15/2/17

Héctor Viel Temperley: "Acaso Dios es casa..."


Las aguas vivas


Me han quemado las párpados,
me han quemado debajo
de los brazos
las aguas vivas.
Entre los dedos pasan.
Nunca vi más silencio
odiando, navegando, naufragando
suavemente hacia el sur
por este espacio mío.

¿Quién otro corre como yo
estos días
sin quererse perder,
sin querer que lo pierdan
sus hijos verdaderos
de sus hijos?
?Quién más corre,
balneario de aguas vivas?

Han quedado en el aire,
con parálisis,
sillas de playa,
risas, ironías
de diez, doce veranos;
y a ellas vuelven
los mismos moribundos
odiando, navegando, naufagando
suavemente hacia el sur
por el espacio mío.

De espaldas sobre el agua
miro el cielo
¿Dónde estará mi amigo
David con su trompeta?
¿Quién protege mis alas,
David, que no se queman?








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Batman


Yo soy el que hace guardia
a medianoche
junto a una pileta.
Llanura helada,
alas,
luna nueva.

Yo soy el que no pudo
quedarse haciéndo guardia
-sin inviernos, sin alas-
junto a otras piletas
más altas, más azules.

Yo soy el que algún día
va a hacer guardia mil años
junto al mar.
Voy a buscar de nuevo
mil años
a mis hijos.








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Tus pezones


Porque tus pezones son
del color de tus párpados,
van pesadas las horas
por la calle.

Hacia su último mar
de zoológico ardiendo
van pesadas las horas,
las mentiras, el sueño.

Y he encogido las piernas
hasta el alba al sentir
como naves
saliendo por el aire.

Y ha quedado mi brazo
duro
de alzar un ancla.
Y ha quedado mi mano
hinchada y escondida,
hueca como la almohada,
porque son tus pezones
del color de tus párpados
y del color que tienen
los pezones
de la ternera muerta
apenas nace.








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Julio


Desde que me quitaste
tu cuerpo,
sin saber qué quitabas,
hay más tiempo
en el cielo
y una mancha de sangre
en el cabo
de mi hacha.

Hacho pisando hojas,
me desnudan y bañan
en un patio de estancia.

La vida es una larga
pileta con violetas,
una pileta en forma
de cruz
que se cubría
y que cubría el campo
de violetas.

Ya no grito tu nombre
cuando sueño
que he perdido las botas
o que muero.
Ahora las busco solo
por el suelo
como cuando buscaba
gateando mis soldados.

Y cuando sueño que te vas
no grito
pero salgo a buscarte
y llego tarde
y me enferma tu tiempo.
En el sueño es verano;
la mañana es de invierno.








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Las ratas


Nunca antes
pensé en las ratas. Eran
las grises, melancólicas
nadas de larga cola
que subían
a un horizonte ajeno.
Las miraba
marchar, sin importarme,
por los altos
horizontes de los otros.
Pero ahora
las ratas no son nadas,
son el peso
que sobra en la memoria,
que chilla cada vez
que abro las puertas
del Día.
Sé que están
en este barco
interior, confundidas
con la Gracia,
atropellándola
cuando ella sale
a ver el mar,
a hablar con los marinos.
Ahora sé por qué
algunos días
son más grises
y hay más frío en un lado
del corazón a veces.
Las tenía
siempre conmigo
pero no sabían
que iba a despertar
esta mañana
pensando en ellas,
recordando quejas,
reproches que me hacía,
equivocado.
Desde hace un rato
van por mi memoria
como esperando
que se mueva el viento.
Y sus colas escriben: Todavía
hay fuego en las cucharas
de los cielos.








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Placita de Santa Marta


Placita de Santa Marta
donde no fornica nadie,
por las paredes blancas
y los cuatro naranjos.

¿Qué hago en Sevilla,
qué hago
que no corro por el cielo?
¿Cuánto tiempo más
buscando hoteles?
Y el que quiero
no aparece.

Sólo una vez tuve uno
como nave del Señor.
Pileta azul y silencio.
Siesta, calor y silencio.

Placita de Santa Marta
donde no fornica nadie,
¿qué hago en Sevilla,
qué hago
que no corro por el cielo?








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Casas


A lo mejor las casas
son el reino
de Dios sobre la tierra
para algunos;
a lo mejor algunos
son el reino
de Dios sobre las casas,
como tiendas.

Acaso Dios es casa,
acaso es tienda:
tienda nomás, no casa.
No hay hacia Dios caminos
ni es casa con terrazas
para mirar desde allá arriba
casa.

Acaso el hombre quiere
volar nomás en medio
de la tienda de Dios,
tomado de la pobre
camisa azul de Dios,
con los ojos cerrados.

