23/3/15

Philip Levine: "el mundo que perdiste será una sola oscuridad..."


Irse antes del anochecer


Si tomás la autopista de dos carriles de Tetuán a Fez,
llegarás a un cruce cerca de la mitad del recorrido
donde los carteles están en árabe y los números
desaparecieron. Si un hombre con un bastón de pastor
se agacha bajo un cedro y escupe cáscaras
de pipas de girasol es que llegaste al lugar indicado.
Arrodillate hasta sentir el frío subiendo
despacio entre tus muslos, para instalarse en la cadera.
La luz del sol te arde a lo largo de la nuca
e incita tu cabeza a moverse hacia adelante y atrás,
hasta que adoptaste la postura del que reza. Una hora pasada del mediodía
principio del año y ya las sombras oscurecen
el pasto amarillo y llenan los surcos marcados
por los neumáticos de las camionetas. Estás muy cansado. Manejaste
toda la noche entre las dormidas villas romanas de Tarragona
y Alicante, el pueblo blanco de Lorca, en donde el pan
sabía a níquel y a fosfato. Dormiste al lado
de una cueva con ojos pintados y conversaste solo para vos,
atravesaste los cañones con la cara al viento,
con el agua salada colmando tus orejas como un chorro de música
batiendo sobre roca húmeda. La verdad es que no
buscás la verdad, para nada. Escuchá por fin en silencio
a alguien que no es sabio, a alguien
más perdido que vos: bajo un cielo de estaño lluvioso,
en el pueblo de montaña de Mulay Idrís, paré
a un extraño alto y envuelto en la capa raída con que Esaú
huyó de Dios, y le pregunté dónde podía comprar una botella
de agua de lluvia o vino tinto. Él negó con la cabeza despacio, y dijo:
“Esta es una ciudad sagrada”. Los dos permanecimos cara a cara
en aquella solitaria calle de barro que se desperdigaba en siete
chozas de arcilla marrón, cada una con su puerta cerrada
al rechinar de los pájaros negros. “¿Entonces?”, dije.
“Entonces,” me respondió con un inglés perfecto, “si no te vas
antes del anochecer, te cortaré la garganta,” y él
sonrió trazando una herida sobre el corto espacio
que nos separaba. Así que hice dedo hasta Ceuta
con una pareja alemana que negociaba un extraño polen
que me quemaba la nariz. Cerca de las playas secadas
de Passaic, me dediqué a la electrónica e hice mis paces
con obsolescencia. Si no podés oírme escuchá
al menos a quien reza en la tierra del que brota el perfume
del nacimiento y los gusanos, o a los salmos de alas oscuras y húmedas
de las urracas. Ellas se instalan a tu alrededor
fingiendo encontrar granos de trigo entre los espinillos,
semillas en los espesos montículos de pasto, fingiendo que vinieron
por su cuenta o porque sintieron la curiosidad,
fingiendo que la lluvia mantiene sus promesas. A las siete
y media, esta noche, el mundo que perdiste será una sola oscuridad,
una pluma de terciopelo cerrado, un párpado de urraca.









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*Llanto


Ciruelo, almendro, cerezo vinieron y fueron,
la glicina se ha desvanecido en
el amanecer, las rosas ennegrecidas que se oxidan
a lo largo de la cerca de alambre de púas explica

cómo abril pasó tan rápidamente en
este viento fuerte que esperó en el oeste.
Por delante el verano y el sol entero
cabalgando a gusto encima de la ciudad aturdida

ya no más tuya. Hermano, te fuiste,
lo que era tierra volvió a la tierra,
lo que era humano dispersado como la lluvia
en los ojos salvajes oscurecidos de hierbas

que lo ven todo, en el valle de robles
que no cantará, que ni siquiera hablará.








*original en castellano


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No pido nada


En vez caminé solo por la noche
saliendo de la ciudad hacia los campos
durmiendo bajo un cielo oscuro;
el polvo levantado de tus pasos se transforma
en una lluvia de oro caída
hacia la tierra como un regalo de un dios desconocido.
Los plátanos a lo largo de la orilla del canal cubren
los pocos álamos del valle, contienen la respiración
mientras cruzás el puente de madera que lleva
a ninguna parte que no hayas estado, por eso este paseo
se repite una o más veces al día.
Es por eso que a lo lejos se ve
más allá de las primeras cimas de las colinas bajas
donde nada crece, hombres y mujeres
en mulas, en caballos, algunos incluso
a pie, toda la familia perdida vos
nunca rezaste ver, rezás para verte,
cantando y coreando para traer la luna
abajo en la última luz del sol.
Detrás de vos las ventanas de la ciudad
parpadean, las casas se cierran;
adelante las voces se desvanecen como la música
sobre aguas profundas, y después se van;
incluso los repentinos pinzones
huyeron en el humo, y el único camino
blanqueado en la luz de luna lleva a todas partes.









