19/12/14

Daniel Oblitas: "donde las profecías pronostican nuestro ahogo..."


Aneurisma


Ellos ya me creen dormido
hablan de sondear la arteria
abriéndome la espalda a pinchazos
y el mar golpeándome el pecho
en este quirófano invernal

adormecida carne
servida en la camilla
donde la hoja del bisturí
mortaja con su ciencia

y más allá de toda esta anestesia
sé que volveré a ver mi horizonte
de pie ante el suelo que me enseñó a caminar

abatidos los párpados
descienden como cascadas
de una blanca luz artificial
en áridas montañas
grises por un cielo seco

mientras un viento me tira de los pelos
abrazo una gigante piedra
y le pido que me lleve
a un pacífico océano
donde pueda sumergirme
y luego volver a la superficie

al despertar
cobijado por las frazadas
la ventana trasluce la noche
con un sosiego celeste
y siento el céfiro labial
de un beso húmedo








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El mar que se aproxima


espero que con toda esa agua
que se acerca impetuosa
estés nadando en busca mío
dulce acuática que alguna vez
me dejaste en el filo del océano

el cielo viene desbordándose como alud
y un inmenso azul se derrite
desprendiendo los hemisferios
los rayos surgen de esa extensión oscura
detellando mi paisaje tormentoso

no tengo más esa armonía soleada
con brotes de jardín crecido
soy una naranja partida al medio
cortada con el filo de una mano








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Dimensión fulgúrea


La imperiosa estrella
proyecta los últimos rayos
dejando los ladrillos calientes

y los altos postes
encienden el ojo
como cíclopes de neón

la jornada diaria ha dejado
su transpiración en el ambiente
inflamando las sombras

la calle con su profunda tiniebla
entona rituales
que se desatan deliberadamente

nuestra ventana encendida
despliega fucilazos
en la oscuridad donde muchos
duermen de cansancio








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Sugestión acústica


tu afinada lengua
provocando vibraciones
y tus piernas armoniosas
agitando el suelo

el efecto desato en mí
una resonante tentación
que concibe mi semblante de gozo

sabemos que la noche agudiza los sentidos
que la atracción es una fuerza conmovedora

al escucharte que le das
al aire que te atraviesa








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La resignación


como miembro vitalicio
de la clase laboral
me resigno a estar en el mostrador
saludando cordialmente los parroquianos

pero les confieso :
me gustaría ser el hijo de Al capone
vivir de su patrimonio
apadrinando fiestas indecorosas

dándole de beber
a cualquier sediento
cansado de su condición








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Hospital Naval


la embarcación de cemento
sobre el asfalto se muestra impotente
y ni los vientos más tormentosos pueden moverlo

en sus ventanas esféricas
el afuera se refleja
como giros sucesivos

las chicas de traje blanco
y guantes acrílicos
nos incrustan sus jeringas
cargadas de anestesia

mientras mis venas absorben el suero
me veo aislado en este navío
como uno de los muchos tripulantes
que aguardan echados en camas altas
para irse nadando en un sueño
o salir caminando








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Durmiendo de día


al abrir los ojos
los sueños se pierden
como una descarga eléctrica
y el humo que sale de mis pestañas
se desvanece con los fantasmas en la luz

duermo de día
espero la noche
mi cama se niega a soltarme
con sus frazadas me atrapa
tomando la forma de mi cuerpo

despertar solo
es como perderse en un desierto
el agua que crees ver
no es más que la misma arena
que te raspa la garganta

pero al lado de tu cuerpo
la naturaleza es aun más salvaje
y tengo ganas
de que cada respiración
sea como un tornado
que vuelve a enredarme los cabellos








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Hilando nuestro goce


pétalo por pétalo
deshojo las flores de tu vestido

dejando los trocitos de algodón
deshilándose entre mis dedos

despojándose del jardín tejido
para que aflores amazónica
ante mis ojos








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Invierno matinal


para él que me enseñó a trabajar
le deseo el doble de mis molestias
espero que siga ocupado
y cumpliendo horario

lo evoco
con mis labios partidos
por este invierno matinal
prensado en un autobús
marcho con el resto
a consumar mi pena








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El hombre que empuja la camilla


por los pasillos blancos
de luces frías
un hombre saludable
va empujando la camilla

él conoce el camino
sabe hacia dónde va
pero no sabe a dónde me lleva

sin apuro
con auriculares en los oídos
no escucha mis preguntas

solemne en aplicar su fuerza
no repara en los ojos que se hunden
en el chillido del camino








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Decibelio corporal


en los altos decibeles
el suelo pierde estabilidad
y el espíritu toma
sórdidas fantasías corporales

las mujeres blancas
gritan obscenas
al cuerpo oscuro
que afinado se mueve
con el brillo de su piel húmeda

y el ritmo va alterando el clima
donde la eternidad se hace el instante
de esta lujuria sonora
a la que nadie teme entregarse








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Tu verano en el océano


no dejes que el mar
te convierta en sirena
       acá en la urbe
los autos pasan encima de la gente
y las modernas estructuras empiezan a oxidarse

pero cuando las calles
se muestran despejadas
puede sentirse de a poco
cómo fluye el magnetismo

antojado de tu brisa
en mi cuerpo siento tu marea
y pienso en toda esa agua
donde las profecías pronostican nuestro ahogo









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Daniel Oblitas (1983-2011)
Lima, Perú.