Acaso son las llagas
del hombre las que quieren
un Dios así, que deje
pasar la lluvia y vuele
alegre hacia su casa.

Acaso Dios es casa.








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Pampa de Achala


Hay que tirar muy fuerte
para abrir la ventana
del baño, pero el aire
que afeita como el hielo
es Dios de nuevo.

Le digo adiós a un hombre
que miraba el invierno
y tenía una nieta
y un hotel,
allá arriba,
que era como mi casa.
Le digo adiós a un hombre
que se llamó Juan Reymond.

Le digo adiós a un hombre
y a una mujer jóvenes
naufragando en el viento,
sobre nubes y sábanas
y caballos pequeños.

Las nubes, como lunas
húmedas, van pasando
y es como leche de mujer
la pampa
con el caballo al paso.
Ya no veo.








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Héctor Viel Temperley (1933-1987)
Buenos Aires, Argentina.


Febrero 72 - Febrero 73 - 1973
Juarez Editor

1/2/17

Joaquín Giannuzzi: "en busca de la exacta palabra..."


A Libertad, Moira y Leda


Uvas rosadas


Este breve racimo
de uvas rosadas pertenece
a otro reino.
Yace, sobre mi mesa,
en la fría integridad de su peso terrestre
mientras yo permanezco silencioso
imposibilitado
de oponer mi vida a su carnal exuberancia.
Casi con horror admiro allí
la dura tensión del agua
hacia la piel mortal
como una realidad insoportable.
He aquí un remoto acontecer:
todo transcurre del otro lado, fuera
del rumor insensato
de la existencia humana.
Comprendo que hay un límite
cuyo paso en el tiempo
me está vedado
de modo que el puro conocimiento
sólo cabe en la mera travesura de la mente.
Más allá está la misma tierra
a la que regresamos como extraños;
en el racimo de uvas rosadas yace
la imagen de otro regreso
y este enigmático existir
dulcemente en el rosa
tiende a cumplir el ciclo
que comenzó, radiante, en el verde lejano.

Otros días transcurren
aquí, en otro espacio
que colmó la inutilidad
de una vida ocupada. Ajeno
a la región de las uvas permanece
mi estupor desalentado;
pero nunca la esperanza
tuvo mejor imagen que esto:
la travesía del límite
que da a lo secreto vendrá
de la misma costumbre de la luz
con que las uvas rosadas
van a entrar en la muerte.








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A un montonero


Tenaces como piojos, en la tinieblas
de las bibliotecas públicas
suele haber hombres inclinados
hurgando en papeles antiguos;
rastrean allí algunos de tus días
que permaneces a oscuras, insolente
silencio en medio de la historia.
¿Qué hacías, por ejemplo,
el 13 de noviembre de 1821?
Oh, aquellos hombrecillos
emprenderían la fuga, en el terror,
si te hubieran visto, al amanecer brumoso
junto al alarido de la batalla
o masticando la galleta
bajo la lluvia, en la noche.
Pero ellos no buscan imágenes
como si fueran al cine. Por lo demás
la palabra héroe ha terminado
precipitándose en el error.
Lo más importante es saber
por qué requerimientos
hundías hasta la sangre
las espuelas en tu caballo, qué remotas
justificaciones hacían
avanzar tus días feroces
entre nubes de polvo.
¿Son antiguas acaso
o extrañas las razones
del impetuoso desorden, el pavor primordial,
la liberación de tus huesos,
la rotosa chaqueta azul, el hierro
de la tacuara o tu pólvora torpe?
Sin duda te fue concedido
lo justo, en abiertas y vastas
materialidades, donde la crueldad,
las costumbre del desierto y el cielo
te hicieron señor de tus propios
aconteceres. Después,
muerte con cara al barro
o el delirio en el catre, la fiebre
que te introdujo la bala, también estaban
en el seno de un orden
que ha resistido al tiempo
y a la falaz abominación de sí mismo.
Tus batallas giraron
hacia un silencio anchuroso
donde aún prosigue el sentido
que inició el galope de tus caballos,
y el aire también y las hojas
olorosas de América
que torna a mover el viento:
he aquí la abierta eternidad
en poder de tus huesos,
donde es vana la miseria
de toda interrogación: ¿qué sentido tuvo
para ti, para el mundo,
por ejemplo, la tarde
del 6 de julio de 1820?








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Lluvia en Ledesma


Esta es la lluvia apacible
de Ledesma, en febrero. Recordad cómo yacen
las cosas con nosotros, junto a la sombra húmeda
de los cañaverales. A lo lejos la tarde
con álamos de inmóvil y sombrío azul
mientras el desolado silbo del chalchalero
cruza el aire brumoso. Con intensa
lentitud nos movemos y estamos silenciosos
viviendo en una dulce hondenada de América.
Detrás del escaso rumor de la gente, en alguna
parte, transcurre el río, con su cuerpo intratable,
constantemente herido por la piedra del norte
que viene de lo alto del mundo, la soledad de las estaciones del año.

