25/1/16

Jacobo Fijman: "Brilla el cristal de mi locura..."



Canto del cisne


Demencia:
el camino más alto y más desierto.

Oficios de las máscaras absurdas; pero tan humanas.
Roncan los extravíos;
tosen las muecas
y descargan sus golpes
afónicas lamentaciones.

Semblantes inflamados;
dilatación vidriosa de los ojos
en el camino más alto y más desierto.

Se erizan los cabellos del espanto.

La mucha luz alaba su inocencia.

El patio del hospicio es como un banco
a lo largo del muro.

Cuerdas de los silencios más eternos.

Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío.

A quién llamar?
a quién llamar desde el camino
tan alto y tan desierto?

Se acerca Dios en pilchas de loquero,
y ahorca mi gañote
con sus enormes manos sarmentosas;
y mi canto se enrosca en el desierto.

Piedad!








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Aldea


Mi blanca soledad-
aldea abandonada.

Revuelo de perezas
sobre la torre de un anhelo
que tañe sus horizontes.

Pintadas negras de la desolación.
Yunques abandonados y puentes solariegos.

Se ha sentado el dolor como un cacique
en el banquillo de mi corazón.

Las lluvias estancadas de mis sueños
se han cubierto de musgo.

En el horno apagado del silencio
mis frutos maduraron
estérilmente.

Perdí mi itinerario en el desierto.

Hospedería triste de mi vida
en donde sólo se aposentó el azar!

En una pradería de cansancios
balan estrellas mis ovejas grises.

Lugarón sin destino;
las calles andariegas
beatas de mi ser
son manos
contemplativas
que van perdiendo soles...








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Barrio


Barrio apartado;
bandada de colores
de las ventanas de las casas.

Silencio cruzado de brazos
ante la luna.

Sobre los árboles
embalsamados de cordialidad,
aromadas de estrellas
se trepan las callejas.
¡Dulzura!

Nada interroga.
Se está y no se está en sí mismo
muy limpio y ancho.

¡Y todo es tan lejano y puro
que una nueva inocencia nos consuela!

¿He salido a buscar
juguetes
para los niños?

Barrio apartado:
paisaje de estampas y estrellas.








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Vísperas


Toque de vísperas de fiestas.
Presentimientos.
Mi corazón es blanco de ternura.
¡Solemnidad!

Hablamos en voz baja.

Un árbol canta como un niño
piadoso
todo blanco de estrellas.

Mi corazón es blanco de ternura.








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Mañana de sol 


Tañía el sol sus llamas
en los cántaros húmedos del viento
de rocío y paisaje
que alargaba el elástico sendero.

Desentumecimientos.
Carnes del trigo;
espigas de mis manos.
Jadean los aromas;
temblequean cual besos los caminos.

Silencios verdes de los bosques rojos
apretados de gozo y alegría.

¡Enloquece en mis ojos la mañana!








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Ocasos


Ocasos turbios de violeta.
Reliquias. Devociones.
Caras amortiguadas.
Nostalgias
descoloridas.
El mar se acoge en mis matices;
¡ciera su boca atardecida y fría!

El timbre de mis ojos
esparce intimidad.
Mi piedad de rodillas
se aroba en los suspiros del ocaso
(palomas de violeta)
Mis manos palpan el color de misa!








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Crepúsculo


Ponderan los ocasos gustos violetas.
Un árbol negro, un árbol blanco, un árbol verde
cuelgan sus blusas
en la inmovilidad.

Ha cerrado los párpados el viento.

Luces deshechas;
pétalos estrujados
en superposiciones.

Ponderan los ocasos gustos violetas.








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Ciudad Santa


Tres gritos me clavaron sus puñales.
Paisaje de tres gritos
largos de asombro.
¡Bromearon los sudarios del misterio!
Fuga de embotamientos;
suspiros
en la niebla inmovilizada.
Cipreses.
Bronce de los terrores
informes, fragmentados.
Mueren caminos
y se levantan puentes.

Un árbol se transforma
cerrando sus pupilas.

Caen medrosamente las palomas
angélicas del sueño
en las uñas heladas del espanto.

Un infinito horror
manaba en mis entrañas
en un himno de muerte.








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Toque de rebato


Agua de trinos
manó de las gargantas estelares;
nos lavaba la angustia
el silencio concéntrico de los cielos lejanos.