Céfiro labial - 2010
Editorial: Huesos de Jibia.

5/12/14

Raymond Carver: "Hubo una época que hubiera muerto por amor..."


Esta mañana


Esta mañana pasó algo. Un poco de nieve
tirada en el suelo. El sol flotaba en un claro
cielo azul. El mar era azul y azulverdoso,
hasta donde se podía ver.
Apenas agitado. En calma. Me vestí y me fui
a dar un paseo - decidí no volver
hasta tomar lo que la naturaleza tenía para ofrecer.
Pasé cerca de algunos árboles viejos, encorvados.
Crucé un campo sembrado con rocas
donde la nieve se había desplazado. Seguí
hasta llegar al acantilado.
Donde miraba el mar y el cielo, y
las gaviotas revoloteando sobre la playa blanca
muy por debajo. Todo precioso. Todo bañado en una pura
luz fría. Pero, como siempre, mis pensamientos
comenzaron a vagar. Tuve la fuerza
de voluntad para ver lo que estaba viendo
y nada más. Tuve que decirme a mí mismo esto es lo
que importa, no lo otro. (Y lo vi,
¡por uno o dos minutos!) Por un minuto o dos
se desplazaron las reflexiones habituales
sobre lo que era correcto y lo que no - obligaciones,
recuerdos emotivos, pensamientos sobre la muerte, cómo debería tratar
a mi ex esposa. Todas las cosas
que esperaba que se fueran esta mañana.
Las cosas que vivo cada día. Qué
he pisoteado con el fin de seguir con vida.
Pero por un minuto o dos me olvidé
de mí mismo y todo lo demás. Sé que lo hice.
Para cuando me di vuelta no sabía
donde estaba. Hasta algunos pájaros ascendieron
de los árboles nudosos. Y volaron
en la dirección que tenía que ir.








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Un atardecer


Mientras él escribe, sin mirar el mar,
siente la punta de su lapicera empieza a temblar.
La marea está bajando por los guijarros.
Pero no es eso. No,
es porque en ese momento ella elige
entrar en la habitación sin nada de ropa.
Somnolienta, ni siquiera segura de dónde está
por un momento. Agita su flequillo.
Se sienta en el inodoro con los ojos cerrados,
cabeza gacha. Piernas extendidas. Él la ve
a través de la puerta. Quizás
ella está recordando lo que pasó esa mañana.
Para después de un momento, ella abre un ojo y lo mira.
Y dulcemente sonríe.








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La telaraña


Hace unos minutos, subí hasta la terraza
de la casa. Desde ahí pude ver y oír el agua,
y todo lo que me pasó durante estos años.
Estaba tranquilo y caluroso. La marea estaba baja.
No había pájaros cantando. Mientras me apoyé en el pasamanos
una telaraña me tocó la frente.
Se pegó en mi pelo. Nadie puede culparme de que giré
y entré en la casa. No había viento. El mar
en completa calma. Colgué la telaraña en el velador.
Donde de vez en cuando la veo temblar, cuando mi aliento
la toca. Un hilo fino. Intricado.
Dentro de poco, antes de que nadie se dé cuenta,
me habré ido de acá.








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El correo


En mi escritorio, una postal de mi hijo
en el sur de Francia, El Midi,
lo llama él. Cielos azules. Casas hermosas
cargadas con begonias. Sin embargo
se está hundiendo, necesita dinero rápido.

Al lado de su postal, una carta
de mi hija contándome de su hombre viejo,
el freak de la velocidad, está desarmando
una motocicleta en la sala de estar.
Están existiendo a base de harina de avena,
ella y sus hijos. Por el amor de Dios,
Podría pedir un poco de ayuda.

Y ahí está la carta de mi madre
que está enferma y perdiendo el juicio.
Me dice que no estará por acá
dentro mucho. ¿No podría ayudarle a hacer
ésta última mudanza? ¿No podría pagarle
para que tenga una casa propia?

Salgo afuera. Pensando al caminar
hacia el cementerio para un poco tranquilidad.
Pero el cielo está alborotado.
Las nubes, enormes e hinchadas de oscuridad,
a punto de estallar.

Es ntonces que el cartero viene
por la entrada. Su cara
es la de un reptil, brillante y contraída.
Su mano vuelve - ¡como si atacara!
Es el correo.