Algunos vinieron del sur, eran jóvenes
y tenían la piel blanca. Inagotable y vasto
halaron el escarnio del verano, animales y hojas
pesados de agua entre los hombres. Con fatigado asombro
quebraron la gravedad codiciosa del barro
que arrastraba hacia abajo la llama insegura
de sus ojos. Y se fueron callados
con ardientes papayas y mangos
que hacia el sur se pudrieron en el tren.
Allá, de noche, habrán reunido a sus amigos:
y era América el silencio
instalado de pronto bajo sus frentes.
Prometieron volver, algo oscuro en su mente
o quizás en los huesos sentía más extraño que ajeno
la carnal y ardorosa de responsabilidad como si esto
significara luz. Pero los grillos
siguieron cantando en la humedad de Ledesma.
Vino la lluvia, apacible. Ahora conocen
como evidencia del fuego cálido en una mano
la realidad de este rostro de América
que el destino de algunos conjetura maldito
o brutal territorio de nacer y de muerte traicionados.

Pero escuchad, ¿acaso, somos aquí pastores
de equivocados actos, de humillantes maneras
que no hallan razón ni sosiego? No: lo erróneo
es esa visión gastada que busca la palabra exacta
antes de aventurar las manos. El miedo no es la razón,
quizás la soledad es un error de perspectiva.
América, pues, ha dejado de ser la palabra
que inicia la justificación de una conducta
distinta, una actitud que retoma
las ruinosas formas de orgullo
y de lo que llamamos espíritu. He aquí la prueba:
la nuestra es otra justificación, estamos
ordenando las viejas violencias terrestres,
construyendo algo que no sea ilusorio,
cosas que logren regocijarnos. Y esto sabemos:
que América es dura y trata de no seguir solitaria,
qu toda interrogación es inútil y es desolación
es el hijo de la mente, cuya región desconcertada
invaden la sed, la implacable devoción al sol,
la maldición de los pantanos y arenas, la razón
de los ríos y los árboles y animales.
Esto sabemos: que vivir en América
no es haber meditado primero, ni colmar de antemano
el conocimiento de amor para construir después,
simplemente América debe confundirse ahora
con la aceptación de sus vastísimos vientos.
Los que llegaron del sur y se fueron
con perplejidad y con frutas conocen
esta lluvia de febrero, en Ledesma. Conocen
la codicios marea de los acontecimientos naturales,
el transcurrir implacable de las formas
levantadas por la arcilla entre los cerros
para desmentir nuestra lucidez de hombres
que pide memoria y sentido.
Pero América no exige justificación ni puede darla;
América es su propia justificación y es la nuestra.
Esto pensad los que habéis partido, hace tiempo,
en verano. Los dioses del río que viene de a soledad
y se oyen detrás de los cañaverales se sientan
a nuestra mesa. Su sentido es oscuro
pero es único: su explicación requiere
soplar sobre la arcilla de América. Tal el secreto
del silbo solitario del chalchalero
en el aire brumoso, el sombrío azul
de esta lluvia de febrero, en Ledesma.








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Tumba de los caballos de carrera en Chapadmalal


Los delicados huesos que la tierra
apenas con el peso de una sombra cubre
se detienen aquí,
lejos del viento que les dio sentido
y espaciosa morada.
Por una vez acaso,
vana ha sido la destrucción, pues la oculta
hermosura transcurre
en el centro impetuoso de la multitud
que consagró su unánime locura
a estos dioses de limpios ojos.

El tiempo,
que también devora ciudades y rosas,
inició en las soberbias
y levantadas figuras que amó el aire,
un cambio insensato
hasta reunirlas en la vasta sombra,
y desde allí adelanta hacia otras mañanas
la pasión y el rumor del galope memorable.
Así la eternidad.

Aquí el hombre ha desistido
su proceder absurdo bajo el cielo:
perdido el conocimiento
y el significado de toda sabiduría
reunió los cuerpos que en su memoria
levantan un resplandor que no cesa;
ni triste ni alegre
con extraña serenidad sepultó a sus caballos
que ahora yacen aquí como en el centro
de una dulce costumbre.

La muerte que pretendemos conocer
no es ésta; ninguna
meditación piden a los instantes humanos,
ni la inútil
interrogación de la desdicha.
En la desnuda inscripción de la piedra
todo está concedido: así como entre todas
las flores que más amamos
escogemos algunas en la memoria
porque han sido el acontecer y la dicha
de una existencia única.