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Polvo y memoria


Un pequeño hombre sin afeitar, tal vez de cincuenta,
con una gorra de visera a un lado
para ocultar sus rasgos. Inclinó la cabeza
al suelo, gimió, se elevó para empujar
la cabeza atrás en abandono, y lanzó
su cuerpo otra vez hacia delante. ¿Un suplicante
arrodillado para qué? ¿La tierra y el mar
que lo había maltratado? ¿El poder del dolor?
¿La cara femenina de Dios pintada en la proa
del barco pesquero donde en su sombra se escondió?
Cuando se le cayó la gorra reconocí a un hombre
pasaba cada noche volviendo a su casa al anochecer,
un vecino cercano con quien nunca había hablado
y nunca lo haría. Al caer la noche no lo
esperé para encontrarlo ausente o escuchar
el mar, sin luna, sí sólo una palabra
sin consonantes, repetida invisiblemente
dentro de mi cabeza.
                                              ¿De qué se trata esto?
Donde quiera que estés ahora hay tierra
debajo en algún lugar esperando para que lleves
el pequeño que sos. Esta mañana me levanté
antes del amanecer, me abrigué por el frío, me lavé
la cara, pasé un peine por mi pelo
y sentí mi cráneo debajo, implacable,
pronto el hogar de nadie. El viento
que arremolinaba la arena ese día años atrás
tenía un nombre que durará más que el mío
por miles de años, aunque hecho de aire,
que es lo que también llegaré a ser, lleno
de esperanza, el aire dice en voz baja en tu oído,
"Soy polvo y memoria, tus dos vecinos
en esta estrella fría." Ese viento, el de Levante,
aullará a través de las cavidades de mi cráneo
para hacer una música peculiar. Cuando lo escuchés,
recordá que soy yo, cantando, ausente pero presente,
cálido aún en el fuego de tu cuidado.









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Urraca


Tirás sobre el hombro
     de los dos carriles
de la ruta y te sentás un momento preguntándote
     a dónde ibas
con tanto apuro. El valle se quema
     afuera, los robles
sueñan de día y la lluvia nocturna
     que nunca viene.
Al mediodía o justo antes
     las sombras cortas
son grises y mantienen la poca
     vida que sobrevive.
En el calor inmóvil el motor
     chasquea, aunque
el verdadero calor está horas adelante.
     Tenés que salir y caminar
cautelosamente sobre una valla
     alambrada y comenzar
la escalada a la colina amarillenta.
     A unos treinta metros
adelante los troncos de dos
     demacrados robles
caídos; algo pasa por encima
     de ellos, un lagarto
tal vez o es un truco de la visión.
     El árbol siguiente
que pasás te es desconocido,
     el oscuro tronco,
tan negro como el de una aceituna; las ramas
     bajas te apuñalan,
nudosas y opacas: un algarrobo
     o un árbol de Josué.
Una repentina quema adelante,
     un pájaro de alas
negras asciende de la nada,
     manchas blancas
debajo de sus alas, y se va.
     Escuchás tu propia
respiración en tus oídos,
     un rugido, un mar
de sonido que sigue y sigue
     hasta que te inclinás
hacia adelante para colocar las dos manos
     -dedos extendidos-
en los pastos blanqueados
     y dejás tus rodillas
lentamente en el suelo. Tu respiración se ralentiza
     y vos sabés
que estás de vuelta en el centro
     de California
en tu camino a San Francisco
     o las ciudades costeras
con sus brisas marinas húmedas
     que no tenés
ni siquiera una pizca. Pero primero
     debés cruzar
el paso de Pacheco. La gente
     te espera, y sin embargo,
vos seguís, aún inclinándote hacia adelante
     en los pastos
que si pudieras oírlos
     te dirían
todo lo que necesitás saber acerca
     de la vida por venir.









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La pura verdad


Con un dolar y medio compré unas pequeñas papas rojas
ellos se lo llevaron a casa, hervidas en sus sacos
y en la cena las comieron con un poco de manteca y sal.
Después caminé a través de los campos secos
en el límite de la ciudad. A mitad de junio, la luz
colgaba sobre las arrugas oscuras de mis pies,
y en los robles andaluces los pájaros
se reunían por la noche, los arrendajos y sinsotes
graznan de acá para allá, los pinzones todavía lanzándose
a la luz polvorienta. La mujer que me vendió
las papas era de Polonia; ella era alguien
fuera de mi infancia en un suéter de lentejuelas rosas y gafas de sol
alabando la perfección de todas sus frutas y verduras
en el puesto de al lado de la ruta y me dan ganas de probar
incluso el pálido, dulce maíz crudo traída en camiones,
ella juró, desde New Jersey. "Comé, comé", dijo,
"Aunque no lo hagas diré que sí."
Algunas cosas
sabés toda tu vida. Son tan simples y verdaderas
que debemos decirlas sin elegancia, métrica y rima,
deben ser puestas sobre la mesa, junto al salero,
el vaso de agua, la ausencia de luz se acumula
en las sombras de marcos de cuadros, deben estar
desnudas y solas, deben presentarse a sí mismas.
Mi amigo Henri y yo llegamos a esto juntos en 1965
antes de que me vaya, antes de que comenzara a matarse,
y los dos traicionemos nuestro amor. ¿Podés probar
lo que estoy diciendo? Son cebollas o papas, una pizca
de sal, la rica manteca derretida, es obvio,
se queda en la parte posterior de tu garganta como una verdad
que nunca pronunciaste porque el tiempo siempre fue equivocado,
se queda ahí por el resto de tu vida, tácita,
hecha de esa suciedad que llamamos tierra, el metal que llamamos sal,
en una forma no tenemos palabras, y vivís de ella.