En un andar de media-luz volvían los caminos
y un gran bosque de aromas
tañía las campanas de la aurora
un himno de la vida.








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Cópula


¡Nos unió la mañana con sus risas!
En las rondas del sol
canciones de naranjas.
Danzas de nuestros cuerpos
desnudos -rojo y bronce.

El olor de la luz era sagrado:
música de horizontes,
espacio de paisajes-
rojo y bronce-
ruido de melodías,
himno de soles,
eternidad
y abismo de la dicha
en la alegría loca de los vientos.

Canciones de naranjos
en la piedad de los caminos.
¡Todas las aguas del silencio
rompimos en la danza!

Dicha de los abrazos y los besos;
toda la gloria de la vida
en nuestros pechos
jadeantes y ligeros;
nuestros cuerpos: au roras y ponientes
en la alegría loca de los vientos.
¡El corazón del mundo en nuestra boca!








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Velada 


Rumor de carreteras aflautadas
en los alientos turbios de las miradas grises.
Portazos;
temblor de las vidrieras; cóleras destempladas.

Aúlla el frío blanco;
el suelo se ha caído de mis manos.

Crucifijos en somnolencia.

Marcha de retrocesos
¿Qué ruedas empujamos?

Acordeones desafinados
de mi sabrosa angustia.

Aúlla el frío blanco
cual los gitos helados de un espejo.

Silencios enjugados de la nada;
marchas muy bien envueltas, casi fijas.

Almohadas que lloran desesperadamente;
júbilos disonantes
de huellas desgarradas;
pasos atrás, deshechos
en la inconciencia.

Mi corazón es una estrella en sorna;
canción de mis fogatas.

Almohadas burlescas que sollozan
desesperadamente.

Aúlla el frío blanco
cual los gritos helados de un espejo.








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Tarde violeta


Cae de bruces un silencio frío
en el ocio violeta de la tarde.
¡Perplejas añoranzas!

Se tuercen las paredes de mi estancia.
Ronronean las luces como gatos.
El caserío soñoliento
engrisa las campanas.

El viento tiene los pies desnudos.

Se ensordece la tarde
arrastrándose, lentamente.

¡Perplejas añoranzas!

De reojo me miran los sarcasmos.








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El viajero amargado


Gris andurrial de la mañana.
El mar descorcha sus botellas
de vinos espumosos.

Bailan como muñecos
mis anhelos, creados por los vientos;
y vanse a pique , sollozando,
con las manos abiertas, distendidas.

El mar embriaga mis sarcasmos-
aguja de relojes negros,
trasnochadores;
conciencia amarga de la vida.
Hastío.
Zozobras.
Gargantas temblorosas.

De día en día
preparo mis maletas;
¡cambio los aires y las horas!
Las grises estaciones me han dejado
el silencio de sus faroles
enfermos, de velorios;
y los puertos sus guinches y sus barcos
afiebrados de esclavos y bocinas.

Se alargan las agujas de los relojes negros.
Sarcasmos.
Bailan mis muñecos, oreados por los vientos
en el gris andurrial de la mañana.








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Mortaja


Por dentro:
atrás el rostro.
¡El pasado aniquila!

¡Es en vano que encuentre una herradura
en el estanque turbio de mi imaginación!

El árbol ha cubierto de palomas
mi soledad; pero es en vano.

Desnudo
siempre estoy como una llanura.

Para buscar un cerro
miro las multitudes.

Estoy siempre desnudo y blanco;
Lázaro vestido
de novio;
Una mortaja viva
entre el ayer eterno
y el eterno mañana;
una mortaja viva
que llora en mi garganta.








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Máscaras


Sangró mi corazón como una estrella
crucificada.
Dolor;
del sándalo purísimo del sueño
trabajaron la balsa de mi vida.

Amor
hízome calles de esperanza
que oprimieron tus manos de alegría.

Sus máscaras de aromas pusiéronme los astros
en las músicas negras que miran lentamente
mi soledad de túnel olvidado.

Y todavía el muelle
de mi ser bosteza;

yerra mi angustia
dando vueltas y medias-vueltas
como barricas.

Hasta que al fin, se romperá algún día
mi corazón, como un ladrillo.

¡Sus máscaras de aromas me prenderán los astros!








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Hambre


Vigilancia nocturna de arboledas
constantes
en una interminable perspectiva
rasada de canciones
desmesuradas.