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Comensales eternos


Un instante: mirad esta fotografía
en un diario reseco del año 32.
No se trata, creedme, de un error o fracaso
de la imaginación. Más allá del dolor
y también del castigo, contemplad este grupo
de hombres en la mesa; legisladores son
están cenando
y no obstante hace mucho que todos se murieron.
La luz decae, extraña. Las comidas, las rosas,
el pan, el vino fueron a sí mismo consagrados
y han entrado con ellos en la sombra suprema.
Por lo tanto, nosotros, tenemos tiempo ahora
para atroces preguntas. ¿Cómo les fue posible
sepultar lo esencial en el centro remoto
de sus propias cabezas? Observad qué profundas
y afeitadas mandíbulas en grave movimiento
adoptado a la carne de los campos de América.
Sensatez, hombres, ojos tan pulcros como astutos,
¿hubo un instante acaso de la noche en que todo
se les tornó ilusorio? ¿Alguna vez, debajo
de estas pálidas frentes fue ahuyentada la vasta
perplejidad de ser?
¿Acaso en un segundo, en tanto que miraban
distraídos el jardín, en otoño,
el pensamiento se abrasó en sí mismo
como cae la llama bajo el espacio oscuro?
Nadie sabe. Detrás de la fotografía
mirad cómo se instala lentamente la noche.
Esto quedó, nosotros contemplamos la cena
de los señores. Sin embargo, seamos
prudentes. Aquí hay algo que en nada nos concierne:
ellos murieron, vemos cómo se desentienden
de nuestra triste lógica en un reino inmutable
donde el juicio fracasa. Sabemos desde siempre
que lucidez y sangre se disputan los límites
del error o el orgullo. Pero hay esto: la horrible
responsabilidad que les atribuimos
se aposenta y se agota en el ámbito escaso
de sus rostros de hombres. Hace tiempo que están
retrocediendo, a ciegas, comensales eternos
de irrealidad colmados
que excepto a la piedad impunes se deshace.








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La paloma


Contemplé el cuerpo de la paloma
que la muerte hizo descender
extrañamente, con un peso desconocido
hacia un trozo increíble de la tierra.
Liberado del cielo pedía sombra
el temblor abatido de su gris azulado.
La meditación, el deseo
huyeron de mí como animales fatigados
ante esa nueva irrealidad que cubría el suelo.
Era en verano, yo estaba solo
y la paloma yacía muerta como en el centro
de una dulce costumbre iniciada hace tiempo.
Me senté a su lado, ni triste ni alegre,
e inicié con mi pie un absurdo movimiento
hacia el cuerpo silencioso, interrogando
en la insensata búsqueda
de un remoto estremecimiento en la sangre inmóvil.
Y la respuesta, como siempre,
me fue dada parcialmente
en la falta de sentido que adquiere el mundo
cuando uno detiene su mirada
por más tiempo de lo debido.
Pensé en otros veranos,
lejanas tardes con palomas que seguían
todavía la morada del aire
cuando la muerte era solo
un lujo del pensamiento, una rara
decepción que desmentía el fuego.
Ahora,
junto a la paloma que yacía muerta
no me era dado comprender lo esencial
sino los ilusorios aconteceres
siempre jóvenes del mundo. Y en el hueco de las alas
que contuvo el aire vivo
se cumplía la podredumbre, indiferente,
tal la conducta que empujó mi pie
desde una voluntad desconocida
para hurgar el oculto secreto.








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Leda, mi hija pequeña


Secando yo los pañales
de mi hija pequeña, en la lumbre
que nos hizo remota la lluvia
insidiosa de otoño en la noche,
mido la dulce rendición de las cosas
hacia la brevedad de su breve carne indefensa.
Mientras tanto, duerme, en la pálida cuna.
¿Y seré yo el que procure el sentido
de todo esto? ¿Basta callar tan solo
para que retroceda el mundo hasta el silencio,
ocultando sus desdichadas imágenes.
el tumulto, la sombra
que precipita bajo mi frente?
Cuando sea tiempo, ella, mi hija pequeña.
tendrá algo en mi mirada, los años
que me hicieron posible levantar el rostro
desde el polvo a las uvas, su mismo
asombro de vivir que me justificó
cuando hallé en el misterio
al menos desconocido de los dioses.
Oh, a mi edad uno comprende
donde está lo juicioso, que esta insensata
aventura levantada fue sobre alguna
razón secreta y más allá de la piedad es extraño
que no se nos perdone todo.
Duerme ahora, en el centro
de la noche de otoño. Sus primeras
preguntas yacen; cuando sean
vueltas al resplandor las guardaré
para siempre asombradas,
como hacemos con esas dulces
cintas de seda en el fondo de un cofre.
La respuesta es vasta: azul, mañana, agua...
¿Qué significan mis años
si, como esta noche, apartados
de hija pequeña y yo
de la lluvia silenciosa,
nunca me pareció mi muerte
tan cercana a esta lumbre
y a la vez tan remota?