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En la oscuridad


En la última luz de un día de verano frente a la costa canadiense
observábamos desde la isla mientras la noche se tamizaba en el río,
ennegreciendo la superficie inmóvil. Un barco de minerales pasó sin hacer ruido
arrastrando una pequeña estela que se plegaba sobre sí misma con un suspiro,
a menos que ese suspiro fuese de ella o mío. En la oscuridad es difícil
decir quién está escuchando y quién hablando. San Agustín
reclamaba que hicimos el amor en la oscuridad -aunque él no escribió
"hacer el amor"- porque estábamos avergonzados de hacerlo a la vista
de cualquiera, aunque supongo que Dios podía ver en la oscuridad, teniendo
al menos tan buena vista como un gato. Nuestro gato Nellie le gustaba
observar a mi esposa y a mi hacer el amor, pero ella no era una criatura
que generalizaba y de todas las cosas que más le gustaba era un hogar feliz.
"Dios ama al dador alegre", leí en la capilla de Abisinia
en la parte superior del Santo Sepulcro, lo que sugiere que el viejo santo
no tenía idea de lo que estaba hablando, pero en la oscuridad
no es fácil saber quién está hablando y quién escuchando, quién dando,
quién tomando, quién rezando, quién maldiciendo. Incluso después, observando
desde la isla, pensaba que hacer el amor era una forma de rezar.
Lo tenés de rodillas, si fueras un niño, y vos preparada
para lo que el futuro reservaba, y no importa cómo firmes
tus planes sin el poder de otro poder estabas perdida.
Estaba tan oscuro en aquel entonces yo no puedo decir lo que pienso, aunque
no puse para nada mi mano en el hombro de Millie,
ni voltee mi rostro hacia Millie es simplemente para atrapar
un reflejo de la oscuridad en sus grandes ojos castaños, ojos de gato
Los llamé entonces. Millie suspira, el barco de mineral pasa en silencio
desaparece en un futuro que todavía es misterioso, me tomo un respiro,
la respiración más profunda de mi vida, y conociendo las generaciones de las estrellas
están viendo desde arriba, me arrodillo en oración.









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Escuchá cuidadosamente


Mi hermana se levanta de nuestra cama horas antes del amanecer.
Huelo su primer cigarrillo y vuelvo a dormirme
hasta que se sienta al pie de la cama para ponerse
las botas. No debería mirar, pero lo hice,
sabiendo que todavía estaba desnuda de cintura para arriba.
Ella me ve y me sonríe, desordena mi pelo,
susurra algo secreto al oído, algo
que no puedo decirle a nadie porque no tiene sentido.
Horas después me despierto en una habitación vacía
oliendo a sin pasado. La luz del sol
cruza los pies de la cama, por un momento
De hecho creo que es sábado, y estoy libre.
Déjenme ser franco sobre esto: mi hermana mayor
no es inteligente. Respondo todo su correo para ella,
y los domingos hasta le hago de cenar porque
el único libro de cocina que tiene la confunde, aunque
digan que es el camino para llegar al corazón de un hombre.
Ella quiere aprender el camino, quiere
un marido, me contó, pero a los veintiséis ella
se empieza a cuestionar. Ella gana bien
haciendo piezas de trabajo, ensamblando las copas que tapan
los cuatro extremos de una cruz de una junta universal.
La vi en su trabajo, con la cara manchada con barras
de grasa mientras que con las pinzas posiciona
las diminutas varillas más rápido de lo que podrías vos o yo,
sus ojos fijos detrás de las gafas, su mente Dios
sabe dónde, vagando sobre todos los errores
piensa hacer su vida. No sabe por qué
sus hombres no son buenos para ella. Le pasé
crema de manos en sus hombros amorotonados,
Vi lo que hizo, incluso lloré
junto a ella. Ahora creo que sé
exactamente lo que estás pensando. Aunque no
llego a casa hasta después de la una, dormimos
en la misma cama cada noche, a menos
que ella no esté. Si estás pensando que no hay forma
de no ser impulsados uno al otro, no hay forma
de que no podríamos resistir, no hay forma de que alguien tan perjudicada
como mi hermosa hermana podría tener decisión
sobre algo tan básico, entonces sos vos
el único que está equivocado. No escuchaste ni una palabra.