Se engancha hondamente a mi ternura
la sangre de los astros;
se llenan mis bodegas con el vino
de la expansión;
se cubren mis graneros con los granos
de Dios.

Es muy ancho el sombrero de la noche
puesto sobre el paisaje.

Hacen alegre ruedo
taifa de vientos peleardores
de dientes amarillos.

Perpetuo insomnio
mis pasos olfatean como perros
un lobo imaginario
guardando los apriscos.

Cenas del hambre.
Recogimiento bufonesco
salado de idiotismo:
voz de falsete
en francachela corpulenta.








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Réquiem


Olores de amarillo.
Aliso de silencios
cual colgaduras tiesas
en la flor negra de mi estancia.

Sonrisa azul y blanca.
Gritos desesperados de los trenes
que doblan imprevistos horizontes
de lluvias y de fríos.

Otoño-
taburete desolado;
tabaquera de días rubios,
lánguidos y descalzos
y oscuras tardes de Rosario.

Un rebullir de sillas me despierta;
sabor de infancia; olores de amarillo.








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Subcristal


Zarpas monótonas
amarillentas de las horas
de Otoño,
en las cifras muy lentas de mi hastío.

Tonalidades;
respuestas y llamadas de motivos
en una discordancia de apariencias.
Brilla el cristal de mi locura.
Efervescencias bruscas;
ojos endemoniados de un molino
junto al enorme zueco
de una carreta que relincha.

Cascan mis dientes piedras de blasfemia.








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El "Otro"


Tarde de invierno.
Se desperezan mis angustias
como los gatos;
se despiertan, se acuestan;
abren sus dedos turbios
y grises;
abren sus dedos finos
de humedad y silencios detallados.

¡Bien dormía mi ser como los niños
y encendieron sus velas los absurdos!

Ahora el Otro está despierto;
se pasea a lo largo de mi gris corredor,
y suspira en mis agujeros,
y toca mis paredes viejas
un sucio desaliento frío.

¡La esperanza juega a las cartas
con los absurdos!
Terminan la partida
tirándose pantuflas.
Es muy larga la noche del corazón.








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Feria


Organillos de misa; hacinamientos;
sacos de gritos de la mañana.

En lentitud confusa
sorda algazara de las obsesiones.

¡Las máscaras estúpidas
de los atormentados!

Rasguños en el quicio de la puerta
por la luz más intensa.

Bosque de soledades.
¡Esta es la pausa
más nueva de mi vida!

Mantas de fuego
sobre los agrios soplos
de mi locura.

Feria maligna de rostros tostados;
un estanque de tiempos.








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Vísperas de angustia


Atmósferas de marasmo despedazan mis ademanes.
Pasos furtivos
en los malditos huecos de mi ser;
desolaciones alteradas.

Azar; ideas fijas.

Revolotear de músicas celestes.
¿Vísperas de una nueva angustia?
Sospechas.
Soy de los que no vuelven, hermanos míos.

Atmósferas de marasmo
en torno del más fragante pino.

Amor, alégrame el camino.
¡Los fuegos fatuos!
¡Quebrantaré la vida por mi vida
por el imposible contancto de la eternidad!

Pasos furtivos
en el hueco de mi ser;
yo soy el prometido, el anunciado.

Revolotear de músicas celestes.








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Molino


Los molinos de imágenes; caminos sin puntos de vista.
Ahora vivo detrás de mi mismo.

Ventanas sobre los astros.
¿Duermen los pastores?

Semblantes contraídos en cera derretida
sobre los muros.

Fogatas.
En pasos de alta voz riñe un humor de perros.
¡Aquí no hay un solo corazón alegre!

Leña húmeda de los crepúsculos eternos.
El dolor es un agua que no se pierde;
pero nosotros nos hemos perdido
como en un gran tonel
de contratiempos sordos, fijos, duros.

Rincones que se enfrían
como un cadáver, en la estancia.
Aurora
en que escupe la rabia más absurda.

Se ha torcido el puente, como una mueca.

Alcohol; salario de estrellas.
Murmuradores a granel.

Silencio entorpecido;
ah, si ladrara un perro.

Se encaminan las quejas de los Nadie.
¿Duermen los pastores?

Señales; imágenes y muros.
Ruidos de establo;

y se abren más ventanas, pero blancas.

Inopinadamente...








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Alegría


Agua de sol,
cencerros de horizontes
enlazaban la intensidad
armónica
de nuestros cuerpos
claros y vigorosos,
en plenitud de luces infinitas.