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La sala de autopsias


Cuando era joven y tenía la fuerza de diez hombres.
Para cualquier cosa, pensaba. Aunque parte de mi trabajo
nocturno era limpiar la sala de autopsias
una vez que se realizara el trabajo del forense. Pero de vez
en cuando terminaban temprano o muy tarde.
Por lo que, para ayudarme, dejaban las cosas
en su mesa especialmente construida. Un pequeño bebé,
inmóvil como una piedra y frío como nieve. En otra ocasión,
un gran hombre negro con el pelo blanco cuyo pecho
estaba abierto. Todos sus órganos vitales
puestos en una sartén al lado de su cabeza. La manguera
seguía funcionando, las luces del techo brillaban.
Y una vez había una pierna, la pierna de una mujer,
sobre la mesa. Pálida y bien proporcionada.
Sabía para lo que era. Los había visto antes.
Aún así, me quedé sin aliento.

Cuando fui a casa por la madrugada mi esposa decía:
"Cariño, todo va a estar bien. Cambiemos
esta vida por otra." Pero no fue
así de fácil. Tomó mi mano entre sus manos
y la mantuvo apretada, mientras me recosté en el sofá
y cerré los ojos. Pensando en... algo.
No sé qué. Pero dejé que llevara
mi mano a su pecho. Momento en el que
abría los ojos y miré al techo, o bien
el suelo. Entonces mis dedos se fueron a su pierna.
Que era cálida y bien formada, dispuesta a temblar
y elevarse ligeramente, al menor contacto.
Pero mi mente estaba confusa y sacudida. Nada
estaba pasando. Todo estaba pasando. La vida
era una piedra que se iba moliendo y afilando.








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Donde habían vivido


Dondequiera que él iba ese día caminaba
en su propio pasado. Pateaba a través de pilas
de recuerdos. Miraba por ventanas
que ya no le pertenecían.
El trabajo, la pobreza y la injusticia.
En esos días habían vivido por sus voluntades,
determinaron ser invencibles.
Nada podía detenerlos. No
por un largo rato.

En la habitación de un motel
Esa noche, en las horas de la madrugada,
él abrió una cortina. Vió nubes
cubriendo la luna. Se apoyó
cerca del vidrio. El aire frío lo
traspasó y puso su mano sobre su corazón.
Yo te amé, pensó.
Te amé profundamente.
Antes de no amarte más.








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Recuerdo (2)


Ella pone su mano en el hombro de él
en la línea de cajas. Pero él
no se irá con ella, y él sacude su cabeza.

¡Ella insiste! Él paga. Ella lo acompaña
hasta su gran auto, le echa un vistazo,
se ríe de él. Toca su mejilla.

Lo deja con sus comestibles
en el estacionamiento. Sintiéndose tonto.
sintiéndose disminuido. Todavía pagando.








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El auto


El auto con el parabrisas rajado.
El auto que partió una herramienta.
El auto sin frenos.
El auto con un eje defectuoso.
El auto con un agujero en el radiador.
El auto donde junté melocotones.
El auto con un bloque agrietado.
El auto sin marcha atrás.
El auto que cambié por una bicicleta.
El auto con problemas de dirección.
El auto con problemas en el generador.
El auto sin asiento trasero.
El auto con el asiento delantero roto.
El auto que quemaba aceite.
El auto con las mangueras podridas.
El auto que se fue del restaurante sin pagar.
El auto con llantas lisas.
El auto sin aire frío ni calor.
El auto con las ruedas delanteras desalineadas.
El auto donde el niño vomitó.
El auto donde yo vomité.
El auto con la bomba de agua rota.
El auto cuyo velocímetro se disparó.
El auto con la culata golpeada.
El auto que abandoné al costado del camino.
El auto que filtraba monóxido de carbono.
El auto con el carburador sucio.
El auto que atropelló a un perro y siguió.
El auto con el silenciador perforado.
El auto sin caño de escape.
El auto que de mi hija destruyó.
El auto con el motor dos veces reconstruído.
El auto con los cables de la batería pelados.
El auto comprado con un cheque sin fondos.
Auto de mis noches de insomnio.
El auto con un termostato atorado.
El auto cuyo motor se incendió.
El auto sin luces.
El auto con una correa de ventilación rota.
El auto con los limpiaparabrisas que no funcionan.
El auto que regalé.
El auto con problemas de transmisión.
El auto que lavaba con mis manos.
El auto que golpeé con un martillo.
El auto cuyas cuotas no podía pagar.
El auto recuperado.
El auto con embragues rotos.
El auto que esperaba en el aparcamiento trasero.
Auto de mis sueños.
Mi auto.