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Y bien, morimos


Y bien, morimos.
Millones de años
para la muerte, para una dignidad
extraña, en cierto modo
ajena. Pero el tema
es más ambicioso
que el pensamiento
y se pudre allí mismo.
Quizá hay un error
de perspectiva en todo esto;
especulaciones, sistemas,
estructuras mentales
y el terror debajo. Pero antes
hemos pedido vino
y marchitas
vimos caer las uvas. Morimos,
algo extraño,
pero siempre después.
Y sin embargo hay hombres,
hombres en todas partes,
sobre todo en la tierra.
Multitudes, máquinas,
cerebros secos al amanecer,
el viento, una rosa en la mesa
y café. Todo esto
consagrado a la luz; la muerte
no es natural.








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Memoria de un político


Tu materia esencial fueron los otros. Ellos
te arrojaron al rostro su realidad, su infierno
par que dieras cuenta. Sin duda era lo justo;
desde el fondo distante de tus años y huesos
habías elegido la región que se aparta
de la muerte pequeña -la moral desdichada
del átomo de arcilla- el reino que apacienta
la opulencia del acto. Allí fue el movimiento
certero que abarcaste, apenas oscilando
desde la mente hasta tu propio acontecer,
pues fue el tuyo, entre todos, el ser menos frustrado.

Nadie sabe qué sitio, debajo de tu frente,
ocuparon los dioses que responden, inmóviles,
a los requerimientos más latos y esenciales;
pero, sin duda, aquello se redujo a los términos
de relación, de vida entre los hechos
evidentes del hombre. El misterio, el lenguaje
nocturno de las cosas, el caminodel viento
en la inquietud extraña del jardín clausurado,
fueron ensoñaciones a tu dominio ajenas.

Mas no siempre la lógica, pues también conociste
qué gratitud padece, como un cáncer, el fondo
de toda acción, relámpagos que están minando el aire
más allá del ocaso de la tarde tranquila.
Pero tu ciencia clara fue situarse en el medio,
no ya en la superficie de la rosa o la infamia,
ni tampoco en el rostro de sus motivaciones
sino en el punto ingrave en que sitúa al hombre
la remot ay perfecta decepción de Aristóteles.

Por consiguiente, nadie arriesgará preguntas
que tú mismo no hiciste: si el poder es la abierta
culminación o el triste ademán inmaduro
de una razón primera. Uno piensa en tu muerte
y no concluye nada si no dja en los otros
-motivo de tus días- el juicio que declare
el peso de tu absurda responsabilidad.
El resto apenas cuenta: dsvaídos objetos
de tus noches de estudio, las palabras, el orden
que pensaste y, es posible, la misma realidad que fue tu dura amante
y que ahora apresura y supera tu propia degradación.








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Botella de leche


De madrugada
junto a la abierta ventana
que da al invierno
mis sentidos se desconcertaron
ante la plenitud
de un peso total contenido
en la fría blancura irreal.
Nada más lejos del amor
que esto: quisiera comprender
el aislamiento absoluto
de la materia incomunicable,
la integridad de la constante
tensión hacia abajo
de la fuerza obstinada
que se colma a sí misma.

Vlamink padeció este blanco
no perfecto, precisamente,
sino extrañamente total
como si sólo pudiera hallarse
en la raíz, en la primera sustancia
de las cosas, cuya segunda imagen
se da en lo ilusorio
casi con indecencia.
De allí lo caótico
de todo amor humano, el abierto desorden
con que relaciona
una carne con otra.
Pero este denso volumen
silencioso, indiferente
a todo lo que no sea
su propio poder interior
persiste
en su atroz uniformidad, remoto
y sin relación alguna
con la insensata mezcla
de aconteceres que colman
la confusión del mundo.
De manera
que la botella de leche
contra la madrugada de invierno
también precipitó mi mente
en una repentina perplejidad
y solo me pareció,
meramente, la idea
de una botella de leche.








