28/11/14

Eloísa Oliva: "esta es la obra de un ausente..."


Mudanza


Al fondo del patio, el gomero traspira
las hojas se confunden con la noche, sacudidas
por el aire de diciembre.
En algún momento va a llover. Levantan
los ojos al cielo
en busca de algo que se manifieste.
Bajo el alero está tendida la mesa
el mantel indica
la fiesta. Es lo último
que quedó sin embalar, el resto
de sus pertenencias
encerrado en cajas numeradas de cartón.
La madre llama, desde el marco de la puerta
rodeada por la luz desnuda y amarilla
de una bombita que cuelga del techo.
Sobre el mantel de fiesta,
comen pizza con la mano.
Las cucarachas aletean
por fuera de la zona iluminada. Los regalos también
han sido embalados, y en la noche tropical
el gomero es el único
en quien depositar la fe.








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km6 y medio
(Para A.P.)


Elijo ésta entre todas las imágenes:
girás la llave de un candado. aguaribay. tu guayabera
blanca flota en el aire de enero.
Primero de enero.
Damos la espalda a los que viajan
cruzando la tranquera
imitación estilo inglés. A veces
la sabiduría general conoce
la forma más directa
de decir las cosas ciertas; si todo hombre
es un artista, esta es la obra de un ausente:
cada fragmento, cada inscripción
sobre el paisaje
en esta isla que flota por la pampa.
Es la deriva
de un verano eternizado
cuya escritura insistís
en continuar

un gesto hecho de álamos,
de robles, aguaribay.
Y de una casa,
que todavía nos proteja.








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olor a verano y leña esa vez en el campo
el cielo: un charco oscuro en el que tu mano
anuda pedazos de asteroide
como el lápiz
en un dibujo sin línea
después, en el patio del departamento
estaba el mismo cielo
pero más pobre: ni siquiera divisábamos el arco
de tu querido cazador, Orión
dijiste entonces que es inútil
seguir en el esfuerzo
de unir cosas, si ante la luz
más débil
empiezan a desaparecer








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juntamos piedras de la vía
esas formas que la tierra
tardó miles de años
en tallar, y un día un hombre
voló con dinamita
y esparció
por el camino, una erupción del Fuji
o del Lanín
la insistencia del mar
en cada orilla, un desierto
que cabe en una mano








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el agua
podrida en la pileta
anuncia
el fin de la estación

tibia la luz en nuestra cara
nuestro silencio

irrumpe
                     la cresta de la siesta
                                                                   un auto

cruza la llanura

llevamos el verano
todavía en los pulmones
una nube se demora y
destruye
                      cada sombra

quedamos así, sin reflejo en la tierra

                              todo un camino
                                                                   que nuestro corazón
                                                                                                                    reconoce








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Eloísa Oliva (1978)
Buenos Aires, Argentina.


1027 - 2010
Editorial Nudista, Cosquín, Córdoba, Argentina.

24/11/14

Anne Simpson: "Me aferré como si estuviéramos a punto de tomar la palabra..."



Mano


Él tenía seis pies de altura, más o menos. Su cuerpo estaba envuelto en blanco, como una gasa alrededor de una torta de Navidad, impidiendo que el ron se derrame. Sólo su mano amarilla se había desenvuelto, y la tomé en la mía, pesando su peso. Sus uñas, que deben haber crecido después de muerto, debían ser cortadas. No me dejo ir. Me aferré como si estuviéramos a punto de tomar la palabra.








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Corazón


La mujer abrió la caja torácica de él como si se tratara de una puerta y extrajo su corazón. Debería haber brillado. Debería habernos hecho gritar. Giró el pequeño mango, lo metió dentro. Me acordé
del martín pescador que golpeó la ventana: los pies rizados, el impacto de las plumas azules
desbordando su cabeza, un ojo negro, brillando. ¿Si lo hubiera matado? Eso no era el punto era la tranquilidad.








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Cabeza


Estaba tan cerca como para tocar su oído, con los ojos fuertemente cerrados. Sus cejas podrían haber sido cepilladas con oro. Si hubiera sido griego, le hubieran dado una corona de hojas. Las mujeres se han lavado su cuerpo con agua de mar, y después, los dolientes contratados habrían cantado el kommoi. Había un mapa exquisitamente dibujado en el interior de su cráneo, con largos zarcillos de río desembocando en el mar. Había llegado tan lejos ya. Mas tarde iría a deslizarse río abajo en la balsa orgulloso de su cuerpo.