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Estúpido


Es lo que los niños hoy en día llaman maleza. Y se desplaza
como nubes de sus labios. Él espera que nadie
venga esta noche, o llame para pedir ayuda.
La ayuda es qué sea lo más breve para él esta noche.
Una tormenta azota afuera. Los mares están bravos
con vientos fuertes del oeste. La mesa en la que se sienta
es, digamos, dos codos de largo y uno de ancho.
La oscuridad en la sala está llena de perspicacia.
Podría ser que va a escribir una novela de aventuras. O bien
un cuento para niños. Una obra para dos personajes femeninos,
una de los cuales es ciega. La ferocidad debe venir
del río. Una cosa que va a hacer es aprender
a atar sus propias moscas. Tal vez debería dar
más dinero para cada uno de sus sobrevivientes
miembros de la familia. Los únicos que ya esperan un poco
en el primer correo de cada mes.
Cada vez que le escriben le cuentan
que van a venir poco tiempo. Él cuenta las cabezas en sus dedos
y descubre que todos están sobreviviendo. Entonces ¿qué pasa
si él prefiere ser recordado en los sueños de extraños?
Levanta sus ojos a los tragaluces donde la lluvia
martilla. Al poco tiempo -
¿quién sabe por cuánto? - Sus ojos piden
que se cierren. Y los cierra.
Pero la lluvia sigue martillando. ¿Es este un aguacero?
¿Debería hacer algo? ¿Asegurar la casa
de alguna manera? El tío Bo estuvo casado con la tía Rubí por 47 años. Después se ahorcó.
Él abre los ojos de nuevo. Nada tiene sentido.
Todo tiene sentido. ¿Cuánto durará esta tormenta?








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Los desnudos de Bonnard


Su esposa. Durante cuarenta años la pintó.
Una y otra vez. El desnudo en su último cuadro
es la misma joven desnuda del primero. Su esposa.

Como él la recordaba joven. Como ella era joven.
Su esposa en el baño. En el tocador
frente al espejo. Desvestida.

Su esposa con las manos bajo sus pechos
mirando hacia el jardín.
El sol otorgando calidez y color.

Cada ser vivo floreciendo ahí.
Ella joven y trémula y más deseable.
Cuando ella murió, él pintó un tiempo más.

Algunos paisajes. Después murió.
Y lo enterraron al lado de ella.
Su joven esposa.








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La tele de Jean


Mi vida está en equilibrio
estos días. Aunque ¿quién podría decir
que nunca flaquearé otra vez?
Esta mañana me acordé
de una novia que tuve justo después
de que terminó mi matrimonio.
Una chica dulce llamada Jean.
Al principio, no tenía idea
de lo malas que eran las cosas. Tomó
su tiempo. Pero me amaba
un montón de todos modos, me dijo.
Y sé que era verdad.
Me dejó quedarme en su casa
donde dirigía
el negocio más miserable de mi vida
a través de su teléfono. Compraba
mi bebida, pero me decía
que no era un borracho
como esos otros dijeron.
Firmaba cheques para mí
y los dejaba sobre su almohada
cuando se iba a trabajar.
Me regaló un chaqueta Pendleton
esa Navidad, una que todavía uso
Por mi parte, le enseñé a beber.
Y a cómo dormirse
con la ropa puesta.
Cómo despertar
llorando en medio de la noche.
Cuando me fui, ella me pagó dos meses
del alquiler. Y me regaló
su tele en blanco y negro.
Hablamos por teléfono una vez,
meses después. Estaba borracha.
Y, claro, yo también.
Lo último que me dijo fue,
¿Voy a ver a mi tele de nuevo?
Miré alrededor de la habitación
como si la tele pudiera repentinamente
aparecer en su lugar
sobre la silla de la cocina. O, más bien
salir de un armario
y presentarse. Pero esa tele
se había rodado por el camino.
semanas antes. La tele que Jean me dio.
No le conté eso.
Mentí, por supuesto. Pronto, le dije
muy pronto.
Y colgué el teléfono
después, o antes de que ella cuelgue.
Pero esas palabras de sueño altisonantes
mías me hicieron sentir
que había llegado al final de una historia.
Y ahora, ésta última falsedad
detrás de mí,
                                 podría descansar.