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Insecto en el verano


Tendida sobre la hierba, mi mano derecha
retrocedió, como volviendo
a una vieja perplejidad: la tierra le ofrecía
de pronto, un abierto acontecer de sí misma,
con el insecto verde, en el lento
latido de su abdomen que cruzaban
rotundas rayas azules. Yo, en inmóvil
desconcierto, acepté el hecho y justifiqué
con extraña vacilación una existencia
imperturbable, de colmada gravedad,
que atravesaba con el sol
la mañana de verano. Logré apenas
soportar la tensión con que el insecto
arqueaba hacia abajo su desnuda materia
y vi dos ojos de púrpura estriada
vueltos al resplandor desde una sombra remota.
El mundo allí alcanzaba otra imagen, acaso
demasiado esquemática para ser soportada
por el conocimiento. Esto ocurría
bajo el cielo y recuerdo que entonces
cansado del desorden de la mente y la piedad
y la dialéctica de la culpa
pretendí que esos vivos espejos de la tierra
contuvieran mi imagen. Nada entendí,
sino que ya era tarde. Desde hace tiempo
nuestro dominio es otro. Lejos
como un antiguo error yace a nuestras espaldas,
más allá todavía
de la hedionda caverna de Platón,
una oportunidad perdida. El retroceso, el horror
de mi mano derecha, tan cerca del espíritu,
fue tan sólo la imagen del renovado fracaso
ante el insecto verde, en la lenta
mañana del verano.








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Los huesos de Sarmiento


La clausura en sosiego de esta madera inerte
consume un hecho de sentido
más arduo que concluyente:
tus huesos. Uno piensa
que allí se amontonan desordenados
en un volumen insensato que supera
a los que posee juiciosamente un hombre.
Y es posible que tus días ferozmente ocupados
en una devoción estentórea
al porvenir carnal de la patria
estremezcan a veces
la derrumbada estructura
como pugnando hacia un orden remoto.
Por consiguiente, aquí no es inmutable
la oscuridad que colma el cráneo
y sin duda compone un lenguaje secreto
de la acción sobrepasada.
Se comprende así que el error y la gracia
que ha de alcanzar tu llama alimentada
por el aceite de América no puedan
permanecer ignorados por esta
pesada arquitectura. De manera que tiende
vastedad obstinada, hacia abajo
y al mismo tiempo niega
desmoronarse al polvo
de Sarmiento.








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Cementerio de Buenos Aires


No hay paz ni gracia en esta multitud del otoño
que con la tarde crece, cuando viene a caer
su rumor desdichado en el sol silencioso.
De este modo, constante, lo callado transcurre
más allá todavía del oscuro granito,
bajo el lúcido asfalto y la arcilla incesante
donde se tocan los muertos multiplicados
sin convicción precisa, dejando atrás las puertas
que horadan un cerco interminable.
Entrar aquí es perder el orden de la mente
y la piedad: así como el tiempo apresura
toda interrogación, mientas la reflexión
se vuelve hacia sí misma, inútil, las palabras
del mármol y la piedra falsa no se detienen
nuncay apenaslogran la mención de un reposo
tas otro, ne absorta comodidad situadas
por un previsto cálculo. Ninguna circunstancia
alcanzaría la vasta mortalidad
de esto abrumadora dimensión, allí
donde se abate el lujo insípido de tantas
flores de alambre, tristes dones que dsalojan
los geranios podridos entre las cintas azules.

Aquí, decimos, yace el fraude del espíritu:
la ciudad que devora su propia pdredumbre
no cree en la muerte sino en la pobre abstracción
de aquella realidad que apenas le concierne
y sin embargo arriesga la concesión de un rito
de estructura falaz que acumula en un orden
miserable los rostros de los días que fueron.
En vano buscaríamos la lámpara de aceite
perdurable, la llama convincente que otorga
plenitud a una muerte determinada y única
dejando atrás los días venturosos o atroces
de lo que fue. Esta es otra región con devociones
metódicas en tardes de domingo, al a oscura
muchedumbre de huesos que crecen para siempre
en fría destrucción que no recuerda el alma
ni la aventura del mundo dsordenado
bajo el cielo. Los mármoles juiciosos, la madera
y el bronce, nada tienen a su imparcial custodia
sino lo inerte, inmóvil sombra que no responde
a la interrogación del delirio, ni entrega
espacio al estupor de la imaginación.

