3/5/16

Tom Maver: "es lento y frío el comienzo del amor..."



Ni la luz ni el calor. El viento
anima la inquietud de los pájaros. 
Nos electriza su corriente invisible
que podría alejarnos de todo
y llevarnos a la perdición de su origen. 
Pero las aves sabemos orientarnos
e incluso en las tempestades
sabemos volver a nuestra palpitación. 
No se puede deshacer lo que está unido
a las constelaciones y a las mareas. 
A quien está atado a su nacimiento
y a su muerte le son indistintos las desvíos.








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Nacer lleva tiempo.
El mismo que tardamos en darnos cuenta
de que otro nos sostiene, abriga y espera
a que podamos hacer las cosas por nosotros mismos.
El que nos lleva aprender que hablar
es tocar el mundo, la cara
de quién oye, con nuestra voz.








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Somos aves sin canto.
¿Qué sube por mi garganta entonces?
Es como si en mi boca amaneciera
yo mismo. No sé explicarlo.
El calor cae sobre mí y algo, 
un movimiento vertical me atraviesa. 
Quizá ésta sea otra clase de alarido, 
la transfiguración de un viaje.
Degustar en mi lengua la mañana 
que veo con los ojos.








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Tendría que detenerme al algún sitio
para descansar. Pero ya estamos sobrevolando
el Atlántico. Serán meses en que la gravedad 
nos aplastará con su mano contra el océano.
Sólo el insomnio nos dará el equilibrio
para no perder la cabeza viendo este colchón de agua.
¿Dónde tenemos alojada la fuerza necesaria
para atravesar tanta intemperie y no caer?
Detenernos, sí, pero el cansancio
también es un desierto que hay que cruzar
y, aunque la energía me prenda fuego, 
no debo separarme de las llamas.








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Haber aprendido a no estar
en ninguna parte es todo lo que queda
de mi infancia. Bajo el mareo
que provoca la insistencia del pasado
entiendo que hay pérdidas
que deben guardarse como tesoros.








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Cuando nos detenemos soñamos
cosas extrañas. Desperté viendo todavía
la luna como si fuera una boca que devoraba
para su propio resplandor la fugaz acumulación
de plumas y pálpitos que somos. 
Y ahora que la veo, llena, pesada de luz
e inmóvil como nunca lo está la tierra, 
como nunca lo estamos nosotros, 
pienso en cómo quedamos vacíos
luego de los viajes, cómo sólo hay belleza
en el viento, en moverse, en el estremecimiento
ante la llegada del otoño, que nos hace partir, 
temer y amar lo que nos destruye.








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Al principio uno quiere dar el gran salto, 
el que masivamente lo insole de una vez.
Pero es lento y frío el comienzo del amor.
Incluso llega a pensarse que es una jaula
lo que tiene agarrado al cuerpo. De algún modo
lo es. Hasta que se ven. La ves. Te ve.
Te llama. La jaula se abre, y el cuerpo.
Y algo, por primera vez y de otra manera, 
queda atrás. Como si se volviera al comienzo
de uno pero con otro. Y los dos viajeros 
que ya no nos separaríamos, nos preguntamos: 
¿Cómo alguna vez pasamos
de un lugar a otro, de un amor a otro?








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A veces el amor prefiere lo inaccesible, 
lo que tengo, pero oculto. Avanza
hasta las zonas más secas de donde
ni siquiera yo puedo traerlo de vuelta, 
donde basta una chispa para que todo arda. 
Querido mundo: que el privilegio
de ese exceso sea sólo mío.








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El verano es la inmensa jaula del deseo.
Sólo el frío podría abrir esa puerta
pero quedaríamos expuestos al extravío
de la libertad. Quien ama encierra
a su amado y lo lleva consigo, 
en la sombra de su vuelo.








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Fluyo entre los cambios y las permanencias
alucinando que recobro mi vida.
¿De qué está hecha la experiencia
sino de pequeñas y tempranas pérdidas?








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Un hilo de voz me mantiene unido.
Amaga con apagarse
pero cada tanto llamea. 
Como en los mares del sur, 
donde las luces de los barcos
fuera de control se pierden
en el fondo de las aguas, yo
soy una oscuridad encendida por dentro.








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Resplandecí en el poniente
y ahora me apago ante su abandono.
Lo que perseguí, lo suelto. Eso es todo.
Hay cierta sencillez en morir
lejos de lo que uno amó en esta vida.








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Tom Maver (1985)
Capital Federal, Buenos Aires, Argentina


Marea Solar - 2016
Alción Editora.

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