Mesopotamia


Despertando antes del amanecer, en una casa que no era la mía.
Oigo una radio sonando en la cocina.
Una bruma se desplaza afuera de la ventana mientras
la voz de una mujer da las noticias, y después el clima.
Oigo eso, y el sonido de la carne
cocinándose en grasa caliente en la sartén.
Escucho un poco más, medio dormido. Es como,
pero a la vez no, cuando era un niño y estaba en la cama,
en la oscuridad, escuchando a una mujer llorando,
y la voz de un hombre sacado de ira o desesperación,
la radio funcionando todo el tiempo. En vez de eso,
lo que oí esta mañana es el hombre de la casa
diciendo: "¿Cuántos veranos me quedan?
Respondeme eso. "No hay respuesta de la mujer
que pueda oír. Pero ¿qué podía responder,
a semejante pregunta? En un minuto,
Oigo la voz de él hablando de alguien que creo
debió haberse ido: "Ese hombre podría decir,
   '¡Oh, Mesopotamia!'
y mover su audiencia hasta las lágrimas".
Me levanto de la cama a la vez y me pongo mis pantalones.
Demasiada luz en la habitación que pueda ver
donde estoy, por fin. Soy un hombre adulto, después de todo,
y estas personas son mis amigos. Las cosas
no van bien para ellos en este momento. O les
va mejor que nunca
porque se levantan temprano y hablan
de cosas de la consecuencia
como la muerte y la Mesopotamia. De cualquier forma,
me siento siendo atraído a la cocina.
Tanto que es misterioso e importante
está pasando ahí esta mañana.








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La selva


"Sólo tengo dos manos"
la hermosa azafata
dice. Ella continuó
por el pasillo con su bandeja y
sin prestarle atención,
él piensa. Mientras se aleja,
muy por debajo, algunas luces
de un pueblo sobre
una colina en la selva.
Tantas cosas imposibles
le sucedieron,
no se sorprende cuando ella
vuelve a sentarse en el
asiento vacío al otro lado del suyo.
"¿Se va a bajar
en Río, o va hasta Buenos Aires? "
Una vez más expone
sus hermosas manos.
Los anillos de plata pesados
en sus dedos, la pulsera de oro
rodeando su muñeca.
Están en algún lugar en el aire
sobre el Mato Grosso.
Es muy tarde.
Él sigue contemplando sus manos.
Buscando sus dedos entrelazados.
En meses después, es
difícil recordar eso.








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Esperanza

"Mi mujer -dijo Pinnegar- espera verme tirado como un perro
cuando me deje. Es su última esperanza".

D. H. Lawrence, "Jimmy and the Desperate Woman"


Ella me dio el auto y doscientos
dólares. Dijo: Adiós, nene.
Tomalo con calma, ¿me oís? Tanto
por veinte años de matrimonio.
Ella sabe, o cree saber,
que me voy a gastar la pasta
en un día o dos, y que al final
destruiré el auto - que estaba
a mi nombre y necesitaba revisarse de todos modos.
Cuando me fuí, ella y su novio -
estaban cambiando la cerradura
de la puerta principal. Me saludaron.
Les devolví el saludo para hacerles saber
que no me importaban
ellos. Después aceleré hacia
el límite del estado. Estaba sacado.
Ella tenía razón para pensar así.

Fui por los perros, y nos
hicimos buenos amigos.
Pero seguí adelante. Salí
a un largo camino sin detenerme.
Dejé los perros, mis amigos, atrás.
Sin embargo, cuando asomé
mi cara en esa casa otra vez
meses, o años, más tarde, manejando
un auto diferente, ella lloró
cuando me vio en la puerta.
Sobrio. Vestido con una camisa limpia,
pantalones y botas. Su última esperanza
devastada.
Ella no tenía más
nada que esperar.








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La chica sensible


Este es el cuarto día que he estado acá.
Pero, no es broma, hay una araña
en este panel de vidrio
que estuvo merodeando bastante tiempo. No se
mueve, pero sé que está viva.

Me parece muy bien que las luces esten entrando
en los valles. Es lindo acá,
y tranquilo. El ganado esta yendo a casa.
si así lo escucho, puedo oír los cencerros
y después una cachetada del conductor
con un palo. Hay neblina
sobre estas grumosas colinas suizas. Debajo de la casa,
una carrera del agua a través de los alisos.
Los chorros de agua lanzados arriba,
dulces y llenos de esperanza.

Hubo una época
que hubiera muerto por amor.
Ya no más. El centro no se mantendría.
Colapsaría. Se desprendería
sin luz. Su órbita
una órbita de cansancio. Pero me preocupa
esa época y desearía saber por qué.
¿Quién quiere recordar
cuando la pobreza y la desgracia empujaron
a través de la puerta, seguido por un policía
invirtiendo la escena
con tan horrible autoridad?
El pestillo fue sujetado, pero
eso nunca detuvo a nadie en aquel entonces.
Hey, nadie respiraba en aquellos días,
¡Pregúntele a ella, si no me creen!
Suponiendo que usted podría encontrarla y
hacerla hablar. Esa chica que soñaba
y cantaba. Quién a veces tarareaba
cuando hacía el amor. La chica sensible.
La única que se quebró.

Soy un hombre maduro ahora, y algo más.
Entonces, ¿cuánto tiempo tengo?
¿Cuánto tiempo más para esa araña?
¿Dónde se fue en estos dos días de otoño,
mientras las hojas caen?

El ganado ha entrado en su establo.
El hombre con el palo levanta su brazo.
Después cierra y sujeta la puerta.