Destierro extraño el de estas tumbas. Nadie comprende
el posible sentido de sus pasos que marchan
en los senderos húmedos, sobre la irredimible
estación del pasado, donde toda esperanza,
agotado el deseo, superada quedó
hasta la horrible pérdida de su propia noción,
del poderío, el hambre de su significado.
Tan leve es la distancia, el vulnerable espacio
y el tiempo detenido, que hace extraña la fe
que sepultó a los cuerpos, no en la memoria, sino
como quiern abandona una carga en el suelo
para seguir la marcha y volver en las lentas
mañanas, dspués del café, con flores claras
cuyo centro es tan sólo decepción y recuerdos
que fracasan. Las hojas se renuevan, marchitas,
y la sombra es azul, bajo los eucaliptus:
allí va a detenerse, acosado, maldito,
nuestro conocimiento y es hora de marcharse
dejando estupefacta toda interrogación.
¿Cuál es entonces la paz que prometiera
el horror en sus lúcidos instantes?
¿Qué gracia es la elegida, transcurrido el oscuro
acto que da secreto al resplandor del vaso?
¿Qué dones que no fueron concebidos primero
engendrados en la profundidad del vaso,
imágenes perfectas no sujetas al cambio
en campos que no cesan o tan sólo el vacío
dentro de otro vacío? ¿Durará lo sabido,
absurdamente acaso, o será el padecer de otro
conocimiento? Aquí, junto a las presuntuosas
mansiones clausuradas al ejercicio hiriente
del espíritu, toda especulación marcha
hacia la insensatez y detrás de las grandes
palabras permanece nuestro sueño, frustrado
para los dones de una posible eternidad.

Nosotros, los que amamos también la dsolada,
la amarga luz que cubre toda devastación,
los enmohecidos restos del orgullo en el fondo
de los años, ¿tendremos esta misma respuesta,
la inexplicable imagen de las hojas que giran
cayendo en el granito, este seco rumor
del timepo entre los huesos? ¿El común privilegio
de la destrucción requiere un orden como éste?
Lo dudoso y lo absurdo son aquí el lenguaje
de columnas y lápidas; deleznables, las formas
consagradas lo son a sí mismas tan sólo
y nuestra reflexión queda entonces en ardua
soledad. Crece el muro, la hiedra interminable
en otoño; nosotros soslayamos ahora
con tabaco y palabras el silencio insidioso
de los muertos, así como se aparta en medio
de la luz un error. Pero este monstruoso
simulacro proclama nuestra complijidad:
lo esencial queda oculto, en otra dimensión,
allí donde el reposo, lo que llamamos sueño
busca su propio ser y halla acaso un sentido,
la inerte decepción de un círculo inviolable.








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El sapo


Al pie del agua de un verde inmóvil
había un sapo que dulcemente vi
hace tiempo, en un verano,
y su forma contenía un posible mundo
desconocido, quizás semejante
a los vastos cielos de diciembre.

Pero el cielo mismo no se comprende en absoluto.
Estaba allí, reposado en la placidez
de su propia y espesa materia palpitante,
sensato como todas las cosas
que desde su centro aguardan
la disolución de sí mismas.
Me detuve y logré
alcanzar sus ojos con los míos
y pensé que, sin duda,
la perplejidad de ser estaba superada.
Consideré inútil otro
conocimiento. El sapo alcanzaba
una región más vasta,
no extraña precisamente sino
ajena, una manera
de sobrevivir lo exactamente necesario.

Precipitado, aventurado a la existencia,
como un sapo simplemente, más allá
que la belleza
de da paz y enloquece a los hombres
el único significado de todo eso
era la tranquila complacencia
de la húmeda piel verdosa,
vistiendo a un dios obstinado
en la razón secreta de sí mismo.

Me inundó un colmado sosiego
y desmentí
la náusea y la muchedumbre de sabios
que desde Thales de Mileto
inclinan hacia el error
el tumulto precipitado bajo la frente.
Ante esa vana fatiga
permanecía idéntico a sí mismo
e infatigable además
el sapo que dulcemente vi
hace tiempo, en un verano.








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Una llama de América


¿Acaso han visto ustedes, tristes, meditativos
la violencia del día desde el mar, en el este
y las limpias llanuras centrales y quebrarse
en los pinos y el viento de levantadas tierras
marchando hacia el oeste? ¿Han conocido gente,
construcciones y perros persiguiendo el camino
vastísimo del sol? ¿Y hacia el norte, cruzando,
los pantanos y l polvo, la culebra y el cacto,
horizontes que arden en azul desvaído
donde se mueven hombres, aquí y allá,
dispersos, que pisan con certeza la piedra, la humedad
de los bosques? Son ellos, los nuestros. Sin embargo
ustedes se preguntan qué es este extraño acto
de vivir en América, qué singular medida
debe adquirir el alma para que tantas cosas
no le sean ajenas. Oh, la respuesta se pudre
en el ámbito escaso del estudioso cráneo,
la indagación, la náusea, más errónea que cierta.
¿Pueden oírnos? Esto: una llama de América
donde ardemos nosotros, sangre de todas partes
justificada en nuestras actitudes y sombras.
Afirmativos, hemos aprendido en silencio
a usar las manos antes y dspués a hablar claro,
y amando, sin saberlo, fracasados caminos
en las noches de otoño, atrás fueron las ruinas
y adelante hay hombres, un resplandor cercano,
el sentido preciso que es estar en América.
Ustedes, los que juntan primero pensamientos
antes de la pasión, pálidos y febriles
con tabaco y café, con rabiosa memoria
para el pasado, aquí, bien desnudos nos tienen
ferozmente ocupados en construirlo todo,
sin interrogaciones tendidas hacia el mundo,
asintiendo a lo nuestro como aceptan sus propios
huesos los dulces animales de América.
Ustedes, hace mucho, perdieron la inocencia
bajo la frente, pero heredada no fue
por nosotros: sabemos que toda podredumbre
no se agota en sí misma, que la insomne y constante
dignidad de la muerte da un extraño sentido
a la acción, mas por ello no es menos cierto el fuego
que esta arcilla nos da, con tiempo y abundancia.

