7/11/14

Verónica Pérez Arango: "confiamos en la oscuridad..."


Armar un libro de poemas o una casa nueva.
Poner los vasos o los versos
de un lado o del otro. Acomodarlos
por colores y tamaños. De menor a mayor
y viceversa. Romperlos hasta que las astillas
desaparezcan. Se hagan arena.

Armar un libro de poemas. No escribirlo,
armarlo como una caja
abierta, con las maderas que encontrarás tiradas en la calle
con los platos sin lavar y las goteras
con los perros y el ruido del camión de la basura
que pasa adentro de tu cabeza y te despierta
a las tres de la mañana
y te deja en vela por el resto de tu existencia.

Armar un libro de poemas u ordenar el placard
de tu hijo donde todo tiene el tamaño de una miniatura,
como haikus de algodón que envuelven sus piernas,
suave movimiento del mundo dentro del mundo.

O detener el tiempo.








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El carácter del mar nos mantiene
alejados de las aventuras invernales, los picos nevados.
Nunca vamos a andar en trineo ni a untarnos
grasa de animal en la piel de la cara
para protegernos del cuchillo del frío.
Tampoco pensamos en dormir bajo las plumas
de un cisne o el pelo de un caballo manso.

A ésta hora en la playa
nuestras pieles al sol se ven todas iguales
y el paisaje casi no se mueve
salvo por alguna gaviota o una ola
más grand que la anterior.
La arena vira del marrón al blanco porque es
todas las pieles del mundo.

Aquel hombre, por ejemplo.
carga castillos en un balde rojo
y la mujer a su lado se lame los labios.
No siente el gusto de la sal,
nace allí una gota de sangre.
A ellos les gusta dormir en camas con arena
con sábanas que raspan los talones
y las uñas partidas; pero vos
preferís la luz milagrosa del monitor.
Mandás un email a los amigos que están lejos
para darles un pantallazo de tu vida.
Escribís esta playa es idéntica
a otras playas
a todas las playas
que hay en el mundo.
Te alegra la ausencia de variedad
y no sentir que te perdés de algo.
Excepto por el tamaño de las olas
el color de la arena hirviendo
la caminata que se vuelven carrera,
las cosas viven en una medianía
de olor a crema, salitre, sudor y fruta.

Mi traje de baño se repliega como un caracolito
partido en miles de pedazos.








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Aquel domingo fuimos al acuario para ver
los caballitos de mar.
Caminábamos lento
por la avenida
tu mano pequeña adentro de la mía
palpitaba la primera vez
y las migas pegadas en el sudor de la tarde.
Creíamos los dos lo mismo
que ahí adentro el agua sería cristalina
que los peces
se moverían ágiles
luciendo escamas y aletas preciosas
que las burbujas subiendo a la superficie
serían nuestra música marina.
Los dos creíamos lo mismo. Pero no.
Todos los animales nadaban bajo un agua turbia
y entre rocas repletas
de moho y virutas de alimento balanceado.
Nos castaba ver
a través de los vidrios que estaba prohibido golpear
los tubitos de goma que les llevaban oxígeno
a las branquias anaranjadas
casi no funcionaban.
Había olor a pescado podrido.
Y a los caballitos de mar
no los vimos nunca.








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Me gustaría escribir un poema sobre la nieve
el hielo fracturado de las montañas
donde viven mi amigos nórdicos.
Me gustaría escribir sobre los ojos azules
que todos ellos tienen
los perros que tiran de trineos de chocolate
y las pistas para patinar
en lagos, ríos y mares.
Me gustaría escribir sobre una noche
de más de cien días y la melancolía
de quienes no ven el sol.








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El choque de los pelícanos sobre la chapa del océano
los cangrejos y sus casitas de arena indestructible
y un cardumen tornasolado
festejan
el fin de la tarde monótona.








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Es preferible el domingo
cuando el bautismo llega
desde atrás
nosotros nos reímos de los fieles y robamos
el diezmo y los jazmines frescos.
El padre que cura acaricia a los primogénitos
sin buenas intenciones mientras receta
tipos convenientes de comportamiento
y los salva del mal por siempre.

Todos repiten el estribillo
Renuncia al placer ante todo
cree en dios todopoderoso y soberano de la tierra,
renuncia al demonip y al error contrario a la verdad.
El padre que cura explica cada palabra
como un semiólogo divino educa y nos libra
del mal
del mar
del más allá.

La fé de los chicos pagada con débito automático
alumbrado por un cirio pascual o signo
del Cristo resucitado. Desde atrás
nosotros rogamos que la luz se apague
oh sí que la luz se apague que la luz se apagua
porque confiamos en la oscuridad.
Los bebés rosados como pollos crudos
levantados por manos lavadas con alcohol
son trofeos ganados a la fuerza
de siglos
de ignorancia.
Los bebés rosados como cielos atardecidos
llegan alto, hasta las hélices de los ventiladores
que bañan de aire caliente a los fieles
si creemos en todos lo que nos proponen.
Al acabar
el padre que cura pide limosna
y que todos seamos muy generosos.








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Verónica Pérez Arango (1976)
Capital federal, Buenos Aires, Argentina.


Un dibujo en el mundo - 2014
Editorial: El ojo del mármol

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