Me encuentro a mí mismo, al fin, en perfecto silencio.
Sabiendo lo poco que queda.
Sabiendo que tengo que amarlo.
Deseando amarlo. Tanto para nuestro bien.







(versiones en castellano: Hugo Zonáglez)


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This Morning



This morning was something. A little snow
lay on the ground. The sun floated in a clear
blue sky. The sea was blue, and blue-green,
as far as the eye could see.
Scarcely a ripple. Calm. I dressed and went
for a walk -- determined not to return
until I took in what Nature had to offer.
I passed close to some old, bent-over trees.
Crossed a field strewn with rocks
where snow had drifted. Kept going
until I reached the bluff.
Where I gazed at the sea, and the sky, and
the gulls wheeling over the white beach
far below. All lovely. All bathed in a pure
cold light. But, as usual, my thoughts
began to wander. I had to will
myself to see what I was seeing
and nothing else. I had to tell myself this is what
mattered, not the other. (And I did see it,
for a minute or two!) For a minute or two
it crowded out the usual musings on
what was right, and what was wrong -- duty,
tender memories, thoughts of death, how I should treat
with my former wife. All the things
I hoped would go away this morning.
The stuff I live with every day. What
I've trampled on in order to stay alive.
But for a minute or two I did forget
myself and everything else. I know I did.
For when I turned back i didn't know
where I was. Until some birds rose up
from the gnarled trees. And flew
in the direction I needed to be going.








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An Afternoon


As he writes, without looking at the sea, 
he feels the tip of his pen begin to tremble. 
The tide is going out across the shingle. 
But it isn't that. No, 
it's because at that moment she chooses 
to walk into the room without any clothes on. 
Drowsy, not even sure where she is 
for a moment. She waves the hair from her forehead. 
Sits on the toilet with her eyes closed, 
head down. Legs sprawled. He sees her 
through the doorway. Maybe 
she's remembering what happened that morning. 
For after a time, she opens one eye and looks at him. 
And sweetly smiles.








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The Cobweb


A few minutes ago, I stepped onto the deck 
of the house. From there I could see and hear the water, 
and everything that's happened to me all these years. 
It was hot and still. The tide was out. 
No birds sang. As I leaned against the railing 
a cobweb touched my forehead. 
It caught in my hair. No one can blame me that I turned 
and went inside. There was no wind. The sea 
was dead calm. I hung the cobweb from the lampshade. 
Where I watch it shudder now and then when my breath 
touches it. A fine thread. Intricate. 
Before long, before anyone realizes, 
I'll be gone from here.








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The Mail


On my desk, a picture postcard from my son
in Southern France, The Midi, 
he calls it. Blue skies. Beautiful houses
loaded with begonias. Nevertheless
he’s going under, needs money fast.

Next to his card, a letter
from my daughter telling me her old man,
the speed-freak, is tearing down
a motorcycle in the living room.
They’re existing on oatmeal,
she and her children. For God’s sake,
She could use some help.

And there’s the letter from my mother
who is sick and losing her mind.
She tells me she won’t be here
much longer. W on’t I help her make
this one last move? Can’t I pay
for her to have a home of her own?

I go outside. Thinking to walk
to the graveyard for some comfort.
But the sky is in turmoil.
The clouds, huge and swollen with darkness,
about to spew open

It’s then the postman turns into
the drive. His face
is a reptile’s, glistening and working.
His hand goes back – as if to strike!
It’s the mail.








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The Autopsy Room 


Then I was young and had the strength of ten.
For anything, I thought. Though part of my job
at night was to clean the autopsy room
once the coroner's work was done. But now
and then they knocked off early, or too late.
For, so help me, they left things out
on their specially built table. A little baby,
still as a stone and snow cold. Another time,
a huge black man with white hair whose chest
had been laid open. All his vital organs
lay in a pan beside his head. The hose
was running, the overhead lights blazed.
And one time there was a leg, a woman's leg,
on the table. A pale and shapely leg.
I knew it for what it was. I'd seen them before.
Still, it took my breath away.

When I went home at night my wife would say,
"Sugar, it's going to be all right. We'll trade
this life in for another." But it wasn't
that easy. She'd take my hand between her hands
and hold it tight, while I leaned back on the sofa
and closed my eyes. Thinking of . . . something.
I don't know what. But I'd let her bring
my hand to her breast. At which point
I'd open my eyes and stare at the ceiling, or else
the floor. Then my fingers strayed to her leg.
Which was warm and shapely, ready to tremble
and raise slightly, at the slightest touch.
But my mind was unclear and shaky. Nothing
was happening. Everything was happening. Life
was a stone, grinding and sharpening.








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Where they'd lived


Everywhere he went that day he walked
in his own past. Kicked through piles
of memories. Looked through windows
that no longer belonged to him.
Work and poverty and short change.
In those days they'd lived by their wills,
determined to be invincible.
Nothing could stop them. Not
for the longest while.