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El intercambio


Agacharse en el aire fuerte de la mañana
de los muelles de Génova, con las gaviotas rondando
arriba, los pescadores me llaman, pensé
por un momento, y después intercambié una copia de T.S. Eliot
por una navaja de bolsillo y dos limones perfectos.
El viejo que tramó el acuerdo celebró
los Poemas Seleccionados, apretó el libro negro
y maltrecho con el brazo extendido leyendo las notas
de "Tierra baldía" como si las entendiera.
Quizás lo hizo. Buscó a través de la caja
de limones, olfateando las pieles duras de varios,
antes de elegir finalmente ese par.
Afiló la larga hoja del cuchillo para adelante y atrás
asintiendo con la cabeza todo el tiempo, y se detuvo de golpe
como diciendo, ¡perfecto! No había
llegado tan lejos, desde América a través
de las Indias para librarme de la carga
de un libro que me perseguía o incluso decir,
lo tuve a mediana edad, la poesía, mi vida.
Sólo vine desde Barcelona en el buen barco
Canguro, sentado en la cubierta toda la noche
con la compañía de españoles conscriptos
quien convidaban vino negro de Alicante
mientras cantaban baladas gitanas y Sinatra.
Habíamos pasado seis horas después de empezar.
En el largo mayo encendieron las primeras balizas
mientras se acercaba a Costa Brava, después sin darnos cuenta
Francia, enjoyada en la oscuridad, mientras
dormitaba y bebía por momentos en el aire tibio del mar
que había calmado todo. Un libro que mi hermano me regaló
veinte años antes, con cariño, robado
de Doubleday y trajo al hospital
como una ofrenda, de hermano a hermano, y llevado
todos esos años hasta que las palabras, memorizadas,
no significaban nada. Un corquete, mango de madera,
grueso en un extremo como un puño oscuro, la hoja
letal y ligeramente oxidada. Dos limones, uno
para mi bolsillo, uno para mi mochila, perfumando
mi ropa, mis dedos, mi plata, mi pelo,
de manera que todo el camino a Rapallo en el tren
me pararía entre mis pares de segunda clase, altos,
angelicales, un hombre común se convierte en un regalo.









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El viejo testamento


Mi hermano gemelo jura que a los trece años
quería pelearme con cualquiera que me llamara kike
no importa la edad o lo grande que fuese.
Sólo deseaba haber sido ese pequeño niño
que se defendió a través de sus lágrimas, jurando
que no iría en silencio. Voy en silencio
empacando astillas de corteza y barro en el lecho de rosas,
mientras que en su recuerdo sigo siendo el niño constante
desafiándolo a pelear Detroit desde gentiles magras
en convertibles LaSalle y ropa de golf
que dan un paso lento en el mundo que hemos contaminado,
y tienen su venganza. No recuerdo nada de esto.
Insiste, nombra la farmacia donde volqué
un batido en la cabeza de un episcopal
con los puños rápidos tan apretado como bolas de croquet.
Se acuerda de su placa, sus labios finos,
el ángulo exacto en el que cayó sobre su hombro
estos diecisiete años para tirar el último golpe. Él lo está
inventando. ¿No siempre estaba aterrorizado?
"Por supuesto", me dice, "ese es el milagro,
eras aún más temeroso que yo, tan asustado
fue una locura, que se convirtió en un torbellino,
un ángel vengador".
                                              Recuerdo plantando
mi primera victoria Jardín detrás de la casa, acarreando
marga oscura en un carreta prestada, y poniendo
zanahorias, maíz que nunca crecieron, rábanos que sí.
Recuerdo ahorrando semanas para comprar rosa de té,
un palito envuelto en arpillera y tierra,
la favorito de mi madre. Recuerdo el capullo blanco
de mi primera peonía que una mañana desbordó
al lado de la naranja artificial que me costó 69 centavos.
(Cincuenta años después, la naranja está todavía ahí,
lo único que queda al lado de una jaula para perros de guardia,
vacía ahora, en lo que se había convertido en un pequeño patio.)
Recuerdo ponerme a dormir soñando
con tomates que llegan en plenitud, los pensamientos
riendo en los vientos de la primavera, la glicinia mágica
subiendo a lo largo del garaje, y el sueño de Hitler,
de disparar un solo tiro a centímetros de distancia, uno
que sería romper su cara en una caricatura mía,
rasgar manchado, ensangrentado, rogando por un momento de paz.









