30/5/15

Li-Young Lee: "el peso de la memoria..."


El peso de la dulzura 


No es cosa fácil de cargar el peso de la dulzura.

Canción, sabiduría, tristeza, felicidad: la dulzura
es igual a tres de cualquiera de estas fuerzas.

Mirá un durazno doblar
la rama y hacer presión en el tallo hasta
quebrarlo.
Tomá el durazno, sentí el peso, dulzura
y muerte tan redondas y acogedoras
en tu palma.
Y así, ahí tenés
el peso de la memoria:

sacudida por el viento, una rama llena
de agua de lluvia descarga su ducha
sobre el hombre y el chico.
Los deleitan los escalofríos
y el padre levanta de la mejilla de su hijo
una hoja verde
caída como un beso.

El buen chico se abraza a una bolsa de duraznos
que su padre le ha confiado.
Ahora sigue
a su padre, que lleva dos bolsas llenas en cada brazo.
Observá la mirada en la cara del chico
mientras su padre avanza
más y más rápido, al tiempo que sus propios pasos
se cansan y sus brazos empiezan a debilitarse mientras
que trabaja bajo el peso
de los duraznos.








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Mi añil


Es tarde. Vine
para encontrar la flor que crece y se abre
como un santo que nunca muere boca abajo.
La rosa no lo hará, tampoco el lirio, .
Vine a buscar la lodosa, la tímida,
abatida, grave y aislada.
Ahora la oscuridad se junta en el pasto
y estoy sobre mis manos y rodillas.
¿Cuál es su nombre?

Pequeña hermana, mi añil,
mi secreta , vaginal y dulce,
te desplegás sin vergüenza
hacia el suelo. Ardés. Vivís
un instante en dos mundos
a la vez.








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Las trenzas


6

Amor, cómo se acumulan las horas. Incontables.
Los árboles se hacen más altos, algunas personas se van
y se apagan para siempre.
Los húmedos días de peltre se escurren sin previo aviso
y cruzamos un año y un año.








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Temprano en la mañana


Mientras el largo grano se ablanda
en el agua que burbujea
sobre una hornalla puesta al mínimo, antes
de que el salado Vegetal de Invierno sea cortado
en rebanadas para el desayuno, antes de los pájaros,
mi madre desliza un peine de marfil
por su pelo, pesado
y negro como la tinta de los calígrafos.

Se sienta a los pies de la cama.
Mi padre observa, quiere oír
la música del peine
por su pelo.

Mi madre se cepilla,
tira hacia atrás su pelo
con firmeza, lo gira
con dos dedos y ajusta
el rodete en su nuca.
Ha hecho esto por medio centenar de años.
A mi padre le gusta verlo así.
Dice que queda prolijo.

Pero yo sé
que es por la manera
en que el pelo de mi madre cae
cuando él lo suelta.
Suavemente, como las cortinas
cuando las cierran al atardecer.








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La vida


Mi hijo se relaja
y se hace más pesado en mis brazos
y no necesito verle la cara
para saber que tiene los ojos cerrados,
que su mandíbula le cuelga floja.
Después de horas de mecerlo, de caminar, de canturrearle-
no una melodía sino lo que
a él le gusta, la sola sílaba que su abuela
le entonó dsde su necimiento, un monónoto
gemido que se acerca a un lamento-
se durmió y yo estoy demasiado cansado
para levantarme de esta silla, demasiado aturdido
para cerrar los ojos, entonces sigo mirando
boquiabierto por la ventana al cielo
de invierno, negro hace una hora, ahora de un azul profundo
e incluso mientras pienso esto, poniéndome
gris, el color cambiando
tan rápidamente, la luz
entrando con tanta furia que pienso que si cerrara los ojos y escuchara
podría triturar
al grande y blando corazón
del cielo. Cierro los ojos.
Escucho.

No escucho el cielo
sino el mar, o a alguien respirando cerca de mí
y miro
a un chico subir una escalera
hacia un cielo de agua habiéndose deslizado
de los brazos y del regazo de su padre, y reemplazando
su peso justo
con una jarra de arcilla
habiendo engañado a su pobre padre
que finalmente se durmió
luego de mucha amargura, de horas
de arduos pensamientos sobre el invierno,
el dinero y el agotamiento de los padres,
el agotamiento de los hijos y sus amores
y la confianza que será quebrada
y sobre todo lo esencial y humano que nos separa.

Es una hora sin profundidad de sueño dulcísimo
en que su frente se desarruga
como si una mano la hubiese alisado
del modo en que una mano lo hace con una pelota
de papel abollada, la abre,
la estira y suaviza,
para que el poeta pueda
volver a empezar
su poema.








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Siempre una rosa


10

Mi meditación, mi recitado,
te amo más de esta manera,
una vieja trompeta frágil,
una tira del vestido de mi madre, que dejó de ser majestuoso.
Amo tu desnudez.
Desnuda, tímida flor, dulce
para mi nariz y amarga
para mi lengua, entre
las cosas que mueren
estamos vos y yo.








