16/8/14

Marcelo Díaz: "no somos la luz, tampoco el mensaje..."



Estudio de la luz


Por qué destruir de este modo
¿Será efecto de la proximidad de la luz?
Las notas con las que está compuesto
el rumor que nos decíamos al oído.
Toda piedra es una isla vacilante
abandonada en una tierra extranjera.
El chasquido del encendedor figura
un relámpago en miniatura
alrededor de los límites del hipocampo.
Detrás del sonido mi perro se estira
encimado en sus patas traseras.
Antes atravesábamos el campo
a la velocidad de Pierre Nodoyuna
y a la inversa del presente cancelábamos
el aprendizaje de la ausencia.
La tierra ingresa por sus fosas nasales
reafirma el núcleo de los afectos
como quien hace lo que tiene que hacer
en los espacios mínimos de las despedidas.
Después el animal en una suerte
de doble abandono, deja escapar
un bostezo, semejante a un querido.











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Invierno


Manejabas en la noche y chocaste un ciervo.
Encendimos las linternas, no encontramos a nadie.
Éramos animales solitarios que
se extendían por el territorio como
la sombra de una mancha solar. La aceleración del motor
idéntica a la de las nubes del horizonte.
De haber tenido un perro rastreador
hubiese sido diferente. Existen espacios en blanco
que ni la fuerza de gravedad puede enmendar.
¿Dormiremos en el pico de los árboles
donde descansa nuestro auto
y nos desintegraremos con los campos
concentrados en la calma de los pájaros?
Lo más probable es que sin luz
perdamos la transparencia. Este accidente
no puede ser sino pieza de una maquinaria
con la misión precisa de fabricar olvido.
Aprendemos a cuidarnos
de los ángulos de la pérdida
como de la oscuridad que dejamos atrás
después de la onda expansiva.
En las rutas del futuro no existirán animales
que se eleven por el asfalto ni tampoco
seres como nosotros dispersos por el aire
como una llamarada
moviéndonos en la dirección del invierno.












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Yangtsé


Ahora apagan las luces.
Si se posee una copia digital de la figura
y ésta es ampliada
el rostro familiar en la imagen se descompone
es una multitud de diminutos rectángulos
hasta que literalmente el rostro
detrás de esos puntos desaparece
como si lo anterior fuera un simulacro.
Hay días en que dan ganas
de perderse en un huracán
como esos extraños ciervos de agua
partiendo de los humedales
no buscando la luz
sino la oscuridad visible.











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La gravedad


Yo tenía una novia como Sarah Kane
Y una cicatriz como las marcas de la luna
percibidas desde el núcleo terrestre.
Me convocaba con ensayos, pequeñas voces
que repetían las mismas oraciones;
ventanas abiertas frente a los baldíos de la lengua.
Sobrevivía con los espejos cuando simulaban
el trayecto de la radiación en la noche.
Nadie hablaba el idioma de las formas humanas.
Éramos el principio, la canción
con la que descongelamos los alimentos:
los nudillos firmes en las paredes del mundo.
Arrojamos el ancla en lo profundo de la casa.
Y mientras ella se elevaba
yo permanecía como una piedra arisca
que nos ahogaba a todos.











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Próxima Centauri


Nuestro hogar no parece tan grande
apenas un dispositivo holográfico
en el lenguaje perdido de los astros.
Enfermos de sorpresa vendemos
nuestras pertenencias
a cambio de una estrella desocupada.











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Monólogo de Donnie Darko


En algún punto del jardín descansa un motor diesel.
Yo no era nadie en el universo
pero dibujaba accidentes aéreos.
Esa era mi particular manera de estar integrado
a la vida de los aeropuertos
hasta que leí el texto sobre una dimensión invertida
que cambia o duplica las historias personales
escrito por un hombre disfrazado de conejo.
Viajar por el tiempo es una tarea abstracta
como imaginar una antena portátil
dentro de la bóveda celeste o calcular la trayectoria
de la turbina de un avión cayendo al abismo.
Quizás existió un proyecto distinto para mí
entre las diferentes opciones de la oscuridad.
Temprano pasaré de ser el fogonazo
de una bengala a la última grabación de una caja negra.











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Tierra


Por el camino de tierra -te decís- la camioneta de mi padre
inicia la temporada de caza. Lejos del puerto
la vegetación nunca crece. Despacio
descarga el arma, calibra el instante y el cielo
se agrieta en dos agujeros que perforan el aire.
La liebre envuelta en llamas rueda de manera
que el dolor desaparece al apoyar su cabeza
en nuestros pies como cuidándonos de la intemperie.
La imagen pintada con la delizadeza
de un animal dócil doblándose e el viento.
¿Habremos venido a despedirnos en este safari de película
como si el resto de la realidad careciera de existencia?
Ya no recorreremos el camino descendente
de los carteles indicando la sucesión de kilómetros
un fuerte aliado para convertir nuestro desconsuelo
en una forma de cobardía igual
a la dinámica de aquellos roedores corriendo
en plena fuga sin saber qué dirección tomar.
paralelos a los cables de alta tensión. Se mira
la misma cosa por años como si el impulso de las especies
se hubiera detenido ante la trayectoria
de la familia de perdigones. Y cuando se observa
el cuadro a la distancia se vuelve











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El cielo sobre Berlín


Los álamos de la casa forman una puerta por
la que desciende mi vecina- La niña baja
del remolque en bicicleta como si llevara
un trapecista en el canasto. Le duele la garganta,
los músculos de la ciudad tienden canales
donde se arremolina el humo de las fábricas.
En la cafetería alguien afirma que el norte es
más frío que el sur, que la mayoría de las personas
son aburridas porque así son las calles, las plazas,
los departamentos que habitamos. Los viejos,
con sus asuntos domésticos anuncian el milagro
la fisura en los bloques de cemento. Recuerdo
que regresabas de Ratisbona en un vehículo
con techo corredizo, una neblina compacta como
el débil resplandor de un túnel subterráneo,
cómo se dice, de una pista de hielo variable
como la condición cardíaca del suicida
que abandona su coche a mitad del puente sobre
el río en un día soleado. Buscando romper el
récord de los corredores de largas distancias
sin desplazarme de mi posición actual
cada vez que la bicicleta parte hacia la autopista
pienso en cómo saludarnos cuando el tráfico
desaparezca por esa puertita arbolada.
Tejeremos una red elástica como una telaraña
en la superficie áspera de las paredes. En fin
no somos la luz, tampoco el mensaje.
Dependemos de las cosas que desaparecen.











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Marcelo Díaz (1981)
Villa Mercedes, Córdoba, Argentina.

El fin del realismo - 2014
Viajero Insomne Editora

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