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La vuelta


Toda la tarde mi padre conducía los caminos rurales
entre Detroit y Lansing. Lo que estaba buscando
nunca aprendí, sin duda porque nunca se conoció a sí mismo,
aunque agarrara cualquier camino lateral desconocido
y seguiría hasta los campos de maíz altos y dulces
en agosto o en invierno las gavillas congeladas.
A menudo dejaba el Terraplane al lado de la carretera
para entrar en el silencio atónito a mediados de septiembre,
sus ojos abatidos por la señal, la única música
su propia respiración o el viento siguiendo lentamente a través de
los tallos o cabalgan sobre la tierra árida. Más tarde
llegaba a casa, sus zapatos de vestir cubiertos de polvo o barro,
su largo abrigo negro manchado o roto
en el dobladillo, sentado sin palabras en su silla favorita,
la corbata aflojada, y mirando a la nada. Al principio
mis hermanos y yo tratamos de conversar, preguntas
que sólo él podía contestar: ¿Por qué fue a la guerra?
¿Dónde aprendió árabe? ¿Dónde estaba su padre?
No recuerdo nada de esto. Lo leí todo más tarde,
años después como un anciano, un abuelo de mí mismo,
en un diario que dejó a mi madre con dibujitos
de graneros en ruinas y postes de teléfono, retrocediendo
hacia un futuro que nunca vivió, aforismos
de Montaigne, Juvenal, Voltaire, y quizás unos pocos
suyos: "Él que busca respuestas encuentra preguntas."
Tres veces, escribió, "estaba destinado a ser otra persona"
y pasaba a describir los perfumes de los campos húmedos.
"Todo empieza con las semillas", y un dibujo en lápiz
de manzanas maduras que vio en algún lugar o soñó.
Heredé el libro cuando tenía casi setenta años,
y con él la necesidad de volver a lo que éramos.
En el aeropuerto de Detroit alquilé un Taurus;
la mujer en el mostrador estaba aburrida o loca:
¿Quiere compañía? -preguntó; ella conocía todos los caminos
de acá a Chicago. Ella tenía un ligero acento,
holandés o alemán, pelo negro y largo, y un ojo congelado.
Lo consideré pero decidí ir solo,
decidido a encontrar lo que nunca había encontrado.
Lentamente calentaba la mañana de otoño; bandadas de estorninos
subieron por encima de los campos vacíos y ocultaron el sol.
Manejé hasta que encontré la arboleda de manzanos
cargada de frutos, y dejó el auto con el motor encendido,
junto a una valla caída, y entré solo en su vida,
quizá por primera vez. Un cuervo me dió la bienvenida,
el sol bajó, austero y silencioso,
al principio la tarde estaba despejada, perfecta.
Cuando el cuervo se arrastró a otro mundo,
la sombra se profundizó lentamente en charcos que oscurecieron
los árboles; por un momento todo a la vista se detuvo.
El viento zumbaba en mi oído bueno, sin palabras exactamente,
no sin sentido tampoco, ni lo que me hablé a mí mismo,
sólo la creación del lenguaje se despertó una vez.
Me saqué el sombrero, un error en la presencia
del Dios de mi padre, me limpié la frente con lo que tenía,
la palma de mi mano, y maravillado de lo que estaba acá:
nada en absoluto, excepto la terquedad de las cosas.








(versiones en castellano: Hugo Zonáglez)


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Out by Dark


If you take the two-lane highway from Tetuan to Fez
you’ll come to a crossroad near the halfway mark
where the signs are in Arabic and the numbers
have disappeared. If a man with a shepherd’s crook
squats under a cedar tree and spits out the shells
of sunflower seeds, you have come to the rigth place.
Go down on your knees until you feel the cold rising
slowly through your thighs to settle in your hips.
The sunlight burns along the nape of your neck
urging your head downward and forward until you’ve
assumed the posture of a prayer. It’s an hour past noon
early in the year, and already the shadows darken
in the yellow grass and fill the canyons carved
by truck tires. You’re too tired. You drove
all night through the sleeping Roman towns, Tarragona,
Alicante, the white village of Lorca, where the bread
tasted of nickel and phosphate. You slept outside
a cave with painted eyes and spoke only to yourself,
you crossed the straits, your face into the wind;
the salt water filling your ears like so much music
beaten out on a wet rock. The truth is you don’t
want the truth at all. Listen at last in silence
to someone who is not wise, ´to someone
more lost than you: Under a leaking, pewter sky
in the mountain town of Moulay Idriss, I stopped
a tall stranger robed in the ragged cloak Esau
fled God in and asked where I might buy a bottle
of rain water or red wine. He nodded slowly.
“This is a holy city,” he said. We stood face to face
on the single mud street that vanished ahead among
seven brown earthen shacks, each with a door closed
on the screeching of black birds. “So?” I said.
“So”, he said in perfect English, “If you’re not
out of here by dark I’ll cut your throat,” and he
smiled as he drew the wound across the small space
that separated us. So, I ritched a ride to Ceuta
with a German couple who dealt in rare pollens
that singed my nostrills. Near the parched beaches
of the Passaic I took up electronics and made my peace
with obsolescence. If you can’t hear me at least
listen to the earth’s prayer that gives off the perfume
of birth and worms or the psalms of dark wet wings.
Those are the magpies. They’re settling around you
pretending there are grains of wheat in the pig grass,
seeds in the weed thick mounds, pretending they came
of their own accord or because they were curious,
pretending the rain keeps its promises. By half-past
seven tonight the world you lost will be one darkness,
a feather of velvet closed down, an eyelid of magpie.