In the motel room
that night, in the early morning hours,
he opened a curtain. Saw clouds
banked against the moon. He leaned
closer to the glass. Cold air passed
through and put its hand over his heart.
I loved you, he thought.
Loved you well.
Before loving you no longer.








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Memory (2)


She lays her hand on his shoulder
at the checkout stand. But he won't 
go with her, and shakes his head.

She insists! He pays. She walks out
with him to his big car, takes one look,
laughs at it. Touches his cheek.

Leaves him with his groceries
in the parking lot. Feeling foolish.
Feeling diminished. Still paying.








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The Car


The car with a cracked windshield.
The car that threw a rod.
The car without brakes.
The car with a faulty U-joint.
The car with a hole in its radiator.
The car I picked peaches for.
The car with a cracked block.
The car with no reverse gear.
The car I traded for a bicycle.
The car with steering problems.
The car with generator trouble.
The car with no back seat.
The car with the torn front seat.
The car that burned oil.
The car with rotten hoses.
The car that left the restaurant without paying.
The car with bald tires.
The car with no heater or defroster.
The car with its front end out of alignment.
The car the child threw up in.
The car I threw up in.
The car with the broken water pump.
The car whose timing gear was shot.
The car with a blown head-gasket.
The car I left on the side of the road.
The car that leaked carbon monoxide.
The car with a sticky carburetor.
The car that hit the dog and kept going.
The car with a hole in its muffler.
The car with no muffler.
The car my daughter wrecked.
The car with the twice-rebuilt engine.
The car with corroded battery cables.
The car bought with a bad check.
Car of my sleepless nights.
The car with a stuck thermostat.
The car whose engine caught fire.
The car with no headlights.
The car with a broken fan belt.
The car with wipers that wouldn't work.
The car I gave away.
The car with transmission trouble.
The car I washed my hands of.
The car I struck with a hammer.
The car with payments that couldn't be met.
The repossessed car.
The car whose clutch-pin broke.
The car waiting on the back lot.
Car of my dreams.
My car.








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Stupid


It’s what the kids nowadays call weed. And it drifts
like clouds from his lips. He hopes no one
comes along tonight, or calls to ask for help.
Help is what he’s most short on tonight.
A storm thrashes outside. Heavy seas
with gale winds from the west. The table he sits at
is, say, two cubits long and one wide.
The darkness in the room teems with insight.
Could be he’ll write an adventure novel. Or else
a children’s story. A play for two female characters,
one of whom is blind. Cutthroat should be coming
into the river. One thing he’ll do is learn
to tie his own flies. Maybe he should give
more money to each of his surviving
family members. The ones who already expect a little
something in the mail first of each month.
Every time they write they tell him
they’re coming up short. He counts heads on his fingers
and finds they’re all survivng. So what
if he’d rather be remembered in the dreams of strangers?
He raises his eyes to the skylights where rain
hammers on. After a while –
who knows how long? — his eyes ask
that they be closed. And he closes them.
But the rain keeps hammering. Is this a cloudburst?
Should he do something? Secure the house
in some way? Uncle Bo stayed married to Aunt Ruby for 47 years. Then hanged himself.
He opens his eyes again. Nothing adds up.
It all adds up. How long will this storm go on?









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Bonnard's Nudes


His wife. Forty years he painted her.
Again and again. The nude in the last painting
the same young nude as the first. His wife.

As he remembered her young. As she was young.
His wife in her bath. At her dressing table
in front of the mirror. Undressed.

His wife with her hands under her breasts
looking out on the garden.
The sun bestowing warmth and color.

Every living thing in bloom there.
She young and tremulous and most desirable.
When she died, he painted a while longer.

A few landscapes. Then died.
And was put down next to her.
His young wife.









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Jean's TV


My life’s on an even keel
these days. Though who’s to say
it’ll never waver again?
This morning I recalled
a girlfriend I had just after
my marriage broke up.
A sweet girl named Jean.
In the beginning, she had no idea
how bad things were. It took
a while. But she loved me
a bunch anyway, she said.
And I know that’s true.
She let me stay at her place
where I conducted
the shabby business of my life
over her phone. She bought
my booze, but told me
I wasn’t a drunk
like those others said.
Signed checks for me
and left them on her pillow
when she went off to work.
Gave me a Pendleton jacked
that Christmas, one I still wear
For my part, I taught her to drink. 
And how to fall asleep 
with her clothes on. 
How to wake up
weeping in the middle of the night.
When I left, she paid two months’ 
rent for me. And gave me
her black and white TV.
We talked on the phone once,
months later. She was drunk.
And, sure, I was drunk too.
The last thing she said to me was,
Will I ever see my TV again?
I looked around the room
as if the TV might suddenly
appear in its place
on the kitchen chair. Or else
come out of a cupboard
and declare itself. But that TV
had gone down the road.
weeks before. The TV Jean gave me.
I didn’t tell her that.
I lied, of course. Soon, I said
very soon now.
And put down the phone
after, or before she hung up.
But those sleep-sounding words
of mine making me feel
I’d come to the end of a story.
And now, this one last falsehood
behind me,
                 I could rest. 