Sones de llamas
en el aire rosado;
jadear de bosques y expansión de mares.
¡La danza de la tierra!
¡La sinfonización del universo!

Y repicaban los paisajes;
agua de sol,
cencerros de horizontes.

¡La alegría del mundo
en el pecho redondo de la tarde!








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Despertar


Revuelo de silencios aromados.
Estrellas-pájaros de fuego
dichosos de infinito.

Música de las nieblas y risas de las selvas.

Se enardecen de llamas y de gritos
los desiertos.

¡Locos de eternidad!
¡Los pies del viento danzan en el mundo!








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Sub-drama


Desolaciones.
Altos silencios
que balancean sus cabezas truncas
esencialmente.

Han caído mis esperanzas
como palomas muertas.
Desbandes.
El canto de mi mismo se alucina.
Cristales rotos.
Murga carnavalesca.
¡Las risas rojas!

Cifras desafinadas y arbitrarias;
¡el dolor más eterno!
Me trasvasa el espanto sus caminos.

Pavor de candelabros;
romance de agonía.

¿Quién soy?
Ha perdido su espacio
completamente el universo.

Se cierran las estrellas en mis ojos.
Nadie y nada.
Terribles apariencias
aplastan el cristal de sus sarcasmos.

Pasa un convoy de brujas caprichosas;
cuelgan mis extensiones deformadas.
Mi corazón es una isla roja
en que destacan sus banderas negras
los días de mi anhelo.

Las miradas ardientes de mis ojos,
¿en qué se apoyarán mañana?

Canciones de mi ser,
hemisferios de dicha,
volúmenes de aromas
¿en qué tambor de soles
se agitarán mañana?

Orientes y occidentes.
Se quebrarán mis ejes.
Lo sé
¡Llueve sin latitud el dolor más eterno!

Han caído mis esperanzas
como palomas muertas.
Pavor de candelabros; romance de agonía.








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Antigüedad


¡Oh los gozos profundos, los inviolados gozos,
agua de soledad
que guardan los caminos!

          Alma, corazón,
          danza en los anillos
          del día que llega,
          danza en sus huertos,
          goza de sus vinos.

Las albas nuevas
rompiendo límites mojan la nada;
cantan los puentes en el universo.

En las albas más nuevas humedezco mis ojos;
¡en los soles más nuevos humedezco mi boca!

          Suenan los vientos
          las zarabandas
          de sus tambores
       
          ásperos, fuertes,
          libres, salvajes
          y puros.

El alma del mundo es como un pájaro herido
que sangra en el amar.
Antigüedad del mundo, desolación del mundo;
¡Danza en mi corazón la más roja lujuria,
la más roja alegría,
la más roja esperanza!
¡Danza las danzas
más sueltas y alocadas!

Sálvate, mundo mío,
desatando infinitos.
Apaga tus fríos
y enciende tus arenas
en la primavera
y en el sol.

Pon en mi soledad los pies ligeros
de tus dichas.
Gira tus estaciones
sobre las nuevas eras.
Iniciadas en angustias, en dolor y en espanto
abro mis manos rojas de semillas.

¡Puedo ser un gran sueño, puedo ser el gran sueño
de una raza!

Oh música sagrada: sobre los nuevos puentes
danza tus retornos.








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Gabán


Soy una alforja
de lluvias.

Mi corazón regó en las primaveras
sementeras de espacio;
por ello mi cabeza
es una gorra remendada y parda
(genialidad)
o, un gabán raído,
pues he amado.

El pienso de mis días
desparramé en las sendas;
rompí todas las tejas
de los pesebres
humanos.

De mal en peor
tildaron mi locura;
merma mi audacia,
enflaquecen mis manos dadivosas
como las mulas viejas.

¡El gabán de mi ser se va pudriendo!








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La égloga profana


Una granja soleada. Labriegos y cantos.
Las callejas,
banderizadas
de chicuelos reidores,
se enloquecen y disparan
de mercado a la taberna;
de una esquina a otra esquina.
Se prolongan y agachan.
Danzan
hasta el medio día;
luego abren sus bocas,
se tragan el sol;
y estiran sus brazos
tatuados de cosas
y se duermen dulcemente.








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La aldehuela de vuelta y media


El blusón descolorido
del gran viento
aligera a las campanas
del convento de sus pájaros de bronce,
que se desgañitan en un débil llanto.