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Llanto


Plum, almond, cherry have come and gone,
the wisteria has vanished in
the dawn, the blackened roses rusting
along the barbed-wire fence explain

how April passed so quickly into
this hard wind that waited in the west.
Ahead is summer and the full sun
riding at ease above the stunned town

no longer yours.  Brother, you are gone,
that which was earth gone back to earth,
that which was human scattered like rain
into the darkened wild eyes of herbs

that see it all, into the valley oak
that will not sing, that will not even talk.









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Ask for Nothing


Instead walk alone in the evening
heading out of town toward the fields
asleep under a darkening sky;
the dust risen from your steps transforms
itself into a golden rain fallen
earthward as a gift from no known god.
The plane trees along the canal bank
the few valley poplars, hold their breath
as you cross the wooden bridge that leads
nowhere you haven't been, for this walk
repeats itself once or more a day.
That is why in the distance you see
beyond the first ridge of low hills
where nothing ever grows, men and women
astride mules, on horseback, some even
on foot, all the lost family you
never prayed to see, praying to see you,
chanting and singing to bring the moon
down into the last of the sunlight.
Behind you the windows of the town
blink on and off, the houses close down;
ahead the voices fade like music
over deep water, and then are gone;
even the sudden, tumbling finches
have fled into smoke, and the one road
whitened in moonlight leads everywhere.









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Dust and Memory


A small unshaven man, perhaps fifty,
with a peaked cap pulled sideways
to hide his features.  He bowed his head
to the ground, groaned, rose to thrust
his head back in abandon, and flung
his body forward again.  A supplicant
on his knees to what?  The earth and sea
that had misused him?  The power of pain?
The female God-face painted on the prow
of the fishing boat whose shade he hid in?
When the cap fell away I recognized a man
I passed each evening coming home at dusk,
a near neighbor to whom I'd never spoken
and never would.  After dark I did not
steal back to find him gone or to hear
the sea, moonless, itself only a word
without consonants, repeated invisibly
inside my head.
                         What is this about?
Wherever you are now there is earth
somewhere beneath you waiting to take
the little you leave.  This morning I rose
before dawn, dressed in the cold, washed
my face, ran a comb through my hair
and felt my skull underneath, unrelenting,
soon the home of nothing.  The wind
that swirled the sand that day years ago
had a name that will outlast mine
by a thousand years, though made of air,
which is what I too shall become, hope-
fully, air that says quietly in your ear,
"I'm dust and memory, your two neighbors
on this cold star."  That wind, the Levante, 
will howl through the sockets of my skull
to make a peculiar music.  When you hear it,
remember it's me, singing, gone but here,
warm still in the fire of your care.









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Magpiety


You pull over to the shoulder
     of the two-lane
road and sit for a moment wondering
     where you were going
in such a hurry. The valley is burned
     out, the oaks
dream day and night of rain
     that never comes.
At noon or just before noon
     the short shadows
are gray and hold what little
     life survives.
In the still heat the engine
     clicks, although
the real heat is hours ahead.
     You get out and step
cautiously over a low wire
     fence and begin
the climb up the yellowed hill.
     A hundred feet
ahead the trunks of two
     fallen oaks
rust; something passes over
     them, a lizard
perhaps or a trick of sight.
     The next tree
you pass is unfamiliar,
     the trunk dark,
as black as an olive's; the low
     branches stab
out, gnarled and dull: a carob
     or a Joshua tree.
A sudden flaring-up ahead, 
     a black-winged
bird rises from nowhere,
     white patches
underneath its wings, and is gone.
     You hear your own
breath catching in your ears,
     a roaring, a sea
sound that goes on and on
     until you lean
forward to place both hands
     -fingers spread-
into the bleached grasses
     and let your knees
slowly down. Your breath slows
     and you know
you're back in central
     California
on your way to San Francisco
     or the coastal towns
with their damp sea breezes
     you haven't
even a hint of. But first
     you must cross
the Pacheco Pass. People 
     expect you, and yet 
you remain, still leaning forward
     into the grasses
that if you could hear them
     would tell you
all you need to know about
     the life ahead.