Somos millones y esto es bueno. Tan bueno
que da limpia razón al nacer y al vivir
cuando con claridad se miran estas cosas,
incluso las calladas maldiciones del hambre,
la mentira y la muerte de hombres contra otros
y la imbécil miseria indigna hasta en un perro.

De manera que basta, pensadores oblicuos,
a callar de una vez, invitados están
a la mesa de todos. ¿Les faltan dioses? ¿Tienen
poco sabor las uvas más recientes del mundo?
¿Es vacía y extraña la razón de sentarse
y comer y estar juntos y marcharse después
cada uno a su rostro? Pero, miren, a nadie
interesa la ruina de indagar en sus actos
sino callar y arder construyendo lo suyo:
este levanta un muro, otro va oliendo el viento
de mañana, en el sur; todos son lo que hacen
y también lo que cae en el polvo, deshecho.
Eso aprendan ustedes, estupefactos, fríos
cerebros clausurados a la llama de América
en busca de la exacta palabra que la explique
y no del acto justo. El secreto está abierto:
a lo largo del viento y de los ríos somos
la multitud de América. La violencia del día
desde el mar, en el este, puede enseñarles esto:
la significación de la arcilla que amamos
no será concedida por la triste incoherencia
de la pálida mente, sino ardiendo en la llama
que persiste en sí misma y es su propio sentido.








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Nuestros días mortales


A través de los días mortales, bajo el cielo que nadie
comprende, corroboramos con un aire distraído
la idea de un infierno levemente estructurado
sobre las columnas de la carne, el espíritu o el desorden.
Aquí están los aconteceres: creados, no obstante,
a imagen y semejanza nuestra, rumores desdichados
de la ciudad, en la noche, y fétidas tinieblas
ambiciosas de aposentos demasiado humanos
que acumulan las huellas tristes, el desecho
de una existencia condenada a todo,
parecen cumplirse no a pesar nuestro precisamente
sino de manera ajena, en el caos insidioso
de una independencia atroz, a ratos como al descuido
hasta ofrecer una gratuidad desconcertante.
Del mismo modo la rama del verano y del invierno
y las frutas y los animales transcurren
del otro lado, por caminos oscuros de un reino
más desconocido que extraño.

Nos fue dado a nosotros no la increíble indiferencia
sino perplejidad para sostener una abierta
realidad que a una broma indecente se asemeja;
hombrecillos pensantes cargados de piadoso tabaco
aventurados a la responsabilidad
de cada uno de sus huesos y a la libertad inútil
de los días ferozmente ocupados. Consecuentes,
irritables vasos de la decepción que de pronto
hallan que el hecho consumado los supera,
que se habían equivocado, que nadie sabe
en qué reside lo contrario del dolor,
que no era eso, en absoluto, lo que habían pedido,
que a través de la dulce y pausada
elección de los pequeños actos, las comidas, las rosas,
se vieron conducidos al súbito desastre.
Remo Erdosain, José K., estupefactos, naturalmente,
hallan que su propia perdición no les concierne
mientras persiguen como soñando una música
que conjeturan eterna y crece el viento
circularmente en un jardín lejano.

Así, la vana interrogación se vuelve
hacia su propio centro, nuestros días mortales
se levantan y caen como un fin en sí mismos
y prosiguen colmados con las formas hurtadas
a la imaginación tendida sobre el error.
Este es el sueño que logró Prometeo: Entonces
¿qué sentido habrá de concederse a su rostro
surcado por la furia, el orgullo y también la esperanza?
Oscuro es todo esto; pero a veces cantamos, en la noche,
para robar la llama a un remoto paraíso
y después retornamos, tambaleando, al infierno
que desde hace mucho tiempo rehúsa
la morada insensata del mero pensamiento.






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Joaquín Giannuzzi (1924-2004)
Buenos Aires, Argentina.


Nuestros días mortales - 1952
Editorial Sur