Toses desesperadas
y gritos arqueados en las chimeneas.

¡Está la aldehuela de vuelta y media!
(Puede que el heno se pierda
sacando la lengua de sus chirigotas
a los pobrecitos labriegos).

Gimen los mesones
un Dios mío.

¡Máscaras en la luz más intensa y más
sorda!
Agrios soplos de la locura.








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Paraguaya


Por las arenas rojas
se arrastraba tu olor a monte
como una sombra verde.

Se anaranjaba el bronce enloquecido
de tu cuerpo ágil
en las manos del sol.

Reíamos de gozo.

Mordí tu piel más lisa que los vientos.

Tus ojos
desparramaron las semillas
negras de tus miradas.

Todos los trópicos
se hicieron jugos en tu boca.

¡Los cantos de las selvas guardáronse en tus formas!








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Cena


Cenas de mi soledad en hosco abatimiento;
eterna como Dios, profunda de universo.
¡He sido el más ausente: el juntador de formas!
Cenas de mi soledad...
El sudario más frío es uno mismo.
¡Buscar y qué buscar!
¿Encrucijadas puras donde zapatean los truenos
en un constante mediodía?
Cenas de mi soledad en hosco abatimiento.
Pan y sal. Lamentos.
Piernas que saltan; salidas de cortejo;
vacilación de luz que viene abajo.
¡Extremaunción de un armonioso herrero!
Ir; pero no ir nunca;
en algodón de olvido sumir todos mis días.
Anuncios que deslizan;
canción de gallos en la mañana azul de mi esperanza
continuación de tiempos fundamentados en dolor.
Fui un desaparecido, el más ausente:
el juntador de formas.
Amanecer desentonado...








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Mediodía


El sol
hace un motín sangriento.
Paisaje apisonado.
Luces malavenidas.
Paladeos chispeantes del arroyo.
Tierras blandas de lluvias perfumadas
en que cavan las luces como perros.

Sosiego de mediodía.

Guía de carreteras bifurcadas.
Surcos. Plantíos.
Distancias.
Todas las heredades interrumpidas,
como en un paradero
definitivo.

Se enclavan en el sosiego los blancos, verdes, malvas,
del suave caserío.

Distiéndese el paisaje
martirizado de luz.
Una horda de árboles dispara
sus flechas de bramidos
contra el sol-agujero
concluso,
desolación iluminada.

Perspectivas insospechadas
que lame el horizonte sensualmente.

El silencio le ha puesto al viento
un candado de horas.

Bocas temblonas
del río.
Señorea la luz del mediodía.








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Pan negro


¡Dedos sarmentosos,
helados y duros
del invierno!

La aldehuela
es como una rama seca.
Los mesones, las callejas,
padecen torpeza.

¡Mastican tan lentamente
las campanas!

Intimidad enfermiza
de los silencios.

Cuando llueve,

la aldehuela es un pan negro
mojado.

¡Dedos sarmentosos,
helados y duros
del invierno!








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Puentes


Ah, se han puesto las horas
como butacas viejas
en la madera negra de mi vida

Se empereza el paisaje.
Arrulla mi intimidad.
Paredes grises.
Repique de las sombras anunciando los astros.

Caminos del invierno.
¿Quién sube por mis escalones?
Un toque matinal y fresco
deshoja sus auroras.

Viajero,
hay puentes todavía por los caminos.








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Puerto


Amanecer de invierno.
Un puerto.
Ha roto su órbita un silbato
sobre los hombros de la bruma.
Lamentación del mar
y cobres de los horizontes.
Se contraen las torres silenciosas;
beben las calles gritos
en sus campanas.
En las piedras
quiere tallarse el viento.








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Ventana


Muelle de invierno.
Pájaros retorcidos del alboroto.
Entre la niebla,
estertor de los puentes.
Las hélices de un barco remueven luz y brumas;
lloran los mástiles del viento.

Gozan olor de sol todas las lejanías,
caminos de miel
en que se pierden en mis fatigas.

Alondra las de mi pecho en la mañana
que llueve angustia.

¡No tienen árboles los muelles!
Se humedecen mis ojos y mis manos.

¡Y hay algo más que el ruido!
Una ventana
cerrada eternamente:
El silencio profundo sobre todos los puentes.








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Alegría de invierno


Las flautas de mi angustia en el paisaje
de las constelaciones.