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The Simple Truth


I bought a dollar and a half’s worth of small red potatoes,
took them home, boiled them in their jackets
and ate them for dinner with a little butter and salt.
Then I walked through the dried fields
on the edge of town. In middle June the light
hung on in the dark furrows at my feet,
and in the mountain oaks overhead the birds
were gathering for the night, the jays and mockers
squawking back and forth, the finches still darting
into the dusty light. The woman who sold me
the potatoes was from Poland; she was someone
out of my childhood in a pink spangled sweater and sunglasses
praising the perfection of all her fruits and vegetables
at the road-side stand and urging me to taste
even the pale, raw sweet corn trucked all the way,
she swore, from New Jersey. “Eat, eat” she said,
“Even if you don’t I’ll say you did.”
Some things
you know all your life. They are so simple and true
they must be said without elegance, meter and rhyme,
they must be laid on the table beside the salt shaker,
the glass of water, the absence of light gathering
in the shadows of picture frames, they must be
naked and alone, they must stand for themselves.
My friend Henri and I arrived at this together in 1965
before I went away, before he began to kill himself,
and the two of us to betray our love. Can you taste
what I’m saying? It is onions or potatoes, a pinch
of simple salt, the wealth of melting butter, it is obvious,
it stays in the back of your throat like a truth
you never uttered because the time was always wrong,
it stays there for the rest of your life, unspoken,
made of that dirt we call earth, the metal we call salt,
in a form we have no words for, and you live on it.









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In the Dark


In the last light of a summer day facing the Canadian shore
we watched from the island as night sifted into the river,
blackening the still surface. An ore boat passed soundlessly
trailing a tiny wake that folded in upon itself with a sigh,
unless that sigh was hers or mine. In the darkness it’s hard
to tell who is listening and who is speaking. St. Augustine
claimed we made love in the dark— though he did not write
“made love”— because we were ashamed to do it in the sight
of anything, although I suppose God could see in the dark, having
at least as good eyesight as a cat. Our cat Nellie used to like
to watch my wife and me at love, but she was not a creature
who generalized and of all things she liked best a happy household.
“God loves a happy giver,” I read in the Abyssinian chapel
on top of the Holy Sepulcher, which suggests the old saint
had no idea what he was talking about, but in the darkness
it’s not easy to tell who is talking and who listening, who giving,
who taking, who praying, who cursing. Even then, watching
from the island, I thought that making love was a form of prayer.
You got down on your knees, if you were a boy, and prepared yourself
for whatever the future held in store, and no matter how firm
your plans without the power of another power you were lost.
It’s so dark back then I can’t tell what I’m thinking, although
I haven’t placed my hand on Millie’s shoulder for nothing,
nor have I turned my face toward Millie’s merely to catch
a reflection of the darkness in her wide, hazel eyes, cat eyes
I called them then. Millie sighs, the ore boat passes silently
to disappear into a future that’s still mysterious, I take a breath,
the deepest breath of my life, and knowing the generations of stars
are watching from above, I go down on my knees in prayer.









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Listen Carefully


My sister rises from our bed hours before dawn.
I smell her first cigarette and fall back asleep
until she sits on the foot of the bed to pull
on her boots. I shouldn't look, but I do,
knowing she's still naked from the waist up.
She sees me looking and smiles, musses my hair,
whispers something secret into my ear, something
I can't tell anyone because it makes no sense.
Hours later I waken in an empty room
smelling of no yesterdays. The sunlight streams
across the foot of the bed, and for a moment
I actually think it's Saturday, and I'm free.
Let me be frank about this: my older sister
is not smart. I answer all her mail for her,
and on Sundays I even make dinner because
the one cookbook confuses her, although
it claims to be the way to a man's heart.
She wants to learn the way, she wants
a husband, she tells me, but at twenty-six she's
beginning to wonder. She makes good money
doing piece work, assembling the cups that cap
the four ends of a cross of a universal joint.
I've seen her at work, her face cut with slashes
of grease while with tweezers she positions
the tiny rods faster than you or I could ever,
her eyes fixed behind goggles, her mind God
knows where, roaming over all the errors
she thinks make her life. She doesn't know why
her men aren't good to her. I've rubbed
hand cream into the bruises on her shoulders,
I've seen what they've done, I've even cried
along with her. By now I believe I know
exactly what you're thinking. Although I don't
get home until after one, we sleep
in the same bed every night, unless she's
not home. If you're thinking there's no way
we wouldn't be driven to each other, no way
we could resist, no way someone as wronged
as my beautiful sister could have a choice
about something so basic, then you're
the one who's wrong. You haven't heard a word.









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The Trade


Crouching down in the loud morning air
of the docks of Genoa, with the gulls wheeling
overhead, the fishermen calling, I considered
for a moment, then traded a copy of T.S. Eliot
for a pocket knife and two perfect lemons.
The old man who engineered the deal held
the battered black Selected Poems, pushed
the book out at arm’s length perusing the notes
to “The Wasteland” as though he understood them.
Perhaps he did. He sifted through the box
of lemons, sniffing the tough skins of several,
before finally settling on just that pair.
He worked the large blade back and forth
nodding all the while, and stopped abruptly
as though to say, Perfect! I had not
come all that way, from America by way
of the Indies to rid myself of the burden
of a book that haunted me or even to say,
I’ve had it with middle age, poetry, my life.
I came only from Barcelona on the good ship
Kangaroo, sitting up on deck all night
with a company of conscript Spaniards
who passed around the black wine of Alicante
while they sang gypsy ballads and Sinatra.
We’d been six hours late getting started.
In the long May light the first beacons
along the Costa Brava came on, then France
slipped by, jewelled in the darkness, as I
dozed and drank by turns in the warm sea air
which calmed everything. A book my brother gave
twenty years before, out of love, stolen
from Doubleday’s and brought to the hospital
as an offering, brother to brother, and carried
all those years until the words, memorized,
meant nothing. A grape knife, wooden handled,
fattened at one end like a dark fist, the blade
lethal and slightly rusted. Two lemons, one
for my pocket, one for my rucksack, perfuming
my clothes, my fingers, my money, my hair,
so that all the way to Rapallo on the train
I would stand among my second-class peers, tall,
angelic, an ordinary man become a gift.