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Mesopotamia


Waking before sunrise, in a house not my own.
I hear a radio playing in the kitchen.
Mist drifts outside the window while
a woman's voice gives the news, and then the weather.
I hear that, and the sound of meat
as it connects with hot grease in the pan.
I listen some more, half asleep. It's like,
but not like, when I was a child and lay in bed,
in the dark, listening to a woman crying,
and a man's voice raised in anger, or despair,
the radio playing all the while. Instead,
what I hear this morning is the man of the house
saying "How many summers do I have left?
Answer me that."  There's no answer from the woman
that I can hear. But what could she answer,
given such a question?  In a minute,
I hear his voice speaking of someone who I think
must be long gone: "That man could say,
  'O, Mesopotamia!'
and move his audience to tears."
I get out of bed at once and draw on my pants.
Enough light in the room that I can see
where I am, finally. I'm a grown man, after all,
and these people are my friends. Things
are not going well for them just now. Or else
they're going better than ever
because they're up early and talking
about such things of consequence
as death and Mesopotamia. In any case,
I feel myself being drawn to the kitchen.
So much that is mysterious and important
is happening out there this morning.








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The Jungle


"I only have two hands,"
the beautiful flight attendant
says. She continues
up the aisle with her tray and
out of his life forever,
he thinks. Off to his left,
far below, some lights
from a village high
on a hill in the jungle. 
So many impossible things
have happened,
he isn't surprised when she
returns to sit in the
empty seat across from his.
"Are you getting off
in Rio, or going on to Buenos Aires?" 
Once more she exposes
her beautiful hands.
The heavy silver rings that hold
her fingers, the gold bracelet
encircling her wrist.  
They are somewhere in the air
over the steaming Mato Grosso.
It is very late.
He goes on considering her hands.
Looking at her clasped fingers.
It's months afterwards, and
hard to talk about.








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Hope

“my wife,” says Pinnegar, “expects to see me go to the dogs when she leaves me. It is her last hope.”

–D.H. Lawrence, “Jimmy and the Desperate Woman”

She gave me the car and two
hundred dollars. Said, So long, baby.
Take it easy, hear? So much 
for twenty years of marriage.
She knows, or thinks she knows, 
I’ll go through the dough
in a day or two, and eventually
wreck the car — which was
in my name and needed work anyway.
When i drove off, she and her boy —
friend were changing the lock 
on the front door. They waved.
I waved back to let them know
I didn’t think any the less 
of them. Then sped toward
the state line. I was hell-bent. 
She was right to think so.

I went to the dogs, and we
became good friends.
But I kept going. Went
a long way without stopping.
Left the dogs my friends, behind.
Nevertheless, when I did show
my face at that house again
months, or years, later, driving
a different car, she wept
when she saw me at the door.
Sober. Dressed in a clean shirt,
pants and boots. Her last hope
blasted.
She didn’t have a thing
to hope for anymore.










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The Sensitive Girl

This is the fourth day I’ve been here.
But, no joke, there’s a spider
on this pane of glass
that’s been around even longer. It doesn’t
move, but I know it’s alive.

Fine with me that lights are coming on
in the valleys. It’s pretty here,
and quiet. Cattle are being driven home.
If I listen, I can hear cowbells
and then the slap-slap of the driver’s
stick. There’s haze
over these lumpy Swiss hills. Below the house,
a race of water through the alders.
Jets of water tossed up,
sweet and hopeful.

There was a time
I would’ve died for love.
No more. The center wouldn’t hold.
It collapsed. It gives off
no light. Its orbit
an orbit of weariness. But I worry
that time and wish I knew why.
Who wants to remember
when poverty and disgrace pushed
through the door, followed by a cop
to invest the scene
with horrible authority?
The latch was fastened, but
that never stopped anybody back then.
Hey, no one breathed in those days,
Ask her, if you don’t believe me!
Assuming you could find her and
make her talk. That girl who dreamed
and sang. Who sometimes hummed
when she made love. The sensitive girl.
The one who cracked.

I’m a grown man now, and then some.
So how much longer do I have?
How much longer for that spider?
Where will he go, two days into fall,
the leaves dropping?

The cattle have entered their pen.
The man with the stick raises his arm.
Then closes and fastens the gate.

I find myself, at last, in perfect silence.
Knowing the little that is left.
Knowing I have to love it.
Wanting to love it. For both our sake.





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Raymond Carver (1938-1988)
Clatskanie, Oregón, Estados Unidos.

Ultramarine - 1986
Random House, New York.