Bosques de estrellas blancas sin canciones.
               ¡Alegría de invierno!

Mana silencio de mi pecho;
mi silencio tan viejo como el mundo.
                 ¡Alegría de invierno!

A la costa del tiempo mis músicas se apagan como bujías.








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Las blancas torres


Júbilo musical del agua.

Permanezco anhelante.
Compases olvidados que retornan.

Júbilo musical del agua.
Suenan las blancas torres del invierno.

Pupilas anonadadas;
compases olvidados.

¡Aún guardan mis anhelos gritos de salvaje!
pero sólo mis medias noches
saben de estos pájaros de fuego.

Interrogatorios de mi ser;
cizaña de mis sementeras
y el recodo más negro del camino.

Interrogatorio de mi ser;
fosos que no blanquea ni la aurora.

¿A las anchas de qué
amor encenderé mi vida?

Suenan las blancas torres del invierno.








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Pájaros de invierno


En los fines sordos
de mi angustia,
la gracia del día
enturbia sus linos.

Zapatea la arboleda
helados espantos
de música descocida.

Se quema la luna
en el frío blanco
del invierno.

Campanario de horizontes;
esquilas de los misterios.

Desatan las soledades
sus pájaros de congojas;
y las estrellas agitan
el sudario de los vientos.








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Madurez


Soles ancianos;
madura el horizonte en los caminos.

Tu piedad es alondra en mis mañanas.
¡Hazme nuevo en los cantos de tu vida!

Mi sueño es un aroma
gris y ya viejo de sí mismo.
¡Ah, cómo son de tristes las madureces!

Mi soledad es pura,
como un desierto
lavado en las estrellas;
alta cual la montaña
en que resbalan mis espantos.

Todas las albas de la eternidad
dejáronme las huellas de sus anunciaciones;
pero mi sueño es gris y viejo.

¡Madura el horizonte en los caminos!








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El hombre del mar


El hombre de los ojos
atormentados,
que ha mirado mil auroras del mar
desde las grandes proas,
tiene el secreto
de las neblinas, las compactas y húmedas
neblinas;
tiene el secreto de las claridades,
de las muy anchas, de las ilimitadas claridades
que estallan como granizadas
sobre los barcos clavados y desclavados
en los planos soleados de los días.
¡Los barcos que alzan sus ojos en la noche
cual surcos conmovidos, ardientes y sedientos
de las semillas
de los cielos lejanos!
El hombre de los ojos
atormentados,
sabe todos estos secretos;
y al estrechar mi mano con la cordialidad
de las almas supremas,
me ha entregado el don de los horizontes;
me ha iniciado en las expansiones;
me ha libertado de los cuatro puntos cardinales,
y del bien y del mal;
De mi ciencia de biblioteca,
De mis pequeños sueños de orangután civilizado.
¡El, el hombre salvaje,
me derramó su olor marino
sobre mi olfato torpe que vive en las alcobas!
Él, el hombre salvaje me ha traído la música
de las islas bienaventuradas,
en su silencio abismal
y en sus palabras pintorescas,
alegres, puras,
de una elevada, de una cósmica simpatía!
Él, el hombre salvaje,
que ha reído con las olas del mar;
que ha llorado con las olas del mar;
que ha sufrido el asombro y el espanto
frente a las tempestades
que hacen y deshacen los mundos
y destrozan ciudades y amplían las hogueras
con sus gritos tan rojos;
Él, el hombre salvaje
me ha dejado oír los órganos profundos
de su alma golpeada por las visiones de la inmensidad;
y este mi corazón se ha agitado en el sueño
del universo;
porque el alma y el corazón del hombre salvaje
trae el múltiple canto del mar y de los astros
y los abismos altos y los abismos bajos;
las expansiones y las desolaciones
prendidas a la rueda del universo.
Él, el hombre de los ojos
atormentados,
que ha mirado mil auroras del mar,
me ha desclavado de las calles grises
de mis hábitos viles de hombre civilizado
que nada tienen que hacer en mi destino
en mis pies, en mis manos
ni en mis ojos hambrientos
de una proa, de un astro y de una aurora.

¡Ahora yo también soy un hombre salvaje!








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Jacobo Fijman (1898 – 1970)
Orhei, Besarabia, actual Moldavia.


Molino rojo - 1926
Edición del autor en Talleres Gráficos El Inca.

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