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Palas

Al lado de la catedral los hombres están cavando duro. Ella se pregunta qué están buscando. Ella está haciendo las cosas de siempre, espolvoreando y etiquetando. Ella estuvo ordenando los platos chicos de hielo, en una punta del río, nieve de la última ventisca. Además, ella estuvo prestando atención al viento, que no es más que un anhelo de tocar. Los hombres pasan su tiempo sabiamente, memorizando cómo las palas se reflejan en el sol. Ella estudia la forma en que cavan. Pronto terminarán. Tienen un agujero de buen tamaño, y luego volverán para ver dentro. Ella está esperando al cuervo negro, la forma en que atenta el cielo, haciendo un sonido pedernal.








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Fuego


Él se está acostumbrando. Cada mañana cuando se despierta, ve fuego en las palmas de sus manos. Las llamas son pequeñas pero distraen. Todo lo que toca inicia el fuego: la silla, la mesa, incluso el espejo. Ahora él está aprendiendo por su cuenta a levantar una cosa a la vez, cuidadosamente. Él sabe que es un regalo de los dioses, pero a veces desea que ellos vuelvan. Pronto será capaz de poner dentro de sus costillas y sacarlo cuando lo necesite.








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Luz


La luz se desliza a través de su piel cuando ella se mueve sus brazos. Fluye sobre ella y se precipita. Hay días cuando se vierte a través de ella. Piensa en el verano en que Matisse trabajó en Collioure. Él comenzaba a pintar antes del amanecer y trabajaba todo el día, hora tras hora. Trabajaba hasta que sus manos estaban cansadas, pero aun así no se detuvo. A veces había tanta luz en el océano que pensó que quedaría ciego.








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Entre ellas


La bola de estiércol estaba incrustada en una ramita: el escarabajo pelotero tuvo que resolver el problema. Primero lo empujó, después se fue por debajo. Finalmente liberó el estiércol de la rama y siguió su camino. Sísifo trabajó tan duro como esto - trabajando, trabajando. Después de un tiempo empezó a amar a la roca. Amaba las colinas. Podía sentir a sí mismo entre ellas.








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Lirio


Se abren. Ayer estaban enrolladas, apretadas. Ahora las alfombras ceremoniales han sido desenrolladas. Pronto un Papa en miniatura vendrá a situarse en el balcón. Nadie será capaz de oír lo que dice. Escuchar con atención las pequeñas campanas, para observar el destello de algo dorado. Después de las oraciones, las hojas del pasto serán bendecidas. Dentro de cada cosa vos podés ver la amplitud de las catedrales.








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Playa


Bajo sus dedos hay marras, de hoja fina, y un rezago de guisante de playa. Un poco más lejos: el cráneo de un ciervo o un perro, medio enterrado en la arena. La placa plateada - donde está descansando su cabeza - no es más que un hueso blanqueado. No se sabe que es lo que la hace llorar. Mira todas esas mujeres, vistiendo saris azules profundos, inclinándose de un lado a otro, en el océano. Miles, fila tras fila. ¿Están gimiendo o rezando? Escuchá. Seguro que están tratando de decirle algo.








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Sabios


Hay pagodas blanco rosáceas en el árbol de la castaña. En cada pagoda hay un sabio, con los brazos envueltos en seda. Ella pasa el árbol, escuchando. Al principio, ella no oye nada. ¿Qué es lo que estás buscando? pregunta uno. Hay susurros, suaves, lentos. Se están moviendo a través de los pisos pulidos de las pagodas en los pies calzados con zapatillas. Tenés el poder de matar, dice otro. Hace una pausa, pero sólo hay viento, un velo de lluvia después de otro. ¿No sabías esto?






(versiones en castellano: Hugo Zonáglez)



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Hand


He was six feet tall, give or take. His body was wrapped in white, like cheesecloth around Christmas cake, keeping the rum from leaking away. Only his yellow hand had been unwrapped, and I took 
it in mine, weighing its heaviness. His fingernails, which must have grown after death, needed to be clipped. I didn't let go. I held on as if we were about to take the floor.