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4

Oloroso y delicado cuerpo
de la flor, te como
para recordar mi primer infortunio.
Pequeño, amargo
cuerpo, te como
para entender a mi padre serio.
Excelente cuerpo de capas firmes
que no envuelven nada,
te como para que mi fe se apene.
Quemada en las puntas, muriendo
de la llama que te alimenta, yo
te como para hundirme hasta
mi propio cuerpo. Secreto cuerpo
de licor profundo,
te como
entero hasta tu secreto.







(versiones en castellano: Tom Maver)


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The Weight of Sweetness


No easy thing to bear, the weight of sweetness.

Song, wisdom, sadness, joy: sweetness
equals three of any of these gravities.

See a peach bend
the branch and strain the stem until
it snaps.
Hold the peach, try the weight, sweetness
and death so round and snug
in your palm.
And, so, there is
the weight of memory:

Windblown, a rain-soaked
bough shakes, showering
the man and the boy.
They shiver in delight,
and the father lifts from his son's cheek
one green leaf
fallen like a kiss.

The good boy hugs a bag of peaches
his father has entrusted
to him.
Now he follows
his father, who carries a bagful in each arm.
See the look on the boy's face
as his father moves
faster and farther ahead, while his own steps
flag, and his arms grow weak, as he labors
under the weight 
of peaches.








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My Indigo


It's late. I've come
to find the flower which blossoms
like a saint dying upside down.
The rose won't do, nor the iris.
I've come to find the moody one, the shy one,
downcast, grave, and isolated.
Now, blackness gathers in the grass,
and I am on my hands and knees.
What is its name?

Little sister, my indigo,
my secret, vaginal and sweet,
you unfurl yourself shamelessly
toward the ground. You burn. You live
a while in two worlds
at once. 








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Brainding


6

Love, how the hours accumulate. Uncountable.
The trees grow tall, some people walk away 
and diminish forever. 
The damp pewter days slip around without warning 
and we cross over one year and one year.








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Early in the Morning


While the long grain is softening
in the water, gurgling
over a low stove flame, before
the salted Winter Vegetable is sliced
for breakfast, before the birds,
my mother glides an ivory comb
through her hair, heavy
and black as calligrapher’s ink.

She sits at the foot of the bed.
My father watches, listens for
the music of comb
against hair.

My mother combs,
pulls her hair back
tight, rolls it
around two fingers, pins it
in a bun to the back of her head.
For half a hundred years she has done this.
My father likes to see it like this.
He says it is kempt.

But I know
it is because of the way
my mother’s hair falls
when he pulls the pins out.
Easily, like the curtains
when they untie them in the evening.








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My life


My son grows limp
and heavy in my arms,
and I don’t need to see his face
to know his eyes are closed,
his jaw hangs slack.
After hours of rocking, and pacing, ad humming–
not a melody, but what
he likes, the single syllable his grandmother
has intoned to him since his birth, a monotone
nasal wail approaching mourning–
he’s asleep, and I’m too tired
to get up from his chair, too dazed
to close my eyes, so keep
gaping out the window at the winter
sky, an hour ago black, now a deep blue,
and even as I think this, becoming
gray, the color changing 
so fast, the light
coming so furiously that I think if I close my eyes and listen

I might hear grind
the great soft heart 
of the sky. I close my eyes.
I listen.

I hear not the sky,
but the sea, or someone breathing near me,
and I watch
a boy ascend a ladder
into a ceiling of water, having slipped
out of his father’s lap and arms, and replacing
his precise weight there
with an earthen jar,
having fooled his poor father,
whose sleep has finally come
after long bitterness, after hours
of hard thoughts about winter,
and money, and the exhaustions of fathers,
and the exhaustions of sons, and their loves
and trusts that shall be breached,
and all of our essential, human separateness.

It is a depthless hour of sweetest sleep
as the man’s brow unwrinkles,
as if a hand had smoothed it,
the way a hand does a crushed
ball of paper, opens it,
smooths it, and smooths it,
so the poet might
begin again
his poem.








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Always a Rose


10

My meditation, my recitative,
I love you best this way,
an old brittle trumpet,
a shred of mother’s dress, no longer regal.
I love your nakedness.
Naked, shy flower, sweet
to my nose, and bitter
to my tongue, among
the dying things
are you and I. 








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4

Odorous and tender flower-
body, I eat you
to recall my first misfortune.
Little, bitter
body, I eat you
to understand my grave father.
Excellent body of layers tightly
wound around nothing,
I eat you to put my faith in grief.
Singed at the edges, dying
from the flames you live by, I
eat you to sink into
my own body. Secret body
of deep liquor,
I eat you
down to your secret. 





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Li-Young Lee (1957)
Yakarta, Indonesia.


Rosa - 2015
Editorial: Barba de Abejas

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