carne de nuevo
llegaron a los árboles y
el pasto.

Todavía
nosotros somos los mares
salados que detienen estas tierras.

Ahora los caballos pastan
dentro de esta cerca de costillas, y

los niños corren, con sonrisas
verdes, (sin saber
donde) atraviesan
los campos de nuestras manos abiertas.








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Viaje al interior


Hay similitudes
me di cuenta: esas colinas
que los ojos hacen planas como un muro,
soldadas, entre sí se abren al moverme
para dejarme atravesar; convertirme en
interminables como las praderas; esos árboles
crecen flacuchos, a menudo tienen
sus raíces en pantanos; este es un país pobre;
que un acantilado no se conoce
tan áspero, excepto con la mano, y es
por lo tanto, inaccesible. Mayormente
ese viaje no es plácido

de un punto a otro, una línea
punteada en un mapa, la ubicación
trazada sobre una superficie cuadrada
sin embargo me muevo rodeada por una maraña
de ramas, una red de aire y luz
y oscuridad alternas, en todo momento;
sin que haya destinos
además de este.

Hay diferencias
por supuesto: la falta de mapas fiables;
lo más importante, la distracción de pequeños detalles:
tu zapato entre las zarzas bajo la silla
donde no debería estar; brillantes
setas blancas y un cuchillo de cocina
sobre la mesa; una sentencia
cruzando mi camino, anegado como un tronco caído
Estoy segura de que pasé ayer

(¿He estado
caminando en círculos otra vez?)

gran parte del peligro:
muchos han estado acá, pero sólo
algunos han regresado sanos y salvos.

Una brújula es inútil; también
tratar de tomar direcciones
a partir de los movimientos del sol,
que son irregulares;
y las palabras acá son tan inútiles
como gritar en un desierto vacío.

Cualquier cosa que haga debo
mantener la calma. Lo sé
para mí es más fácil perder mi camino
acá para siempre, que en otros paisajes




(versiones en castellano: Hugo Zonáglez)


---------







The Circle Game


I

The children on the lawn
joined hand to hand
go round and round

each arm going into
the next arm, around
full circle
until it comes
back into each of the single
bodies again

They are singing, but
not to each other:
their feet move
almost in time to the singing

We can see
the concentration on
their faces, their eyes
fixed on the empty
moving spaces just in
front of them.

We might mistake this
tranced moving for joy
but there is no joy in it

We can see (arm in arm)
as we watch them go
round and round
intent, almost
studious (the grass
underfoot ignored, the trees
circling the lawn
ignored, the lake ignored)
that the whole point
for them
of going round and round
is (faster
       slower)
going round and round








II

Being with you
here, in this room

is like groping through a mirror
whose glass has melted
to the consistency
of gelatin

You refuse to be
(and I)
an exact reflection, yet
will not walk from the glass,
be separate.

Anyway, it is right
that they have put
so many mirrors here
(chipped, hung crooked)
in this room with its high transom
and empty wardrobe; even
the back of the door
has one.

There are people in the next room
arguing, opening and closing drawers
(the walls are thin)

You look past me, listening
to them, perhaps, or
watching
your own reflection somewhere
behind my head,
over my shoulder

You shift, and the bed
sags under us, losing its focus

there is someone in the next room

there is always

(your face
remote, listening)

someone in the next room.








III

However,
in all their games
there seems
to be some reason

however
abstract they
at first appear

When we read them legends
in the evening
of monstrous battles, and secret
betrayals in the forest
and brutal deaths,

they scarcely listened;
one yawned and fidgeted; another
chewed the wooden handle
of a hammer;
the youngest one examined
a slight cut on his toe,

and we wondered how
they could remain
completely without fear
or even interest
as the final sword slid through
the dying hero.

The next night
walking along the beach

we found the trenches
they had been making:
fortified with pointed sticks
driven into the sides
of their sand moats

and a lake-enclosed island
with no bridges:

a last attempt
(however
eroded by the water
in an hour)
to make
maybe, a refuge human
and secure from the reach

of whatever walks along
(sword hearted)
these night beaches.