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Heart 


The woman opened his rib cage as if it were a door and removed his heart. It should have glowed. It should have made us cry out. She turned the small mango around, tucked it back inside. I recalled
the kingfisher that hit the window: curled feet, shock of blue feathers cresting its head, a black eye, shining. Had I killed it? That wasn't the point was the stillness.








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Head


I was close enough to touch his ear, his heavily lidded eyes. His brows might have been brushed with gold. If he'd been Greek, they'd have given him a wreath of leaves. Women would have washed his 
body with sea water, and afterwards, hired mourners would have sung the kommoi. There was an exquisitely drawn map on the inside of his skull, with long tendrils of river ending at the sea. He'd come so far already. Later he would glide downriver in the proud raft of his body.








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Shovels


Beside the cathedral men are digging hard. She wonders what they're looking for. She's doing the usual things, dusting and labelling. She's been arranging small platters of ice, a bend in the river, snow from the last blizzard. Also, she's been paying attention to wind, which is merely a longing to touch. The men spend their time wisely, memorizing how shovels glint in the sun. She studies the way they dig. Soon they'll come to an end. They'll have a good-sized hole, and then they'll stand back to look into it. She's waiting for the black crow, the way it strikes sky, making a flinty sound.








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Fire


He's getting used to it. Each morning when he wakes, he sees fire on the palms of his hands. The flames are small but distracting. Whatever he touches starts on fire: the chair, the table, even the mirror. Now he's teaching himself to pick up one thing at a time, carefully. He knows it's a gift from the gods, but sometimes he wishes they'd take it back. Soon he'll be able to put it inside his ribs and take it out whenever he needs it.








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Light


The light glides across her skin when she moves her arms. It streams over her and rushes away. There are days when it pours right through her. She thinks of the summer Matisse worked at Collioure. He began painting before dawn and worked through the day, hour after hour. He worked until his hands were tired, but even then he didn't stop. Sometimes there was so much light on the ocean he thought it would blind him.








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Between


The ball of dung was impaled on a twig: the dung beetle had to solve  the problem. First it pushed, then it went underneath. Finally it freed the dung from the twig and kept going. Sisyphus worked as hard as this - toiling, toiling. After a while he began to love the rock. He loved the hill. He could feel himself between them.








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Iris


It opens. Yesterday it was furled, tight. Now the ceremonial carpets have been unrolled. Soon a miniature pope will come to stand at the balcony. No one will be able to hear what he's saying. Listen closely for the tiny bells, watch for the flicker of something gold. After the prayers, the blades of grass will be blessed. Inside each thing you can see the spaciousness of cathedrals.








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Beach


Under her fingers there's marram grass, blade-thin, and a straggle of beach pea. Further away: the skull of a deer or a dog, half-buried in sand. The silvery log - where she's resting her head - is nothing more than a bleached bone. There's no telling what makes her cry. Look at all those women, wearing deep blue saris, leaning this way and that, in the ocean. Thousands, row on row. Are they moaning or praying? Listen. Surely they're trying to tell her something.








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Sages


There are pinkish-white pagodas on the chestnut tree. In each pagoda is a sage, his arms folded in silk. She passes the tree, listening. At first she doesn't hear anything. What is it you're seeking? asks one. There are whispers, soft shufflings. They're moving across the polished floors of the pagodas on slippered feet. You have the power to kill, says another. She pauses, but there is only wind, one veil of rain after another. Didn't you know this?








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Anne Simpson (1956)
Toronto, Canadá

Quick - 2007
McClelland and Stewart

7/11/14

Verónica Pérez Arango: "confiamos en la oscuridad..."


Armar un libro de poemas o una casa nueva.
Poner los vasos o los versos
de un lado o del otro. Acomodarlos
por colores y tamaños. De menor a mayor
y viceversa. Romperlos hasta que las astillas
desaparezcan. Se hagan arena.

Armar un libro de poemas. No escribirlo,
armarlo como una caja
abierta, con las maderas que encontrarás tiradas en la calle
con los platos sin lavar y las goteras
con los perros y el ruido del camión de la basura
que pasa adentro de tu cabeza y te despierta
a las tres de la mañana
y te deja en vela por el resto de tu existencia.

Armar un libro de poemas u ordenar el placard
de tu hijo donde todo tiene el tamaño de una miniatura,
como haikus de algodón que envuelven sus piernas,
suave movimiento del mundo dentro del mundo.

O detener el tiempo.