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The Old Testament


My twin brother swears that at age thirteen
I'd take on anyone who called me kike
no matter how old or how big he was.
I only wish I'd been that tiny kid
who fought back through his tears, swearing
he would not go quietly.  I go quietly
packing bark chips and loam into the rose beds,
while in his memory I remain the constant child
daring him to wrest Detroit from lean gentiles
in LaSalle convertibles and golf clothes
who step slowly into the world we have tainted,
and have their revenge.  I remember none of this.
He insists, he names the drug store where I poured
a milkshake over the head of an Episcopalian
with quick fists as tight as croquet balls.
He remembers his license plate, his thin lips,
the exact angle at which this seventeen year old dropped
his shoulder to throw the last punch.  He's making
it up.  Wasn't I always terrified?
"Of course," he tells me, "that's the miracle,
you were even more scared than me, so scared
you went insane, you became a whirlwind,
an avenging angel."
                                I remember planting
my first Victory Garden behind the house, hauling
dark loam in a borrowed wagon, and putting in
carrots, corn that never grew, radishes that did.
I remember saving for weeks to buy a tea rose,
a little stick packed in dirt and burlap,
my mother's favorite.  I remember the white bud
of my first peony that one morning burst
beside the mock orange that cost me 69 cents.
(Fifty years later the orange is still there,
the only thing left beside a cage for watch dogs,
empty now, in what had become a tiny yard.)
I remember putting myself to sleep dreaming
of the tomatoes coming into fullness, the pansies
laughing in the spring winds, the magical wisteria
climbing along the garage, and dreaming of Hitler,
of firing a single shot from a foot away, one
that would tear his face into a caricature of mine,
tear stained, bloodied, begging for a moment's peace.









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The Return


All afternoon my father drove the country roads
between Detroit and Lansing. What he was looking for
I never learned, no doubt because he never knew himself,
though he would grab any unfamiliar side road
and follow where it led past fields of tall sweet corn
in August or in winter those of frozen sheaves.
Often he'd leave the Terraplane beside the highway
to enter the stunned silence of mid-September,
his eyes cast down for a sign, the only music
his own breath or the wind tracking slowly through
the stalks or riding above the barren ground. Later
he'd come home, his dress shoes coated with dust or mud,
his long black overcoat stained or tattered
at the hem, sit wordless in his favorite chair,
his necktie loosened, and stare at nothing. At first
my brothers and I tried conversation, questions
only he could answer: Why had he gone to war?
Where did he learn Arabic? Where was his father?
I remember none of this. I read it all later,
years later as an old man, a grandfather myself,
in a journal he left my mother with little drawings
of ruined barns and telephone poles, receding
toward a future he never lived, aphorisms
from Montaigne, Juvenal, Voltaire, and perhaps a few
of his own: "He who looks for answers finds questions."
Three times he wrote, "I was meant to be someone else,"
and went on to describe the perfumes of the damp fields.
"It all starts with seeds," and a pencil drawing
of young apple trees he saw somewhere or else dreamed.
I inherited the book when I was almost seventy,
and with it the need to return to who we were.
In the Detroit airport I rented a Taurus;
the woman at the counter was bored or crazy:
Did I want company? she asked; she knew every road
from here to Chicago. She had a slight accent,
Dutch or German, long black hair, and one frozen eye.
I considered but decided to go alone,
determined to find what he had never found.
Slowly the autumn morning warmed; flocks of starlings
rose above the vacant fields and blotted out the sun.
I drove on until I found the grove of apple trees
heavy with fruit, and left the car, the motor running,
beside a sagging fence, and entered his life
on my own for maybe the first time. A crow welcomed
me home, the sun rode above, austere and silent,
the early afternoon was cloudless, perfect.
When the crow dragged itself off to another world,
the shade deepened slowly in pools that darkened around
the trees; for a moment everything in sight stopped.
The wind hummed in my good ear, not words exactly,
not nonsense either, nor what I spoke to myself,
just the language creation once wakened to.
I took off my hat, a mistake in the presence
of my father's God, wiped my brow with what I had,
the back of my hand, and marveled at what was here:
nothing at all except the stubbornness of things.









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Philip Levine (1928 - 2014)
Detroit, Míchigan, Estados Unidos


The Simple Truth - 1994
Alfred A. Knopf, New York, Estados Unidos.