IV

Returning to the room:
I notice how
all your word-
plays, calculated ploys
of the body, the witticisms
of touch, are now
attempts to keep me
at a certain distance
and (at length) avoid
admitting I am here

I watch you
watching my face
indifferently
yet with the same taut curiosity
with which you might regard
a suddenly discovered part
of your own body:
a wart perhaps,

and I remember that
you said
in childhood you were
a tracer of maps
(not making but) moving
a pen or a forefinger
over the courses of the rivers,
the different colours
that mark the rise of mountains;
a memorizer
of names (to hold
these places
in their proper places)

So now you trace me
like a country’s boundary
or a strange new wrinkle in
your own wellknown skin
and I am fixed, stuck
down on the outspread map
of this room, of your mind’s continent
            (here and yet not here, like
            the wardrobe and the mirrors
            the voices through the wall
            your body ignored on the bed),

transfixed
by your eyes’
cold blue thumbtacks








V

The children like the block
of grey stone that was once a fort
but now is a museum:

especially
they like the guns
and the armour brought from
other times and countries
and when they go home
their drawings will be full
for some days, of swords
archaic sunburst maces
broken spears
and vivid red explosions.

While they explore
the cannons
(they aren’t our children)

we walk outside along
the earthworks, noting
how they are crumbling
under the unceasing
attacks of feet and flower roots;

The weapons
that were once outside
sharpening themselves on war
are now indoors
there, in the fortress,
fragile
in glass cases;

Why is it
(I’m thinking
of the careful moulding
round the stonework archways)
that in this time, such
elaborate defences keep
things that are no longer
(much)
worth defending?








VI

And you play the safe game
the orphan game

the ragged winter game
that says, I am alone

(hungry: I know you want me
to play it also)

the game of the waif who stands
at every picture window,

shivering, pinched nose pressed
against the glass, the snow
collecting on his neck,
watching the happy families

(a game of envy)

Yet he despises them: they are so
Victorian Christmas-card:
the cheap paper shows
under the pigments of
their cheerful fire-
places and satin-
ribboned suburban laughter
and they have their own forms
of parlour
games: father and mother
playing father and mother

He’s glad
to be left
out by himself
in the cold

(hugging himself).

When I tell you this,
you say (with a smile fake
as a tinsel icicle):

You do it too.

Which in some ways
is a lie, but also I suppose
is right, as usual:

although I tend to pose
in other seasons
outside other windows.








VII

Summer again;
in the mirrors of this room
the children wheel, singing
the same song;

This casual bed
scruffy as dry turf,
the counterpane
rumpled with small burrows, is
their grassy lawn
and these scuffed walls
contain their circling trees,
that low clogged sink
their lake

(a wasp comes,
drawn by the piece of sandwich
left on the nearby beach
            (how carefully you do
            such details);
one of the children flinches
but won’t let go)

You make them
turn and turn, according to
the closed rules of your games,
but there is no joy in it

and as we lie
arm in arm, neither
joined nor separate
            (your observations change me
            to a spineless woman in
            a cage of bones, obsolete fort
            pulled inside out),
our lips moving
almost in time to their singing,

listening to the opening
and closing of the drawers
in the next room

(of course there is always
danger but where
would you locate it)

(the children spin
a round cage of glass
from the warm air
with their thread-thin
insect voices)

and as we lie
here, caught
in the monotony of wandering
from room to room, shifting
the place of our defences,

I want to break
these bones, your prisoning rhythms
            (winter,
            summer)
all the glass cases,

erase all maps,
crack the protecting
eggshell of your turning
singing children:

I want the circle
broken.









-------------








This Is a Photograph of Me

It was taken some time ago. 
At first it seems to be 
a smeared
print: blurred lines and grey flecks 
blended with the paper;

then, as you scan
it, you see in the left-hand corner 
a thing that is like a branch: part of a tree 
(balsam or spruce) emerging 
and, to the right, halfway up 
what ought to be a gentle 
slope, a small frame house.

In the background there is a lake, 
and beyond that, some low hills.

(The photograph was taken
the day after I drowned.
I am in the lake, in the center 
of the picture, just under the surface.

It is difficult to say where 
precisely, or to say 
how large or small I am: 
the effect of water 
on light is a distortion

but if you look long enough, 
eventually 
you will be able to see me.)