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El carácter del mar nos mantiene
alejados de las aventuras invernales, los picos nevados.
Nunca vamos a andar en trineo ni a untarnos
grasa de animal en la piel de la cara
para protegernos del cuchillo del frío.
Tampoco pensamos en dormir bajo las plumas
de un cisne o el pelo de un caballo manso.

A ésta hora en la playa
nuestras pieles al sol se ven todas iguales
y el paisaje casi no se mueve
salvo por alguna gaviota o una ola
más grand que la anterior.
La arena vira del marrón al blanco porque es
todas las pieles del mundo.

Aquel hombre, por ejemplo.
carga castillos en un balde rojo
y la mujer a su lado se lame los labios.
No siente el gusto de la sal,
nace allí una gota de sangre.
A ellos les gusta dormir en camas con arena
con sábanas que raspan los talones
y las uñas partidas; pero vos
preferís la luz milagrosa del monitor.
Mandás un email a los amigos que están lejos
para darles un pantallazo de tu vida.
Escribís esta playa es idéntica
a otras playas
a todas las playas
que hay en el mundo.
Te alegra la ausencia de variedad
y no sentir que te perdés de algo.
Excepto por el tamaño de las olas
el color de la arena hirviendo
la caminata que se vuelven carrera,
las cosas viven en una medianía
de olor a crema, salitre, sudor y fruta.

Mi traje de baño se repliega como un caracolito
partido en miles de pedazos.








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Aquel domingo fuimos al acuario para ver
los caballitos de mar.
Caminábamos lento
por la avenida
tu mano pequeña adentro de la mía
palpitaba la primera vez
y las migas pegadas en el sudor de la tarde.
Creíamos los dos lo mismo
que ahí adentro el agua sería cristalina
que los peces
se moverían ágiles
luciendo escamas y aletas preciosas
que las burbujas subiendo a la superficie
serían nuestra música marina.
Los dos creíamos lo mismo. Pero no.
Todos los animales nadaban bajo un agua turbia
y entre rocas repletas
de moho y virutas de alimento balanceado.
Nos castaba ver
a través de los vidrios que estaba prohibido golpear
los tubitos de goma que les llevaban oxígeno
a las branquias anaranjadas
casi no funcionaban.
Había olor a pescado podrido.
Y a los caballitos de mar
no los vimos nunca.








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Me gustaría escribir un poema sobre la nieve
el hielo fracturado de las montañas
donde viven mi amigos nórdicos.
Me gustaría escribir sobre los ojos azules
que todos ellos tienen
los perros que tiran de trineos de chocolate
y las pistas para patinar
en lagos, ríos y mares.
Me gustaría escribir sobre una noche
de más de cien días y la melancolía
de quienes no ven el sol.








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El choque de los pelícanos sobre la chapa del océano
los cangrejos y sus casitas de arena indestructible
y un cardumen tornasolado
festejan
el fin de la tarde monótona.








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Es preferible el domingo
cuando el bautismo llega
desde atrás
nosotros nos reímos de los fieles y robamos
el diezmo y los jazmines frescos.
El padre que cura acaricia a los primogénitos
sin buenas intenciones mientras receta
tipos convenientes de comportamiento
y los salva del mal por siempre.

Todos repiten el estribillo
Renuncia al placer ante todo
cree en dios todopoderoso y soberano de la tierra,
renuncia al demonip y al error contrario a la verdad.
El padre que cura explica cada palabra
como un semiólogo divino educa y nos libra
del mal
del mar
del más allá.

La fé de los chicos pagada con débito automático
alumbrado por un cirio pascual o signo
del Cristo resucitado. Desde atrás
nosotros rogamos que la luz se apague
oh sí que la luz se apague que la luz se apagua
porque confiamos en la oscuridad.
Los bebés rosados como pollos crudos
levantados por manos lavadas con alcohol
son trofeos ganados a la fuerza
de siglos
de ignorancia.
Los bebés rosados como cielos atardecidos
llegan alto, hasta las hélices de los ventiladores
que bañan de aire caliente a los fieles
si creemos en todos lo que nos proponen.
Al acabar
el padre que cura pide limosna
y que todos seamos muy generosos.








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Verónica Pérez Arango (1976)
Capital federal, Buenos Aires, Argentina.


Un dibujo en el mundo - 2014
Editorial: El ojo del mármol