---------







A Place: Fragments VII

An other sense tugs at us: 
we have lost something, 
some key to these things 
which must be writings 
and are locked against us 
or perhaps (like a potential 
mine, unknown vein 
of metal in the rock) 
something not lost or hidden 
but just not found yet

that informs, 
holds together this confusion, 
this largeness and dissolving:

not above or behind 
or within it, but one 
with it: an

identity: 
something too huge and simple 
for us to see.








---------








After the Flood, We


We must be the only ones
left, in the mist that has risen
everywhere as well
as in these woods

I walk across the bridge
toward the safety of high ground
(the tops of the trees are like islands)

gathering the sunken
bones of the drowned mothers
(hard and round in my hands)
while the white mist washes around my legs like water;

fish must be swimming down in the forest beneath us,
like birds, from tree to tree
and a mile away
the city, wide and silent,
is lying lost, far undersea.

You saunter beside me, talking of the beauty of the morning,
not even knowing that there has been a flood,

tossing small pebbles at random over your shoulder 
into the deep think air,
not hearing the first stumbling footsteps of the almost-born
coming (slowly) behind us,
not seeing 
the almost-human 
brutal faces forming
(slowly)
out of stone.








---------








The Settlers


A second after
the first boat touched the shore, 
there was a quick skirmish
brief as a twinge
and then the land was settled

(of course there was really
no shore: the water turned
to land by having
objects in it: caught and kept
from surge, made
less than immense
by networks of
roads and grids of fences)

and as for us, who drifted
picked by the sharks
during so many bluegreen
centuries before they came:
they found us
inland, stranded
on a ridge of bedrock, 
defining our own island.

From our inarticulate
skeleton (so
intermixed, one 
carcass), 
they postulates wolves.

They dug us down
into the solid granite
where our bones grew flesh again
came up trees and
grass.

Still
we are the salt
seas that uphold these lands.

Now horses graze
inside this fence of ribs, and

children run, with green
smiles, (not knowing
where) across
the fields of our open hands.







--------








The Settlers


A second after
the first boat touched the shore, 
there was a quick skirmish
brief as a twinge
and then the land was settled

(of course there was really
no shore: the water turned
to land by having
objects in it: caught and kept
from surge, made
less than immense
by networks of
roads and grids of fences)

and as for us, who drifted
picked by the sharks
during so many bluegreen
centuries before they came:
they found us
inland, stranded
on a ridge of bedrock, 
defining our own island.

From our inarticulate
skeleton (so
intermixed, one 
carcass), 
they postulates wolves.

They dug us down
into the solid granite
where our bones grew flesh again
came up trees and
grass.

Still
we are the salt
seas that uphold these lands.

Now horses graze
inside this fence of ribs, and

children run, with green
smiles, (not knowing
where) across
the fields of our open hands.








---------







Journey to the Interior


There are similarities 
I notice: that the hills 
which the eyes make flat as a wall, welded 
together, open as I move 
to let me through; become 
endless as prairies; that the trees 
grow spindly, have their roots 
often in swamps; that this is a poor country; 
that a cliff is not known 
as rough except by hand, and is 
therefore inaccessible. Mostly 
that travel is not the easy going

from point to point, a dotted 
line on a map, location 
plotted on a square surface 
but that I move surrounded by a tangle 
of branches, a net of air and alternate 
light and dark, at all times; 
that there are no destinations 
apart from this.

There are differences 
of course: the lack of reliable charts; 
more important, the distraction of small details: 
your shoe among the brambles under the chair 
where it shouldn't be; lucent 
white mushrooms and a paring knife 
on the kitchen table; a sentence 
crossing my path, sodden as a fallen log 
I'm sure I passed yesterday

(have l been 
walking in circles again?)

but mostly the danger: 
many have been here, but only 
some have returned safely.

A compass is useless; also 
trying to take directions 
from the movements of the sun, 
which are erratic; 
and words here are as pointless 
as calling in a vacant wilderness.

Whatever I do I must 
keep my head. I know 
it is easier for me to lose my way 
forever here, than in other landscapes




---------




Margaret Atwood (1939)
(Ottawa, Canadá)

The Circle Game - 1964
Contact Press